Capítulo dos. Adela #2
Ninguno de los protegidos de papá es solo un animal para él, se preocupa por las criaturas mágicas y mundanas del valle por igual, y sé que lamentará la muerte de la yegua tanto como la de Duschwa cuando la conmoción haya pasado.
Alejo las manos de Duschwa, que ya dejó de sacudirse. También de respirar. Sus heridas eran demasiado profundas.
Mi padre apoya la frente contra la de ella, aferrado a la melena de algas marinas.
–Supongo que los sacerdotes tendrán otra calavera para escoger durante la ceremonia –dice con voz apenada.
Es un consuelo débil.
Me retiro para concederle algo parecido a privacidad para que llore la segunda pérdida del día. Mi pobre padre.
Agradezco en silencio a la Hilandera por proteger a mi Etana por ahora y espero que Duschwa satisfaga la infinita sed de muerte de la Cazadora. Así no vendrá por otra criatura.
Mientras me limpio la sangre de Duschwa de las uñas en el fregadero, una campanada aguda y penetrante atraviesa la noche silenciosa. Mi padre está fuera del baño con el abrigo ya puesto antes de que termine de enjuagar la espuma de mis manos.
–¿Qué es eso? –pregunto, ya que no reconozco la alarma.
–Incendio.
Lo sigo afuera y me levanto la capucha para protegerme del frío, pero es inútil, sigue empapada.
El frío que me atraviesa me hace pensar en los lebrílopes, en el rugido de la criatura que me siguió en la noche, en las calaveras vibrantes y en las heridas extrañas de Duschwa.
Todo comenzó con la descarga de energía que se liberó cuando apoyé la calavera de fénix en mi mejilla.
Pero debe ser coincidencia. No soy responsable de esto.
¿Cierto?
Corremos por el camino de gravilla hacia el centro de la aldea. Los restos de una casa aún arden al otro lado de la plaza, pero es imposible saber de cuál en medio la oscuridad y el humo. Todas las casas son iguales hasta que ves las plantas en las ventanas o el color de la puerta principal.
Y esta casa no tiene nada de eso. Ni siquiera tiene techo. Tampoco paredes.
Una figura de cabello plateado corre hacia nosotros bajo la luz de la luna.
Una vez que está cerca, reconozco que se trata de Petra, una de las ancianas que sirven en el consejo con mi padre.
Se dobla al medio al alcanzarnos, con las manos en las rodillas para recuperar el aliento.
El aire es tan frío y seco que deben dolerle los pulmones, y ya no es una jovencita para estar corriendo durante una noche de invierno.
–¿Dónde es el incendio? ¿Cómo podemos ayudar? –pregunta mi padre. Identificar el problema, definir posibles soluciones, ejecutarlas. Es el mismo de siempre, a pesar de las pérdidas que él mismo sufrió hoy.
–El fuego se apagó –dice Petra entre jadeos, algo obvio e imposible. La alarma acaba de sonar, no es posible que haya pasado desapercibido tanto tiempo como para destruir toda una casa en lo que atravesábamos una aldea diminuta.
Pienso en el rugido que escuché.
A menos que el fuego no haya sido natural, sino creado por una criatura bestial, capaz de consumir al instante lo que toca, dejando solo cenizas humeantes.
–¡Bartholomew está muerto! –suelta Petra al recuperar el aliento–. Los dragones lo atacaron y luego pelearon entre ellos. Solo uno sobrevivió. Vamos, Oscar, tendremos una reunión.
–¿Qué? No, ¿cómo? –No puedo procesar sus palabras. Mi mentor no puede estar muerto, acabo de verlo. Tengo su túnica y su máscara en mi casa para limpiarlas y devolvérselas tras de las ceremonias de esta semana.
¿Y también ha muerto un dragón? Gilcriss y Enkidus apenas tienen cincuenta o sesenta años, son adultos jóvenes para ser dragones que viven siglos.
Ni Petra ni mi padre responden mientras vamos entre caminando y corriendo a casa de Bartholomew.
O lo que queda de ella. La mitad de la estructura ha desaparecido, la madera, el cristal y el yeso ahora están esparcidos por la hierba de alrededor, como si hubiera explotado.
Lo que resta está carbonizado y sigue humeando. Está en ruinas.
Pero no es nada comparado con los restos carbonizados de Bartholomew y de su amada mascota Gilcriss.
El dragón yace junto a él, con una herida en el cuello de la que aún brota sangre casi negra.
El cuerpo de Bartholomew, o lo que queda de él, descansa en lo que solía ser su cocina, reducida a vigas de madera astilladas.
Me provoca náuseas.
He visto violencia, es imposible no verla al vivir entre las criaturas.
He visto a kelpies ahogar vacas desprevenidas y comerles los rostros hinchados, garras de grifos arrancar carne de los huesos de guardianes hasta dejar grasa y músculo de antebrazos u hombros expuestos debajo de la sangre, y por supuesto que he sido testigo de los traumas de la vida diaria en el valle, de criaturas, animales y guardianes; muertes, enfermedades y las numerosas dolencias de la edad.
Pero ver a Bartholomew es peor que todo lo demás combinado y multiplicado por diez.
