El beso del fénix Capítulo cuatro. Kian
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Capítulo cuatro. Kian

capítulo cuatro Kian

Quienquiera que me haya atado la venda en los ojos nunca jugó a Engaña al tonto con primos despiadados que disfrutaban de sus gritos de dolor inesperado cuando les golpeaban las piernas en lugar de a la pelota.

Pero ¿qué puedo esperar de los santos y elegidos de la Cazadora?

La hermana Roberta y el hermano Thad, obviamente, tienen poca experiencia en jugar sucio.

A diferencia de mí.

Bastó un frote disimulado de la oreja contra el hombro para “rascarme” para mover la venda lo suficiente y poder ver el suelo bajo mis pies.

Pies que asoman debajo de un manto voluminoso y blanco, porque ¿qué mejor para atravesar un bosque desconocido?

Pero como todos los actos de los santos, lo eligieron por simbolismo, no por practicidad: el blanco es el color del hueso, de la magia.

Al menos el manto tiene bolsillos amplios, aunque acceder a las piedras no sirve de nada si no puedo dejarlas caer. Y ahora me encuentro atrapado en el centro del grupo y no me atrevo a arriesgarme.

La escena bajo mis pies es la esperada, un camino serpenteante cubierto de agujas de pino, con alguna rama, piña o barro congelado para romper con la monotonía. Después de cinco minutos de andar, por fin encuentro un hueco.

Tropiezo con una raíz gruesa, salgo disparado y me atajo contra la espalda fornida de Ulric.

Intento impactarlo a un costado, porque conozco la magnitud de sus heridas, pero sisea de dolor de todas formas y me empuja a un lado, fuera de la línea.

Finjo trastabillar, como si no pudiera estabilizarme, y me dejo caer al suelo.

–¡Por la tetas de la Hilandera! –maldigo.

Oigo una inhalación, que delata que al menos perturbé la sensibilidad de uno de mis compañeros novicios con mi exabrupto.

Balbuceo una disculpa para ellos y para la Diosa y, fingiendo cojera, me relego al final de la estúpida procesión.

Ahora por fin meto la mano en el bolsillo amplio de la túnica, tomo una de las dos docenas de piedras rojas y la dejo caer en el camino detrás de mí.

Tía Ujvala y quienquiera que la acompañe encontrarán la piedra, luego los que vengan después, y seguirán mi camino hasta el valle por la ruta secreta que pocos miembros de las tres órdenes conocen.

Con un giro en falso acabarán frente a las barreras que protegen el valle y lo que pase entonces dependerá de cuánto se hayan adentrado en el bosque.

Podrían resultar heridos y pasar el resto de sus vidas desfigurados por las cicatrices, o podrían ser asesinados.

Avanzamos durante otra media hora antes de que me percate de que nos están haciendo dibujar círculos. Por supuesto, deben dificultar el camino al valle todavía más. bastardos paranoicos. Pero si damos la vuelta a nuestros pasos previos, mis piedras serán fáciles de encontrar.

De repente, el hermano Thad nos ordena que nos detengamos.

–¿Qué es eso? –murmura.

Presa del pánico, avanzo entre los demás novicios. Si encontró una piedra tal vez podría esconderla bajo mi túnica o patearla bajo hojas secas antes de que reconozcan que es un marcador del camino.

–¡Novicio Kian! –sentencia la Suma Sacerdotisa Sarai–. Cuando te dicen que te detengas, lo haces.

Maldigo por lo bajo. ¿Qué pasará si se trata de una piedra? ¿Y qué haré si encuentran las demás? Pienso correr el riesgo de acercarme a Jasmyn, tal vez podría dejar caer el resto de las piedras a sus pies y esperar que la culpen a ella.

Pero antes de que me mueva, una ráfaga de aire caliente sopla entre nosotros, tan fuerte que agita nuestros mantos y me hace estremecer.

–¿Qué fue…? –comienzo. Mi voz cubre el ruido de mis pasos hacia Jasmyn.

–Silencio.

El miedo inconfundible en la voz del hermano Thad me da escalofríos. En mi experiencia, él es muchas cosas, arrogante, agresivo, libidinoso, pero nunca cobarde.

Luego noto que todo el bosque ha quedado en silencio. No se oyen llamados de animales, ulular de búhos ni pies de criaturas pequeñas correteando por la maleza. Ni siquiera el viento se atreve a agitar las hojas de pino. Es como si todo se hubiera detenido en el tiempo.

Hasta que un rugido más fuerte y salvaje que nada que haya escuchado antes atraviesa el cielo nocturno.

Me arrojo al suelo congelado del bosque de inmediato, repto hasta el tronco de un árbol alto y me arranco la venda de los ojos. El cielo sobre nosotros aparece y desaparece.

La criatura vuelve a rugir.

Es un dragón. Tía Ujvala mencionó que fueron dos los que mataron al Emparejador, pero que solo hay una calavera, lo que significa que hay un segundo dragón en el valle. Uno con predilección por la carne humana.

Al menos no estoy a cielo abierto por completo, en el centro de un claro como el resto de los novicios.

