Capítulo VII
En aquel año, toda Florencia se conmovió ante el rumor de un escandaloso proceso que pronto se debatiría ante la Audiencia de lo Criminal.
Un gentilhombre, distinguido por su nacimiento y su cultura, el conde Guido Rambaldi, era acusado de haber envenenado a su esposa con la complicidad de una bailarina, la célebre Nara. Él había negado el crimen y se había declarado inocente.
Nada probaba lo contrario, pues el cadáver de la condesa aún no había sido exhumado; pero la voz pública, recordando el tenor de vida llevado por el conde, declaraba francamente que Guido debía ser culpable, y rememoraba la gracia, la bondad angelical de Clara, así como las largas torturas y las crueles amarguras que esta había sufrido.
Los sirvientes interrogados, y todos los campesinos, coincidían en afirmar que el conde Rambaldi maltrataba a su esposa y que habían estado separados por algún tiempo.
Además, se decía que la condesa se había postrado en cama tras una visita al palacio del conde y que, cuando este fue a visitarla, la moribunda, al reconocerlo, lo había rechazado con horror y había muerto como fulminada.
Otra terrible acusación pesaba sobre Guido.
Se decía que había hecho desaparecer a la niña, y Nara afirmaba que Guido, desde hacía mucho tiempo, quería deshacerse también de ella.
El conde Rambaldi era señalado como un ser monstruoso: Clara y la pequeña Lilia eran las víctimas de sus hipocresías e infamias.
Guido, encerrado en una celda de pago de la prisión de las Murate, esperaba impasible el resultado de la pericia, protestando por su inocencia y echando la culpa a Nara.
Pero cuando se le requirió que dijera dónde había dejado a su hija, Guido se estremeció como si lo hubiese tocado una pila eléctrica.
Obligado a responder, dijo que la había confiado a una buena persona para salvarla de Nara. Pero se negó en absoluto a decir el nombre de la persona ni el lugar donde Lilia estaba escondida.
Todas las investigaciones para encontrar a la niña resultaron inútiles, por lo que se terminó por estar convencidos de que Guido la había asesinado y había hecho desaparecer el cadáver.
¿Y la gobernanta?
Quizá el conde le había entregado una fuerte suma y había partido secretamente al extranjero.
Se decía, además, que el motivo de este doble crimen era recolectar la herencia de la condesa, encontrándose Guido en gran necesidad, pues había dilapidado todo su patrimonio.
Sobre Nara las opiniones estaban divididas: unos la querían culpable, otros desafortunada.
Algunos disculpaban su parte de cómplice, diciendo que la bailarina había sido asaltada por una pasión que la había convertido en esclava del conde. Otros concordaban en que Nara era un monstruo de maldad y que Guido había sido arrastrado por ella a una trama infernal.
Aunque se buscaba por todos los medios mantener en secreto el día en que el juez de instrucción se dirigiría al cementerio de la Antella para asistir a la exhumación del cadáver de la condesa, algo se filtró al exterior, y hubo algunos que fueron a la Antella por la curiosidad de conocer los detalles de la exhumación.
Cuando se le anunció a Guido que debía asistir al desenterramiento del cadáver de su esposa, él, que no esperaba tal disposición, palideció y pareció a punto de desmayarse.
—No —dijo—, no iré, ¡no puedo!...
—¿Sois inocente y teméis ver el cadáver de la condesa?
El conde castañeteaba los dientes y extendía las manos como si hubiera visto de improviso un fantasma ante sí.
—Soy inocente, pero no puedo, no puedo.
—Sin embargo, señor conde, debéis venir, y espero que no sea necesario emplear la fuerza para conduciros.
Un rubor encendido subió al rostro de Guido: todo su orgullo de gentilhombre se rebeló. Intentó vencer su debilidad, recordó las palabras de la Dama Negra y con voz firme, vibrante:
—Pues bien, sea —dijo—, iré.
Media hora después, en un carruaje cerrado, el conde, junto a un magistrado y un secretario judicial, se dirigía a la Antella.
El custodio del cementerio ya no era el que conocimos en la época de la muerte de la condesa.
La gente decía que, tras recibir una pequeña herencia, se había retirado a una granja con su familia y de sepulturero se había convertido en agricultor. Nosotros sabemos mejor que nadie de qué parte le había llovido la herencia al pobre hombre.
El nuevo custodio era un hombre corpulento, de fisonomía jovial, que parecía disfrutar en medio de los muertos. Sin embargo, aquel día se mostraba un poco agitado, sabiendo que la justicia venía a exhumar un cadáver.
Cuando llegaron el juez de instrucción con el secretario y el conde, el custodio se apresuró a abrir de par en par el cancel, que se cerró de inmediato para impedir que la gente apiñada penetrara en el recinto del cementerio.
Cuando Guido descendió del carruaje, pálido como un lienzo lavado, sus labios temblaban convulsivamente y sus ojos miraban desorbitados a su alrededor.
—Coraje —le susurró el magistrado, que a su pesar sentía por el gentilhombre una profunda compasión.
El conde no respondió.
Se dirigieron todos a la modesta tumba de la condesa.
Algunos pasos antes de llegar, Guido se detuvo: gruesas gotas de sudor le corrían por la frente.
—No puedo, no puedo... —dijo con voz sofocada.
