El beso de una muerta Capítulo IX
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Capítulo IX

El examen de los testigos había terminado, y el Fiscal estaba a punto de levantarse para comenzar su acusación, cuando un ujier vino a hablar al oído del presidente.

La multitud vio al magistrado sobresaltarse, dirigirse a sus compañeros y, tras una breve y vivaz discusión, su voz resonó en la amplia sala.

—En virtud de mis poderes discrecionales, pido que sea escuchada otra testigo.

Y volviéndose al ujier:

—¡Hacedla entrar! —exclamó.

Todos volvieron ansiosos la mirada hacia aquella dirección, y un sordo murmullo corrió entre la multitud.

La testigo anunciada apareció. Era una señora vestida toda de negro, con un velo tan tupido sobre el rostro que habría sido imposible reconocerla.

Pero Guido, ante aquella visión, se sobresaltó: se puso alternativamente pálido y rojo; una viva emoción parecía invadirlo.

Nara, en cambio, sintió algo frío en el corazón y sus ojos se fijaron llameantes en la desconocida.

El público hacía mil conjeturas: la curiosidad, ya vivamente excitada, se acrecentaba más y más.

La desconocida avanzó con paso firme hasta el estrado del presidente, e invitada a prestar juramento, lo hizo con una voz límpida, vibrante, que tuvo un eco en todos los corazones.

—¿Vuestro nombre? —dijo el presidente.

La desconocida, con un gesto rápido, alzó el velo, mostrando un rostro pálido, pero celestial, enmarcado por cabellos rubios como el oro purísimo.

—¡Soy la condesa Clara Rambaldi! —respondió en voz alta.

¡Fue como un rayo! Guido, que al aparecer la desconocida velada había creído reconocer a la Dama Negra, ¡veía ante sí a su mujer!... Comprendió, adivinó todo, y quedó con los ojos dilatados, los labios convulsos, las fosas nasales trémulas.

Nara, aterrada ante aquella aparición, se ocultó el rostro con las manos, pero luego, levantándolo:

—¡Esa mujer miente...! —gritó con audacia—. La condesa Clara está muerta...

Presidente, jueces, abogados, jurados, se miraban unos a otros, como sobrecogidos de estupor.

Entre la multitud había corrido un escalofrío de espanto; la gente se preguntaba si soñaba o estaba despierta.

Pero el presidente, repuesto enseguida de la sorpresa, calmó los ánimos con su palabra digna, moderada; luego, volviéndose hacia la condesa Rambaldi, que era la única que permanecía tranquila, exclamó:

—¡Repetid vuestro nombre!

En medio del silencio de la sala, la voz de la Dama Negra se elevó límpida, fascinante.

—Soy la condesa Clara Rambaldi, tenida por muerta, y como tal depositada en el ataúd y llevada al cementerio de la Antella para ser enterrada. ¡Pero Dios ha querido salvarme, y en su bondad no ha permitido que yo fuera sepultada viva!

Un estremecimiento glacial recorrió al auditorio.

—¿Por qué no os habéis presentado antes? —preguntó el presidente.

—Porque solo hoy he llegado a Florencia y he sabido de la acusación que pesa sobre mi marido.

Yo estaba decidida a no resurgir para el mundo, a no turbar la paz de quienes creía felices; pero como él me necesita, como se le acusa de un crimen que no ha cometido, vengo aquí para testimoniar ante todos su inocencia.

El conde no pudo resistir a semejante sacudida.

Ser proclamado inocente por ella, que tanto había sufrido por causa suya, a la que él había desatendido, rechazado, envenenado, que por él estuvo a punto de ser sepultada viva, era cosa para hacer perder el juicio y, sobrepasado por la emoción, por la vergüenza, rompió en un llanto deshecho.

La emoción del conde había pasado al ánimo de todos.

Nara se puso en pie de un salto, furiosa.

—¡Ella miente!... ¡Ella miente!... —gritó.

Un murmullo de indignación cubrió su voz.

Pasaron algunos minutos antes de que se restableciera el silencio; el presidente dijo a Nara que si no dejaba de gritar, la haría retirar.

Luego, volviéndose a la condesa, cuyos ojos se fijaban llenos de interés y de piedad en el marido, dijo:

—Decidnos entonces cómo ocurrió que fuisteis tenida por muerta...

La joven mujer comenzó a hablar, y su voz primero tímida, conmovida, se fue haciendo después, a medida que hablaba, clara, profunda y potente.

Todos pendían de sus labios. Guido había contenido las lágrimas, pero su rostro descompuesto mostraba las sensaciones del alma. Nara se agitaba sordamente.

—Desde hacía mucho tiempo yo estaba debilitada de salud —dijo—, y sufría ataques catalépticos, que podían muy bien hacerme pasar por muerta, tanto adquiría la apariencia de tal. Fue quizá en uno de estos ataques, más prolongado de lo habitual, en el que fui tenida por muerta.

»Recuerdo muy bien haberme visto yacente en la cama, incapaz de hacer el más pequeño movimiento, presa de un torpor que me paralizaba todos los miembros...

»Recuerdo haber visto a mi marido inclinarse, llorar sobre mí, llamarme espantado por mi nombre.

