Capítulo siete. Adela
capítulo siete Adela
Etana me deposita frente a la cabaña de emparejamiento y a una pequeña multitud, conformada por miembros de la orden y los guardianes que fueron a asegurar que atravesaran el bosque a salvo.
Los ignoro a todos para enfocarme en recuperar el aliento. No sé quién está más agitada, si Etana o yo. Las dos jadeamos, su vientre abultado sube y baja, y yo intento inhalar a través de la máscara sólida. Pero ella sacude la cabeza, animada y juguetona, y no puedo dejar de reír.
Camino unos pasos antes de desplomarme en el suelo junto a Beadda, que está aferrando la hierba larga como si nunca fuera a separarse de él otra vez. Creo que está llorando. O riendo. ¿O ambas?
Etana y Lathai se saludan frotando sus rostros por un instante, luego se dan la vuelta y parten al galope hacia las colinas que llaman hogar. Desaparecen tan pronto como llegaron.
De repente, la preocupación repta por mi columna y me congela tanto como el suelo helado. Me siento para mirar hacia la cabaña, desde donde siento un llamado.
Detrás de mí, alguien se aclara la garganta.
Cierto. No puedo ignorarlos para siempre. Volteo hacia Petra, John y Redonna, que esperan junto a la orden, a la que trajeron a salvo hasta aquí.
O casi toda la orden.
Al parecer, cuentan con un sacerdote y un novicio menos de lo que esperábamos. Los que restan se ven desalineados, con los mantos blancos sucios y arrugados y follaje seco atorado entre los bordados intrincados. Aun así, permanecen formados y con las vendas en su lugar.
Todos excepto uno, un hombre de cabello oscuro y hombros anchos, que se cierne detrás de Beadda de forma protectora.
No usa la venda en los ojos como debería y me mira con ojos oscuros y hambrientos.
Su túnica está sucia y chamuscada en algunos lugares, como si hubiera rodado por el suelo del bosque y sobre algunas brasas encendidas.
No puedo evitar notar su complexión, más de guardián que de sacerdote, quienes tienden a ser más desgarbados o suaves.
–Novicio Kian –advierte una sacerdotisa que lo devuelve a la formación con sus compañeros y le sujeta la venda con tanta fuerza que le aplana la nariz.
–Emparejadora Adela –dice Petra en tono formal, con las cejas elevadas.
Me pongo de pie y acomodo la falda.
–Lo siento, Petra –le susurro antes de enfrentar a la Suma Sacerdotisa–. Bienvenida, Su Santidad. Me disculpo por nuestra… llegada no convencional. Soy Adela, su emparejadora. Y ella es Beadda, mi asistente.
Beadda no se levanta, así que la sacudo con el pie, pero solo gimotea por lo bajo.
–Comenzaremos con la ceremonia de bienvenida en cuanto mis compañeros guardianes estén aquí.
Ya se oyen a la distancia.
La Suma Sacerdotisa, una mujer rígida y seria, que usa una calavera de unicornio con un diseño de joyas intrincado, asiente una vez con la cabeza.
Esperamos hasta que llega el resto de los guardianes, Beadda logra ponerse de pie, y la ceremonia de bienvenida trascurre sin contratiempos.
Una vez terminada, los novicios se retiran las vendas de los ojos.
Este suele ser un momento de vítores y saludos más informales, pero tienen la mirada perturbada y relatan la historia del dragón y su sacerdote caído en su camino por la pradera.
Después de mi paseo sobre Etana, tengo la mente acelerada, la visión turbia y las manos temblorosas; lo único que quiero hacer es acurrucarme en mi cama, pero el banquete de bienvenida de la Cazadora es la mejor comida del año, y necesito comer.
Las últimas veinticuatro horas han sido demasiado largas y extrañas.
Estoy segura de que ingerir variedad de quesos ahumados, rollos dulces y postres acallará el bullicio en mi mente y mi corazón.
Antes del banquete voy a casa a cambiarme de atuendo.
Me quito con tranquilidad el traje de emparejadora cubierto de pelo de unicornio para ponerme el vestido de seda color zafiro que Cecelia eligió para mí.
Tiene un escote más bajo de lo que yo me atrevería a escoger, es ajustado en los hombros y el pecho y suelto por debajo.
Los sacerdotes y sacerdotisas de la Orden de la Hilandera odiarían este vestido, que es revelador y etéreo a la vez, pero es perfecto para los seguidores de la Cazadora.
Ellos son muy físicos, disfrutan de la comida, el sexo, la danza y los juegos.
Aman los cuerpos, tanto los propios como los ajenos.
Así que, aunque me cohíba un poco el dramatismo, por dentro agradezco a Cecelia por su previsión y pericia al elegirme algo que cumplirá las expectativas de mi papel como emparejadora.
La tela se desliza sobre mi cuerpo cuando me muevo de aquí para allá para alistarme.
Mis trenzas están bien, tal vez un poco encrespadas en la cabeza, pero prefiero dejarlas así antes que lidiar con el caos que haría al intentar deshacerlas yo misma.
Tendré que buscar ayuda más tarde, tal vez mañana.
