El beso del fénix Capítulo tres. Kian #2
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Capítulo tres. Kian #2

–Cobran por sanar, por la esperanza –digo señalando alrededor, a los candelabros dorados, los pisos de mármol, las velas de cera natural que no dan luz para nadie, a las estatuas talladas en rocas inusuales y con gemas engarzadas, a la túnica de seda de un hombre muerto.

Toda esa exhibición descarada de riquezas ¿y para quién?

–Acumulan recursos y poder.

–¿Y quién no? –Se adelanta para apoyar una mano cálida en mi hombro–.

Si te has unido con sinceridad, puedes tomar lo bueno y continuar con su trabajo.

Puedes cambiar lo malo desde dentro. –Ignoro su naturaleza amable y piadosa, yo no soy nada de eso–.

La vida aquí sería fácil. Siempre conocerías tu papel, sabrías en dónde descansarías la cabeza por las noches, que tu siguiente comida estaría garantizada.

Pero la venganza no puede hacer promesas a futuro.

No comprendo cuál es su intención. Siempre ha sido compleja, pero suele ser directa.

Ahora necesito que cumpla con nuestro acuerdo.

El plan era que yo marcaría el camino que los novicios siguiéramos hacia el valle y que ella y algunos otros irían detrás y se esconderían durante la Ceremonia de Emparejamiento.

Luego, una vez que todos se hubieran embriagado en las celebraciones, mi familia me ayudaría a destruir las calaveras restantes.

Es esencial que todos estén a bordo antes de mi partida con los demás novicios mañana, de lo contrario tendré que hacerlo solo. Siento pánico. Mi respiración se acelera.

He pasado mi vida solo, lejos de mi comunidad de tías, tíos y primos. En su lugar, viví rodeado de sacerdotes y novicios que no pueden saber quién soy en realidad.

Rodeo a Ulric.

Ni siquiera los más cercanos a mí.

Pero ahora que me encuentro a punto de cumplir con todos mis objetivos, descubro que no quiero terminar esto solo.

Si destruiré las calaveras de las criaturas y me aseguraré de que la nueva generación de futuros sacerdotes y sacerdotisas de la orden sirvan a la comunidad en lugar de beneficiarse con su magia, necesito la ayuda de mi familia.

Y tía Ujvala me necesita a mí.

Como líder de una amplia red de ladrones y contrabandistas, necesita acceso a recursos que solo pueden encontrarse en el valle. Como el ágata invaluable que los grifos ponen junto a sus huevos, las melenas de los kelpies que pueden usarse para sanar heridas.

Mis padres eran los únicos que sabían cómo entrar, y su sabiduría y capacidad de negociar por esos bienes singulares se perdió con ellos.

Tía Ujvala ha intentado encontrar el camino con los años, pero está cansada de enviar a exploradores que vuelven mutilados o que no vuelven en absoluto porque la información que recibieron sobre la barrera mágica del valle estaba incompleta o errada.

Ella nota mi pánico, entonces amplía su postura, levanta su bastón y lo golpea en la palma de la mano.

–Luchemos, cariño.

Niego con la cabeza. Solíamos combatir cuando era un adolescente, recién unido a la orden y muy asustado.

Practicar como lo hacía en casa era una especie de consuelo, en caso de que necesitara luchar.

Todavía lo es. Pero han pasado años desde la última vez que luché con mi tía y ahora soy mucho más grande que ella.

Soy un hombre en la plenitud de su vida, y ella está envejeciendo.

–Vamos. –Me pica con el bastón–. No ganarás, pero te sentirás mejor. Te meterás en tu cuerpo y saldrás de tu cabeza.

El pánico de que no vengan conmigo es acompañado por una descarga de adrenalina. Temo tener que hacer esto solo, arruinarlo, que quince años de trabajo no sirvan de nada.

Quiero luchar.

Así que ataco en un movimiento rápido. Le asesto un solo golpe a un costado antes de que se aleje. No me contengo, ya que, como dijo, nunca le gané en un combate. Le lanzo patadas a los pies, porque si puedo derribarla esto terminará antes de comenzar. Ella lanza su propio ataque.

Aunque estoy montando guardia, en realidad no se espera que vengan por un sacerdote muerto en su templo, así que no tengo armas ocultas en las ridículas mangas de mi manto de novicio para defenderme.

Entonces levanto el antebrazo, y el bastón golpea mi muñeca con fuerza.

Jadeo y empujo a mi tía, pero el dolor que se dispara por mi brazo es demasiado intenso.

Mi tía suspira y retrocede, y no sé qué me irrita más, que se mida conmigo o que me hable con condescendencia.

–Cuando vuelvas a casa, podrás seguir los pasos de tus padres e infiltrarte en el valle. O puedes quedarte en la orden y seguir desviando recursos e información mientras haces del mundo un lugar mejor.

Despliego mi propia sonrisa maliciosa mientras giro e intento acercarme más a ella. Se mueve al otro lado del cuerpo tendido de Ulric, yo me extiendo sobre él y la golpeo en el hombro. Se mueve para desviar el golpe, pero le sorprende que la haya alcanzado por segunda vez.

