El beso del fénix Capítulo cuatro. Kian #2
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Capítulo cuatro. Kian #2

Pero antes de que el acto grotesco comience, aparecen más personas corriendo entre el follaje.

No traen faroles para ver el camino ni armas tradicionales, solo palos largos y pulidos.

Tres de las cuatro personas rodean al dragón.

Por su vestimenta simple y práctica, su confianza para abordar a un dragón a punto de comerse a un hombre muerto y su presencia en el valle, asumo que son los guardianes.

Un hombre con más audacia que sentido común se planta frente al rostro de la criatura y apunta el palo a un ojo plateado rasgado. Lo aleja y apunta, hasta que una mujer mayor cubierta de pieles y telas gruesas del color de la páprika aparece entre los árboles junto a mí y Svena.

–¡John! –logra exclamar a pesar de respirar agitada–. ¡No apuñales al dragón!

Es una mujer pequeña, con cabello rojo fuego, canas en las sienes y arrugas profundas alrededor de los ojos, prueba de que está más habituada a reír que a pelear. Pero ahora tiene los labios apretados y una expresión feroz.

El hombre frunce el ceño, pero obedece y gira el palo para que la punta afilada no apunte al dragón.

Yo me muevo en el suelo congelado para intentar calmar las punzadas de dolor en la espalda. Error. Apenas logro contener un quejido; no quiero hacer algún ruido que atraiga atención.

El dragón agacha la cabeza y abre las fauces. El guardián, John, levanta el palo y le asesta un golpe en la cabeza antes de hacerlo girar otra vez.

El dragón no ataca al hombre, sino que se adelanta y arranca la mitad del hermano Thad de un mordisco rápido, que me recuerda a un perro callejero famélico de Insborough arrebatándole el satay a un turista desprevenido.

Después de sacudir la cabeza como un perro mojado, con la mitad del hermano Thad en la boca, se lanza al aire.

No muy lejos, Markus solloza y Svena vomita, no sé si por las quemaduras o por la imagen del hermano Thad partido en dos por una bestia voladora. Probablemente por las dos cosas.

Se me escapa una risa. Aunque consigo mantenerla en silencio, mis hombros se agitan y se me llenan los ojos de lágrimas por el esfuerzo.

Un dragón acaba de devorar mi única esperanza de destruir las calaveras y el dominio que la orden mantiene sobre la sociedad.

No debería reírme. De seguro es por la conmoción y no una muestra de lo jodido que estoy por dentro.

Como no confío en que las piernas me sostengan, esquivo a mis compañeros novicios a gatas para llegar a la mano que queda del hermano Thad. Me inclino para que parezca que estoy rezando o llorando y le abro los dedos apretados.

Y allí, en el centro de la palma, encuentro una piedra roja.

Ulric apoya una mano cálida pero temblorosa en mi hombro, con cuidado de no tocar mi espalda herida. Me estremezco de todas formas mientras tomo la piedra con cuidado para que no note ningún movimiento sospechoso.

–¿Necesitas ayuda para levantarte? –pregunta en un tono suave que no oigo hace meses.

Dejo que me ayude, luego nos acercamos a Svena.

Dos de los guardianes están sobre ella, mientras que los otros dos observan el cielo.

Desde el interior del bosque, Illia y Marsi vuelven despacio; es evidente que es lo último que quisieran hacer, pero no conocen otra forma de salir de entre los árboles.

Además, esta noche estar juntos es mejor que estar separados.

La guardiana que parece estar a cargo se dirige a Sarai.

–Suma Sacerdotisa, por aquí –dice, con voz cálida y de una seguridad reconfortante. Sale del camino más ancho hacia una abertura mucho más angosta entre la maleza. Debe ser un sendero de venados o conejos.

–Seguiremos adelante –responde Sarai. Como nadie se mueve, agrega con voz firme y fría como sus ojos–: Vuelvan a colocar las vendas a los novicios. Continuaremos por el camino tradicional.

Todos giramos hacia ella a la vez, con los ojos desorbitados ante su orden, ya que acabamos de ver a un hombre ser comido vivo. Incluso la hermana Roberta se resiste.

–Hemos pasado las barreras de protección, Su Santidad –señala con suavidad–. Tomemos un camino más directo.

–No lo repetiré.

La hermana Roberta inclina la cabeza y se acerca a Markus.

Él parece estar a punto de llorar, pero obedece y se coloca la venda en los ojos él mismo.

Ulric y Jasmyn lo siguen; él se estremece al levantar los brazos.

Cuando voltea, noto que las heridas se reabrieron y la sangre atravesó la tela gruesa de su túnica. Estoy seguro de que la mía se ve igual.

Illia y Marsi se ayudan uno al otro entre sollozos suaves. Solo quedamos Svena y yo sin vendas, aunque la desobediencia de Svena no es voluntaria, parece haberse desmayado. La guardiana líder lo intenta otra vez, con voz firme, segura y reconfortante.

–Llevemos a sus novicios al valle y a sus aposentos, donde nuestros curanderos podrán tratar a los heridos.

–Mira a Ulric y a las líneas rojas delatoras en su manto, luego a Svena, que sigue inconsciente a mi lado–.

Y podemos enviar comida a sus habitaciones.

Comerán, se asearán y dormirán. Y mañana podremos pensar en cómo avanzar hacia la Ceremonia de Emparejamiento.

Hasta entonces, han tenido una experiencia traumática, necesitan descansar y recuperarse.

Sarai se yergue por completo y apunta su rostro enmascarado a la guardiana.

De pie allí en silencio, alta, indescifrable en su túnica negra diáfana, con la mitad de un hombre a sus pies y la calavera enjoyada de un unicornio cubriéndole el rostro, es aterradora.

Pero su imagen no es tan temible como su voz.

–No nos desviaremos. Continuaremos hacia la reunión. Su nueva emparejadora y su asistente nos recibirán y, luego, su comunidad nos agasajará. Mañana llevaremos a nuestros novicios con las calaveras. Todo seguirá según lo planeado.

La guardiana mira a Sarai sin disimular el horror, por tanto tiempo que creo que insistirá, pero luego tan solo inclina la cabeza.

–Como desee, Su Santidad.

Sarai voltea.

–Pero al menos deje que nos llevemos a esta –sugiere la mujer señalando a Svena–. Las calaveras priorizan la fuerza e integridad física, cuanto antes podamos atenderla, más posibilidades tendrá mañana en el emparejamiento.

El silencio de Sarai mientras observa el caos a su alrededor logra enfriar el aire todavía más.

Svena está inconsciente, Illia y Marsi están aterradas, Ulric y yo sangramos por las heridas que nos infringió.

Ninguno de nosotros tiene la fuerza ni la integridad que deberíamos tener.

Mucho menos Thad. Pero si está replanteándose su decisión de golpearnos y arrastrarnos por el bosque, no lo demuestra.

–Hagan lo que quieran con esa –le dice a la guardiana–. Andando –nos ordena a los demás.

Y con eso voltea y pasa por encima de la mitad restante del cuerpo del hermano Thad.

Los demás obedecemos sus órdenes.