El beso del fénix Capítulo cinco. Adela
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Capítulo cinco. Adela

capítulo cinco Adela

Encuentro a Beadda en la herradura de hierba frente a las casas de todos los guardianes.

Son cincuenta casas en total, con una nueva en construcción para los recién comprometidos Ezequiel y Mathew, que están abrazados y llenos de emoción.

A todos les encanta la ceremonia de bienvenida y el día de banquete siguiente.

O así es en circunstancias normales.

Esta mañana, en cambio, hay muy pocos guardianes con nosotros.

La extensa familia de Cecelia está aquí con mi padre, los ancianos que no fueron al bosque para proteger a la orden y algunos otros.

No ha venido nadie con niños ni los más ancianos.

La bienvenida no es opcional, pero parece que hoy mis compañeros guardianes están dispuestos a enfrentar la ira de los ancianos por mantenerse a salvo en sus casas.

No es que la casa de Bartholomew lo haya mantenido a salvo a él.

–¿Los demás vendrán para el banquete al menos? –pregunta Beadda por lo bajo, con un halo de niebla en su aliento.

Cuando la miro, noto su sonrisa forzada, una expresión nerviosa que conozco, porque es igual a la de Cecelia. Tiene miedo, pero no sé si es por su nuevo puesto o por el dragón descontrolado que ronda por el valle.

–Por supuesto –le aseguro, aunque no estoy segura de nada.

Al menos tenemos las vestiduras apropiadas para la ocasión.

Debajo de la capa manchada de tinta, Beadda usa un traje recién remodelado color lavanda, bordado con cuentas de hueso bañadas de plata.

Su máscara, que también fue mía una vez, es de álamo cubierto de plata, tallada para que se vea como brotes extendidos adorando el sol cálido del verano.

Aunque usa la capucha para protegerse del frío, sé que tiene el cabello peinado en tres trenzas de tres hebras, recogidas en un moño detrás de la cabeza, el estilo que usé para cada noche de bienvenida y emparejamiento durante una década.

Esta noche mi peinado es mucho más elaborado: seis trenzas de seis hebras, recogidas con un fémur de lebrílope tallado en forma de espiga de trigo.

Además del palillo para el cabello, uso aretes de hematita y hueso de dragón, y una gargantilla de las que fueron costillas de guiverno.

Incluso las cuentas bordadas en forma de estrella en mi traje morado son de hueso bañado en oro.

En las manos traigo cuatro anillos, cada uno tallado de huesos de una criatura diferente e incrustados con distintas gemas.

Le echo un vistazo a las manos de Beadda, protegidas debajo de los guantes. Yo también los usaba siempre antes de esta noche, ya que solo el Emparejador y los novicios emparejados pueden tocar las calaveras con la piel desnuda.

Retuerzo las manos frías que no puedo dejar quietas, y un anillo se atora en la capa superior de mi falda; maldigo por lo bajo mientras aliso la gasa. He participado de este evento por años, sé bien lo que debo hacer, pero aun así no puedo borrar el terror de que algo salga terriblemente mal.

Beadda se aclara la garganta.

–¿Todo está bien?

Me sorprende, la máscara se desliza un ápice sobre mi rostro. No es la máscara calada que debería usar, gemela a la de Beadda pero de oro, ya que esa ya no es más que humo y cenizas gracias a los dragones. Gracias a mí.

Esta máscara también fue tallada de un álamo bendito, como las de todos los Emparejadores, y está cubierta de oro. Todos los guardianes usan máscaras al estar con las calaveras por respeto y tradición. Nunca debemos mostrarles nuestro rostro, no tenemos permitido emparejarnos con ellas.

Esta noche, la mayor ventaja de mi máscara es que oculta cualquier verdad que Beadda y los demás podrían ver en los cambios sutiles de mi expresión.

–Todo está excelente –miento otra vez antes de ir a mi posición.

