Capítulo diez. Adela #2
–Tú portas un fénix, así que tendríamos uno. ¿Por qué necesitaríamos dos? –exige el hombre del gytrash, con resentimiento palpable en la voz–. Además, ni siquiera sabemos para qué sirven, así que ¿qué perderíamos?
–Los fénix vienen en par –responde Kian con voz suave–. Las visiones han sido claras.
Todos se quedan en silencio absoluto, tanto que puedo escuchar la respiración de Etana. Incluso la fénix deja de bombardearme con sus sentimientos. Podría besarlo.
No. Besarlo es peligroso. Besarlo es lo que me metió en este lío para empezar.
–No tenemos prisas por desemparejar a Adela –dice la Suma Sacerdotisa Sarai–.
Seguiremos adelante con nuestros planes para el hermano Thad y para completar la Ceremonia de Emparejamiento.
Si no puede cumplir con sus tareas, entonces nos preocuparemos por la separación…
–Sus labios rojos se curvan en una sonrisa que me da escalofríos–… O no. Y se unirá a la Orden.
Todo se congela. Esa no es una opción. Puede que no quisiera ser emparejadora, pero la sola idea de dejar mi comunidad para unirme a la Orden de la Cazadora es atroz.
Kian coloca un dedo bajo el borde de la calavera igual que hizo mi padre. Ahora, la fénix ronronea, una sensación tan profunda que resuena a través de mí como un sonido.
Sus dedos se sienten cálidos y suaves sobre mis sienes.
Descanso en su toque reconfortante. Luego susurra palabras indefinibles en tono dulce, siento que la fénix se relaja un ápice.
Kian consigue deslizar los dedos debajo de la calavera hasta la segunda falange y por un momento tengo esperanzas de que esta vez funcione, de ser libre.
Pero en cuanto lo pienso, la fénix se tensa, presiona los dedos de Kian y raspa mi piel. Luego siento algo cálido y húmedo cayendo por mi mejilla.
Mi padre se acerca y lo limpia con un dedo, que se tiñe de rojo con mi sangre.
–Tenemos que sacarte eso –sentencia.
Pero antes de que pueda coincidir con él, el mundo se nubla.
Estoy volando por un cielo nublado con mi amor. Por debajo hay un campo de maíz que debería ser dorado, crujiente, saludable. Los humanos deberían estar cosechando las mazorcas, mientras que los lebrílopes, las liebres y aves brincan alrededor, comiendo los granos caídos.
Pero los guardianes están escondidos en sus edificaciones. Los estómagos de los animales y las criaturas resuenan de hambre. Los tallos de maíz no crujen, están negros y marchitos.
Podridos.
Vuelvo al presente con un jadeo, justo a tiempo para ver un pulso de luz dorada.
Etana se encabrita y desciende con fuerza junto a Kian, que está sentado en el suelo a mi lado, sosteniéndose la cabeza. Mi fénix se siente angustiada por su angustia, pero antes de que pueda acercarme para ver cómo se encuentra, se oyen niños gritando afuera.
No de nuevo. Le rezo a la Gran Diosa mientras me pongo de pie.
La primera vez que Enkidus atacó fue justo después de que hubiera cometido la insensatez de apoyar la mejilla contra la calavera.
La última vez fue justo después de que me emparejara con la fénix.
Que este no sea un nuevo ataque. No puedo ser responsable de tantas muertes, de tanta destrucción.
Etana se eleva otra vez, relincha y sacude la cabeza, pero la ignoro, porque estoy muy ocupada corriendo hacia afuera, rezando para que el dragón se mantenga lejos de nosotros, satisfecho con su grifo.
A pesar de sus piernas débiles, Kian sale también.
A la fénix le complace su presencia, o tal vez a mí.
Es difícil distinguir si lo que nos atrae son los fénix o nuestra propia química evidente.
Salimos del salón y bajamos los escalones hacia los gritos, que aumentan conforme nos acercamos al campo abierto junto a la escuela. Allí, me detengo y observo la escena frente a mí: hay media docena de niños refugiados juntos en el suelo, acechados por tres capaluses moteados.
Los capaluses son inquietantes. Son como gatos domésticos gigantes, con ojos redondos y rostros dulces, de una velocidad sobrenatural y agresivos cuando se sienten amenazados.
También suelen ser huraños, viven en las cuevas de las montañas en los límites más lejanos del valle y no se acercan a la aldea excepto que estén a punto de morir.
Apenas he visto uno a la distancia en toda mi vida como guardiana y nunca dentro de los límites de la aldea, que está protegida con magia de las criaturas con malas intenciones.
Y ahora hay tres aquí, que han irrumpido justo después del pulso de luz dorada que atravesó el valle después de mi visión. Siento un escalofrío. No tengo dudas de que esto es resultado de mis acciones.
Al menos no es Enkidus. Aunque los capaluses son muy capaces de causar daños físicos, como ya lo han demostrado.
