Capítulo uno. Adela #2
Debería seguirlo y dar el día por terminado. Aunque no esté prohibido, no está bien visto permanecer solo en la cabaña. Puede ser peligroso, sobre todo cerca de la Ceremonia de Emparejamiento.
Además, es espeluznante.
Sin embargo, las calaveras susurran dentro de mí, me atraen hacia ellas; todas a excepción de los fénix. Quieren que me quede, que baje a los fénix, que embeba sus huesos ancestrales con hierbas y aceites.
–¿No los escucha? Quieren que nos quedemos –le digo a Bartholomew, quien lo considera un momento.
–Por supuesto, son bestias hambrientas. –Se encoge de hombros–. En una década habrás aprendido a ignorar sus súplicas.
Con eso se da la vuelta rumbo a su hogar, de seguro ansioso por reencontrarse con los dos dragones que tiene como mascotas ilícitas, ya que tenerlos viola el Código de los Guardianes.
Las criaturas son seres con propósitos mágicos y sagrados, no deben ser mimadas ni dignas de confianza.
Pero Bartholomew no es el único que vive con ellas, solo que la mayoría elige lebrílopes peludos y adorables, no a dos dragones adultos.
Anhelo el pueblo a la distancia, al otro lado de la pradera.
Quiero salir de la cabaña, respirar el aire fresco de la noche y llegar a casa para sumergirme en un baño caliente sin fragancia hasta que se me arrugue la piel.
Pero no puedo ignorar la atracción de las calaveras de fénix, no puedo salir por esa puerta.
Cuando Bartholomew se percata de que no lo sigo, se detiene en medio del camino casi congelado y voltea.
–¿Y bien? –Me mira con un gesto adusto en el ceño platinado–. Andando.
Se me ocurre una excusa débil, pero no puedo evitarlo.
–Los nuevos aceites de romero y lavanda pronto terminarán de infusionarse. Me encargaré de esos decantadores y luego lo seguiré.
Me analiza, al tiempo que un rebaño de lebrílopes brinca en un círculo caótico a su alrededor.
En el cielo, dos pegasos dibujan ochos en su vuelo, con Bartholomew en el centro de una vuelta y la cabaña en el de la otra.
Dado que aún conservan la carne y el aliento, no oigo sus anhelos, pero su euforia juguetona dice mucho.
A las criaturas vivas también les gustan las ceremonias de emparejamiento, y Bartholomew y yo les agradamos porque trabajamos con los huesos de sus ancestros difuntos. Cecelia dice que los atrae la magia de sus hermanos; yo creo que solo son pequeñas bestias macabras.
–Como desees –responde mi mentor y, tras encogerse de hombros otra vez, se aleja–. No hagas nada impulsivo.
–Sería incapaz –miento.
Bajo los fénix de a uno, los dejo sobre la mesa de trabajo y busco mis herramientas. Sobre el estante, las calaveras se veían deslucidas, viejas, huesos pálidos y picos sosos comparados con los de bordes serrados de un grifo. Pero de cerca son imponentes.
Se comunican con algo profundo dentro de mí de un modo que hace que me pregunte si quizás estoy justo donde se supone que debo estar, haciendo justo lo que estaba destinada a hacer.
Así es como imagino que se sienten todos los demás guardianes cuando reciben su llamado.
Papá como cuidador principal, Cecelia como historiadora del valle, incluso Bartholomew como Emparejador.
Para ellos, quiénes son y lo que hacen parece alinearse a la perfección, como si las diosas los hubieran creado especialmente para cumplir sus roles.
Pero yo nunca he sentido eso.
Yo solo me he sentido torpe, insuficiente y algo perturbada mientras preparo los huesos para el emparejamiento. Lo único que siento son impulsos inconvenientes, que sigo con demasiada frecuencia; como pulir las calaveras de dos fénix después de que me indicaran con toda claridad que no lo hiciera.
Pero…
Esto se siente correcto. De pie ante estos fénix, siento que algo sutil pero poderoso cambia en mí. Todo en mi interior se siente alineado, quizás por primera vez en mi vida.
–Son magníficos –susurro.
Las calaveras de los fénix tienen una frente amplia e inclinada y un pico curvado, y uno de ellos me perfora el pulgar cuando me lo llevo al regazo; es más filoso de lo que parece.
Por instinto, llevo el pulgar a la boca para succionar la sangre, pero la máscara estorba, así que lo limpio en mi túnica; no quiero manchar el hueso.
Giro la calavera que tengo en la falda de un lado a otro para examinar su forma novedosa. No hay fénix vivos, así que me cuesta relacionar el arco del hueso sólido con las criaturas gráciles y emplumadas representadas en los tapices del gran salón o en los libros de cuentos de mi infancia.
Alguien, hace mucho tiempo, extendió una capa gruesa de mica dorada en el exterior y en el interior del hueso, una adición costosa para una superficie tan grande.
Sin duda fue la razón por la que el sol se reflejó con tanta intensidad que llamó mi atención después de diecisiete años ocultos en las sombras.