–Has estado practicando. –Baja la vista hacia Ulric–. ¿Con él?

–Es divertido luchar con él. –Me encojo de hombros. Al menos lo era antes de que hiciera que me odie.

Ella se adelanta y me golpea tres veces seguidas en las costillas.

Me refugio al otro lado de la tarima del hermano Victor, entonces me sigue despacio.

Me lanzo hacia ella, solo para embestirla, ya que mientras logre derribarla, seré el ganador.

Ella tendrá que respetarlo. Pero me esquiva y blande su bastón otra vez, que impacta con la parte trasera de mi rodilla.

Mientras caigo, lo tomo con la mano derecha para intentar arrebatárselo y mantener el equilibrio, pero ella se aferra con las dos manos y jala con todas sus fuerzas.

Yo solo lo sostengo con una mano, porque la otra todavía duele demasiado, así que estoy perdiendo el equilibrio.

Ujvala debe notarlo, porque en lugar de seguir luchando por él, lo suelta y me lanza un empujón.

Caigo de espaldas sobre el suelo de mármol frío con un impacto que me deja sin aliento.

Levanto la vista hacia el techo abovedado, con sus mosaicos de escenas en las que diferentes personificaciones de la Cazadora acechan y capturan a sus presas.

Intento recordar cómo respirar. La luz de las velas se refleja en los vivos dorados.

El arte destaca el sigilo, la valentía y la fuerza de la diosa. Es hermoso.

Y quiero destruirlo todo hasta convertirlo en polvo.

Ujvala se inclina hacia mí y recupera su bastón con una compasión que hace que quiera gritar.

–Eso no los traerá de vuelta. Sin importar el éxito que tengas, lo mucho que lastimes a la orden, tus padres se han ido para siempre.

–¿Y? –replico cuando recupero el habla–. ¿No me ayudarás? ¿O qué caso tiene todo esto?

–Ah, Kian. –Acepto la mano que me extiende y dejo que me ayude a levantarme.

Ella se acerca para abrazarme con fuerza, luego retrocede y me aparta el cabello del rostro, justo como hacía mi madre.

Desvío la mirada; odio el impulso de descansar en esa caricia amorosa–.

Siempre te ayudaré, cariño. Siempre. He venido a entregarte las piedras. Y una información vital.

–Críptico.

Abro la bolsa, saco una sola piedra roja, pulida de nuevo hasta quedar lisa, y la froto entre los dedos.

–En el valle ha habido un… incidente. Dos de sus dragones atacaron a su Emparejador. El Emparejador está muerto, igual que uno de los dragones. También hay una kelpie muerta.

Imagino el regocijo de la Suma Sacerdotisa Sarai al oír la noticia.

Una nueva calavera de dragón es una oportunidad singular e invaluable, porque no solo son las criaturas más poderosas con las que emparejarse, sino que cuanto más cercana haya sido la muerte de la criatura al momento del emparejamiento, más fuerte será su vínculo con su sacerdote o sacerdotisa y mayor parte de su magia podrá aprovecharse.

Con la magia menguando, no puedo pensar en un mejor regalo para depositar a los pies de la Suma Sacerdotisa que un dragón muerto dos días antes de la Ceremonia de Emparejamiento.

O a los míos.

Emparejarme con un dragón sería perfecto. Significaría que no tendría que robar ni seducir para conseguir parte del fuego del hermano Thad. Si tan solo tuviéramos una forma de asegurarnos qué calaveras nos tocarán en el emparejamiento...

A nuestros pies, Ulric se agita, y tía Ujvala lo nota. Con un beso rápido e intenso en mi frente, se vuelve para irse.

–¡Espera! Llévate la calavera.

–Creo que evitaré un delito castigado con la horca. –Con la hoja sujeta al interior de su muñeca, arranca una docena de los diamantes y rubíes más grandes y prominentes–. Pero esta es una excelente excusa para el ataque y una hermosa contribución por nuestros esfuerzos.

Luego, con un beso más en mi frente, sale a grandes zancadas, acompañada por el golpeteo de su bastón suave y constante sobre el mármol. Se ha fundido por completo en las sombras cuando el golpeteo se detiene, pero sé que sigue aquí.

–No me abandones, tía –le digo a la oscuridad–. Estoy tan cerca.

–Nunca, querido –responde–. Estaremos allí.

Y, con eso, desaparece.

Como era de esperarse, Ulric y yo somos arrastrados ante un escuadrón de santidades, rodeados por nuestros compañeros novicios, quienes deben ser testigos de nuestro castigo y aprender de nuestros errores.

Al igual que nosotros, tienen los rostros al descubierto y túnicas en tonos grisáceos, desde el ceniciento de los púberes nuevos hasta el casi blanco de los que estamos cerca de emparejarnos.

Algunos parecen esperar el castigo con entusiasmo. Idiotas.

Entre ellos se encuentran las túnicas negras de los sacerdotes y sacerdotisas ya iniciados que asisten a la Suma Sacerdotisa Sarai, incluidos sus dos preferidos, el hermano Thad y la hermana Roberta. Como siempre, sus emociones están ocultas detrás sus calaveras de criaturas.