Capítulo siete. Adela #2
–¿Por qué Kian? –pregunto. Pienso que sería mala pareja para una calavera de dragón.
A pesar de su amor por la indulgencia, ellos son quisquillosos y apegados a la ley.
Mientras que, por la forma en que se mantenía apartado de los otros novicios y sin venda en los ojos, imagino que él desafía las reglas cuando siente que debe hacerlo.
Mi padre se encoge de hombros con todo el cuerpo y me arrebata un baklava de pistacho de mi plato de dulces.
–¿Qué ofrecen? –pregunta Cecelia. Siempre práctica. Siempre minuciosa.
–Aumentar sus contribuciones. Es suficiente para incorporar a cuatro nuevos guardianes y cubrir los gastos de las construcciones que necesitaríamos para alojarlos. Además, una suma anual adicional para uso discrecional.
Cecelia suelta un silbido bajo a mi lado. Aunque emparejamos calaveras con novicios para las tres órdenes, la Orden de la Cazadora tiene más ceremonias y más gente que las órdenes de la Pupila y la Hilandera, por eso controlan nuestros fondos. Y se han vuelto tacaños.
Obviamente tienen algo en mente para hacer una oferta tan generosa.
Más manos, más alojamiento y más fondos nos facilitarían la vida a todos, en especial ahora que tenemos un dragón rebelde con gusto por la carne humana del que preocuparnos.
Me pregunto qué condiciones vendrán con el dinero o qué planes tienen para Kian.
–¿Lo intentarás? –El tono de Cecelia deja claro que cree que debería hacerlo.
La miro, sorprendida de que sea ella, la apegada a las reglas, quien me anime a hacerlo. No es que exista una norma oficial que prohíba intentar influir en las calaveras, es solo que parece un esfuerzo inútil.
–Si lo haces, ten cuidado –dice mi padre, siempre listo para protegerme.
Los dos están cortados por la misma tijera. Quieren protegerme a mí y a toda nuestra comunidad, pero eso implica ser conscientes del presente y mirar hacia el futuro. Algo extraño está sucediendo y, además, el valle está en decadencia. Los recursos adicionales serían un salvavidas.
Tomo mi decisión.
–Lo intentaré y tendré cuidado –respondo–. No es que tenga la menor idea de cómo lograrlo, pero ese es un problema para la Adela de mañana.
Por el momento, lo único que quiero es dejar de lado mis preocupaciones y disfrutar del banquete.
Aún sentada, me muevo con suavidad al ritmo de la música mientras me concentro en mi comida y en mi hidromiel en especial. Es por eso que mi rostro por poco está dentro de la copa después de mi último sorbo cuando me dirijo a Cecelia.
–¿Quieres bailar?
Antes de que pueda aceptarme o rechazarme, alguien me quita la copa de la mano y la deja cerca de mi plato con cuidado. Cuando lo hace, la manga de su túnica se desliza hacia atrás y revela marcas de la Cazadora que recorren un antebrazo musculoso. Su voz es ronca y risueña cuando dice:
–Me encantaría.
Por lo general, no soy muy buena bailarina; tengo poco sentido del ritmo y me preocupo demasiado por no pisar a mi acompañante o verme torpe.
Con Kian, soy todavía más desastrosa de lo habitual.
Un zumbido en mi cabeza y en mis manos me distrae.
¿Él? ¿Su cercanía? ¿La hidromiel que estaba bebiendo como si fuera agua?
Pero no. Sé lo que es.
Mi deseo.
Kian no es mucho más alto que yo, pero es ancho y de una firmeza desorientadora. Nuestros cuerpos encajan bien juntos.
–¿Cómo estás? –pregunto. Intento sonar suave, pero mi voz chirría un poco incluso para mis propios oídos.
Él viste una nueva túnica blanca ahora, limpia y con olor al jabón de hierba limón que hacemos específicamente para las órdenes.
Quiero inclinarme y aspirar su aroma; en cambio, levanto un poco la mano de su hombro al darme cuenta de que podría estar adolorido o herido, ya que antes estaba muy sucio y tenía sangre en la espalda por la travesía por el valle.
–No soy de cristal. Puedes tocarme –responde con aspereza. Hace una breve pausa y las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba–. De hecho, me gustaría que me tocaras.
Entonces relajo la mano y la apoyo de nuevo en su hombro firme y cálido. Sin querer, flexiono los dedos y presiono un poco, su media sonrisa se acentúa.
–Buena chica. –Siento un espasmo en mi bajo vientre, o más abajo, y un calor involuntario pero nada desagradable se extiende por mi piel–. Vaya –expresa Kian al notar mi reacción y seguir el rubor con la mirada por mi rostro, mi mejilla y mi cuello–. Eso te gustó, ¿eh?
Una vez más, me pregunto qué quiere la Suma Sacerdotisa con este hombre irreverente de sonrisa petulante, que usa la túnica y los tatuajes de un novicio de la Orden de la Cazadora, pero que parece tan salvaje como un grifo recién nacido.
No lo imagino liderando rituales de la Cazadora como haría siendo un sacerdote superior con calavera de dragón.
