El beso del fénix Capítulo tres. Kian
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Capítulo tres. Kian

capítulo tres Kian

Custodiar el cuerpo de un sacerdote fallecido como parte de los ritos fúnebres estúpidos de la Cazadora es tan ridículo como aburrido, en especial cuando tienes el turno de la noche.

Ni siquiera vienen visitantes histriónicos a llorarlo y mirar boquiabiertos el cuerpo flácido y maloliente debajo de las vestiduras incrustadas de joyas.

Pero justo por eso me ofrecí para este turno, por supuesto, porque hay menos posibles testigos. Aunque apareció un imprevisto que no había anticipado.

Con un suspiro que hace eco en la sala cavernosa, me dejo caer en el suelo de madera pulida del ábside.

La luz de las numerosas velas, dispuestas para potenciar el efecto más que para iluminar, se refleja en el techo dorado y en las ventanas plomizas, y baña gran parte del santuario principal con un halo dramático.

Cuando me uní a la orden con apenas quince años, con el dolor por el asesinato de mis padres todavía fresco y sed de una venganza incierta pero decidida, me aterraba el templo de la Cazadora por la noche, con su decoración hermosa y brutal y su eco inquietante.

Quince años después, me resulta soso. Ahora me recargo contra el estrado de mármol negro y dorado del hermano Victor.

–Novicio Kian –sisea el imprevisto, horrorizado por mí conducta como de costumbre. A Ulric, seguidor de reglas, lameculos y mi ex, le fascina intentar ponerme en línea. Pero, por desgracia para él, nada me da más placer que verlo padecer. Tal vez por eso lo nuestro no funcionó–. Levántate.

–No, gracias –respondo con una sonrisa burlona que sé que odiará. Luego finjo bostezar, aunque se vuelve real a mitad de camino mientras me estiro–. Pensé en tomar una pequeña siesta aquí. ¿Te molestaría montar guardia solo?

Aunque siempre estoy dispuesto a tomar una siesta, sentarme con los ojos cerrados es un ardid, como casi todo lo que hago como novicio de la Orden de la Cazadora.

La calavera y las túnicas del hermano Victor están incrustados de rubíes, diamantes, zafiros, esmeraldas y perlas, que se ha ganado durante toda una vida sirviendo a varias sumas sacerdotisas.

Incluso por las filigranas que llenan los espacios entre las gemas pagarían monedas suficientes para alimentar a un vecindario de Insborough durante todo un invierno.

Y todo está a punto de ser incinerado en una pira funeraria.

Tengo que deshacerme de Ulric para poder robar algunas de esas piedras preciosas en el cuerpo en descomposición del hermano Victor.

Robarle a la orden es peligroso. Si me atrapan, arruinaría el plan que he seguido toda mi vida, justo cuando estoy a punto de lograr el objetivo.

Pero llevo una década robando gemas de las calaveras de tanto en tanto y aún no me han atrapado.

Y merece la pena correr el riesgo por el bien que mi familia puede hacer con el dinero extra.

–Le mostrarás al hermano Victor el honor y el respeto que merece y cumplirás tu deber como guardián –ruge Ulric, imponiéndose sobre mí. Es una pena que sus gruñidos no funcionen conmigo.

–Está muerto, no le importará si lo veo pudrirse sentado o de pie.

Ulric farfulla e intenta levantarme con los brazos debajo de mis axilas. No muchas personas pueden moverme, pero él tiene el tamaño de su lado: es casi tan fornido como yo, pero mucho más alto. Cuando logra hacer que me ponga de pie, comienza a darme un sermón.

–¿Y si nos atacan? ¿Y si nos roban? ¿Y si alguien viene a vandalizar el templo? No puedes defender al hermano Victor con el trasero relajado.

Lo miro con una ceja en alto y bajo la voz a un susurro.

–Tú bien sabes que puedo lograr muchas cosas con mi trasero.

Se sonroja de inmediato, un rubor violáceo que asciende por su cuello y mejillas, notorio a pesar de su complexión oscura y la luz baja de las velas.

Es demasiado fácil provocarlo. Me acerco para decir algo más, pero percibo movimiento detrás de él, o eso creo.

Tenso, entorno los ojos para intentar ver los rincones en penumbra del santuario.

Él comienza a voltear, pero apoyo una mano en su pecho, y se congela de inmediato.

–Cálmate, Ulric.

Se aleja de mí, con una mirada fulminante.

Quiero decirle que puedo custodiar al hermano Victor parado o sentado porque ¿quién se arriesgaría a desatar la ira de la Cazadora robándole al cadaver de un viejo sacerdote de rango medio?

Nadie fuera de mí.

Sin embargo, debo seguir mi papel y, aunque se tolera cierta irreverencia de un novicio de mi rango, una burla directa a la orden no es aceptable.

–Ten fe –digo–. La Cazadora nos protegerá de ladrones y vándalos.

O, al menos, la amenaza de sus represalias lo hará.

En cuanto pienso en eso, una figura aparece de entre las sombras.

Es una mujer con una túnica oscura metida dentro de pantalones también oscuros, un abrigo negro con cola acampanada y bordados negros.

