Capítulo VI #4
Guido sentía que se le helaba la sangre, pero se encogió de hombros y sonrió amargamente.
—Entonces no os comprendo, señor...
El magistrado lo miró fijo.
—Nara se acusa de haber envenenado a la condesa Rambaldi con vuestra complicidad necesaria...
Guido saltó como un resorte, la sangre le había subido al rostro: sus ojos centelleaban.
—¿Y vos habéis prestado fe a semejante acusación? —exclamó.
—No —respondió con calma el magistrado—; pero Nara afirma tener las pruebas de lo que dice, insiste en la exhumación del cadáver, dice que tiene cartas vuestras, en las cuales os mostráis cansado de vuestra esposa, que os ha traicionado y deseabais libraros de ella sin escándalo.
Yo he dado orden de que Nara sea retenida y he querido venir en persona a advertiros.
Si Nara por algún fin particular desea perderos, y vos sois inocente, como creo, no tenéis más que congratularos por la prueba que Nara pide.
Guido estaba pálido como un muerto, y hacía todo lo posible por mantener su sangre fría.
—¡Cómo! ¿Vos querríais...? —dijo el conde con acento sofocado.
—Tal es nuestro deber, señor; y, como veis, uso con vos toda la consideración que puedo en este doloroso oficio. En lugar de mandar brutalmente a dos agentes, vengo yo mismo a deciros lo que ocurre: nadie aquí lo sabrá: vendréis conmigo en mi carruaje.
—¿Estoy, pues, arrestado? —exclamó Guido, haciendo un nuevo esfuerzo supremo, desesperado, por contenerse.
—No, os conduzco sencillamente a mi casa; espero de Florencia una respuesta por telégrafo, y luego decidiré sobre vos.
Guido, trémulo, incapaz de proferir una palabra, dio un paso atrás. Sobre la mesita abarrotada de objetos, había un estilete triangular, artístico. El conde lo aferró rápidamente.
Pero el procurador, más rápido que él, habiendo adivinado el ademán, lo detuvo en el momento en que el conde estaba a punto de hundirse el puñal en el pecho.
—¿Así pues, os confesáis culpable? —dijo fríamente y con voz grave el magistrado.
Guido dejó caer el arma, luego se ocultó el rostro entre las manos y rompió en sollozos.
El procurador se conmovió.
—Vamos, señor conde, no os dejéis abatir así. Venid conmigo.
—¿Y es verdad... es de verdad...?
Diciendo esto, del rostro se llevó las manos al pecho.
De pronto se estremeció y alzó la cabeza con viveza.
Había sentido bajo los dedos el contacto de la carta de la Dama Negra.
¿No le decía aquella misteriosa criatura que sufriría, pero que aquellos sufrimientos serían una expiación? Había que vivir, y desafiarlo todo.
—¡Sí, tendré valor! —exclamó el conde en voz alta—. ¡Sí, desafiaré al destino, que me es adverso...!
Y sus mejillas se habían encendido, los ojos le centelleaban.
El magistrado quedó tan estupefacto ante semejante cambio, que durante un minuto no pudo articular palabra.
Guido lo miró soberbiamente.
—Señor —dijo—, permitid que vaya a mi habitación a por el sombrero, y soy con vos.
El magistrado vacilaba.
—¿Teméis quizá que huya o que intente nuevamente matarme? Os advierto que he cambiado de parecer... y os doy mi palabra de gentilhombre...
—Basta así, señor conde —interrumpió el magistrado—. Id; yo os espero aquí.
Guido abrió la puerta del salón y atravesó el pasillo que conducía a su habitación.
El magistrado podía verlo desde su sitio. Un candelabro de tres brazos, posado sobre una cómoda, iluminaba la habitación de Guido.
El conde se acercó para tomar el candelabro y por poco no lanza un grito al encontrar debajo un billete abierto, no firmado, pero cuya letra era perfectamente igual a la de la carta que guardaba en el sobretodo.
Había solo dos renglones escritos que decían:
«Valor: por cualquier cosa que os suceda, no os dejéis abatir. Alguien vela sobre vos.»
¿Cómo había llegado aquel billete a aquel lugar? ¿Quién lo había puesto allí?
¿La Dama Negra? Pero ¿cómo se había introducido en su habitación?
Guido tocó febrilmente el timbre y apareció el servidor.
El magistrado vio que este ayudaba al conde a ponerse el sobretodo y no oyó las preguntas de Guido.
—¿Quién ha estado aquí durante mi ausencia y la de la señora? —murmuró Guido al doméstico.
—Nadie, señor conde.
—No mientas, ¡quiero saber de ti la verdad!
—La verdad es, señor conde, que durante su ausencia, yo también he salido con Sandrina y Giacomo.
—¿Quién ha quedado en casa?
—Stefano, señor conde.
—Ve enseguida a llamarlo.
—No lo encontraría, porque ha salido enseguida después de que nosotros hemos vuelto.
Guido hizo un gesto de fastidio, pero comprendió que había que disimular. Y volviéndose al servidor:
—Yo salgo con ese señor —dijo—; quizá no vuelva a casa a dormir; durante mi ausencia, ten mucho cuidado de que el apartamento no quede abandonado.
—No lo dude, señor.
—Dame el sombrero y ven a hacer luz.
El doméstico ejecutó. El visitante ya estaba listo.
Guido, con una reverencia de gentilhombre, sin ostentación, hizo pasar delante de sí al magistrado.
Un carruaje los esperaba en la puerta.
Pero antes de subir, Guido llevó inadvertidamente a los labios el billete de la Dama Negra, y se dijo, con resignación:
—¡Ahora, sea de mí lo que quiera el destino!