Los demás se mueven para ubicarse detrás de nosotras sin que tenga que decírselos.

Al frente, Danni, de doce años, usa una máscara de bronce con un tallado algo menos elaborado que el de Beadda y sostiene una antorcha, que simboliza cómo la Gran Diosa siempre nos guiará.

Juntas representamos los tres aspectos de la Triple Diosa.

Avanzamos en procesión y comenzamos a cantar, pero antes de que lleguemos a salir del círculo de casas hacia la pradera, el sonido de cascos sobre la gravilla hace que mi voz flaquee.

Danni levanta la antorcha con manos temblorosas, aunque no es que con eso vaya a ayudarnos a ver mejor a través de la niebla.

La canción se apaga detrás de nosotros, devenida en un murmullo de voces preocupadas.

Con un cosquilleo de preocupación, miro a través de la pradera. Mi mente recuerda el cuerpo de Bartholomew anoche, calcinado entre los restos quemados de su casa, pero me obligo a volver al presente. Se oyen pezuñas, no alas, así que es más probable que se trate de un caballo corriente.

Un pegaso no se molestaría en correr cuando puede llegar a donde quiera más rápido por el cielo, y los kelpies no se alejarían tanto de sus ríos.

Además, me conmueve recordar que ahora queda un solo kelpie en el mundo, que sin duda está sufriendo por la pérdida de su compañera, cuyo cuerpo fue devuelto al río esta mañana por mi padre.

Y, a pesar de ser más gentiles que los demás, los unicornios también son huraños: al disponer de miles de hectáreas donde pastar y tener preferencia por su propio territorio, casi nunca se acercan al valle.

A menos que algo ande mal.

Un momento después, oigo el aleteo de grandes alas. Todo el grupo se estremece casi al unísono, pero yo miro hacia arriba y me alivia ver a Lathai volando sobre nosotros.

Ahora sé a quién pertenece el galope. Como imaginaba, un segundo después, de entre la niebla aparece Etana, la compañera improbable de Lathai y mi hermana estelar.

Jadea y resopla con fuerza, sin duda molesta porque él llegó más rápido.

Aunque ella tiene una buena excusa: un vientre abultado por un embarazo milagroso.

Espera un híbrido entre unicornio y pegaso, el primero de su especie por lo que sabemos y una señal de esperanza en medio de las dificultades que atraviesa el valle.

–Hola, dulzuras –saludo, con una mano extendida hacia Etana. Ella la olisquea en busca de un bocadillo, pero la rasco alrededor del cuerno en su lugar–. No tengo nada para ti esta noche, mi niña querida. No tengo bolsillos.

Lathai aterriza con un temblor detrás de Beadda, lo que la hace saltar.

Es ruidoso y dramático, como todo pegaso, y pone nerviosa a mi asistente, como es de esperarse.

Cuando le frota la nariz contra la espalda, ella se aleja, entonces él insiste con más fuerza, frotando la cabeza contra su capa, que llena de cabellos negros de puntas plateadas.

Beadda bufa y se los sacude, pero no tiene éxito. Él relincha y agita las puntas de las alas como si se riera de ella. Mientras lo hace, un rayo atraviesa el cielo.

–Lathai, no hagas eso –lo reprendo, aunque solo está jugando. Esto no es nada comparado con la tormenta que podría desatar si quisiera.

–¿Etana está bien? –pregunta una mujer de la multitud; todos están preocupados por ella. Mi padre se acerca desde atrás, él conoce a estos dos mejor que nadie.

Les hace una revisión rápida, les palpa el cuerpo y las piernas, y les levanta las patas para ver sus pezuñas, tranquilo y meticuloso a pesar de que todos se están inquietando.

Es inusual detener una procesión y, si sus pensamientos siguen el mismo curso que los míos, le preocupa que sea un mal presagio.

Por otro lado, nadie quiere estar a cielo abierto apenas horas después de un ataque de dragón.

