El beso del fénix Capítulo ocho. Kian #2
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Capítulo ocho. Kian #2

Entro en pánico. No Ulric. Cualquiera menos Ulric. No puedo usarlo sin destruirlo, pero no tendré otra opción.

Adela se acerca y casi doy un paso al frente, abrumado por el deseo de tocarla. Pero no viene por mí.

–¿Estás lista para conocer el destino de tu alma, Svena?

Svena se balancea a mi lado, exhausta por sus heridas. Según dijo la guardiana sanadora que objetó su participación con nosotros, pasó una noche larga. Pero la Suma Sacerdotisa Sarai se impuso al final, así que aquí está, apenas en pie.

Escucho a Svena murmurar, pero no distingo sus palabras. Adela responde:

–Eso depende de lo que contenga tu pasado. Antes de esta semana fui asistente del Emparejador durante siete años y portadora de luz durante diez antes de eso. En todo ese tiempo, solo he conocido a dos personas que han quedado sin emparejar. Una de la Orden de la Hilandera, otra de la Pupila.

Sin emparejar. Sabía que era una posibilidad, por supuesto, pero escuchar a la emparejadora decirlo en voz alta hace que un fuego me recorra la espalda. Estaba convencido de que el peor resultado posible de la ceremonia de esta noche sería ser emparejado con un lebrílope.

–Ambos fracasos fueron en el último año –agrega Sarai con frialdad–. Su magia está menguando.

Adela se aparta de Sarai y señala al gytrash, al pegaso, al unicornio y al dragón que ella emparejó.

–¿Lo está?

Vaya, me agrada su mordacidad.

Me inclino apenas hacia el frente, aun cuando todavía me pregunto por esta atracción extraña que ejerce sobre mí.

Es lo opuesto a lo que debería desear. Un miembro del sistema que he venido a derrocar, una criadora de criaturas, que usa sus huesos para proporcionar a los más poderosos y corruptos de la sociedad aún más poder.

Y, sin embargo, pienso en ella sobre el unicornio ayer.

¿Acaso ganado llevaría con tanta disposición a su captora y futura sacrificadora?

Sea cual sea la causa de su magnetismo, de seguro no significa nada, es solo algo físico, básico. Mis objetivos son más elevados que una mujer que monta unicornios como si fueran simples caballos de guerra y estuviera liderando un escuadrón hacia la batalla. No puede distraerme de mi misión.

Nadie puede.

Como si percibiera mi anhelo, da un paso más hacia mí y siento cómo su falda casi envuelve mis piernas.

–Pareces ansioso, novicio Kian.

–¿Quién no estaría ansioso por conocer su futuro? –respondo, con una voz más ronca de lo que pretendía.

Ella emite un sonido profundo desde el fondo de la garganta.

–Quizás podríamos darle a Svena un momento para descansar. –Retrocede y continúa con una pregunta que me hace estremecer–: Novicio Kian, ¿estás listo para conocer el destino de tu alma?

–Absolutamente –respondo. Las siguientes palabras las he practicado tanto que ya las recito de memoria–: Guíame, emparejadora, y prepárame para mostrar mi rostro a los ayudantes de la Diosa.

Que uno vea mi valía y me marque como suyo, para que podamos quedar unidos para siempre.

Primero en este mundo, luego en el más allá.

Extiendo la mano y ella se vuelve. Su asistente toma una máscara de manos de la portadora de la antorcha y la coloca sobre mi rostro.

Es sólida, sin aberturas para ver ni para hablar.

Luego coloca mi mano derecha sobre el hombro de Adela y ella me conduce hasta la cabaña, a enfrentarme a los huesos grotescos de las criaturas en su interior.

Detrás de nosotros, el canto se eleva de forma constante, cada vez más fuerte.

Cuando subimos al pórtico, me detengo, aferrándome al hombro de Adela para no tropezar con las tablas desiguales.

Oigo cómo se abre la puerta y luego entramos a la cabaña de emparejamiento.

El lugar huele a tierra, a cosas que alguna vez fueron verdes y ahora están secas, y hay un picor en el aire, como inhalar pimientos secos molidos.

Me pica la piel, así que aparto la mano del hombro de Adela para rascarme el cuello.

Error.

Ella sigue avanzando. Intento seguir sus pasos suaves sobre las tablas irregulares del suelo, pero sin su hombro cálido que me guíe, choco de inmediato contra algo bajo e inmóvil.

–Cisterna de agua –dice, y percibo la leve sonrisa en su voz. Maldigo por lo bajo, me muevo hacia la izquierda y me golpeo la cadera–. Mesa de trabajo. –Doy un paso al frente y ahora algo seco y fragante rebota contra mi máscara–. Salvia. La colgamos para que se seque.

Avanzo con mucha más cautela, arrastrando los pies, y tropiezo con el borde de una tabla. Entonces lanzo las manos al aire, frustrado.

–Ayúdame.

Ella suelta una risita, el dolor en la espinilla, la cadera y el dedo del pie se desvanecen ante el atractivo del sonido.

–Ven aquí –dice.

Me guía hasta un espacio abierto, donde desliza las manos bajo el cuello de mi túnica y la retira de mis hombros. La prenda cae en un montón a mis tobillos, tiemblo al encontrarme solo con mi camisa sencilla de lino blanco y los pantalones a juego.

