Capítulo ocho. Kian
capítulo ocho Kian
La mañana siguiente me despierta con una bofetada, dura y firme. Entorno los ojos ante el sol intenso que entra por la pequeña ventana de una pequeña habitación desconocida e intento orientarme.
Cierto.
Estoy en el valle. Hoy será la Ceremonia de Emparejamiento. Anoche tuve el mejor sexo de mi vida y mi cuerpo quiere más. Aunque, por supuesto, eso es imposible. No es que no me sumergiría en el calor de Adela con gusto, mi miembro se agita de solo pensarlo, pero tengo una venganza que ejecutar.
A pesar de que ir tras ella otra vez sería mucho más divertido.
Al girar en la cama, gruño porque las sábanas se han pegado a mi espalda abatida. Entre el tropezón en el bosque, el baile y el encuentro enérgico con Adela, algunas heridas que comenzaban a formar costra se reabrieron.
Ojeo la botella de whisky que me robé de la despensa, pero por mucho que me agradaría adormecer las punzadas de dolor, es algo temprano, incluso para mí.
Cuando alguien llama a la puerta, me siento en la cama, adolorido, y me aseguro de que las sábanas cubran lo más importante antes de contestar.
–Pase.
No sé a quién esperaba, pero nadie puede sorprenderme más que Ulric.
–Quería ver cómo estabas –dice sin más, y yo me quedo mirándolo en silencio por demasiado tiempo–. Tu espalda –agrega un poco más dudoso–. ¿Puedo pasar?
Asiento con la cabeza, Ulric pasa y cierra la puerta despacio tras él. Su belleza le da una pequeña punzada a mi corazón; una parte profunda dentro de mí lo extraña a él y a la amabilidad de nuestro vínculo. Pero en mis planes no hay lugar para una relación real, y Ulric no merece menos.
Se sienta al borde de la única silla en la habitación.
–¿Cómo estás? –pregunta con suavidad.
Lo miro parpadeando.
–Tú y Thad… Parecías tener esperanzas con él.
Ah. Viene a ver cómo está mi corazón, no mi espalda. O ambos.
–No tenía esperanzas. –Además de usarlo por su calavera–. Su muerte fue conmocionante, pero creo que eso tuvo más que ver con haber visto cómo se lo comían vivo.
Si me juzga por la dureza de mis palabras, no lo demuestra, tan solo me toca el hombro.
–Voltea para que pueda ver. –Cuando giro, él jadea, se levanta de un salto y se dirige a la jarra para llenar la jofaina.
–Así que se ve tan mal como se siente.
–Déjame limpiarte.
Me quedo inmóvil. ¿Podré con el cuidado con el que se me acercará? ¿Con su amabilidad?
Asiento con la cabeza.
Ulric organiza la jarra, la jofaina y todas las toallas en la habitación sobre la mesa pequeña y se sienta a mi lado en la cama.
Luego, con extremo cuidado, comienza a limpiar mi espalda.
Humedece la punta de una toalla, da toques sobre mi piel y repite el proceso una y otra vez.
Mientras lo hace, veo cómo el agua se va tornando rosada.
El silencio pasa de ser cómodo a volverse denso. Lo reconozco. Quiere hacerme una pregunta, pero no sabe cómo.
–¿Quieres preguntarme algo? –digo en voz baja.
Hace una pausa en sus atenciones, y por un momento pienso que no responderá. Luego humedece una toalla limpia y dice:
–¿Qué te pasó en la pista de baile? Antes de irte con la emparejadora.
Thad. La emparejadora. Percibo un leve matiz de dolor en su voz, pero me concentro en la pregunta que hizo y no en la implícita, respuesta sospecho que en realidad no quiere escuchar.
–Yo… –¿Qué fue lo que pasó? Elijo las palabras con cuidado–. Vi algo en mi mente. Estaba elevándome sobre un valle exuberante, rebosante de criaturas salvajes. Yo era responsable de él. De su crecimiento y su prosperidad.
Un escalofrío me recorre al recordar lo pesado que se sintió.
Ulric se queda totalmente inmóvil.
–Las visiones ocurren antes de grandes emparejamientos –señala con la voz baja y controlada–. ¿Era el dragón?
No se sintió como un dragón. Se sentía más pequeño y, de algún modo, más poderoso.
Pero ¿cómo demonios podría saber qué se siente ver a través de los ojos de un dragón?
O de cualquiera de las criaturas. Me encojo de hombros como si me diera igual con quién me emparejen, como si toda una vida de planes no dependiera de que me vincule con la calavera correcta.
Él pasa el paño sobre una nueva herida, y aspiro profundo por el dolor.
–¿Te gustaría que lo fuera? –Su voz está llena de una especie de anhelo que deja en evidencia que a él sí.
Yo supongo que un grifo sería una mejor pareja para él. A fin de cuentas, ahora mismo me está atendiendo sin ningún don mágico que lo ayude todavía. Pero sé que la Cazadora es importante para él, y ella valora la fuerza.
Emparejarme con el dragón recién muerto sería el sueño húmedo de Sarai. Implicaría acceso inmediato al círculo interno de la orden. Poder y prestigio. Y, dado que el fuego de dragón es la única forma de destruir las calaveras, tengo que querer eso.