Markus y Jasmyn se llevan las manos al rostro como para quitarse las vendas, pero permanecen quietos, porque son un puñado de seguidores de reglas por sobre todas las cosas, incluso sobre su sentido de autopreservación.

–¡Muevan el trasero, idiotas! –siseo, con esperanzas de no atraer la atención del dragón.

Por fin comienzan a hacerlo.

Jasmyn y Markus se quitan las vendas y se ocultan cerca de los árboles como yo.

Ulric y Svena corren hacia adelante al mismo tiempo, pero con los ojos tapados, chocan, tropiezan y caen uno sobre el otro.

Al menos ahora están más abajo. Illia y Marsi se ayudan uno al otro a retirarse las vendas, luego corren con la Suma Sacerdotisa Sarai más adentro del bosque sin desviarse del camino.

No es una mala idea, siempre que se alejen del dragón en lugar de acercarse.

Y que se mantengan alejados de las barreras protectoras.

Aunque si hay un dragón persiguiéndonos, ya nos adentramos por completo en el valle.

Otro rugido atraviesa el aire, tan fuerte que retumba en mis oídos.

La Suma Sacerdotisa, el hermano Thad y la hermana Roberta se mantienen firmes como los nobles imbéciles que son.

Al menos Sarai es práctica y levanta su farol para poder ver qué sucede más allá de las copas oscuras de los árboles.

El hermano Thad sostiene una daga decorativa, con empuñadura incrustada de joyas que destellan a la luz de la luna como si dijeran: “Soy totalmente inútil en una pelea. ¡Pero soy hermosa!”, igual que él.

Tiene la otra mano cerrada sobre algo pequeño. ¿Una piedra?

Mierda. Estoy perdido.

Mientras me oculto debajo de un árbol, esforzándome por hacerme pequeño e insignificante, el dragón baja del cielo entre los tres miembros de la orden. Es una criatura increíble y aterradora, con un enorme cuerpo de reptil, cuello largo y alas de cuero cubiertas de escamas.

Jasmyn suelta un grito dramático cuando Sarai gira para enfrentar al dragón. La calavera de unicornio destella, el dragón ruge y escupe fuego que ilumina el bosque a nuestro alrededor. Svena grita, su manto arde en llamas, y ella comienza a levantarse.

–Rueda –le grito. Si sale corriendo solo alimentará el fuego, así que salgo de la relativa seguridad de mi árbol para embestirla.

La arrojo al suelo de tierra y comienzo a aplacar las llamas con nuestros mantos frondosos.

El impacto hace que mis heridas protesten y que ella de encoja, sollozando.

Su espalda y costado, visibles a través de la seda quemada, están en carne viva y cubiertos de ampollas rojas.

La hermana Roberta se apresura a ayudar mientras que yo le susurro frases sin sentido para tranquilizarla y observo cómo el caos se desata.

El dragón vuelve a rugir.

He pasado los últimos quince años rodeado de sacerdotes que portan las calaveras de criaturas mágicas, calaveras que usan para blandir su magia, acumular poder y riquezas y, en ocasiones, lastimar a las personas en el proceso.

Antes de eso, crecí en una familia de contrabandistas que también usaban sus habilidades para conseguir poder y riquezas, aunque ellos nunca lastimaban a alguien intencionalmente.

Es decir que he visto cosas terribles, pero nada es más aterrador que un dragón adulto de cacería.

Es gigante y musculoso, pero ágil en su vuelo entre los árboles.

Las escamas son de color púrpura oscuro iridiscente que brilla bajo la luna.

Aterriza, agacha la cabeza y abre la boca un poco.

Sus dientes son del tamaño de mis dedos y su lengua se agita como una serpiente que saborea nuestro temor.

Tras emitir un sonido de aprobación desde la garganta serpentina, da un paso al frente.

A pesar de tener patas traseras largas y delanteras cortas, se mueve con mucha más gracia de la esperada en la tierra, una mala noticia para todos nosotros.

Cuando baja la cabeza picuda para atacar, el hermano Thad suelta un chillido que siento hasta los huesos y comienza a correr.

La Suma Sacerdotisa Sarai se mantiene firme otra vez, se hace lo más grande posible y, al mismo tiempo que sacude la linterna hacia el rostro de la bestia, devuelve el grito.

No sé si es el mejor método para espantar a un dragón, pero parece funcionar, porque la criatura se da la vuelta, da dos zancadas y, en un movimiento ágil, le da un mordiscón al hermano Thad que abarca el hombro y el pecho.

Los colmillos curvos descomunales deben perforar un órgano vital, porque el sacerdote colapsa al instante. Muerto.

Un pánico profundo recorre mi cuerpo. Sin un portador de dragón estamos perdidos.

Solo el fuego de un dragón puede destruir las calaveras de las criaturas; el hermano Thad era el último, y ahora está muerto.

Su calavera de dragón inútil yace en el suelo, mirando a los árboles silenciosos e indiferentes.

Sarai grita de dolor. El hermano Thad era su segundo al mando y su amigo. Pero no se acerca al dragón ni a su presa.

El dragón se hinca sobre el cuerpo del sacerdote y abre la boca tanto que parece que se le desencajará la mandíbula. Entonces, con horror, me percato de que estamos a punto de atestiguar cómo se alimenta.