Capítulo nueve. Adela
capítulo nueve Adela
Despierto en el suelo del salón de mi propia casa, ante los rostros preocupados de las dos personas que más me quieren en el mundo.
–¿Quién murió? –gruño.
–¡Por las tetas de la Hilandera! –maldice mi padre y me abraza tan fuerte que siento cómo crujen mis costillas.
–¡Pensamos que tú! –Cecelia aparta los mechones sueltos de mi frente.
Gimo y me incorporo con rigidez. Me duele la cabeza y, al llevarme la mano al cabello, descubro que sigue recogido en las trenzas ajustadas de la Ceremonia de Emparejamiento. También sigo llevando las joyas de hueso y la primera capa de la túnica ritual.
–¿Qué pasó?
Papá empieza a despotricar y a tornarse de un tono rojo alarmante. Cecelia, tan serena como siempre, se vuelve hacia él.
–Oscar, ¿podrías prepararle un poco de té a Adela?
–Claro. –Servicial hasta la médula, él se levanta con cierta reticencia–. Buena idea. Té. –Me da un beso en la frente y va hacia la cocina.
Hay una pausa larga y silenciosa en la que Cecelia y yo nos miramos con cautela, hasta que él empieza a hacer ruido con los utensilios. Abro la boca para volver a preguntar, pero Cecelia levanta una mano.
–Déjame decir esto rápido antes de que regrese.
“Rápido” es un anatema para Cecelia, una historiadora obsesionada con los detalles y narradora nata. Si la dejan, puede convertir diez minutos de actividad real en una epopeya de una hora, emotiva, hilarante y conmovedora. Pero me quedo en silencio.
–Estábamos realizando la ceremonia, que fue fantástica, obviamente.
Tú estuviste maravillosa. ¡Los emparejamientos que hiciste!
Juro que su Suma Sacerdotisa iba a hacerse encima de la alegría.
Y luego entraste con Kian. Algo ocurrió mientras estabas dentro, como un pulso de energía que nos atravesó y se extendió por el resto del valle.
Todos lo sentimos. Supongo que fue cuando él se emparejó con el fénix.
–Asiento. Debió de ser eso. Hace una pausa, y sé que tiene un millón de preguntas.
Pero aprieta la mandíbula y continúa–: Después de eso, todo se volvió extraño.
Hubo como un silencio, y luego una explosión.
–¿Una explosión? –Me muevo para levantarme. Tengo que ir a la cabaña de emparejamiento. Ver qué queda de ella.
Ella levanta las manos.
–No una literal. Fue otro pulso, supongo.
Como el anterior, pero masivo y con esa extraña luz dorada.
A decir verdad, fue hermoso y aterrador a la vez.
Pero las criaturas se pusieron raras después de eso.
Comenzaron a rodear la cabaña de emparejamiento y a adoptar posturas de ataque, en especial los lebrílopes.
Ya sabes lo territoriales que son por allí, donde están todas sus madrigueras.
Y después Enkidus salió del bosque y atrapó a un grifo en el cielo. No estamos seguros de cuál.
Otro ataque de dragón. Otra criatura muerta.
–Por suerte, después se fue hacia las montañas más lejanas.
Esperemos que el festín la mantenga alejada durante un tiempo.
–Mira en dirección a las montañas, con una expresión atormentada, pero sacude la cabeza despacio, como si apartara un recuerdo que la acecha–.
El resto de las criaturas se dispersaron y Kian salió, con la calavera de fénix puesta y contigo en brazos.
Una parte primitiva y malpensada de mí se enciende ante esa imagen. Por la Diosa, debe de ser fuerte.
Oímos silbar la tetera. Mi padre sigue haciendo ruido en la cocina, pero ahora tenemos apenas unos minutos antes de que el té termine de hacerse.
–Tu turno –dice Cecelia–. Rápido.
–Yo… –Los detalles están borrosos–. La noche fue dura.
Las calaveras estaban ruidosas. –Ella hace una mueca porque sabe cuánto detesto las voces de las criaturas en mi cabeza–.
Y eufóricas en el emparejamiento. Era como si hubieran estado esperando y todas estuvieran animando al más poderoso.
Y luego entró Kian, y pensé que nunca volvería a oír uno solo de mis propios pensamientos.
Ellas… nosotros… –Busco la palabra, porque quiero ser precisa para Cecelia incluso cuando me estremezco ante el recuerdo–.
Fue un escándalo de ruido. Doloroso. Y entonces vio el pico del fénix. Se emparejaron.
–Pero eso es bueno, ¿no? –dice, aunque suena más a pregunta. Nota que no estoy segura de que sea bueno.
–Lo es. Eso creo –respondo con un encogimiento de hombros–. Tal vez. Supongo que lo descubriremos.
Hago una pausa. ¿Le cuento cómo me sentí, mareada, encendida, llamada? Incluso ahora, siento dos tirones insistentes. Uno en dirección a la cabaña de emparejamiento. El otro hacia el otro lado del patio, donde la orden se hospeda.
Pero no.
Ella solo me lanzará esa mirada, la que todos me lanzan cuando saben que he hecho algo mal, dicho algo mal, sido incorrecta de algún modo.
Y, sin embargo, el deseo de contárselo burbujea dentro de mí hasta que no puedo contenerlo más. Lo confieso.