–No veo nada malo. –Mi padre se encoge de hombros–. Solo están siendo extravagantes y dramáticos.

Suelto una exhalación temblorosa y asiento con la cabeza. No es algo extraño en ellos, una pareja interespecie propensa a las travesuras, que en general incluyen robar manzanas recién cosechadas o derribar a sus guardianes mientras intentamos limpiar o herrar sus pezuñas.

–Entonces, ¿continuamos? –le pregunto a mi padre.

Aunque se supone que estoy a cargo de esta noche, con Beadda como segunda al mando, buscar la aprobación de mi padre es una costumbre.

Él asiente con la cabeza y retrocede, pero reconozco la tensión en su mandíbula.

No vuelve a la retaguardia, sino que se une a Cecelia en la primera línea.

Está preocupado.

Nos damos la vuelta y le indico a Danni que debemos seguir adelante. Ella levanta la antorcha con la mano un poco temblorosa y abre la boca, pero antes de que pueda empezar a cantar, Etana relincha: un sonido entre el tradicional del caballo y vidrio roto.

Hago una mueca de dolor, Beadda se tapa los oídos y Danni titubea. Extiendo la mano hacia Etana por instinto, pero ahora no deja que la rasque alrededor del cuerno y le acaricie la mejilla. En cambio, se arrodilla como en una reverencia.

Lathai hace los mismo junto a Beadda, quien da un paso presuroso hacia atrás. Desde su posición, Etana mueve la cabeza con impaciencia. Miro a mi padre, quien señala a la unicornio.

–Parece que tienen transporte a la reunión.

Es imposible. Tenemos caballos para cuando debemos ir más lejos de unos pocos kilómetros, algunos bueyes para mover carretas y equipamiento para siembra, burros y perros para cargar suministros cuando es necesario.

Pero nunca, jamás, montamos a las criaturas que cuidamos y custodiamos.

No es que esté prohibido, solo no se hace.

Supongo que será una señal de respeto, o solo costumbre, no lo sé en realidad.

Pero si tuviera que elegir a una criatura para montar, nunca sería un unicornio.

Son seres orgullosos y temperamentales, y las leyendas dicen que se comen a las personas que los irritan.

Además, aunque Etana es grande para su especie, está embarazada, y yo no soy pequeña, en especial para una criatura que no acostumbra a cargar personas.

Etana relincha otra vez, Lathai la sigue con su propio chillido.

Siento la atracción dentro de mí, el impulso que intento reprimir, acallar, ahogar. El que nunca me lleva a nada bueno y que, a pesar de mis esfuerzos, no puedo ignorar.

–Ve –me anima mi padre cuando me acerco a Etana.

Con manos y piernas temblorosas, avanzo y me sujeto de su melena. Ella se inclina más, entonces levanto mi falda y capa con la mano libre, el tajo del vestido se abre y permite que pase la pierna blanca sobre el lomo de Etana.

Ella se levanta casi de inmediato, como si mi peso no fuera nada.

–Adela –dice Beadda como plegaria, con buena razón.

En su lugar, también chillaría, ya que Lathai está acosándola: se le acerca, se inclina y se levanta para dar un pisotón cuando ella se aleja en lugar de acercarse, luego repite el proceso.

Tras varias repeticiones, la acorrala contra los demás, con la cabeza gacha de forma desafiante.

–Si no subes voluntariamente, te levantará con la cabeza y te lanzará a su espalda –le advierte mi padre–. Luego volarás sobre el valle de espaldas o recostada. Trabar las rodillas sobre las alas y aferrarte de la melena es mucho más fácil que sujetarte de sus flancos.

Noto que la máscara de Beadda desciende como si hubiera abierto la boca para discutir, pero, cuando Lathai agacha la cabeza y da un pisotón, no emite palabra.

En cambio, levanta las manos y chilla “Bieeeeeeen”, lo que hace que el pegaso se detenga.