A la derecha, alguien está vomitando. Se escuchan maldiciones y plegarias a los cielos, pero la Cazadora ya estuvo aquí y no hay nada que las otras diosas puedan hacer, aunque reinen para escucharnos.
Al cadáver le falta una pierna, ya no contiene los órganos dentro y algunos parecen faltar. La otra pierna está doblada en un ángulo antinatural y todo el cuerpo está desplomado como si hubiera caído de gran altura.
Gran altura.
Fuego.
Una kelpie con heridas profundas, lejos del río en el que vivía.
El rugido que oí en la cabaña.
Ahora, con una certeza arrolladora, sé que la magia que sentí palpitar cuando desperté al fénix se extendió por todo el valle y alteró tanto a los dragones de Bartholomew que uno de ellos mató a su compañero y se comió la mitad de mi mentor.
Y todo es mi culpa.
Entro al gran salón aturdida, detrás de mi padre y de Petra como un polluelo. En cuanto ingresamos, se produce una confusión y alguien por poco me enviste para llenar mi rostro de besos y abrazarme. Inhalo el aroma familiar a vainilla y almendras en el cabello sedoso de mi mejor amiga.
–Me alegra que tú también estés bien.
–Me asusté mucho cuando dijeron que había sido Bartho… –El nombre se pierde en sollozos–. Pensé que habían atacado la cabaña de emparejamiento mientras trabajaban.
–Estoy bien, estoy bien –digo con otro abrazo.
–Gracias a la Hilandera.
–¿Qué haces aquí? –pregunto. Aunque ella es mucho más lista y astuta que la gran mayoría de los guardianes, incluidos los ancianos, a los treinta y tres años es demasiado joven para formar parte del consejo.
–Seré escriba honorífica por esta noche –responde mientras me enseña una pila de papel y una carbonilla–. Petra quería que todos los ancianos se concentraran en la conversación en lugar de preocuparse por registrarlo todo en papel.
Giramos hacia el grupo de ancianos, reunidos en el gran salón con Petra en el centro.
Aún en ropa de dormir, manchada de cenizas y con el cabello gris colgando sobre un hombro en una trenza despeinada, logra verse majestuosa, con la espalda recta y los hombros firmes, lista para enfrentar la tarea desgarradora de liderar en medio de un desastre.
Es la clase de mujer en la que me gustaría convertirme, la clase de guardiana que no podría soñar con ser.
Hay mesas y sillas alrededor de la habitación, apiladas y listas para el próximo festín, pero nadie se mueve para tomar una y sentarse, ya están conversando.
La mitad sigue en ropa de dormir, como Petra, aferrando batas o abrigos con fuerza contra el frío y los horrores de la noche.
Niclas, el miembro más grande del consejo por doce años, trae una manta como chalina sobre los hombros frágiles y encorvados, pero tiembla de todas formas, con la escasa barba blanca vibrando con él.
Cecelia se apresura hacia el grupo, se sienta en el suelo y se dobla para usar el suelo como mesa para tomar notas.
–No comprendo qué sucedió. Siempre han sido muy dóciles –se pregunta Ziba, con la mirada perturbada en las esquinas oscuras del lugar de reunión. Al menos lleva ropa, pero su papada y bolsas debajo de los ojos parecen colgar más que nunca–. Pobre Bartholomew.
–Que la Cazadora guie su alma al más allá –añade Niclas con voz temblorosa, y los demás hacemos la señal de las tres.
–Si me lo preguntan a mí, digo que deberíamos salir y cazar a ese dragón por lo que hizo –anuncia John, un hombre delgado, de mal genio y con tendencia al drama–. Es hora de que los dos se conviertan en lo que estaban destinados a ser, calaveras.
Los demás ancianos jadean. Redonna parece a punto de desmayarse por la palidez repentina de sus mejillas morenas y arrugadas. Ziba toma una silla y la ayuda a sentarse, luego balbucea algo sobre té y se dirige a las cocinas.
Una vez que se marcha, me percato de que debí haber ido yo. Al igual que Cecelia, soy demasiado joven para servir a los ancianos y tampoco tengo un motivo real para estar aquí. Tan solo seguí a mi padre y nadie tuvo el corazón para echarme.
Y de repente caigo en la cuenta de que Bartholomew, nuestro Emparejador, está muerto. Y yo soy su aprendiz.
Me necesitan aquí, por supuesto.
Petra da un pisotón con el talón duro de la bota que hace eco en el suelo de mármol y en la enorme habitación vacía. Los demás guardan silencio, y entonces ella reprende a John, en voz baja pero determinante.
–Olvidas tu lugar. Estamos en este valle para cuidar de nuestros protegidos, no para acelerar su exterminio.
Si vuelvo a oírte sugerir causar daño intencional a alguna criatura serás expulsado del valle de inmediato.
No me importa la antigüedad que tenga tu linaje de guardianes. Nosotros no cazamos.
Niclas se seca una lágrima de la mejilla antes de que llegue a su barba.
–No entiendo por qué Gilcriss y Enkidus le harían algo así a Barty.
Los ancianos murmuran hipótesis de lo que podría haber pasado. Ziba vuelve con el té, pero nadie lo bebe, tan solo le dan vueltas a por qué los dragones se revelaron, incapaces de decidirse por una explicación razonable.