El beso del fénix
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Capítulo uno. Adela
capítulo uno Adela
Me dedico a pulir los huesos, a masajear la superficie pálida y agrietada de las calaveras de las criaturas con aceites aromáticos y ungüentos suavizantes.
Mientras lo hago, sus persistentes susurros de anhelo hacen eco en mi mente y debo reprimir un escalofrío de repulsión.
Me recuerdo el honor que conlleva mi posición, que comulgar con las calaveras es un llamado sagrado.
No debería odiar sentir sus impulsos fluyendo dentro de mí ni aliviarme porque sus voces se han suavizado con los años.
Escucho la burla cruel de mi mentor detrás de mí.
–Diecisiete años y sigues tan remilgada como siempre. Que la Hilandera nos guarde, cuando te conviertas en emparejadora será un día gris para todos nosotros.
–En especial para ti –mascullo mientras froto aceite de romero y cártamo en las cuencas vacías de un lebrílope.
A fin de cuentas, Bartholomew todavía no es viejo, y los Emparejadores no tenemos la dicha de retirarnos.
El retiro llega cuando morimos. Y si ambos tenemos suerte, pasaré otros treinta años como su asistente antes de tomar su lugar como emparejadora principal.
Si es que puede llamarse suerte.
–¿Qué dices, niña?
–¿Nos queda cera de loto salada? –aligero la voz y agradezco la luz tenue de la cabaña y la máscara de plata sólida que oculta mi rostro. Él resopla y señala el frasco junto a mi codo–. Ah, aquí está.
Uso la cera en la calavera ancha y angulosa de un grifo con el pico astillado, luego sigo con otro lebrílope, cuyas astas retorcidas ayudan a mis manos a encontrar el ritmo.
La mayoría de los lebrílopes eligen aceite infusionado con arándanos, menta o cedrón, pero los grifos de pico afilado son más exigentes.
Ellos prefieren primero un ungüento terroso de hojas de otoño y luego, en medio de mi trabajo, zumban en oleadas hasta que lo cambio por menta o mirra, entonces reinician sus ronroneos complacidos.
Sigo con los tres gytrash, los perros negros.
Bajo sus calaveras caninas para frotarlas con esencia de musgo de roble.
Los gytrash siempre se emparejan de a tres y, aunque las calaveras pueden emparejarse con cualquiera de las tres órdenes, ellos suelen hacerlo solo con miembros de la Orden de la Cazadora.
Me pregunto si estas calaveras, que asisten a los sacerdotes en los ritos fúnebres, encontrarán a sus compañeros durante la próxima ceremonia.
Sigo trabajando, intentando perderme en el acto repetitivo e ignorar los murmullos desgastantes de sus voces; aunque no es que tengan voces en realidad.
Mi mejor amiga, Cecelia, siempre está pidiéndome que le describa cómo se siente comunicarse con las calaveras mientras pulo los huesos.
Ella también las escucha, como la mayoría de los guardianes, pero suenan más tenues para ella.
Siente fascinación por mi entendimiento profundo de sus anhelos y deseos, pero yo no encuentro palabras para explicárselo.
Es como cualquier otro sentido para mí, imposible de describir.
Yo solo… las oigo. Las percibo dentro de mi cabeza o tal vez en algún lugar más profundo.
Sin palabras, las calaveras me cuentan sus sueños, sus necesidades y sus deseos secretos.
Algunas suenan penetrantes y vibrantes, otras son suaves y tintineantes.
Pero, sin importar el volumen ni el tono de sus voces, odio escucharlas.
Soy una guardiana, descendiente de un largo linaje de guardianes respetados, con una notoria excepción.
Y, como emparejadora asistente, estoy destinada a la grandeza.
Y aun así…
Mientras deseo estar en cualquier otro sitio, me paro en puntas de pie para engarzar una mandíbula con el dedo y bajar la única calavera de dragón del estante superior.
–¡Cuidado! –sentencia Bartholomew, con lo que casi hace que deje caer la calavera. Continúa con más suavidad–: Ese era Psecilious, uno de mis primeros… encargos.
Polveo las puntas de los cuernos de Pscecilious con una pizca inusual de mica dorada, después limo con cuidado un pequeño bulto en un incisivo, por lo demás impoluto, del tamaño de mi pulgar.
La voz del dragón suena áspera dentro de mí y mucho más suave de lo que debería ser; me provoca culpa que eso me alivie.
–Debió ser grande aún para ser un dragón –comento para distraerme de mis sentimientos complicados. Bartholomew agradecerá la oportunidad de despacharse sobre la naturaleza noble de los dragones.
Como imaginé, se aclara la garganta para comenzar.
–Alguna vez fueron bestias descomunales, tan grandes que podían comerse a un venado de un bocado.
Pero mientras que antes se apareaban por tamaño y por fuerza, ahora elijen parejas más civilizadas.
