El beso del fénix Capítulo tres. Kian #3
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Capítulo tres. Kian #3

El hermano Thad se adelanta y me observa esperando una reacción mientras lee la lista de nuestros pecados: no garantizar la seguridad del santuario, perturbar el descanso sagrado de un sacerdote superior y, el peor de todos, permitir que el ladrón escapara después de haber profanado la calavera.

No reacciono. Recibir palabras crueles es parte de un martes típico para mí, no me hace daño. Sin embargo, no puedo evitar murmurar:

–Somos sacerdotes desarmados, no guardias.

La Suma Sacerdotisa Sari da un paso al frente. Los diamantes y ópalos de su calavera de unicornio destellan y contrastan con el negro de su manto suelto.

–Son novicios, no sacerdotes –dice en tono determinante–. No usan calaveras y sus túnicas son grises. Si se les permite continuar en la orden después de hoy será solo por mi gracia, y hoy no me siento demasiado generosa.

Me quedo helado. Sabía que seríamos castigados, humillados, abatidos, deshonrados, pero unas gemas fáciles de reemplazar no deberían ser motivo suficiente para arruinar toda mi misión. Es absurdo que algo así desvíe mi curso, sobre todo tan cerca del emparejamiento.

A mi lado, Ulric cae de rodillas con un golpe, luego se inclina hasta apoyar la cabeza en el suelo.

–Suplico piedad, Suma Sacerdotisa.

No lo imito. Aunque sé que es la clase de humillación que le gusta a Sarai, necesito convertirme en un semejante, no en un suplicante. Así que, en lugar de postrarme junto a Ulric, avanzo hasta pararme cerca de ella. Alrededor se oyen jadeos indignados ante mi insolencia.

–De rodillas, Kian. –El hermano Thad intenta interponerse entre Sarai y yo, pero no le doy lugar, así que acaba casi pegado a mí.

–Algún día, tal vez –susurro al tiempo que lo miro de arriba abajo.

Él se congela, pero luego veo asomar una sonrisa aduladora debajo de su calavera de criatura.

Apenas puedo contener una mueca. Aunque no me agrada coquetear con el hermano Thad, podría necesitarlo alguna vez, o más bien a la magia de dragón que controla, así que actúo remilgado para tener la opción abierta.

Ahora devuelvo la atención a Sarai.

Se espera que suplique, pero necesito algo más seguro. Y, mientras que no puedo confiar en que sea piadosa, sé que puedo confiar en su ambición. Entonces bajo la voz para que solo ella pueda escucharme.

–¿Eliminará a sus mejores candidatos a emparejarse con un dragón recién difunto? –No sé por qué incluyo a Ulric en mi estrategia de preservación, ya que la vida sería mucho más fácil sin que esté siempre observándome, siempre cuidando de mí.

Sarai se inclina hacia atrás para poder estudiarme sin atravesarme con su cuerno de unicornio. También puedo ver cómo sus ojos azules como el hielo me evalúan, intentando definir si sé algo en realidad o si solo estoy arriesgándome basado en rumores que escuché a medias.

–Somos sus dos novicios más fuertes. Nos esforzamos mucho más que los demás y somos los más devotos. –Bajo la vista hacia nuestros pies, donde Ulric sigue de cara al suelo–. ¿Quién más tendría la fuerza para emparejarse con un dragón, usar su magia y seguir bajo sus órdenes?

Se sobresalta al escucharme, su postura rígida se vuelve mucho más tensa.

–Soy la Suma Sacerdotisa de la Orden de la Cazadora, la más fuerte y poderosa de las tres, todos ustedes están bajo mis órdenes.

Entonces agacho la cabeza en señal de súplica y doy un paso atrás.

–Su Santidad.

La habitación está en silencio absoluto, sin roce de túnicas ni jadeos. Yo espero, con la cabeza gacha.

Funcionará. Las calaveras entienden de fuerza, se emparejan con sus semejantes. Si la Suma Sacerdotisa quiere un dragón, su mejor opción son los dos novicios frente a ella, y ambos lo sabemos. No puede expulsarnos de la orden.

Por fin responde, con la voz cargada de anticipación.

–Se ganarán mi piedad a través del látigo. Quítense las túnicas. Luego partiremos hacia la Ceremonia de Emparejamiento. Esperemos que resulte tan bien como queremos.

Gracias a la Diosa.

Ulric se pone de pie y los dos comenzamos a desvestirnos.

Mientras lo hacemos, la hermana Roberta le acerca a la Suma Sacerdotisa Sarai un látigo de nueve cuerdas de cuero, con el diente de una criatura mágica en cada punta.

La hermana Jasmyn recibe nuestras túnicas con una sonrisa sardónica y se las cuelga al hombro.

–Que la Cazadora les de fuerza –susurra la novicia Svena mientras toma las túnicas con cuidado y las dobla sobre su brazo.

Si, como afirma tía Ujvala, existe bondad pura en la orden, el buen corazón de Svena es un ejemplo de ella. De hecho, me sorprende que esté aquí en lugar de estar sirviendo sopa y panecillos a los huérfanos de Tolpei como suele hacer a mediodía.

Una vez que Ulric y yo nos quedamos en ropa interior, con las marcas de la Cazadora tatuadas en pecho, espalda y brazos a la vista de todos, el hermano Thad nos lleva a extendernos sobre el altar de piedra.

Aunque está destinado a que los sacerdotes recen y supliquen, no es extraño que sea utilizado para rituales de castigo como el que estamos a punto de recibir, si es que las manchas oscuras que corren por los costados son un indicativo.

Ninguna diosa es remilgada, pero a la Cazadora en particular le agrada la violencia.

Ulric tiene los ojos desorbitados de terror, lo que me lleva a preguntarme qué habrá pasado en su vida para que le tenga miedo a un látigo.

No es que a mí me emocione lo que está por suceder, pero es mejor que ser expulsados de la orden por completo.

Intento inhalar por la nariz, exhalar por la boca y llevar mi mente a otro sitio, ya que el miedo no evitará ni disminuirá el dolor que estoy a punto de soportar.

Los demás comienzan un cántico a nuestro alrededor.

–Sus hermanos en santidad piden la clemencia de la Cazadora –dice Sarai. Su manto voluminoso acaricia mis pantorrillas–. Y yo impartiré su castigo. La próxima vez que les asigne un deber sagrado a través de sus superiores no deben fallarle.

El castigo es furioso y caliente. Sarai no cree en contener su poder.

El látigo mancilla tanto mi carne que muchos de los testigos dan vuelta la cara.

Ulric canta con los demás, pero con cada golpe del azote pierde el ritmo y eleva el tono.

No me importa. Sé que eso es lo que a Sarai le gusta, así que guardo absoluto silencio, sin plegarias.

Ella me golpea con más fuerza, esperando que emita sonido, pero las únicas palabras que dedico a la Cazadora y a los suyos son maldiciones silenciosas.

Recibo más golpes por mi insolencia, pero el dolor acaba por volverte constante, tan ardiente que los azotes individuales se pierden y desdibujan.

Mucho después de que Ulric haya colapsado en el suelo negro, Sarai termina conmigo, deja caer el látigo ensangrentado frente a mí y abandona el santuario seguida por los demás.

La única que se detiene es Svena, para dejar nuestras túnicas dobladas en el suelo, aunque ninguno de los dos puede moverse para vestirse. En cambio, permanecemos tendidos lado a lado, castigados, pero novicios aún.

Ahora no reprimo la sonrisa.

Estoy un paso más cerca de destruirlos a todos.