Un chaleco o alguna prenda ajustada y corta para abrigarse podría adaptarse mejor a sus tareas, pero a mi tía siempre le ha gustado el dramatismo.

Al menos su cabello hasta la cintura está arreglado en una trenza pegada a la cabeza, y las hebras canosas brillan a la luz de las velas.

La sonrisa burlona de tía Ujvala se asemeja a la mía cuando se deja ver a la luz.

Reprimo mi propia sonrisa para ocultar mi reacción de Ulric, quien todavía no la vio ni oyó.

Ahora está caminando de un lado al otro por el mármol del ábside, el estruendo de sus botas duras resuena en el techo abovedado.

Sigue sermoneándome sobre la importancia de custodiar al sacerdote muerto; sobre lo decepcionada de mí que estaría la Suma Sacerdotisa Sarai; sobre que no puedo arruinar nuestras posiciones en la orden ahora –después de doce años de trabajo duro y servicio– a pocos días de la Ceremonia de Emparejamiento en la que por fin nos uniremos con nuestras propias calaveras y nos iniciarán como sacerdotes.

Protesta porque de seguro ensucié mi bata blanca de novicio en el suelo y lavarla será un fastidio.

Pero no escucho demasiado, ya me es familiar y aburrido.

–Ulric, ¿me traerías cerveza?

Se queda boquiabierto.

Y no lo culpo, es un pedido ridículo. No es un sirviente para que le pida cosas y a mí no me gusta la bebida amarga y burbujeante, pero no se me ocurre nada más para hacerlo salir del santuario y él es cuidador por naturaleza, así que hay una pequeña posibilidad de que acepte.

–Tú consigues la mejor cerveza –digo con sinceridad. Él siempre elige lo mejor para mi paladar, de alguna forma sabe mejor que yo lo que podría gustarme.

–¿Yo elijo la mejor cerveza? –masculla–. ¿Quieres que deje mi puesto sagrado de custodia de nuestro hermano para traerte cerveza?

Tía Ujvala pone los ojos en blanco y da un paso adelante, con lo que su bastón blanco repiquetea en el suelo.

Ulric se sobresalta al escucharlo, pero antes de que pueda darse la vuelta, tía Ujvala se adelanta y le da un golpe en la cabeza con el bastón. Él se desploma de cara al suelo, con un ruido que reverbera por el espacio cavernoso y me hace estremecer por él.

–No has sido muy sutil, tía.

Ella pasa sobre el cuerpo desplomado de Ulric en dirección al estrado en el que descansa el hermano Victor. Observa las vestiduras de color rojo intenso, el color de la sangre, de la muerte, pero su atención está en la máscara de lebrílope.

–Cuando era niña, los portadores de dragones solían quemar a los sacerdotes en público, en el centro de la ciudad.

–Hace la señal de la Triple Diosa sobre el cuerpo del sacerdote–.

Las personas iban a presenciarlo, cantaban canciones de alabanza a la Hilandera, hacían pedidos a la Pupila y ofrecían sacrificios a la Cazadora.

Suena extraña, casi nostálgica. Tras un suspiro, gira hacia mí, ya sin la sonrisa taimada de antes, sino con una preocupación que me hiela la sangre.

Luce envejecida o tal vez solo refleje su verdadera edad.

Todavía la imagino como era hace veinte años, cuando me recibió después de que mis padres murieran.

Me entrega una bolsa pequeña, en la que encuentro las piedras rojas diminutas que mi familia usa para marcar caminos. Intento no pensar en cuán parecido es el color al de la túnica mortuoria del hermano Victor.

–¿Vendrás a casa después? –pregunta.

Casa. Llevo quince años en la orden, quince años planeando y conspirando, descubriendo cómo infiltrarme y arruinar a la orden religiosa más poderosa del mundo.

Todo comenzó como venganza por la muerte de mis padres en sus manos, pero se ha convertido en mucho más que eso.

Es una lucha por lograr un cambio, por igualdad.

Y a pesar de confiar en que tendré éxito, jamás he pensado en qué haré después.

Nunca se me ha cruzado por la mente el ir a casa.

–¿O quieres quedarte? –Ujvala mira a Ulric; aunque nunca lo conoció, sabe quién es.

Me ha escuchado hablar de él, e indudablemente tiene sus propios informantes que la mantienen al tanto sobre mí y aquellos cercanos a mí.

No puedes liderar la red de contrabando más grande de Camphor sin tener ojos y oídos en todas partes.

–¿Quedarme? –Presiono los puños y suelto una risa amarga–. ¿En la orden? ¿Entre los sacerdotes hipócritas y hambrientos de poder?

Ella levanta las manos como si yo fuera un animal herido que podría atacarla sin razón. Es lo más cercano a una madre que me queda.

–Sabes que no todos son malos, cariño. Hacen el bien en la comunidad. Defienden a los oprimidos, alimentan a los hambrientos, acogen a los huérfanos y les dan una vida con propósito y esperanzas.

Mira el cuerpo inconsciente de Ulric con una mirada suave que dispara una rabia ardiente por mi espalda.

Ulric no es el huérfano del que habla, pero la orden no es la que me ha dado propósito o esperanzas. Me los gané yo mismo al ser fiel a mis planes y esforzarme por mis objetivos.