Las hembras comenzaron a escoger machos más listos y domesticados, algo que, con los siglos, ha llevado a un declive en…
Habla sin parar sobre cosas que ya escuché cientos de veces. Su amor por los dragones es profundo, por los dos que tiene como mascotas y por los salvajes que contempla de lejos, incluso por las calaveras de dragones muertos; los aprecia aún más que a su propia comunidad.
Más que a mí, en particular.
Mientras él habla, yo me esfuerzo en mi trabajo. Machaco hierbas y semillas para extraer aromas, presiono ingredientes para extraer sus esencias, emulsiono lectina con agua y aceite para lograr lociones densas y, por supuesto, limpio todas las herramientas de Bartholomew.
–Los favorece como especie.
Mi estrategia no ha sido buena, porque en lugar de distraerme, el zumbido persistente y agudo de Bartholomew parece intensificar las voces de las criaturas, lo que resulta en un bullicio discordante dentro de mi cabeza.
Al menos su máscara de álamo dorada lo silencia un poco.
Como guardianes, siempre que trabajamos con las calaveras de las criaturas usamos máscaras para evitar emparejarnos con ellas por accidente.
Nosotros servimos a las órdenes y cuidamos a las criaturas vivas, no esgrimimos magia.
–Ya no pasan hambre entre cacerías ni anidan entre las rocas para criar a su descendencia. No, los dragones son listos y leales, las mejores criaturas.
Cuando comienza a compararlos con otras especies, me pregunto si notaría si me metiera trozos de paño en las orejas.
No es que eso vaya a acallar el eco de las calaveras dentro de mí, pero al menos evitaría que sus voces compitan con la de él por mi atención.
Al terminar con la última calavera equina de un pegaso bastante silencioso, vuelvo a girar hacia las estanterías para dejarlo y, con las manos en la espalda, me arqueo hacia atrás.
Mis huesos rígidos crujen en protesta. Creo que con eso he terminado.
Por fin.
Recorro con la mirada las hileras de calaveras, iluminadas por el sol que se cuela por las ventanas de la cabaña.
Su magia vibra con entusiasmo después del pulido, como si supieran lo que se viene.
Y tal vez lo sepan; el conocimiento sobre la consciencia de las criaturas muertas es apenas especulativo.
Pero creo que la mayoría de las calaveras esperan la Ceremonia de Emparejamiento con algo cercano a regocijo, como si lo que más quisieran fuera unirse a los novicios para que utilicen sus magias únicas.
La sola idea de tener que usar a una criatura muerta sobre el rostro cada vez que salga en público por el resto de mi vida me hace estremecer; el pensar en que sus deseos, su voz, estén todo el tiempo dentro de mi mente, de mi corazón, es escalofriante.
No hay magia que lo valga, sin importar cuán poderosa o útil pueda ser.
El sol bajó un poco en su camino inevitable a través del valle y, ahora, sus rayos iluminan un pequeño estante por encima de los demás.
Está tan alto y es tan diminuto que siempre pensé que no servía y, por tanto, estaba vacío, pero el reflejo intenso del sol me dice que debe haber algo ahí.
Retrocedo y me elevo en puntas de pie para ver mejor: ahí, tan atrás que apenas alcanzo a vislumbrar la punta de dos picos ganchudos amarillos, hay dos calaveras.
A juzgar por los picos, deben ser grifos, pero ¿por qué Bartholomew los dejaría allí olvidados?
Cuento los demás grifos en los estantes: seis.
Ni más ni menos de los que debería haber.
¿Pasamos por alto esos dos en el pasado?
¿O son nuevos? No lo aparentan. Están tan descoloridos como si hubiera comenzado a fosilizarse.
Los huesos tienden a aclararse con el tiempo, blanqueados por el sol que entra por las amplias ventanas de la cabaña, pero eso lleva cientos de años.
Tomo la escalera, porque por mucho que me estire nunca llegaría a esos dos. Bartholomew me desanima.
–No te molestes, no pulimos los fénix. Son solo… –Busca una palabra, pero no parece encontrarla, así que se encoge de hombros y se decide por–: Decoración.
–¿Decoración? –No puedo ocultar el horror de mi voz, aun cuando oírlo lo hace fruncir tanto el ceño que lo noto incluso detrás de su máscara por las arrugas alrededor de los ojos.
Pero decir que una calavera es solo decorativa es un sacrilegio, aunque no tenga magia.
Después de un momento, mi mente cansada registra también el nombre de la criatura–.
¿Dijo fénix? Llevan al menos un par de siglos extintos, no tenemos calaveras de fénix.
–Es evidente que sí –resopla–. Están ahí, en el estante. Debemos hacer que la Suma Sacerdotisa Cazadora las queme, cuando venga con su portador de dragón, y devolverlas al valle. Pero aquí esperan, por ahora. Vámonos.
Se marcha sin esperar respuesta, deja la puerta abierta y descarta la túnica y la máscara dorada en el suelo para que yo las recoja del césped escarchado. Como su asistente, debo limpiarlas, arreglarlas y devolvérselas una vez terminadas las ceremonias.
Bien podría entregármelas en mano, pero Bartholomew no hace así las cosas.