Capítulo diez. Adela #3
–¡No! –gritan Cecelia y mi padre al mismo tiempo. Pero ya es demasiado tarde.
El portador del dragón deja caer las manos de repente y de forma dramática.
Aunque sus gestos no significan nada, ya que es su voluntad la que libera la magia salvaje y explosiva.
Un torrente de fuego brota del suelo y forma un círculo perfecto alrededor de los niños.
Los capaluses chillan, un sonido horrible y desesperado que me atraviesa el alma.
Casi al instante, desaparecen sin dejar más rastro que dos montones de ceniza. El fuego se disipa casi de inmediato.
Entonces, los padres corren hacia sus hijos, los levantan en brazos y atienden sus heridas. Cecelia levanta a su hermana, que sigue sangrando profusamente, aunque su respiración es constante.
–Hola, Lia –dice Cordelia con una vocecita débil, el apodo familiar de Cecelia–. Esos eran unos gatitos malos.
Cecelia ni siquiera se molesta en corregirla por llamar “gatitos” a las criaturas; tan solo la carga junto con los otros niños heridos hacia la escuela baja de piedra donde atienden a los enfermos. Mi padre las sigue, incapaz de reprimir su naturaleza de sanador.
Los niños que no están heridos son abrazados por sus padres y llevados a casa, con rostros manchados de lágrimas o rígidos por el terror.
Nadie dormirá bien esta noche.
Doy un paso atrás, lejos de todos ellos ya que no soy ni sanadora ni madre, y choco contra algo firme. Al girar, me encuentro a Kian a mis espaldas.
Debe de ver algo en mis ojos o en mi postura.
–¿Estás bien? –pregunta.
–Claro.
El temblor en mi voz delata la mentira, los músculos de mis piernas tiemblan.
Siguen muriendo personas y criaturas, y ahora hay niños heridos.
Y todo comenzó después de que desperté a los fénix.
Si hubiera hecho lo que tenía que hacer, con la disposición a servir de una guardiana, sin seguir mi curiosidad destructiva, nadie hubiera muerto.
Nadie estaría herido. No tendría la calavera de una fénix adherida de forma permanente a mi rostro.
Odio llorar. La piel alrededor de la calavera se siente hinchada, rota, pringosa por todos los ungüentos con lo que intenté quitármela, y ahora arde por la sal de mis lágrimas.
La fénix intenta comunicarse con imágenes y sentimientos, pero la recluyo a un rincón de mi mente lo mejor que puedo y me dejo caer al suelo casi congelado.
–¿Cómo puedo ayudar, belleza? –pregunta Kian al sentarse a mi lado. Su voz es tan peligrosa como todo él. Cuando apoya una mano en mi hombro, fluye un calor aplacador dentro de mí e incluso el dolor de las heridas se alivia.
Me da claridad: tengo que romper este lazo.
Pero no será esta noche.
Miro fijo al firmamento. Me pregunto qué traerán los cielos de primavera al valle. De seguro otra temporada decepcionante, un suelo demasiado helado que impedirá sembrar a tiempo y luego demasiada lluvia que ahogará los brotes que crezcan lento.
Es el mismo cielo que he contemplado toda mi vida.
El cielo bajo el que he llorado, bajo el que he tenido sexo, bajo el que he soñado.
Cuando era pequeña, esos sueños eran tontos.
Quería tener el cabello morado y un gatito.
Ahora ni siquiera estoy segura de cuáles son mis sueños y el cielo se siente completamente desconocido.
Giro el rostro hacia Kian y apoyo la frente de la calavera contra su antebrazo. Estoy pensando en preocupaciones del futuro cuando ya tengo una pegada a la cara de la cual ocuparme ahora.
No soy demasiado devota, la fe siempre ha sido algo dado por sentado.
La Hilandera, la Pupila y la Cazadora son algo dado: tres aspectos de la Gran Diosa.
Como guardianes, la servimos junto a las órdenes, pero nunca ha significado mucho más para mí, ni una fuerza por la cual angustiarme ni alguien en quien apoyarme para encontrar consuelo o guía.
Pienso en una de las últimas conversaciones que tuve con mi madre, sobre cómo, fuera del valle, las personas no hablan con la Gran Diosa, sino que van a las órdenes y piden o pagan para que intercedan por ellas.
Pero aquí en el valle estamos más cerca de ella.
Cuidamos de sus criaturas y, en agradecimiento, ella nos escucha y nos responde.
Si tenemos la valentía suficiente para escuchar su voz.
Mi madre decía que la Diosa era compleja y que sus respuestas eran difíciles de encontrar, pero que las respuestas a una súplica llegaban en tres formas.
Sí.
No.
Espera.
En silencio, le hablo directamente:
Diosa de todo, de la luz y la oscuridad, de lo complejo y lo simple, del crecimiento y la muerte, te suplico, guía mi corazón y mis pasos. Muéstrame con qué caminos cuento y concédeme claridad para tomar mis decisiones.
Y, por favor, quita esta calavera pegada a mi rostro.
Las nubes se apartan y veo el destello de una estrella en el cielo oscuro del atardecer: esa es mi respuesta. La estrella desaparece detrás de una nube. “Espera”, parece decir. “Espera y verás qué será revelado o qué quedará oculto”.
Sea lo que sea que depare el futuro, lo descubriré. Mientras tenga el valor de intentarlo.