El beso del fénix Capítulo dos. Adela #3
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Capítulo dos. Adela #3

No debieron sentir el palpitar de magia que emitió el fénix.

Me pregunto si Bartholomew la habrá sentido antes de morir.

Y me pregunto si debería decírselos. Las mentes más sabias y experimentadas de la comunidad deben saberlo para poder pensar soluciones.

Siento una chispa de esperanza ante la posibilidad de que este error gigantesco haga que me castiguen y no me permitan continuar con mi trabajo de emparejadora.

Luego siento una oleada instantánea de vergüenza corriendo por mi cuerpo. No solo mis acciones causaron muertes, ¿sino que ahora estoy deseando evitar mi destino? La vergüenza me mantiene en silencio por más tiempo del que debería.

–Podremos discutirlo luego, cuando hayamos tenido tiempo para descansar y estudiar mejor los hechos.

–La voz de mi padre es baja y suave como la de Petra, de modo que los demás hacen silencio para oírlo–.

Enfoquémonos en lo más urgente por ahora.

La Suma Sacerdotisa Cazadora, su séquito y los novicios llegarán mañana a mediodía.

–Y no tenemos Emparejador para la ceremonia –señala John, algo malhumorado.

Cecelia voltea hacia mí, jugueteando con su pluma, y me observa en busca de una reacción, pero yo estoy inmóvil como una piedra.

–Sí, gracias, John –dice Petra con un suspiro casi inaudible–.

Primer asunto del día: necesitamos garantizar la seguridad de la orden en su travesía por el bosque.

Niclas y Redonna, por favor reúnan a una docena de guardianes cuidadosos y sensatos para que patrullen su ruta por la mañana.

No sabemos qué es lo que está pasando en Enkidus, pero sí sabemos qué señales buscar mejor que unos forasteros con ojos inadvertidos.

»Manténganse fuera de la vista tanto como sea posible, pero no duden en dar la alarma si es necesario.

Lo último que necesitamos es derramar su sangre.

Ya están hablando de ajustarse los cinturones y reducir su apoyo dado el descontento con la magia menguante.

Me reuniré con ustedes en cuanto me sea posible.

Niclas y Redonna asienten y se disponen a abandonar la reunión. La noche está dando paso a la mañana y, si la orden llega cuando está previsto, estarán en el extremo más lejano del bosque del valle en un par de horas cuanto mucho.

Pienso en su viaje, en el peligro que representan las criaturas y en lo que podrían hacerle a un grupo de extraños vestidos de blanco, que atraviesan sus territorios con los ojos vendados. Solo espero que nadie más termine devorado cuando Petra los encuentre.

–Un momento, por favor. Antes de irnos, debemos tratar el asunto que John señaló oportunamente.

Necesitamos nombrar a Adela como emparejadora oficial y elegir a un nuevo asistente.

–Todas las miradas se vuelven hacia mí. Cuando no hablo ni me muevo, Petra insiste–: Adela, tendrás que dirigir la ceremonia. ¿Estás preparada?

–¿Sí? –digo, más como una pregunta que como una afirmación.

–No suena muy convencida –observa John. Nadie responde. Todos pueden ver que estoy a punto de salir corriendo, de vomitar o de echarme a llorar y no parar jamás.

Miro a mi padre, que parece abatido. ¿Será porque en el fondo sabe que no debería tener esta clase de poder en nuestra comunidad? ¿Que solo causaré más ruina?

Ziba me entrega una taza de té de la bandeja, así que envuelvo la porcelana tibia con las manos e inhalo el vapor terroso. Bebo un trago: es dulce y ácido por el limón y la miel, y sabe a consuelo líquido.

Tampoco así encuentro la voz.

Había planeado pasar décadas siendo asistente.

Los Emparejadores deben tener el cabello gris y arrugas, vientres blandos y sabiduría ganada con esfuerzo.

Necesitan tiempo para aprender de las calaveras, cómo compatibilizar sus caprichos y su magia con las personalidades y necesidades de los novicios religiosos y de sus superiores.

Por grosero que fuera Bartholomew conmigo, era experto en manejar los temperamentos irritables, las exigencias y la política de las tres órdenes y sus sumas sacerdotisas.

Yo no tengo ninguno de esos conocimientos. Ni esa destreza.

Petra, siempre práctica, me saca de mi estupor al profundizar en los detalles.

–Tendremos que vestirte, por supuesto. Supongo que las túnicas de Bartholomew se quemaron con el fuego del dragón.

Hablaré con los sastres, veré si pueden confeccionarte una adecuada para la ceremonia con rapidez.

No podemos enviarte ante las calaveras y las diosas con la túnica lavanda de asistente.

La máscara, sin embargo, es otro asunto.

–Puedo buscar la de Bartholomew entre las cenizas –ofrece Ziba–. Tal vez también encuentre algunas de sus joyas ceremoniales.

Pienso en los restos carbonizados de una casa, de un cuerpo. ¿Qué hueso cubierto de oro o qué álamo podría haber sobrevivido a esas temperaturas? Pero Petra asiente.

