Capítulo nueve. Adela #2
Ahora, nos dirigimos hacia los acantilados, siguiendo un pequeño arroyo que serpentea por el valle y las colinas en las que suelen jugar los lebrílopes. Me mantengo atenta al cielo por si aparece Enkidus, pero nadie la ha visto desde que se comió al grifo.
Cuando nos acercamos a la cabaña de emparejamiento, Etana se molesta y comienza a dar vueltas en círculo delante de mí y del mulo de carga.
–Deja de hacer eso –le ordeno. El mulo intenta esquivarla, el carro se hunde en un surco y se desliza un poco hacia el peñasco. El animal tiene las orejas pegadas a la cabeza y muestra los dientes mientas mastica el freno–. Lo estás poniendo ansioso.
Etana rebuzna.
Veo los acantilados de los pegasos a la distancia en una dirección, el bosque a la derecha y la cabaña de emparejamiento con la pradera más cerca a la izquierda.
Por un momento, siento como si el valle inhalara, esperando a que yo elija entre tres caminos que me cambiarían la vida, lo cual es una tontería.
El gran cambio ya ocurrió. Me convertí en la emparejadora.
El curso de mi vida está sellado.
Le chasqueo la lengua al mulo, señal para que vuelva a avanzar; tengo una cerca que arreglar.
Etana se mueve delante de nosotros y baja la cabeza, con el cuerno apuntando directamente hacia él.
El mulo echa la cabeza hacia atrás, retrocede un paso y luego otro, hasta que choca con la carreta y la empuja fuera del sendero.
Me apresuro a interponerme entre ellos y aplaudo hacia Etana.
–Alto. No amenazamos a nuestros amigos. Y menos mientras están trabajando.
Etana da pisotones y sacude la cabeza hacia mí.
El mulo intenta moverse de lado para alejarse de esta extraña y amenazante criatura en su camino.
Si empuja la pesada carreta más adentro del campo, nos quedaremos atascados en la tierra blanda e irregular.
Me acerco a Etana, y ella se inclina como lo hizo antes de la Ceremonia de Emparejamiento.
–Otra vez no. Estás embarazada. Y las criaturas no son para montar. –Ella resopla hacia mí, así que suspiro y apoyo la mano en su lomo. Es incluso más terca que una mula–. Pero te seguiré, si insistes.
Después de un momento, Etana avanza hacia la pradera más firme, sin arar, y se aparta del camino del mulo, quien lo aprovecha de inmediato.
Maniobra la pesada carreta y luego avanza dando pisotones hacia casa al trote más rápido que he visto jamás en una mula. No necesita que yo le marque el camino.
Antes de que se haya alejado siquiera cincuenta metros, Etana comienza a moverse con rapidez por el terreno irregular, por el que yo tengo que medio caminar, medio trotar para seguirle el paso. Sé hacia dónde nos dirigimos y cuanto más nos acercamos, más se me revuelve el estómago.
Se detiene frente a la cabaña, casi sobre el pórtico estrecho. Oigo un golpeteo, bajo y constante, pero no estoy segura de si proviene del interior de la cabaña o de mi propio corazón expectante.
Quiero correr.
Pum, pum . Vete. Pum, pum . Huye. Pum, pum . Vete lejos, muy lejos.
Pero no corro. Me acerco con sigilo a la puerta, con pasos que crujen sobre el suelo, hacia lo que sea que espere, impaciente y hambriento, en la oscuridad.
Debería llevar una máscara o al menos cubrirme el rostro de alguna manera, lo sé. Y, sin embargo, una parte profunda de mí también sabe que no importa: lo peor ya ha sucedido.
Ella está esperando para darme la bienvenida de nuevo.
Abro la puerta y examino la habitación en penumbra. Allí, en el estante superior, está la calavera de fénix. Juraría que la escucho cantar. Una canción de alivio, de alegría, de satisfacción.
Hipnotizada, me acerco y la alcanzo. Mis dedos apenas rozan el pico. Miro alrededor, encuentro el taburete a mi izquierda, lo arrastro y subo hasta poder levantar la calavera con cuidado.
Sigue, sigue, sigue , me canta a través de las palmas de mis manos. Sí, sí, sí.
No debería hacer esto.