En algún momento de nuestra historia, un Emparejador debió esperar que estas dos calaveras de fénix eligieran a alguien importante, tal vez incluso a futuras sumas sacerdotisas.
Pero ahora… sostengo primero una calavera y luego la otra en mis manos desnudas y cierro los ojos.
Están en silencio.
Pruebo ungüento tras ungüento en una calavera y luego en la otra, en vano. No percibo ni el menor indicio de un zumbido en mis palmas, ninguna preferencia por azafrán o vainilla, aceite de cártamo o cera de abeja. Podría pasar el resto de la noche preparándolos, pero no haría ninguna diferencia.
Están completamente mudas.
–¿Se han ido? ¿O solo están descansando?
Miro las hermosas calaveras gemelas e imagino sus cantos cuando estaban vivos.
¿Habrían sido agudos y alegres como los de la curruca en las mañanas de primavera o graves y melancólicos como el cuclillo piquiamarillo?
Quiero despertarlos, escuchar el eco de sus voces a través del zumbido bajo mis manos.
El deseo me sorprende, ya que las voces de las criaturas muertas son la parte más difícil de mi papel, lo que más me incomoda. Le doy vueltas a este deseo de oírlas una y otra vez en mi mente y comprendo que es más profundo que un simple anhelo. Es una necesidad persistente y urgente.
Cuando me asignaron a mi trabajo como aprendiz de Bartholomew, devoré todo lo que Cecelia pudo encontrar sobre los Emparejadores.
Hubo una cuyo diario estaba lleno de métodos escandalosos, que rozaban lo peligroso, pero sus emparejamientos eran legendarios.
Bartholomew la odiaba, se burlaba cuando me descubría leyendo su diario con interés y asombro ante su audacia.
Lo cual, siendo sincera, quizás sea más razón para intentarlo.
Llevo la mano a mi máscara.
Mostrar el rostro a las calaveras es la parte más sagrada de la ceremonia que se aproxima, el momento que determina un emparejamiento, y es un riesgo que ningún guardián, mucho menos un Emparejador, se atrevería a tomar jamás.
La magia está reservada para las Órdenes, quienes sirven directamente a la Cazadora, la Pupila o la Hilandera.
Estoy de espaldas a todas las calaveras excepto a estas dos, pero aun así me aseguro de alzar el borde de la máscara apenas lo suficiente. No debería hacer esto y, sin embargo, me lanzo de cabeza a la insensatez una vez más.
Acuno una de las calaveras de fénix en el pliegue del codo y apoyo la mejilla descubierta contra el hueso frío.
Había esperado sentir el más leve indicio de un zumbido, pero lo que ocurre es más bien un grito o una explosión.
O ambas cosas.
Sonido, luz, emoción, calor, todo se precipita sobre mí con la fuerza de una tormenta y ondula por el pequeño edificio como la fuerza de una tormenta de pegaso.
Nada se mueve y, sin embargo, es como si las propias paredes comenzaran a sacudirse.
Creo oír las ventanas temblar y me apresuro a dejar la calavera de fénix junto a su compañera.
Vuelvo a asegurar mi máscara en su sitio antes de girar para ver la pared donde descansan las demás calaveras.
Están tal y como las dejé, prístinas e inmóviles bajo la luz del farol.
Y aun así.
Me protejo los oídos de la cacofonía. Nunca había escuchado sus voces así de fuertes, de nítidas. Vitorean y chillan, blasfeman y celebran. Pero su atención no está en mí. Es como si cada cuenca vacía mirara más allá de mí, hacia las dos calaveras de fénix sobre la mesa.
Esperan con una anticipación feroz.
Percibo un resplandor de una tonalidad distinta a la del farol por el rabillo del ojo, entonces giro despacio para enfrentarme otra vez a los fénix.
Están uno junto al otro sobre la mesa de trabajo, igual que hace unos instantes, pero mientras que antes parecían pálidos y apagados pese a su costoso espolvoreado de mica, ahora brillan desde dentro, tan luminosos y amenazantes como el aliento ardiente de un dragón.
La mica dorada casi danza sobre la superficie, y ahora comprendo por qué algún Emparejador, hace mucho tiempo, las cubrió con esa cantidad.
Les sienta a la perfección, resalta los tonos rojo, coral, naranja y amarillo de sus superficies fundidas.
Doy un paso atrás involuntario, abrumada por su belleza y por la inquietud que me provoca el hecho de que acabo de abrir una puerta hacia un lugar en el que nunca he estado, una que no puedo volver a cerrar.
Voy a limpiar, guardar los suministros, recoger las cosas que Bartholomew dejó tiradas, que a estas alturas sin duda estarán cubiertas de escarcha, e irme a casa. Se siente como huir, y lo es. Algo ha cambiado, algo que no entiendo.
Pero antes de que llegue a moverme, oigo un rugido afuera que me deja paralizada. Es el llamado de una criatura que está cazando, una criatura a punto de matar, de vencer. Las calaveras guardan silencio durante un largo instante y luego responden con un chillido victorioso.
No sé qué caza la criatura ni qué ha atrapado, pero me preocupa que pueda ser yo.