Por el bien de mi jaqueca, evito las joyas pesadas que Cecelia dejó preparadas, así como las botas con cordones de cuero.
Aunque estos se verían bien entrecruzados por mis piernas, asomando por el tajo de la falda cuando camine o baile, acomodarlos es demasiada molestia.
En cambio, elijo unas zapatillas bajas. Pongo un poco de empeño en mi rostro, con una pizca de polvo iridiscente en los párpados y aceite teñido con remolacha en labios y mejillas.
Al terminar, me paro frente al espejo y me miro a mí misma. Cecelia ha hecho un trabajo impecable, que saca a relucir la versión más audaz y feroz de mí.
¿Esta es quién soy?
Seguí mis instintos y desperté al fénix, lo que desplegó un pulso mágico por el valle que nos causó daños, pero que también pudo habernos fortalecido más allá de lo que podemos comprender.
No imagino qué pasaría si pudiera emparejar a un fénix con uno de los novicios.
Las criaturas son salvajes y maravillosas; las calaveras son ruidosas y ansiosas; los guardianes y la orden están expectantes ante la posibilidad de emparejamientos influyentes, pese a las pérdidas del día.
Yo hice eso.
Me detengo frente a la puerta del gran salón, inhalo y me preparo para lo que esté por venir. Cruzo las puertas y me dispongo a enfrentar cualquier susurro, mirada o juicio que puedan dirigirme.
En cambio, no ocurre nada. La gente saluda distraída con la mano o con la cabeza mientras me abro paso entre cuerpos que bailan, festejan y beben.
Debí tardar más de lo que pensaba en arreglarme, porque ya todos están sumidos en la celebración del día.
Encuentro mi lugar junto a mi padre y los líderes de nuestros invitados en la mesa principal.
Él está enfrascado en una conversación con la Suma Sacerdotisa y, cuando me ve, se inclina más hacia ella y baja la voz.
Al parecer, no soy bienvenida a participar en su conversación.
Lo cual está bien; de todos modos no podría oírlo por encima del bullicio de los músicos.
Hoy están en plena forma, con las mejillas encendidas y manos veloces.
Y son ruidosos. Sin duda se alimentan de la energía del salón, que es estridente pero extraña.
Todos hemos perdido a alguien en los últimos días (la orden a uno de sus sacerdotes; nosotros a Bartholomew, Gilcriss, Duschwa y Donna) y es como si, ahogando las penas en baile y bebida, pudiéramos traerlos de vuelta.
O al menos olvidar el dolor de su ausencia por un día.
Mañana seguiremos de duelo y avanzaremos. Hoy, olvidamos.
Observo cómo novicios y guardianes se acechan unos a otros, se reclaman para sí. Ninguna cama estará fría esta noche por falta de compañía, a menos que así lo prefieran.
El aroma agrio de la cerveza y la sidra impregna el aire y se mezcla con los olores ricos y especiados de diversos platos de verduras y pasteles dulces.
Se me hace agua la boca, pero antes de que pueda ir en busca de comida, Cecelia aparece con dos platos rebosantes.
Nos sentamos y los coloca ambos frente a mí.
Uno tiene opciones saladas; el otro, dulces.
–Eres un ángel –digo mientras me sirvo champiñones marinados, pudín de harina de maíz, pasta con bechamel y col morada y zanahorias glaseadas con miel. Gracias a la Diosa por los banquetes. Y a Cecelia por conocerme tan bien.
Ella me roba un huevo de codorniz relleno del plato y pregunta con la boca llena:
–Entonces, ¿qué tal fue montar a Etana?
–Ah, por la Diosa. Un placer que encrespa los dedos de los pies, que te cambia la vida.
Papá debe de haber terminado por fin de conspirar con la sacerdotisa o haber oído la pregunta de Cecelia, porque se mueve a mi otro lado y me presta atención por primera vez desde que llegué. Me rodea con un brazo y me roba un trozo de patata asada.
–Toma otro y te apuñalo con el tenedor –le advierto.
Él suelta una carcajada, se reclina en la silla y se apoya las manos ásperas sobre el vientre.
–La sacerdotisa está complacida de que tengamos un nuevo kelpie y una nueva calavera de dragón como opciones. Está dispuesta a ofrecernos una generosa muestra de agradecimiento si hay emparejamiento.
Frunzo el ceño.
–Quiere, en particular, al novicio Kian para Gilcriss.
Kian. El del cabello oscuro, hombros deliciosos y ojos voraces.
Recorro el salón con la vista y me sorprende descubrir que me está devolviendo la mirada con una intensidad que casi puedo sentir.
Entre nosotros, los cuerpos se retuercen y se mecen al ritmo de la música, pero es como si el resto del mundo se desvaneciera.
En lo más profundo de mi vientre, siento cómo despierta el deseo.
Desvío la mirada y bebo un sorbo largo de hidromiel. Trago mal.
–Así no es cómo funciona –dice Cecelia por mí mientras farfullo y toso.
Siempre se preocupa por la claridad y las reglas, pero tiene razón.
Las calaveras me hablan a mí, no al revés.
Tal vez Bartholomew podía influir en sus decisiones, pero si era una habilidad transmisible, todavía no me la había enseñado.