El beso del fénix Capítulo dos. Adela
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Capítulo dos. Adela

capítulo dos Adela

Abro una hendija de la puerta y me saco la máscara para mirar hacia arriba, pero solo veo el cielo estrellado y tranquilo. Espero que la criatura que haya rugido ya esté muy lejos de aquí.

Dejo el farol en la cabaña para poder atravesar la pradera nevada y llegar al brillo cálido de la aldea sin ser notada. La luz pálida de la luna es suficiente para caminar entre las madrigueras de los lebrílopes.

Salgo rápido y en silencio y le cierro la puerta al brillo tenue de los fénix, todo mientras maldigo mi impulsividad.

¿Por qué no puedo ignorar las ideas tontas que se me cruzan por la cabeza en lugar de correr a ejecutarlas?

Pero no pensaré en eso ahora, en cambio, levanto la máscara y la túnica que Bartholomew dejó abandonadas, las sostengo debajo del brazo junto con mi máscara y comienzo a avanzar por la pradera.

Me sorprende un lebrílope que salta de un arbusto de botón cercano.

Aunque son criaturas adorables, dulces, de rostro redondeado y pelaje suave como conejos, sus astas son filosas como navajas, y pueden ser agresivas, en especial si un extraño se acerca demasiado.

Yo no soy una extraña, llevo diecisiete años caminando de la aldea a la cabaña, así que tienden a ser tranquilos conmigo porque no sienten la necesidad de protegerse de mí.

Pero esta noche es diferente.

Apenas di veinte pasos fuera de la cabaña y ya se oye el estruendo amortiguado de una multitud de patas suaves sobre la hierba congelada.

Al mirar atrás, me encuentro con una manada de alrededor de veinte lebrílopes cerca de mis piernas, con las narices aterciopeladas apuntando al suelo y las astas afiladas hacia mí.

Apresuro el paso.

Ellos también saltan más rápido para seguirme.

Se oye el lamento familiar de uno, seguido por otro más atrás.

Tienen un llamado hipnótico y desorientador, que hace que quiera detenerme y buscar a la mujer que llora, pero sé que no existe.

Es un método de distracción de los lebrílopes y es una mala señal.

Acelero, uno de ellos se lanza hacia mi falda.

Oigo el desgarro de la tela cuando me alejo, pero no miro hacia abajo.

Fue solo una advertencia, si quisieran atraparme de verdad podrían hacerlo, ya que yo no puedo correr más rápido que un lebrílope ni que cualquier otra criatura del valle.

Pero por ahora parecen más interesados en arrearme hacia la aldea que en comerse mi carne, gracias a la Hilandera.

Creo escuchar un aleteo lejano sobre mí que me hace estremecer, pero no veo movimiento en el cielo nocturno. No hay nada oscuro y peligroso acechándome desde arriba.

Ya voy casi corriendo, con las máscaras y la túnica de Bartholomew aferradas contra el pecho, jadeando en el aire gélido.

Maldigo no haber acompañado a Cecelia en sus entrenamientos matutinos más seguido, pero yo soy robusta, mi vientre y senos rebotan, mis muslos se rozan e irritan y, cuando me esfuerzo demasiado al correr, lo que sucede a menudo, se vuelve doloroso.

Por desgracia, ahora también duele respirar.

Bajo el ritmo y, esta vez, estoy segura de que escucho el silbido indiscutible de alas enormes sobre mí.

Veo una sección de estrellas eclipsada, pero no sé si es un grifo, un dragón o un pegaso lo que vuela debajo de ellas.

Y no es que haga diferencia, ya que todos son depredadores que disfrutan de la cacería.

Dejo de apresurarme o al menos intento que no parezca que voy corriendo. En cambio, avanzo en una marcha rápida exagerada. Aunque estoy aterrada, comienzo a cantar una canción de borrachera que me enseñó mi prima Melinda. Soy grande, no tengo miedo, no soy una presa.

Los lebrílopes me rodean, mordisquean el ruedo de mi ropa y raspan mis piernas con sus astas ásperas.

Por suerte, mi falda y mi túnica me protegen del dolor y de que me lastimen demasiado, además estoy más segura entre los pequeños lebrílopes que me envisten que frente a una bestia voladora.

Así que dejo que mastiquen y jalen mientras me voy acercando a la aldea, que se encuentra en un silencio inquietante.

Es tarde, me quedé en la cabaña más tiempo de lo previsto.

Cuando atravieso el límite invisible hacia la aldea, los lebrílopes se detienen y me muestran los dientes en un gesto dominante. En vistas del tamaño de sus dientes y de sus números, fueron bondadosos conmigo. Pudieron haber causado mucho más daño.

Escaneo el cielo sobre la pradera que acabo de atravesar, pero lo que estuviera siguiéndome ya se ha ido. Estoy a salvo.

–¿Papá? –llamo, aunque veo que el gancho junto a la puerta trasera donde debería estar su abrigo está vacío. Dejo mi máscara y las cosas de Bartholomew sobre una mesa pequeña; luego las limpiaré y se las regresaré cuando las ceremonias de la semana hayan terminado.

Pero antes de que pueda dar un paso más, la puerta trasera se abre de un golpe y mi padre aparece, bañado en sangre verde oscura.