Entonces sube con incomodidad, casi en el cuello para evitar las alas.

–Pero no vueles, ¿sí, Lathai? ¿Lathai? –Juro que él sonríe antes de desplegar las alas y despegar–. Lathaaaaaaaaaaaaaaaai –grita Beadda.

Al menos va en dirección a la cabaña de emparejamiento , alcanzo a pensar antes de que Etana comience a galopar a una velocidad sobrenatural.

–¿Nos vemos allá? –pregunto sobre mi hombro, sin saber si estoy demasiado lejos para que me escuchen. No puedo arriesgarme a voltear para mirar hacia atrás por temor a soltarme y caer sin gracia sobre el suelo congelado.

Conforme nos alejamos de los demás, hundo las manos más profundo en la melena de Etana y disfruto sentir sus músculos activos debajo de mis rodillas.

Casi puedo sentir su alegría como un tarareo placentero, muy parecido al de las calaveras que aceité ayer.

Pero debe ser mi imaginación. No escuchamos a las criaturas vivas como a las calaveras.

Ellas expresan sus emociones como los animales, con sonidos físicos y vocalizaciones singulares.

En algún lugar sobre nosotros, oigo el llamado de Lathai, y las orejas de Etana se paran, atentas. Ella responde con un sonido ensordecedor y feroz, luego su cuerno comienza a brillar.

Pocas veces he visto un cuerno de unicornio brillar, y no sucedía desde que era niña.

Una vez, cuando tenía seis, nació un unicornio y los cuernos de sus padres brillaron por una semana. Recuerdo que mi madre me explicó que esa era su señal de alegría suprema, de dicha, de que todo estaba bien en el mundo.

Antes de la muerte de la cría, tomé la mano de mi madre, mucho más grande que la mía, y le pregunté:

–¿Cómo nosotras, mamá? Si tuviera un cuerno, brillaría cuando estoy contigo.

Y el tuyo brillaría cuando estás conmigo.

–Pero a pesar de tener solo seis años, sabía que eso no era verdad, solo eran las esperanzas de una niñita.

Mi madre era muy infeliz aquí en el valle y su malestar asomaba entre los momentos buenos, hasta que siguió sus propios deseos irrefrenables y se marchó.

La pequeña yegua de unicornio murió de alguna enfermedad común que mi padre ni siquiera sabía que podían contraer. Sus padres la siguieron poco después, supongo que por el dolor.

Si tuviera un cuerno, ¿brillaría como el de Etana como esperaba cuando era niña?

Pienso en mi padre, que se quedó con los demás.

En Cecelia. En Barthlomew antes, pero hago a un lado las imágenes lúgubres.

En su lugar, pienso en mi nuevo rol de emparejadora.

En mis amigos y mi comunidad. En las criaturas a las que sirvo.

Pienso en las calaveras de fénix y en cómo fui capaz de devolverlas a la vida con un simple toque de mi mejilla contra el hueso frío.

Pienso en Etana, debajo de mí, que corre feliz, compitiendo con su compañero rumbo a un futuro brillante y hermoso.

Hay alegría y dolor, ambos enmarañados en mi interior. Y, entre ellos, anhelo.

Intento reprimir ese anhelo, que está rodeado por cosas que no puedo enfrentar, algo así como el deseo de soltar mis penas, mis preocupaciones y mi dolor.

Esa es la verdadera razón por la que intento ignorar mis impulsos, reprimir mis deseos insensatos.

Sin embargo, de algún modo siguen siendo indefinibles.

Pero, en este momento, no me preocupo por quién soy ni quién quiero ser.

Tan solo dejo que el placer puro, hambriento y salvaje por fin brote bajo mi piel y fluya.

Si fuera un unicornio, quizás no podría brillar, pero tal vez titilaría.

Esta vez, cuando Etana relincha, abro la boca para gritar con ella.