El beso del fénix Capítulo seis. Kian
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Capítulo seis. Kian

capítulo seis Kian

No llegamos a ir corriendo por el bosque (a fin de cuentas, seguimos con los ojos vendados), pero nuestro paso es mucho más rápido que cuando empezamos.

Por desgracia, creo que no puedo arriesgarme a dejar caer más piedras rojas para guiar a tía Ujvala fuera del bosque, pero al menos ya habrán atravesado las barreras protectoras.

Podrán arreglárselas el resto del camino.

A pesar de la venda, puedo notar cuándo salimos del bosque y entramos en un prado. La luz que se filtra por los bordes de la tela se vuelve más intensa, los sonidos cambian, una brisa fuerte agita nuestras túnicas y nuestro cabello.

Siento una liberación de tensión invisible en todo el grupo. Alguien a mi lado suspira aliviado. Ya casi llegamos. Por fin.

Seguimos sobresaltándonos con cada crujido de las hojas agitadas por el viento, con el susurro suave de la hierba alta que roza nuestros mantos al avanzar, pero nada más nos ataca, ni siquiera se acerca y, tras unos minutos más de caminata, nos detenemos y esperamos.

Y esperamos. Y esperamos.

Percibo que los demás también se inquietan y cambian de posición a mi lado. Cuando los pies se me entumecen, empiezo a trotar en el lugar, convencido de que me darán un golpecito en los hombros por hacerlo, pero las sacerdotisas me ignoran.

–Sus compañeros guardianes llegan tarde –sisea Sarai a quienes esperan con nosotros. Sea cual sea la respuesta que murmuran, mis oídos no la captan.

Lo que sí captan es el grito lejano de una mujer.

Al principio suena distante, pero se acerca con rapidez hasta que todos en el grupo nos movemos nerviosos, sin saber de dónde proviene el sonido.

Parece venir de arriba y, por un instante, imagino el horror de un dragón con una persona aún viva atrapada entre sus dientes.

Pero la emoción entrelazada con el miedo en ese grito es inconfundible. De pronto, un estruendo vibra debajo de mis pies y el grito cesa. Luego hay otro impacto menor, como si algo mucho más pequeño hubiera caído al suelo. Oigo la inhalación brusca de Sarai justo cuando me arranco la venda.

La hermana Roberta me fulmina con la mirada.

–Vuelve a ponértela.

La ignoro. Frente a mí, una joven de cabello oscuro y brillante, con la máscara plateada de una emparejadora asistente, yace boca arriba, mientras que un enorme pegaso negro y plateado se le cierne por encima.

Me apresuro a unirme a los guardianes inclinados frente a ella y, al acercarme, noto que la muchacha llora y ríe al mismo tiempo, con dos puñados de hierba larga en las manos enguantadas, como si la tierra pudiera huir y abandonarla. Los guardianes y Sarai la observan estupefactos.

El pegaso resopla y rasca el suelo con la pezuña, pero no parece molesto por mi presencia junto a su… ¿jinete? ¿Cautiva?

Ella empieza a temblar y a reír sin control, hasta que el guardián John la ayuda a incorporarse con cuidado, luego le frota el brazo y la espalda con energía. Poco a poco comienza a tranquilizarse.

–¿Qué está pasando? –le exige–. ¿Por qué montabas a Lathai? –Lo dice como si fuera algo penoso, y me hace pensar que montar pegasos no es parte de la vida como guardián.

–¿Dónde está Adela? –responde ella con una mirada alrededor. Parece algo… agitada.

–¿Quién es Adela? –pregunto.

Antes de que responda, la voz elevada de otra mujer rompe el silencio. Pero mientras que el grito de la emparejadora asistente sonaba aterrado, el de la recién llegada es de euforia pura. Giro hacia el sonido, mi corazón da un salto ante lo que veo.

Una mujer corpulenta y curvilínea, con una pierna blanca al descubierto, un alboroto de telas lujosas y oscuras y trenzas desalineadas flotando tras ella, rebota sobre la espalda de un unicornio brillante.

Parece salida de un libro de cuentos y quiero arrancarle la máscara dorada del rostro para ver el éxtasis intenso que devela su voz.

–Adela –dice la emparejadora asistente, con voz otra vez fuerte y estable. Se aleja un poco de John y, aunque no se levanta de inmediato, noto que está esforzándose por volver en sí.

Quiero pedirle que me hable de la dichosa Adela, pero la hermana Roberta me toma del brazo, me devuelve a mi lugar en la formación y me sujeta la venda tan fuerte que podría perder la sensibilidad en las orejas por falta de sangre.

Por un momento espero que me patee en las piernas como solía hacer mi primo en nuestros juegos, pero tan solo se aleja con un resoplido molesto.

Si alguna vez ha importado la opinión de un santo, ya nunca más lo hará. Por primera vez desde que me uní a la orden, por fin entiendo su fervor por inclinarse, arrastrarse y adorar. Pero mientras que su deidad es la Cazadora, la mía son muslos blancos, carnes que rebotan y dicha primitiva.

Por fin he visto la verdadera imagen de la Diosa y, al parecer, su nombre es Adela.