–¿Cómo te presentas ante la pareja de tu alma? –Su voz me envuelve.

–Despojado de riqueza y abrigo –recito.

Oigo el leve tintineo de vidrio contra vidrio, huelo aceite y hierbas, luego percibo el sonido húmedo de sus palmas restregándose. Extiendo las manos y ella frota las suyas contra las mías.

–¿Cómo te presentas ante la pareja de tu alma?

–Con manos vacías, listas para trabajar por el bien.

La oigo abrir un frasco y percibo el aroma penetrante del pino. Se acerca, y yo inclino la cabeza para que sus dedos se deslicen bajo el borde de la máscara y froten ungüento en mis sienes.

–¿Cómo te presentas ante la pareja de tu alma? –pregunta por tercera y última vez.

–Con la mente clara, con ojos que buscan la verdad y una lengua que habla tanto de justicia como de misericordia.

–Entonces arrodíllate y prepárate.

Dudo un momento, nervioso de pronto. Conozco el siguiente paso y mi camino, pero no había pensado en particular en cómo me sentiría justo antes de quedar unido a los huesos de alguna criatura.

O qué ocurrirá si no resulto emparejado.

Adela toma mis manos y me ayuda a arrodillarme.

Desde abajo, elevo el rostro y ella me quita la máscara.

El interior de la cabaña de emparejamiento es tal como lo esperaba y, al mismo tiempo, sorprendente.

Es pequeño y funcional. Mesas de trabajo cubren una pared, hierbas secándose cuelgan del techo.

La cara que da al bosque está compuesta por completo por ventanas, que dejan entrar la luz plateada de la luna.

Y luego, la cuarta pared está cubierta de calaveras. Docenas de calaveras. Debería estar asimilándolo todo, memorizándolo para mis planes futuros, pero en realidad no puedo dejar de mirar a Adela.

Su cabello es rubio pálido, con algunos mechones cobrizos que brillan a la luz de los cirios, recogido en trenzas diez veces más elaboradas que las mías.

La poca piel que alcanzo a ver de sus manos y alrededor de los bordes de su máscara dorada es marfil y está salpicada de pecas.

La máscara no le queda bien; tal vez perteneció a su mentor, fallecido recientemente.

El cuerpo de Adela es exuberante, curvilíneo, generoso. Mis manos se cierran por voluntad propia, deseosas de volver a tocar su abundante suavidad, de aferrar esas curvas y atraerla hacia mí.

De pie frente a mí, ella desliza un dedo por mi mandíbula y se sacude con suavidad. Sonrío de lado. Al parecer, no soy el único afectado.

Coloca la máscara de álamo que yo llevaba con cuidado sobre una mesa de trabajo, junto a la pila de las demás, y señala la pared detrás de ella.

–Mira hacia tu futuro, Kian. ¿Qué te depara?

La bilis me sube por la garganta ante la presencia de su belleza cálida frente a una pared de muerte, de pérdida, de magias retorcidas. Una de ellas formará parte de mí. Para siempre.

Me obligo a parecer complacido, ansioso, ya que aunque no pueda ver su rostro, debo recordar que el mío está expuesto.

Quiero preguntarle cómo elegir, pero entonces mis ojos recorren las calaveras de lebrílopes, unicornios, grifos e incluso de otro dragón muerto hace tiempo.

No sabía que había otro. Pero no importa.

En realidad, nunca tuve elección.

En lo alto de las estanterías, medio oculto bajo un paño, asoma un pico. Me llama. No con palabras ni pensamientos, sino con una necesidad profunda y punzante.

Me pongo de pie y avanzo hacia él, pero no alcanzo el estante. Busco alrededor un taburete o una silla para subirme, y mis ojos se encuentran con los de Adela. Al instante sé que algo va mal.

Está completamente inmóvil, rígida, excepto por sus dedos largos, que se entrelazan y desenlazan sin cesar. Cuando nota que la observo, niega despacio con la cabeza y juraría que susurra: “Esa no”. Pero no estoy seguro por la máscara que le cubre la boca.

–¿Hay algún problema? –pregunto.

Se sobresalta como si acabara de notarme, aunque ha estado mirándome todo el tiempo.

–No con ellos –dice, ominosa.

Río, pero ella no me sigue. Sacude la cabeza, su máscara mal ajustada continúa moviéndose un instante después de que ella se queda quieta.

Miro el estante y la calavera que espera bajo el paño.

La pared es macabra, un santuario de muerte, y lo que sea que esté ahí debe de ser terrible y precioso si lo han cubierto.

Me acerco y alzo la mano, entonces ella extiende la suya como para detenerme.

Me detengo, doy un paso atrás y finjo tropezar con mi manto abandonado en el suelo: si funcionó en el bosque, puede funcionar aquí.

Me sostengo con fuerza contra las estanterías junto a Adela. Ella grita y gira para enderezar un lebrílope tambaleante, con lo que desvía la mirada el tiempo suficiente para que mi mano se eleve y atrape una esquina del paño. Jalo de él y cae al suelo.

Adela se vuelve al oír la tela golpear el piso.

–No. –Su protesta es un gemido de dolor, pero también hay placer en la palabra. O quizás anhelo–. No –repite.

Quiero girar, explorar lo que alcanzo a ver de su rostro, pero no puedo dejar de mirar el estante y lo que el paño ha revelado.