–Avísame a más tardar al mediodía para que podamos idear una alternativa si es necesario.

–Quizás un poco de pintura –ofrece John con una risa burlona.

Nadie se ríe.

Pienso en el montón de cosas de Bartholomew junto a nuestra puerta trasera. Las túnicas no servirían, son demasiado sencillas, pero la máscara que está sobre la pila sí podría servir.

–Tengo una máscara adecuada.

Los ancianos se vuelven hacia mí, expectantes.

–De nuestro trabajo de hoy. Bartholomew la dejó junto con su túnica para que la limpiara. Iba a devolvérsela después de la cere… –se me quiebra la voz.

–Es de oro y álamo –añade mi padre. Menciona los detalles más importantes por mí, con una mano pesada sobre mi hombro. Me recargo en ella, en el peso reconfortante que me ancla.

–Entonces servirá –afirma Petra en tono firme, sin dejar lugar para discusiones.

Y no es que ningún guardián sensato fuera a discutir esto.

Sabemos que a las calaveras muertas no les importa cuán elegante sean la máscara, la túnica o las joyas que lleve el Emparejador.

Los metales preciosos distinguen al Emparejador y al asistente, todo el resto de la pompa es para las órdenes.

Ahora, Petra se vuelve hacia mí y dice con suavidad:

–Necesitarás un asistente enseguida. ¿Has pensado quién te gustaría que te reemplazara?

En el instante en que formula la pregunta, mi mente no puede pensar en nadie que conozca.

Danni, nuestra portadora de antorchas, sería la siguiente en la línea tradicional, pero es demasiado joven, apenas tiene doce años.

Y aunque el camino habitual es de portador de antorchas a asistente y luego a Emparejador, no es el único.

Nunca había pensado en quién me sucedería.

En circunstancias normales, los guardianes son puestos ya a prueba con las calaveras cuando son niños y se lleva una lista.

Muchos podemos oírlas, pero algunos tienen más afinidad con ellas que otros.

Luego, cuando un Emparejador envejece y se cansa, mantiene largas conversaciones con los ancianos para elegir al siguiente asistente.

Yo comencé como asistente a los dieciséis y sé que el papel de mi padre como superior respetado influyó más en mi nombramiento que mis propios talentos, a pesar de mi afinidad con las calaveras.

No querría elegir a alguien demasiado cercano a mí en edad, ya que acabaría estancado en un puesto de asistente que duraría más de lo habitual, pero tampoco puedo elegir a un niño.

El puesto es agotador física y mentalmente, y necesitaré a alguien fuerte, intuitivo y responsable para que me ayude.

No tengo idea de a quién nombrar, así que bebo otro trago de té. No puedo equivocarme en esto. Esperan liderazgo y confianza de su emparejadora, no un colapso, pero estoy paralizada entre la rabia y la vergüenza.

–¿Beadda podría ser una buena opción? –propone Cecelia en voz baja.

Su voz me sobresalta. Pero es verdad que su hermana menor es una excelente elección, y me molesta no haber pensado en ella de inmediato.

Tiene dieciséis, así que no es una niña ni está demasiado cerca de mí en edad.

Es constante, trabajadora e inteligente, sin ser excesivamente ambiciosa.

Además, detesta su puesto actual en la cocina.

Ser ascendida de repente a asistente de emparejadora sería un cambio de estatus bien recibido para ella.

Y no tener que oírla quejarse de lo mucho que tarda el pan en levar haría feliz a Cecelia.

–Beadda es perfecta –acepto sin necesidad de pensarlo demasiado.

John me lanza una mirada que dice con claridad que no tengo idea de lo que estoy haciendo. Por una vez, estoy de acuerdo con él, pero no puedo mostrar miedo. Debo ser fuerte. Eso es lo que esperan de una emparejadora.

Petra pronuncia las palabras para hacerlo oficial, todos asienten –incluso John–, y nos despide para que atendamos nuestras tareas.

Entonces salgo del salón hacia el azul profundo del cielo de medianoche convertida en la emparejadora oficial.

Papá nos lleva de vuelta a casa con pasos pesados.

Cecelia va a mi lado, enumerando con nerviosismo los preparativos que tendré que hacer, dónde puede encontrar los pergaminos que describen las hierbas y aceites con los que debo bañarme y untarme y aquellos que detallan cómo debe trenzarse el cabello una emparejadora, también cuándo podré tener al menos una prueba con su madre, la mejor costurera del valle.

Ahora que ya no estoy frente a los ancianos, algo dentro de mí se desmorona. Escucho a Cecelia, asiento con torpeza y dejo que me guíe mientras parlotea sobre el impacto que tendré en nuestra comunidad y en el mundo en mi nuevo papel.

Un solo roce de mejilla contra la calavera de una criatura fallecida hace mucho tiempo causó tres muertes en una sola noche. Si es un indicativo del impacto que tendré, nadie lo merece.