Capítulo ocho. Kian #3
Allí, en la repisa superior, hay dos calaveras idénticas, desde la curvatura de los picos hasta la amplitud de los arcos superciliares y la forma de las cuencas vacías. Son réplicas exactas. Podría pensar que fueron hechas a partir de un molde.
Excepto que no están moldeadas en yeso. Son de hueso y ambas brillan desde dentro con una luz dorada.
No hay sonido ni movimiento, nada más que una sensación profunda en mi interior. Como un pez que ha mordido el anzuelo, he sido atrapado. No tengo elección en mi destino. Me están llamando. He sido elegido.
De algún modo, sé que esas dos calaveras son de fénix, y que una es mía. Él es la criatura que yo era en la visión, y no dejará de atraerme hasta que lo acepte.
–¿Qué…? –empiezo, pero Adela me hace callar.
Moviéndose como si aceptara un destino peor que la muerte, busca un taburete para subirse y toma la calavera que me llama.
La acuna contra su pecho al bajar, con una mueca en el rostro como si tocarla le resultara desagradable.
Luego me indica que me arrodille otra vez, pero se detiene, examina mi rostro, mi cuello y mis hombros.
Sus ojos recorren mi pecho, y su mirada se siente como un dedo deslizándose sobre mí.
Mi cuerpo responde, por supuesto. Soy humano y ella es hermosa, pero no sé si le agrada o siquiera nota el efecto que tiene en mí, porque se vuelve hacia el fénix brillante en el estante.
Parece comparar las dos calaveras, y me pregunto qué ve, oye o siente que yo no puedo.
Sea lo que sea, lo desestima y acerca la calavera a mi rostro.
En el momento en que el hueso toca mi piel, mi cuerpo se estremece de placer, inundado de energía.
Incluso las heridas de mi espalda dejan de doler.
Pero no puedo disfrutar de la oleada de placer.
El ritual principal ha terminado y he sido emparejado con una criatura salida de cuentos.
Pero algo está mal con Adela. Quiero alcanzarla, recogerla entre mis brazos y cuidarla.
El sentimiento no es lujuria y, de algún modo, no parece ser del todo mío.
Aprieto los puños.
Según recuerdo de nuestro entrenamiento para esta noche, ella debería estar hablando, concluyendo el ritual. Todavía se escuchan las oraciones de los otros guardianes más allá de las paredes gruesas del edificio, pero ella ha quedado en absoluto silencio.
Tiene el ceño fruncido, aunque no sé si es molestia, dolor o algo diferente.
No puedo ver su mandíbula bajo la cubierta sólida de la mitad inferior de su máscara, pero sospecho que aprieta los dientes con fuerza.
¿Es por eso por lo que no habla? ¿O quizás porque no logra recuperar el aliento?
Porque su respiración empieza a sonar sibilante y fatigada.
Sus manos tiemblan mientras acolcha el interior de la calavera para que se adapte a mi rostro con comodidad y luego ajusta las correas de cuero alrededor y por debajo de mi trenza.
El hueso se siente frío donde se apoya en mis pómulos y mi frente, pero sospecho que de algún modo sigue en contacto con ella.
Cuando retira sus manos desnudas y temblorosas, las limpia en su falda y se estremece pese al calor del edificio.
De pronto, en mitad del rito, se aparta y se dobla sobre sí misma como si intentara recuperar el aliento. Mientras tanto, los cánticos afuera se vuelven más fuertes.
Me muevo para levantarme y ayudarla, pero me quedo paralizado cuando la visión de un bosque que se desplaza con rapidez bajo mis pies se apodera de mí.
Giro mi cuello largo y emplumado y me elevo hacia el sol, batiendo mis extensas alas para subir más y más alto en el cielo de mediodía.
Al volver a la realidad, caigo hacia adelante sobre las manos y rodillas, mareado, esforzándome por no vomitar.
–¿Qué sucedió? –pregunto.
–Tuviste otra visión. Son poco frecuentes, pero hablan de un vínculo fuerte. Al parecer acabas de formar una pareja poderosa –suena afectada, como si hablara entre dientes. Sin duda padece alguna clase de dolor.
Otra vez quiero acercarme a ella y ahora no me contengo. Me levanto para avanzar y, cuando lo hago, desvío la mirada hacia la ventana en el preciso momento en el que mi primo Ivo, de dieciséis años, emerge del bosque.
Mierda.
Se supone que me reúna con tía Ujvala y los demás después de la ceremonia para poder darles información sobre la cabaña de emparejamiento y mis planes para incendiarla.
Planes que ya no funcionarán con Thad muerto e información que no me detuve a recabar porque he estado embelesado por la emparejadora.
¿Qué está haciendo a cielo abierto, en nombre de la Diosa?
Por fortuna, la cabaña debe interponerse entre él y los guardianes, porque no se escuchan gritos de alerta ni un cambio en el ritmo ferviente de los cánticos. Pero si Adela se gira apenas un poco, lo verá enseguida. Como si mi pensamiento la alentara, comienza a voltear.
Entonces me extiendo hacia ella y la atraigo hacia mí.
Sus ojos se amplían cuando me le pego; si no había notado antes el efecto que tiene en mí, ahora sin duda lo ha hecho. Se contonea un poco contra mí, y el contacto me hace gemir. El malestar que hubiera estado experimentando parece haber desaparecido.
A la calavera le gusta esto, algo un tanto inquietante, pero ya que a mí también me gusta, no me detengo a analizarlo.
Adela rodea mi cuello con los brazos, apretada contra mí.
Me inclino para besarle el cuello, con la cabeza inclinada para no lastimarla con el pico del fénix, y el sonido que emite, un gemido bajo y hambriento, convierte esto de una distracción placentera en algo peligroso.
Se suponía que lo de anoche fuera un encuentro de una sola vez, un escozor que no rascaba hacía tiempo, una aventura sin efectos a largo plazo. Pero ahora que siento su sabor, quiero más.
Como no puedo llegar a ella como quiero, me saco la calavera de fénix y la dejo en la mesa de trabajo detrás de ella.
Aún siento el fénix de todas formas, percibo su alegría de que esté besando a Adela, de estar emparejado conmigo.
Sin visiones , le transmito, aunque no sé si me escuchará o si tengo influencia sobre él siquiera.
–No… –comienza Adela, pero la presiono contra la mesa otra vez, con una mano entre ella y el borde, y la busco con lengua y labios insistentes.
Ella lleva la cabeza hacia atrás para mí, entonces beso su cuello. Pero no es suficiente, la deseo. Quiero su mentón, su boca, ver su rostro. Así que, con un movimiento rápido, sin pensar en las consecuencias, le saco la máscara que le va grande.
¡Sí! escucho en mi cabeza, en el mismo momento en el que ella grita “¡No!”.
Es muy tarde. Tengo apenas un instante para disfrutar de su belleza, de su boca carnosa con una cicatriz pequeña en una esquina, de sus pómulos altos, de su nariz respingada, adornada con una pequeña piedra azul, antes de que un grito atraviese el aire.
Un segundo después, un destello dorado tiñe el mundo y, luego, todo se apaga.