Ahora, me mueve por la pista de baile, al ritmo de una canción larga y exuberante, elegida por los músicos para la Orden de la Cazadora en especial.
Como las órdenes de todas las diosas, es una mezcla confusa de normas y prioridades.
Además, es la más jerárquica de las tres, la que exige mayor obediencia a sus novicios y sacerdotes menores.
Por otro lado, sus miembros disfrutan de los placeres de la vida más que la mayoría.
Bailar es uno de ellos.
Les gusta moverse. En ese aspecto, Kian encaja a la perfección en la orden. Es muy… sólido. Presente. Físico. Estuve esforzándome por seguirle el paso, hasta que dejé de intentarlo y comencé a fluir, a seguir la música.
Cuanto más bailamos, más se libera mi mente; es vivificante.
Cuando una canción termina, luego la segunda y a la tercera por fin me libera, estoy riendo, sudando y sin aliento.
Él también está sonriendo y respirando con dificultad, de modo que su pecho ancho se eleva y desciende de prisa, y su frente brilla de sudor igual que la mía.
Una vez que nos separamos, me inclino en un saludo tradicional y, en el proceso, veo a tres de mis compañeras guardianas merodeando sin mucho disimulo, sin duda ansiosas por ser las siguientes.
Pero él no suelta mi mano.
–Gracias por los bailes –digo al tiempo que jalo despacio para liberarme. El deseo es intenso, tanto que otro instante de contacto me haría perder la capacidad de pensar y caer ante el deseo puro e impulsivo.
El agarre de mi mano se ajusta más, pero ya no es coqueteo, está presionando demasiado. Tanto que sus nudillos se están tornando blancos.
–¿Kian? –Miro su rostro, pensando que veré una sonrisa burlona, señal de que es alguna clase de juego, pero su expresión es tensa, con labios separados. Lo más desconcertante son sus ojos desorbitados que solo se ven blancos–. ¿Kian? –repito.
Entonces me percato de que debe estar teniendo una visión, algo que suele suceder justo antes de un emparejamiento.
Aunque no sucede con los lebrílopes ni las criaturas más típicas, sino con las más singulares y poderosas.
Tal vez podamos cumplir con el pedido de la Suma Sacerdotisa de emparejarlo con un dragón después de todo.
Intento moverlo hacia el extremo de la pista de baile, pero se tambalea y casi colapsa en mis brazos.
Por fortuna no soy pequeña como Cecelia, de lo contrario me desmoronaría debajo de él y ambos acabaríamos en el suelo.
En cambio, cuelgo su brazo sobre mi hombro, llevo una mano a su cintura y logro mantenerme en pie.
Él está lo suficientemente consciente para sostenerse y seguir mis indicaciones fuera del gran salón, a través de una cocina tranquila y hacia una despensa pequeña.
Este lugar es mucho más fresco y creo que le caería bien, ya que su piel está en llamas.
En el camino enfrentamos apenas unas cuantas miradas celosas.
Ya libres de las risas y el calor sofocantes, lo ayudo a sentarse en una banca baja y cierro la puerta de la despensa para protegerlo de miradas curiosas. Si yo estuviera fuera de mi cuerpo, en medio de una visión y desconectada del mundo que me rodea, no querría fisgones.
Él aferra mi cintura con fuerza, con dedos fuertes pero no punzantes.
Su mirada se enfoca por un momento, me observa, me devora. Sus ojos son feroces y en ellos veo la fuerza necesaria para llevar un dragón.
–Eres absolutamente perfecta –dice con voz espesa como melaza, sin duda aún afectado por la visión. Aun así, sus palabras penetran justo en el centro de mí y encienden fuego.
Perfecta.
Yo.
Quien ha hecho un desastre los últimos dos días; quien tiene la sangre de criaturas y personas en sus manos. Soy tonta, impulsiva, nada cercano a la perfección.
Sin embargo, creo en él. Y eso hace que mi deseo arda.
Sus manos presionan mi cintura y sus piernas se separan para hacerme lugar cuando me atrae hacia él.
Mis pechos están casi en su rostro, y una parte insensata y traviesa de mí quiere que arquee la espalda para cubrir la brecha.
Quiero sentir sus labios, su lengua y sus dientes sobre la piel.
Pero todavía no es él mismo. Sus ojos están desenfocados otra vez y respira con pesadez.
El aire frío me hace temblar.
–¿Kian?
Sigue sosteniéndome, pero no responde. La visión está durando demasiado, a menos que sea otra cosa. Para intentar llegar a él, llevo una mano a su rostro y, en cuanto rozo su mejilla, sus ojos se enfocan.
En mis pechos.
Por un momento, la sorpresa lo invade; lo siento en sus manos en mi cintura y en la leve ampliación de sus cuencas cuando mira mi rostro un instante.
Pero desaparece de inmediato, reemplazada por una satisfacción algo presumida.
Sus ojos se vuelven pesados y esos labios se curvan una vez más.
Dondequiera que lo haya llevado esa visión, ya ha vuelto en sí por completo.
–Hola, bellezas –susurra a centímetros de mis pechos, contra mi piel, que se eriza de inmediato y lo hace reír.