Sin embargo, me descubro pensando: No. Por favor, Diosa, no .
–Por supuesto –respondo–. ¿Qué fiel a la Cazadora no lo querría?
El sol está alto en el cielo cuando nos reunimos con los guardianes en la pradera y comenzamos la larga caminata hacia la cabaña de emparejamiento.
La procesión es todo un ritual en sí misma.
Hay una portadora de antorcha a pesar del día soleado, y Adela y su asistente encabezan la marcha, seguidas por Sarai y la hermana Roberta.
Detrás de nosotros, los novicios, siguen los guardianes, entonando cánticos que invocan la guía de la Hilandera, la sabiduría de la Pupila, la misericordia de la Cazadora.
Y aunque me duele la espalda con cada paso, me siento electrizado.
Y no solo porque puedo ver cómo las caderas ágiles de Adela se balancean debajo de la túnica mientras avanza con largas zancadas sobre la hierba descolorida y tiesa.
Mis manos se tensan al recordar la suavidad sus muslos carnosos entre mis dedos.
Cuando llegamos a la cabaña de emparejamiento, los guardianes se detienen en semicírculo detrás de nosotros.
Son más que anoche en la ceremonia de bienvenida bajo el sol brillante de la tarde, pero se los ve inquietos, mirando hacia el bosque por encima del hombro, estremeciéndose cuando una nube cubre el sol y proyecta sombra.
Nosotros formamos nuestra propia fila entre ellos, de cara a Adela, que parece una diosa con su túnica ondulante de un púrpura profundo, sus joyas de hueso incrustadas en oro y su sencilla máscara dorada.
A cada lado están sus asistentes: la joven portadora de la antorcha, que sostiene una pila de máscaras simples talladas en álamo para que los novicios usemos al entrar por primera vez en la cabaña de emparejamiento, y su ayudante, la joven que montaba el pegaso.
Es extraño ver a Sarai a nuestro lado en la fila, con la cabeza medio inclinada en actitud de súplica. Pero hoy la emparejadora es la reina suprema.
Adela habla, con voz grave y segura y, de algún modo, el sonido de su autoridad resulta aún más sensual que los muslos ocultos debajo de su túnica voluminosa.
–Hoy nos reunimos para representar a la Triple Diosa: guardianes, criaturas y orden.
Guardianes, ¿han cumplido con su deber hacia estas criaturas?
¿Las han guiado a través de la vida y hacia la gloria de la muerte, preparándolas con cuidado hasta que alcanzaran su fin natural y comenzaran su camino de servicio a la Diosa?
–Lo hemos hecho –responde la comunidad de guardianes a mi espalda.
–Novicios, ¿han cumplido con su deber de prepararse para estas criaturas? ¿Han estudiado los caminos de su Diosa, la han servido con la mente y con las manos, han realizado su buena obra en esta tierra para preparar su alma para el emparejamiento que es sagrado y eterno?
–Lo hemos hecho –respondemos.
Se vuelve de espaldas a nosotros, de cara a la cabaña de emparejamiento, alza los brazos, y juraría que puedo sentir la ansiedad de las calaveras que aguardan dentro, aunque eso sea imposible.
Los miembros de la orden solo sienten las emociones y deseos de la calavera con la que están emparejados, y aun ese tipo de vínculo es raro.
Según tengo entendido, la comunicación es solo de una calavera al sacerdote.
–Criaturas, hemos cumplido con nuestros deberes en preparación para sus bendiciones. Les suplicamos ahora que nos reciban en nuestra mundana humanidad, que vean la imperfección de nuestras almas y nos ayuden a alcanzar nuestro potencial para el bien.
Las siguientes horas comienzan con lentitud, pero adquieren un fervor que sospecho que nadie estaba preparado para presenciar.
Se produce un emparejamiento singular tras otro.
Dos miembros de una tríada de gytrash se emparejan con Ylysia y Molvi, que casualmente son dos miembros de un trío romántico.
Linden, el tercero, permanece al final de nuestra fila, radiante al ver a sus parejas con las calaveras de aspecto canino y casi saltando por la anticipación de su propio emparejamiento.
Los gytrash siempre se emparejan de tres en tres.
Si fuera yo, no estaría tan complacido con ese emparejamiento, ya que quienes se emparejan con un gytrash son responsables de los ritos fúnebres de las órdenes, de limpiar y preparar los cuerpos para el entierro o la cremación.
Es un trabajo valioso, la orden cobra a los ciudadanos sumas considerables por una ceremonia fúnebre asistida por un gytrash, pero, por la Diosa, qué deprimente.
El cántico apagado de las voces de los guardianes detrás de mí parece volverse más veloz, más fuerte, más dinámico cuando Ulric da un paso al frente y se prepara para enfrentarse a las calaveras.
Mi corazón se sincroniza con su ritmo acelerado mientras él entra con la emparejadora.
Esperaba ir antes que él, permitir que esa nueva calavera de dragón me viera primero, pero me aseguro a mí mismo que todo estará bien.
Lo semejante llama a lo semejante, y Ulric es demasiado gentil para un dragón. Demasiado bondadoso.
En unos pocos minutos, emerge con una sonrisa amplia y el dragón sobre su rostro.
Mierda.
Sarai prácticamente baila de alegría, incapaz de mantener su fachada de humildad.