Sus ojos café, amables y curiosos, se abren más conforme asimila cada detalle.
–Y luego me besó.
–¿¡En la boca!? –chilla, mitad encantada, mitad horrorizada. El ruido metálico en la cocina se detiene. Ella alza la voz hacia mi padre–: ¿Podrías traerle también un poco de queso a Adela? ¿Y quizás aceitunas? ¿Y salami, si queda? Tiene hambre.
–¡Claro! –responde él, y vuelve a dar vueltas por la cocina.
–¿Entonces te quitó la máscara?
Asiento.
Nunca la había visto tan horrorizada.
–Y eso es todo. No recuerdo nada más.
No habla. No dice absolutamente nada. Solo aprieta mi mano y se pone de pie como si fuera a marcharse.
–Necesito investigar un poco. Vamos a resolver esto.
Cuando estoy a punto de pedirle que se quede, que siga sosteniéndome la mano y quizás me diga que todo estará bien y que seguro nada pasará, una visión me sacude.
Giramos y damos vueltas, nuestras alas se rozan y alejan mientras danzamos bajo la lluvia vespertina.
El aire es pesado, deberíamos acurrucarnos juntos bajo el follaje, posados sobre una rama gruesa.
Pero nuestra alegría es demasiado grande para caber aun debajo de las ramas más grandes, ya que tras décadas, de vidas de búsqueda, por fin nos hemos encontrado.
Ningunos de los dos seguirá sufriendo la soledad interminable de la muerte.
Entonces, seguimos volando, acercándonos y alejándonos, salpicados por las gotas frías de un cielo irritado. A la distancia, suenan truenos y destellan relámpagos. El centro de la tormenta viene hacia nosotros, pero tenemos tiempo antes de buscar refugio. Continuaremos con nuestra celebración.
Vuelvo en mí un momento después, o supongo que solo fue un momento; Cecelia sigue parada sobre mí y todavía escucho a mi padre en la cocina.
–Tú… –comienza mi amiga, con voz temblorosa–, ¿acabas de tener una visión?
Asiento con la cabeza de forma casi imperceptible, pero ella lo ve. Ve todo lo que me concierne.
–Estás empa… –susurra, pero se calla cuando mi padre llega con una bandeja.
Él se detiene en la puerta y mira rápido de una a la otra, y hace que me pregunte si mi rostro reflejará la misma perplejidad y horror que el de Cecelia o si la culpa supera esos sentimientos.
–¿Todo bien, chicas?
Lo mismo preguntó cuando teníamos seis y nos caímos al mismo tiempo del árbol que estábamos trepando. Las dos volvimos a casa berreando, con las rodillas y el ego heridos.
–Sip –le aseguro y extiendo los brazos hacia la bandeja–. ¡Esto es perfecto!
Es una respuesta demasiado animada mientras que sigo tendida en el suelo. Él nos mira a ambas, encoge apenas los hombros y deja la bandeja en mi regazo. Cecelia permanece de pie, en silencio, hasta que él voltea y le pregunta qué le gustaría comer.
–Nada, gracias –responde–. Tengo que investigar un poco, volveré más tarde para ver cómo sigues.
–De acuerdo –concedo, con la boca llena de pan. Le ofrezco una enorme sonrisa falsa, que estoy segura de que reconoce, pero solo asiente y se marcha.
–¿Estás segura de que te encuentras bien, gansita? –pregunta mi padre.
–Estoy perfecta –aseguro, a pesar de las fuerzas de atracción en mi esternón y de la preocupación por su posible significado y el de la visión.
Ahora estoy aquí, con mi padre, comiendo bocadillos y siendo guardiana.
Si hay algo mal en mí, ¿qué habría de nuevo en eso?
Siempre ha habido algo mal en mí, profundo y elemental.
Así que lo ignoro y como un bocado de queso.
Unos días después de la ceremonia, me encomiendan ir a los acantilados de los pegasos para arreglar una cerca.
Maxia se ha vuelto torpe con la edad y nadie quiere que tropiece y caiga por el terreno pedregoso, ya que podría acabar lanzándose al abismo antes de que sus alas de anciana terminen de desplegarse.
Apenas salgo de los establos, Etana me encuentra. Ha estado siguiéndome durante días, observándome de cerca, pero retrayéndose cada vez que me acerco de forma demasiado directa.
Ayer la encontré en la plaza del pueblo, comiendo del acebo de Petra y esperando a que terminara mi turno de preparar el desayuno para la orden.
Me siguió durante todas mis tareas, hasta la meditación de mediodía, luego se apostó fuera de la casa y me siguió de una ventana a la otra mientras limpiaba.
A los niños les encanta tener cerca a un unicornio, que suelen ser ariscos, así que le lanzan manzanas, zanahorias y puñados de hierba y se desafían a montarla o acariciarle la nariz sedosa.
Etana ha sido tolerante, pero por suerte ningún niño se le acercó demasiado. Salen corriendo a los gritos cada vez que ella gira el cuerno curioso pero intimidante hacia ellos.
Anoche, estaba espiando por mi ventana cuando me fui a dormir, pero por suerte ya no estaba cuando desperté.
Aliviada, reuní las herramientas, enganché a un mulo y cargué un carro con la madera necesaria para la reparación, agradecida por no ser acosada por una unicornio embarazada con un reciente desorden de apego.