El magistrado lo sostuvo de nuevo y lo animó.
Pero la emoción del conde fue aún más violenta cuando vio la tumba de Clara, cubierta de frescas guirnaldas de flores.
—¿Quién ha traído estas flores? —preguntó el magistrado al custodio.
—Un joven rubio, que viene aquí a menudo a rezar.
Guido sintió una viva punzada en el corazón. Aquel joven debía ser el amante de la condesa, el hombre al que ella llamaba hermano, por el cual él había sufrido tanto.
Guido se estremeció, y una oleada de sangre le subió al cerebro.
«Si incluso la hubiera envenenado —pensó—, ¿acaso la traidora no se lo merecía?»
El magistrado continuaba interrogando al custodio.
—¿Sabéis el nombre de ese señor?
El sepulturero miró estupefacto al juez de instrucción.
—Nosotros nunca preguntamos el nombre de quienes vienen a rezar sobre las tumbas —respondió.
El magistrado se volvió hacia Guido.
—¿Sabéis vos decirnos quién es? —preguntó.
—No —respondió el conde con voz tan sombría que el magistrado se estremeció y tuvo una nueva mirada de compasión por Guido.
«¿Que la condesa lo traicionara? —pensó el juez—. Oh, entonces esto disminuiría bastante la culpa del marido.»
El sepulturero había retirado las flores, y algunos albañiles rompieron la piedra; cuando esta fue retirada, se vio el ataúd de ébano que debía contener el cadáver de la condesa.
Guido mantenía los ojos fijos, abiertos de par en par, como los de un loco. El ataúd fue sacado de su lugar y colocado sobre una especie de tarima.
—¡Abrid! —ordenó el magistrado.
Guido se apoyó en el brazo de su acompañante.
En un momento se retiraron los tornillos y se levantó la tapa. Guido tenía los ojos cerrados, pero ante el grito lanzado por los presentes, se estremeció y los abrió de nuevo. Entonces creyó enloquecer, sintió que la vista se le nublaba y las piernas se le doblaban.
El ataúd estaba vacío.
La escena que sucedió en aquel momento será más fácil imaginarla que describirla.
La sorpresa estaba en el rostro de todos.
—¿Qué significa esto? —preguntó el magistrado a Guido.
Este pareció no entenderlo; había quedado como fulminado.
—Hay que interrogar al custodio —añadió el magistrado—; no se lleva un cadáver de la tumba sin que él se dé cuenta, a menos que...
—¿Y bien? —preguntaron los demás.
—A menos que el ataúd estuviera vacío cuando fue traído al cementerio.
Surgieron entonces algunas voces:
—Nosotros la hemos visto, a la condesa, en el ataúd.
—Estaba vestida toda de blanco.
—Tenía perlas al cuello.
Guido escuchaba todos aquellos discursos sin comprender nada y se preguntaba a sí mismo si estaba loco o si soñaba.
¿El cadáver había desaparecido? Pero ¿cómo? ¿De qué modo?
¿Quizá aquel desconocido que venía a traer flores a la tumba estaba haciendo una comedia? ¿Era él el culpable? ¿Pero qué había hecho con aquel cadáver?
Con la mirada fija en el vacío, absorto en un sueño lleno de espasmos, Guido ya no entendía nada de cuanto sucedía a su alrededor.
Vio al custodio palidecer ante el interrogatorio del magistrado, vio a este reaccionar y hablar a uno de los guardias, vio al agente alejarse; luego sintió que lo agarraban por un brazo, una niebla confusa le oscureció la vista, vaciló un momento y le pareció caer a tierra; sintió como si el espíritu se le escapara del cuerpo.
El desmayo debió durar mucho, porque cuando abrió los ojos, se encontró tendido en la cama de la enfermería de la prisión, y algunos hombres se afanaban a su alrededor.
—¿Cómo os sentís? —preguntó uno de ellos.
—Nunca me he sentido mal —respondió—; tengo la cabeza un poco vacía, debo de haber soñado: ¡eso es todo!
—Tomad este cordial, os hará bien.
Guido lo rechazó y se incorporó en la cama.
—Y bien, ¿se ha sabido algo sobre la desaparición del cadáver de mi esposa?
—Aún no, pero se sabrá, porque los agentes están en casa del antiguo custodio del cementerio. Apenas sea arrestado, será conducido aquí.
Guido saltó como un resorte.
—Y bien, ¿creéis quizá que yo estoy de acuerdo con él? ¿Creéis que yo entro en algo en la desaparición de ese cadáver? Soy inocente, lo repito.
—¿Por qué, pues, no queréis decir dónde está vuestra hija? También ella ha desaparecido de modo misterioso.
—Mi hija vive y está a salvo, así como quisiera yo saber qué ha sido de la condesa.
A medida que Guido intentaba desentrañar el terrible nudo que lo apretaba, este lo estrangulaba más. Comprendió que estaba perdido. Por el modo en que le hablaban, entendió que todos estaban convencidos de su culpabilidad.
Entretanto, también la extraña noticia de la desaparición del cadáver de la condesa se había divulgado en la ciudad, y todos hacían sobre ella los más extraños comentarios.
Quien habría podido desenredar la madeja eran la nodriza de Lilia, Nanni el cochero, y el antiguo custodio del cementerio.