Sin embargo, lo hago, poso la calavera de fénix sobre mi rostro. No encaja a la perfección, tendré que ajustar las correas de cuero, ahuecar un poco la frente para que se adapte mejor a mi cara y acolchonar el hueso para que se sienta más cómodo en las mejillas, pero eso vendrá después.
Ahora, me meso mientras que los sentimientos de la fénix fluyen dentro de mí.
Experimento la dicha de volar, la pena de perder un huevo, caído de una rama precaria y demasiado alta, la alegría de anidar con mi compañero de alma.
Entretejidos con los recuerdos de su vida se encuentran sus sentimientos actuales.
Júbilo por haber sido despertada después de un largo tiempo; aprecio hacia mí; satisfacción por ver a su compañero emparejado con Kian.
Pienso en eso, y la fénix me envía una imagen de Kian y de mí, desnudos en un nido de sábanas, disfrutando de la intimidad de nuestros cuerpos sin plumas pegados y moviéndose juntos. Unidos para siempre.
–¡No!
Jalo de la máscara para sacarla de mi rostro acalorado, pero ahora que ha plantado esa imagen en mi mente y esos sentimientos en mi corazón, no puedo borrarlos.
Veo los hombros anchos, los brazos torneados y el abdomen perfecto de Kian.
Siento la suavidad del vello delgado en sus piernas, enredadas con las mías.
Sé cómo se sentiría su cuerpo contra el mío y deseo tenerlo otra vez, con una intensidad que me aterra.
Pero fue algo temporal, no permanente.
Tiro de la máscara otra vez, pero no cede. Busco las correas de cuero detrás de mi cabeza con los dedos, pero están sueltas, nada sostiene la calavera sobre mi rostro más que la propia fénix.
No quiere soltarme.
Lo intento otra vez, meto los dedos por debajo de la calavera para poder empujar mejor y me raspo la piel de la nariz y la frente en el proceso.
Comienzo a entrar en pánico. Unto aceites por la línea de mi cabello y, como no funciona, derramo el agua que queda en la jarra sobre mi rostro. Farfullo, mojada, aceitosa y sangrando.
–Fénix, déjame ir, por favor –digo en voz alta.
Si un ave muerta hace mucho tiempo puede reír, ella lo hace. Me inunda de sentimientos e imágenes y, aunque no hay palabras específicas, se siente como si dijera: “No puedo dejarte ir. Nuestras almas están unidas. Y hasta que reconozcas esa unión, no te liberaré”.
Imposible.
Es imposible.
Que una guardiana se empareje con una calavera es una abominación.
Grandioso , percibo desde la fénix.
Lloriqueo por un momento, compadeciéndome de mí misma, y luego me pongo a trabajar.
Paso la tarde haciendo todo lo posible por arrancar la máscara de mi rostro.
Uso herramientas, persuasión, promesas vacías y luego muy sinceras, amenazas.
Intento hundir las uñas debajo del borde de la calavera, hasta que se rompen y me sangra el rostro.
Nada funciona. Al final, con los ojos hinchados de llorar y los dedos lastimados por intentar en vano arrancar el hueso de mi rostro, salgo de la cabaña de emparejamiento.
Etana espera afuera.
Esta vez, subo al lomo que me ofrece, demasiado cansada y desolada como para discutir.
Me lleva a la plaza del pueblo, a los escalones del gran salón.
Intento bajar, ir a casa, si es posible antes de que alguien me vea y tenga que explicar por qué estoy usando una maldita calavera, pero antes de que pueda hacerlo, Etana sube la escalera y abre las puertas dobles con la cabeza.
Una vez adentro, se sacude y me deja caer en un montículo justo en medio de una reunión entre los ancianos y la orden.
Me pongo de pie con mi camisa y pantalones de lana sucios, cubierta de aceite, tierra y agua, y miro el rostro de mi padre. Está sentado en una mesa redonda, rodeado por los ocho guardianes ancianos, la Suma Sacerdotisa Sarai, su asistente y los novicios recién emparejados y sin emparejar.
Siento cómo Kian se acerca antes de verlo. Al parecer, el lazo entre nuestros fénix incluye una consciencia perturbadora de dónde se encuentra este hombre demasiado hermoso todo el tiempo. Por ahora, ignoro las diversas implicaciones del hecho; una crisis a la vez.
Giro hacia el rostro perplejo y desesperado de mi padre y me siento de tres años otra vez, no de treinta y tres.
–Papá –se me quiebra la voz–. Ayúdame.