Mientras los felinos avanzan y retroceden, llegan otros guardianes, entre ellos los padres de algunos niños. Una de ellas, Marcella, se adelanta de la multitud e intenta alcanzar a su hija, Aya, quien se lamenta por una herida sanguinolenta de aspecto superficial en la mejilla.
Un capalus ruge y le lanza un zarpazo a Marcella cuando se acerca demasiado.
El golpe impacta en su espinilla, le provoca un corte tan profundo que se puede ver el hueso blanco debajo, y la lanza demasiado lejos como para ayudar a su hija.
Mientras se esfuerza por volver a levantarse, el capalus se agazapa, listo para atacar.
Grito desde el otro lado de la escena sangrienta para captar la atención de la criatura. Cuando se desvía, Frederic y Taylor tienen oportunidad de alejar a Marcella y de comenzar a ayudarla a detener el sangrado.
Algunos de los guardianes recogen palos o piedras para lanzárselos a las criaturas, pero nadie se atreve a arrojar cosas pesadas por temor a golpear a algún niño. Los capaluses sisean y gruñen.
Los miembros de la orden llegan después, pero solo observan, preocupados mas inútiles. Y no es que puedan hacer mucho a pesar de las calaveras que usan, ya que son casi todos novicios, sin experiencia ni entrenamiento.
–¿Por qué se quedan ahí mirando? –les exige Marcella entre el pánico y el dolor–. ¡Tienen magia, úsenla! Ayúdenlos.
La Suma Sacerdotisa Sarai y la hermana Roberta son las únicas experimentadas en el uso de la magia, y portan un unicornio y un pegaso.
Según la fuerza de su magia y de su voluntad, pueden levantar barreras mágicas, afectar los ánimos o influir en el clima, nada que sea de mucha utilidad contra felinos enormes y mágicos.
Marcella lo sabe, pero está desesperada al ver a su niña en peligro, ¿quién no lo estaría?
Cecelia llega desde la biblioteca y suelta un grito cuando el capalus más grande avanza con ojos depredadores fijos en Cordelia, su hermana pequeña.
La niña está en el perímetro del grupo de niños, hecha un ovillo de espaldas a la criatura, sollozando y cubierta de sangre por un corte largo en un brazo.
Un niño un poco mayor intenta moverla al centro del grupo, pero no tiene suficiente fuerza para hacerlo solo y los demás están preocupados por las otras dos criaturas, que siguen acechándolos.
Grito y corro hacia ellos, con Etana pisándome los talones.
Aunque no tengo con qué defenderme o atacar, no puedo quedarme quieta viendo cómo matan a Cordelia.
La fénix está inquieta en mi mente e intenta comunicarme algo que no puedo comprender.
Crece una presión desconocida dentro de mí, pero la reprimo; sé que quiere ayudar, pero no entiendo cómo: ninguna persona con vida tiene idea de qué magia contiene un fénix y, aunque yo la tuviera, no sabría cómo usarla.
No me arriesgaré a usar magia salvaje y sin control cerca de los niños.
Los dos capaluses más cercanos giran hacia mí cuando me acerco, incluido el que acechaba a Cordelia.
Si los intimida el ruido o el unicornio gigante a mi lado, no lo demuestran.
Casi en sincronía, se agazapan y saltan en un ataque fluido.
Etana pisa con fuerza, sacude la cabeza y se interpone entre nosotros.
Los capaluses retroceden un instante, pero vuelven a enfrentarnos.
Caminan, observan, a la espera del momento justo para atacar.
Tengo que defendernos. Busco algo que me sirva en el suelo, lo que sea, y veo una roca floja, entonces me arrodillo y comienzo a cavar con frenesí para liberarla.
Es una grande, que tengo que levantar con las dos manos.
Y, aunque me tiemblan los brazos por el esfuerzo, logro lanzarla con todas mis fuerzas contra el capalus que se acerca.
Lo golpeo apenas en un costado, pero es suficiente para asustarlo y que salte en dirección a Etana, quien le asesta una patada.
La criatura vuela por el aire y cae en un montículo inmóvil.
Ese capalus nunca será usado por un sacerdote o sacerdotisa, ya que entre el caos de guardianes que corren hacia él, alcanzo a ver que su cráneo quedó destrozado.
Los otros dos siguen acechando y atacando.
Pip, Mathew y Esme llegan con bastones bo, que blanden con mucha más eficacia que quienes tienen ramas pequeñas y palos encontrados en el suelo. Aun así, los capaluses esquivan los robustos bastones con facilidad. Al menos por fin se distraen de los niños, aunque siguen siendo agresivos.
Uno de ellos se vuelve hacia el pequeño grupo de novicios.
Cuando fija su atención en Svena, la mujer sin emparejar, el novicio que porta a Gilcriss da un paso fuera, inhala profundo y levanta las manos.
Quiero detenerlo y animarlo al mismo tiempo.
No tiene entrenamiento, pero ¿qué otra cosa se puede hacer?
En el aire empieza a acumularse una presión que se siente como una tormenta avecinándose. El vello de mi nuca se eriza con la magia creciente. Los capaluses y Etana dejan de moverse.