Capítulo diez. Adela
capítulo diez Adela
–No puedo quitármela –admito.
Por un momento, el silencio es tal que puedo escuchar el eco de la respiración de Etana en la cúpula pintada del gran salón, hasta que la habitación estalla. Guardianes, sacerdotes y novicios se acercan hablando y gritando.
Permanezco congelada en el centro, con una unicornio pegada a mí como un perro que busca consuelo.
O tal vez soy ya la que se pega a ella.
Qué estúpida fui al seguir el llamado hacia la cabaña, al mirar a la fénix y dejar que me capturara, al haber apoyado la mejilla contra ella en primer lugar.
No quiero esto.
Me pregunto si alguno de los novicios se habrá sentido así alguna vez.
Si habrá querido escapar del destino de usar la calavera de una criatura muerta por el resto de su vida.
Pero por supuesto que no. El propósito principal de estar en una orden es tener la oportunidad de emparejarse con una criatura, obtener magia y con ella poder, influencias, la capacidad de ayudar a sus comunidades.
Pero yo no soy una novicia, soy la emparejadora. La orden y las personas de Insborough no son mi comunidad, el valle lo es.
Le suplico a la fénix una vez más. Libérame. No eres para mí.
Si algo hace es aferrarse con más fuerza.
Escapa una risa histérica de mi interior, y extiendo una mano hacia la espalda curvada de Etana para hundir los dedos en su manto áspero; el contacto me estabiliza de algún modo.
Intento mirar más allá de todas estas personas, a las paredes del gran salón, cubiertas de tapices, esculturas, pinturas, escenas y tallados familiares.
Incluso hay un bote hecho a mano colgando del techo.
Entre ellas relatan historias y registros de un milenio de guardianes.
Cecelia y yo solíamos pasar horas aquí de niñas, contemplando las piezas, encontrando nuestras escenas favoritas y discutiendo sobre qué historias eran ciertas y cuáles eran leyenda. Aunque en realidad no importa. La verdad existe tanto en la historia como en la ficción.
Si uno de nuestros artistas retratara este momento, no habría necesidad de embellecer a la emparejadora impulsiva que se unió con un fénix por accidente. Los hechos más simples ya serán lo bastante fascinantes por sí solos.
La gente se abalanza sobre Etana y sobre mí, nos rodean y lanzan acusaciones.
–¿Qué significa esto? ¿Qué has hecho?
–¿Es eso un fénix? Es exactamente igual al tuyo.
–¿En qué estabas pensando, niña?
–De todas las estupideces… –comienza alguien, con una violencia cruda y creciente en la voz, pero no volteo para ver si es un conocido o alguien de la orden.
En cambio, escondo el rostro en el costado de Etana, mareada. Esta no es quien estoy destinada a ser. Una emparejadora debería ser venerada por la orden y respetada por sus compañeros guardianes. Y yo soy una desgracia.
Papá por fin logra abrirse paso entre los demás y llegar hasta mí, me toca el brazo y el caos de la sala se atenúa.
Me aparta de Etana, me gira hacia él y toma mi mandíbula entre las manos para mover mi cabeza de un lado a otro y evaluar la situación.
Hace una mueca cuando encuentra mis heridas autoinfligidas, los lugares por los que he intentado en vano quitarme la calavera.
El labio inferior me tiembla sin control.
–Lo arruiné.
–Eso parece.
Sus dedos gruesos y callosos recorren los bordes de la calavera con suavidad. Tira de ella con sumo cuidado, sus manos de sanador fuertes y delicadas a la vez.
La calavera no se mueve.
La Suma Sacerdotisa Sarai da un paso al frente. Lleva su habitual vestido negro fluido y un velo negro translúcido hasta el suelo sobre su calavera de unicornio enjoyado.
Etana baja la cabeza en una postura amenazante contra la sacerdotisa, así que apoyo una mano sobre su lomo para tranquilizarla, pero no se relaja. Golpea el suelo de mármol con fuerza, lo bastante como para que sienta la vibración bajo mis propios pies.
La Suma Sacerdotisa se detiene, pero no se acobarda ni retrocede. Debería estar más asustada, pero probablemente nunca ha visto a alguien atravesado por un unicornio sobreprotector.
Mi padre observa a Etana con atención.
Él sí lo ha visto.
Si tan solo pudiera volver a montarla y huir juntas.
Pero ella me trajo aquí para buscar la ayuda de todos o quizás para enfrentar su juicio. Los motivos de las criaturas les pertenecen solo a ellas.
–Me alegra que hayas venido con nosotros.
–La Suma Sacerdotisa Sarai da otro paso al frente y enlaza su brazo con el mío.
Etana lo permite, pero vigila de cerca. Luego me conduce hasta la gran mesa de reuniones y las sillas ahora vacías.
Se sienta y tira de mí despacio para que me siente a su lado–.
Justo ahora estábamos discutiendo los plazos para el funeral del hermano Thad y para completar la Ceremonia de Emparejamiento, y nos vendría bien tu opinión.
–¿La Ceremonia de Emparejamiento? –tartamudeo. Sin duda puede ver la calavera de fénix sobre mi rostro, prueba de lo mucho que he fallado–. No puedo realizar más emparejamientos.