En sus brazos trae un pequeño kelpie, una criatura mitad caballo mitad pez, con una melena de algas enmarañada que jadea con la boca llena de hileras de dientes afilados en busca de aire que no encuentra fuera del agua.

Me apresuro a ayudar, pero él me aleja con un gruñido.

Solo quedan dos kelpies en todo el valle y son difíciles de diferenciar, en especial si la luz no ilumina la diferencia de color sutil en sus escamas.

–¿Qué pasó? ¿Quién es? ¿Por qué sangra? ¿Por qué está aquí?

–Es Duschwa. Llena la tina, cariño. De prisa.

Corro por el pasillo para obedecer y abro los grifos de nuestra amplia tina de cobre.

El agua está fría, claro, ya que no hay tiempo de encender el fuego para calentarla, pero los kelpies viven en ríos, así que no necesita calor, solo necesita agua.

Cuando una pequeña cantidad cubre el fondo, mi padre aparece y se esfuerza por colocar a la criatura en el agua con cuidado.

Aunque su cuerpo es mucho más pequeño que el que tendrían su cabeza y cuello de caballo, apenas cabe en la tina en la que yo entro con comodidad.

Él la salpica, más que nada en las branquias del cuello, y me indica que haga lo mismo.

Yo lo imito y mojo la túnica harapienta que aún traigo puesta. Mi padre nota el daño, siempre nota todos los detalles, pero solo me dedica una mirada que promete preguntar más tarde y sigue trabajando en la paciente. Cuando parece que ha vuelto a respirar, él se gira hacia mí.

–La encontré de camino desde los establos. Estaba sangrando en medio del jardín de John.

–¿Y la cargaste hasta aquí?

Se encoge de hombros, como si cargar a una kelpie adulta no requiriera de una fuerza descomunal, aun para un hombre fuerte por su trabajo.

Como Cuidador principal, está a cargo de la salud y el bienestar de la población equina de la comunidad, los caballos, burros y mulas que usamos como animales de transporte y de carga, además de los unicornios, pegasos y de la última pareja de kelpies con vida.

–Era más cerca que ir al río –dice sin más, como si fuera normal que un kelpie estuviera en la aldea lejos del río–. Ahora ayúdame a girarla para poder curar sus heridas. Ha perdido demasiada sangre.

El agua se ha tornado casi negra por la sangre.

Sumerjo las manos donde mi padre me indica y presiono cuando me dice que lo haga, mientras la kelpie me muestra los dientes afilados.

Si no estuviera moribunda, podría arrancarme el brazo con una sola mordida, pero ataca más por miedo que por malicia.

Tiene los ojos blancos y salvajes como estarían los de cualquier equino, y sus branquias se abren y cierran demasiado rápido.

Papá y yo la volteamos para ver el origen de toda la sangre: tres cortes que le atraviesan el torso completo.

–Trae el costurero –dice mi padre con tono cansado, desesperado.

–Papá… –pierdo la voz, porque no podemos salvar a Duschwa de esto. Las heridas son tan profundas que se le ven las costillas. Él entiende de todas formas.

–No puedo perder a dos en un día –responde entre dientes.

Mi corazón se agita ante esas palabras. ¿A quién más perdió hoy? Pero no me detengo, voy por el costurero. Después, mientras sostengo la carne de Duschwa para que él la cosa, encuentro la fuerza para preguntar.

–¿Etana? –susurro apenas. Busco indicios en su ropa, pero si había sangre plateada de unicornio ha quedado cubierta por la de Duschwa.

Rezo a la Pupila por sabiduría y a la Hilandera por sanación, pero la mayoría de mis plegarias van dirigidas a la Cazadora, a suplicarle que proteja a Etana y a su potrillo nonato de la muerte.

No es que se deje persuadir por simples plegarias, pero de todas formas le suplico en silencio y prometo un sacrificio una vez que termine la Ceremonia de Emparejamiento.

Aunque jamás pensaría en controlar o amansar a Etana, ella es casi tan especial para mí como los dragones para Bartholomew.

Las dos nacimos en el mismo momento, bajo la misma estrella fugaz, un día desafortunado para un nacimiento, en especial para las madres.

Por poco perdí a la mía en la sala de partos, y Etana tuvo que ser removida del cuerpo de la suya, así que crecimos juntas, alimentadas con leche de cabra por el hombre parado delante de mí, cubierto de sangre y cuidando a Duschwa con las manos firmes y fuertes que ayudaron a muchos otros.

Todos los guardianes han sido testigos de tragedias, mi padre más que muchos de ellos.

Por razones desconocidas, los nacimientos de criaturas han estado en caída durante un siglo, en especial los de unicornios, kelpies y pegasos.

Rara vez se reproducen y, cuando lo hacen, al menos un tercio pierde a su cría antes o durante el parto.

Al pensar en las calaveras de fénix que ahora brillan en su estante de la cabaña, me pregunto si su declive ha sido igual de profundo.

Después de cerrar la última herida, mi padre por fin niega con la cabeza.

–No fue Etana, fue solo una yegua, Donna. Sufrió una falla cardíaca causada por alguna clase de infección.