Capítulo VIII
Era un martes cuando se abrieron las puertas de la Audiencia de lo Criminal para este clamoroso proceso, que tendría eco en toda Europa.
Desde todas partes se habían enviado representantes de la prensa: tres días antes, ya no se encontraba disponible ni una sola entrada de favor.
Desde por la mañana, las inmediaciones de la Corte estaban invadidas por una multitud ávida y ansiosa, en espera de que se abrieran las puertas de la sala de audiencias.
Las tribunas estaban ocupadas por toda la aristocracia florentina. Parecía que se debiera asistir a una representación de gran gala, porque las señoras lucían los tocados más espléndidos y rebuscados.
Cuando se abrieron las puertas de la sala, se necesitó toda la atención de un capitán de infantería para que nadie resultara aplastado. La multitud irrumpió como un torrente amenazador y pronto invadió todos los rincones.
Cuando se comprendió que la sala no podía contener más gente, se cerraron las puertas, pero se oía desde fuera el rumor de la multitud que había quedado fuera.
El banco de la prensa estaba lleno, los jurados se hallaban en sus puestos: no faltaba nadie, nadie había encontrado excusas para sustraerse a aquel oficio delicadísimo que siempre pone en perplejidad la conciencia de un hombre honrado.
Entró la Corte con el presidente a la cabeza: los defensores estaban en su estrado. Al murmullo de la multitud sucedió un profundo silencio.
Y entonces pudo oírse la voz clara y sonora del presidente, que dijo:
—Haced entrar a los acusados.
Todos se volvieron hacia la parte por donde debían entrar. El primero en comparecer fue el conde Guido Rambaldi. Vestía de negro, estaba palidísimo, pero mantenía la cabeza alta, altiva, y miró a la multitud sin conmoverse, ni se estremeció al ver todos los ojos y los prismáticos fijos en él.
Después del conde fue introducida Nara. También ella entró con la cabeza alta, con una sonrisa en los labios.
Era espléndidamente bella y estaba vestida con una elegante sencillez.
Nada más voluptuoso que sus ojos grandes y estupendos, de pupilas luminosas: su tez morena estaba algo animada; los labios sensuales, de un rojo vivísimo, destacaban sobre el esmalte de sus dientes blancos y húmedos como los de un niño; la sombra oscura que enmarcaba sus labios demostraba el carácter fogoso y apasionado de aquella mujer; sus fosas nasales rosadas se dilataban frementes; en su mirada había algo indefinible e imperioso.
Su entrada suscitó un murmullo en la multitud.
Nara dirigió una mirada a las tribunas, sonrió, y luego se sentó junto a Guido, que ni siquiera se volvió hacia ella.
Ambos acusados escucharon sin pestañear el acta de acusación, que revelaba hechos monstruosos que se les imputaban.
Luego el conde, invitado por el presidente, se levantó y con voz clara declinó sus datos; después, conmoviéndose a medida que hablaba, juró ser inocente de la muerte de su esposa y de la desaparición del cadáver, confesando al mismo tiempo que no siempre había usado las consideraciones debidas a la condesa, porque aquella mujer que ahora se sentaba a su lado había sido su genio maligno y quería perderlo para vengarse de él, por haber rehusado mantener una promesa que se le había escapado en un momento de delirio.
Nara quería interrumpirlo; el presidente le ordenó callar. Pero cuando le tocó a ella ser interrogada, aplastó a Guido con sus acusaciones, profanó la memoria de la condesa Clara, habló con cinismo de su pasión por el conde y terminó exclamando:
—Yo soy culpable, pero este hombre que se sienta a mi lado lo es más que yo: mi crimen tiene una excusa, mi pasión por él; mientras que él, al deshacerse de su esposa, no tenía otro objetivo que apoderarse de su patrimonio.
Se puede imaginar la agitación producida en la multitud por aquellas invectivas de Nara contra el hombre que decía haber amado tanto.
Los hombres le eran favorables; las señoras, en cambio, empezaban a creer que Guido era un mártir y una víctima, y al notar la calma altiva de él y la serenidad de su frente, se confirmaban aún más en la idea de que no era culpable, como lo demostraban el acta de acusación y las palabras de Nara.
Cuando esta calló, comenzó el desfile de los testigos.
Pasaremos por alto esta parte del proceso, que mantuvo ocupado al público durante algunos días.
Guido no desmintió nunca su calma; Nara, en cambio, se mostraba inquieta, tenía arrebatos nerviosos e ímpetus repentinos que hacían estremecer a la multitud, y clavaba en el conde ciertas miradas amenazadoras que hacían estremecer a las señoras.
A medida que el proceso avanzaba, la opinión pública se volvía contraria a Nara. El marqués de Chârtre, llegado expresamente de París como testigo de descargo de Guido, tuvo para Nara una deposición aplastante.
Repitió cuanto sabía sobre ella: fue elocuente, mordaz, severo; se mostró convencido de la inocencia de Guido; habló del amor que este profesaba a la condesa, de la cual exaltó la belleza celestial y las virtudes de mujer y de madre, y concluyó diciendo que el conde no podía ser culpable, sino que debía ser una víctima de Nara.
Gruesas lágrimas cayeron de los ojos de Guido ante las palabras de aquel noble amigo, cuyos consejos no había escuchado: habría querido arrojarse a sus pies y pedirle perdón; pero no pudo más que extender los brazos, y fue incapaz de pronunciar una palabra.
El amigo lo comprendió, se acercó al acusado y le estrechó una mano, diciéndole en voz alta y conmovida:
—¡Coraje!
Poco faltó para que la multitud lo aplaudiera. Nara, en cambio, furiosa, hizo el ademán de escupir en el rostro al marqués.
Estalló un murmullo de indignación, que el presidente reprimió de inmediato, amenazando con hacer desalojar la sala y ordenando retirar al testigo.
Pero un soplo nefasto sopló desde aquel momento para Nara.