Ella ladea la cabeza, con una sonrisa amable en el rostro. Toma mi mano.
–¿Estás segura? –Presiona mi mano como lo hacía mi madre, como para darme valor–.
Creo que merece la pena intentarlo. Sobre todo, teniendo en cuenta que las sumas sacerdotisas de las órdenes de la Pupila, la Hilandera y yo hemos estado discutiendo nuestras contribuciones al valle.
No quiero darles una excusa para cumplir sus amenazas de reducir las donaciones.
Se oyen quejidos entre los ancianos, aunque esto no es nada nuevo, las órdenes siempre están insinuando que retirarán el apoyo económico si la magia y los emparejamientos no mejoran.
Pero siempre pensé que era la Orden de la Cazadora la que quería reducir los fondos.
Que la Suma Sacerdotisa Sarai sugiera lo contrario es reconfortante.
–Los demás no tendríamos que sufrir por sus fracasos –apunta John, casi no puedo evitar sacarle la lengua como una niña. Él es grosero, pero, por desgracia, tiene razón.
–¿Fracasos? –repite una voz baja. La multitud se abre y deja ver a Cecelia.
Debe de estar tomando notas de la reunión otra vez.
Ahora, sus orejas están rojas por la vergüenza, porque odia las confrontaciones–.
Ha concretado emparejamientos sin precedentes en su primera ceremonia. Un dragón. Un fénix. Gytrash.
–¿De qué les servirán dos tercios de un gytrash? –resopla John, y el novicio sin emparejar del trío murmura en aprobación.
Petra da un paso al frente, con la espalda erguida, el rostro arrugado serio y el tono amable pero firme como siempre. Igual que mi padre.
–Descubriremos lo que el gytrash puede hacer cuando preparemos al hermano Thad para su descanso. Hasta entonces, echar culpas no nos traerá soluciones.
Aún con las orejas rojas, Cecelia se aclara la garganta y, a pesar de la incomodidad, habla con firmeza.
–Quisiera estudiar los registros un poco más, el arte, los diarios, los libros más antiguos. Comencé a investigar sobre los pulsos que sentimos, pero no he avanzado mucho. También buscaré información sobre las calaveras de fénix, tal vez haya alguna clase de ceremonia o magia que pueda…
–¿Deshacer el desastre? –la interrumpe John.
Petra le lanza una mirada para silenciarlo antes de responderle a Cecelia.
–Gracias. Podemos encargarnos del resto aquí si quieres ponerte a trabajar de inmediato. –Mientras Cecelia sale corriendo del salón, ella se dirige a los demás–: ¿Alguna otra sugerencia?
–Quemarla –ofrece el novicio cuyos compañeros usan las calaveras de gytrash. Ya no murmura, ahora su voz es como el hielo–. Volvemos a tener un portador de dragón.
El silencio en la habitación es pesado. En lo único que puedo pensar es en Bartholomew, en las cenizas de su casa, en su cuerpo, o lo poco que quedaba de él. ¿En verdad están pensando hacer eso conmigo, a manos de un novicio sin entrenamiento? Es imposible que sobreviva.
Mi padre me envuelve con su brazo grueso y me atrae hacia él para protegerme.
Inclino la cabeza para descansarla en su hombro como hago desde que era joven, solo que mi cabeza no encaja donde debería.
Ahora, cuando me inclino hacia él, el pico del fénix choca contra su cuello expuesto.
Él se aleja con un estremecimiento y una línea de sangre se forma en su piel.
Lo he lastimado. Después de un instante de dudas, me abraza otra vez con la cabeza bien posicionada, pero el daño ya está hecho.
Por primera vez en mi vida, mi padre se alejó asustado de mí. Lo lastimé. No soy segura.
Ahora sí me desmorono. Caigo al suelo, abrazándome las rodillas y con el rostro enmascarado escondido entre ellas. Etana se para sobre mí, pero no es suficiente para bloquear las voces, la rabia y la decepción de todos los demás.
Y, por encima de todo, la fénix me trasmite sus sentimientos. No puedo silenciarla, no puedo silenciar a ninguno de ellos. Me estoy hundiendo, ahogándome en el ruido, en el dolor. Entonces, aparece otra figura sobre mí.
–¡Detengan esto! –exige con la seguridad suficiente para que los demás hagan silencio–.
No pueden confiar en que Ulric controle la magia de un dragón recién muerto con tal precisión.
Lo más probable es que destruya tanto a la calavera como a la emparejadora.
Y ¿en dónde nos dejaría eso? Sin emparejadora ni fénix.
Levanto la vista, sorprendida de ver a Kian a mi lado. Desearía poder ver su hermoso rostro, pero claro, está usando su calavera de fénix, la gemela de la mía. Los miembros de las órdenes emparejados deben usar sus calaveras en público para siempre. Aun después de la muerte.
La idea dispara una punzada de decepción a través de mi cuerpo, aunque no tengo derecho a extrañar su rostro. Él fue una aventura, una distracción y, a fin de cuentas, el impulso que me trajo hasta aquí.