»Hice un esfuerzo supremo para responder; me pareció que un grito escapaba de mi garganta, luego recaí en aquel letargo, que me reducía, viva, al estado de cadáver.

El presidente la interrumpió.

—Pero el día anterior habíais sufrido una violenta sacudida moral —dijo—; sabemos que os habíais presentado en el palacio de vuestro marido, el cual os abandonaba para vivir públicamente con otra mujer.

—Yo no le acuso —dijo la condesa con tristeza—, y si fui a él, no fue más que para arreglar ciertos intereses.

—¿Y él os amenazó?

—No... lo niego...

—¡Ella miente! —gritó Nara—, mientras sabe muy bien que yo y el conde la obligamos a firmar un documento, que no le dejamos leer... y cuando, espantada por nuestras amenazas, se desplomó sobre una silla, porque se sentía desmayar, el conde le hizo tragar el veneno, que yo le presenté en un vaso...

Guido estaba lívido, pero no protestaba.

—¡No es verdad! —exclamó la condesa Clara, con su voz dulcísima, que conmovía todos los corazones—.

Niego que el conde me haya amenazado; y si fuera verdad que él me hubiera preparado un veneno, a estas horas no estaría aquí...

para defender al padre de mi hija... mientras esa mujer que dice haberle amado, que dice haber sido culpable por amor a él, busca perderle, sin remordimiento, sin piedad.

¡Mi marido es inocente de la acusación que pesa sobre él, lo juro!

La condesa dominaba al auditorio: mantenía la cabeza alta, la sangre había afluido a su rostro, y todo el amor condensado en su corazón por aquel hombre que tanto la había hecho sufrir, le relucía en la mirada dirigida hacia él.

Ella continuó:

—El médico que me atendía, reconociendo en mí todos los signos de la muerte, había certificado el fallecimiento.

»Así fui encerrada en el ataúd, llevada al camposanto; pero la tumba que debía recogerme aún no estaba lista, y fui depositada, provisionalmente, sobre un tablado en la capilla mortuoria.

»No sé cuánto tiempo permanecí en el estado cataléptico; pero de pronto me pareció que una voz sofocada pronunciaba mi nombre, sentí una boca posarse sobre la mía.

Aquel contacto rompió por así decir el lazo que me ataba a la tumba: mi cuerpo se estremeció, mis labios se movieron.

¡Volvía a la vida y el hombre que me había salvado era mi hermano!

Clara calló un instante conmovida, sin que el silencio religioso de la sala la turbara.

Luego retomó dulcemente:

—Sí, tengo un hermano, que fue desconocido por mi padre, porque creyó que era hijo de la culpa. Mi madre protestó hasta su muerte de su propia inocencia, pero mi padre fue inexorable.

»Mi madre, al morir, me dejó una carta, en la cual, confirmándome de nuevo su inocencia, aunque todas las apariencias hubieran estado en su contra, me suplicaba que velara por el pobre desheredado, y el voto de mi madre fue sagrado para mí.

Y aquí Clara contó cómo se había ocupado de Alfonso, cómo, valiéndose de un fiel servidor, pudo mantenerle en los estudios, procurarle una posición, y hacer del joven un hombre honrado.

Dijo que todos los intentos para hacerle perdonar por su padre habían resultado inútiles, y ella, por temor de que alguna desgracia le ocurriera a Alfonso, había callado siempre.

Clara continuó diciendo que, casada con Guido, no tuvo valor de contárselo todo, porque demasiado sagrada era para ella la memoria de su madre.

Esta prudencia suya la había perdido. Y aquí tejió el relato de sus primeros años de matrimonio, habló de aquella mujer que se había interpuesto entre ella y el marido, y de cómo, con la complicidad de un sirviente, le fue robada una carta de su hermano y se dio a entender a Guido que él era su amante.

—Sí, es verdad —gritó el conde Rambaldi de pronto—, desde el día en que me dieron a leer aquella carta, no tuve un solo momento de felicidad. Sí, creí culpable a mi esposa, rechacé a mi hija, creyéndola engendrada por aquel Alfonso, al que yo no conocía.

El público se mostró impresionado ante estas palabras, y miradas de cólera se dirigieron a Nara, que con los brazos cruzados, la mirada centelleante, parecía querer dominar a todos.

El presidente impuso silencio, porque los murmullos habían recomenzado.

Clara retomó la palabra:

—El conde me creyó culpable, y todas las pruebas estaban en mi contra. El mismo servidor que me robó la carta para vendérsela a esa mujer...

—¡No es verdad! —interrumpió Nara.

—¡Silencio! —ordenó el presidente.

—Tengo derecho a defenderme.

—No acuso sin pruebas... —dijo con dulzura Clara—. Señor presidente, ahí está el servidor que me robó la carta.

—Que pase.

Todos los ojos se volvieron hacia el lugar por donde había desaparecido el ujier, mientras Nara, que se sentía perdida, se ponía inquieta, nerviosa, y apretaba los puños hacia Clara, como si quisiera pulverizarla.

El ujier volvió con el servidor. Este giró una mirada tranquila sobre la multitud, sin palidecer al ver a Nara con los ojos fijos en él.