El beso de una muerta Capítulo VI #2
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Capítulo VI #2

Y, sin embargo, aquella carta escrita a Alfonso existía. Clara no había negado, pero había afirmado que se trataba de un hermano.

¿Era acaso posible? ¿Qué misterio era aquel? ¿Y por qué Clara se había negado a revelarlo?

Guido se ocultó otra vez el rostro entre las manos para no ver al espectro vengador, pero Nara se las bajó con violencia.

—Salgo, Guido, porque tengo la cabeza en llamas; si cuando vuelva me repites lo que acabas de decirme, ¡ay de ti, recuérdalo, ay de ti!

Guido no se movió, no hizo un gesto.

Nara, con el ánimo lleno de odio y rabia, salió de la habitación.

Entonces el conde se puso lívido, le faltaron las fuerzas, tanto que se vio obligado a apoyarse tembloroso en una silla.

—¡Miserable, cobarde, estoy maldito! Clara, tu venganza comienza; para mí no habrá ya felicidad ni dulzura en la vida, y ya preveo que un día esa criatura culpable me arrastrará al banquillo de los acusados.

Se miró en torno con terror.

—¡No, vive Dios, antes la muerte que el deshonor público, la infamia! —murmuró.

Se volvió, porque la puerta se había reabierto y aparecía la gobernanta, llevando de la mano a Lilia.

Al ver al conde, la buena joven hizo ademán de retirarse y Lilia se aferró a sus faldas, mirando con sus grandes ojos dulces, que recordaban los de su madre, a su padre, que nunca había tenido un acto de ternura hacia ella.

—Deteneos, señora Elena —dijo Guido.

Su voz temblaba, y la gobernanta, aunque sorprendida, se adelantó, diciendo a Lilia, en puro acento inglés:

—Ve, cariño, a darle un beso a papá.

La niña se sostenía a duras penas sobre sus débiles piernas; sin embargo, ante la invitación de la gobernanta, se soltó de ella, y tendiendo los bracitos, hizo ademán de correr hacia su padre. Pero tropezó en la alfombra y habría caído, si Guido no hubiera estado pronto a sostenerla.

Un débil grito salió de los labios del conde, una indecible emoción le apretó la garganta; el hombre fue vencido, y el padre, abriendo los brazos, estrechó a su hija como delirante, cubriéndola de besos y caricias, mientras Lilia le decía con voz infantil, que semejaba una onda armoniosa, divina:

—¡Papá, yo te quiero mucho!

Guido, trastornado, embriagado por aquella música celestial, respondía besándole las rosadas mejillas, los largos rizos rubios:

—Lilia, Lilia mía.

Un susurro de vestidos en la habitación contigua lo hizo estremecer, y en aquel momento sintió un verdadero espanto.

Pensó en las amenazas de Nara y se dijo que la infame mujer se vengaría en la niña.

Había que salvarla, salvarla a toda costa.

El odio hacia su creaturita había desaparecido en un instante; ahora no pensaba más que en los medios de salvarla.

La Dama Negra se le apareció luminosa ante la mirada. Sí, a ella le confiaría a Lilia. Pero ¿cómo hacerlo sin que Nara se percatara?

Guido depositó a la niña en brazos de la gobernanta, y rápidamente, en voz baja, dijo:

—Vestid enseguida a la pequeñita y salid con ella sin que la señora se dé cuenta. Esperadme en la esquina del bulevar. Daos prisa.

La señora Elena comprendió que algo grave debía suceder, y salió apresuradamente del salón con Lilia, al mismo tiempo que Nara entraba por el otro lado en traje de paseo. Parecía del todo calmada.

Guido trató de contener su emoción.

—¿Salís? —dijo con tranquilidad.

—Sí, debo hacer algunas compras.

—¿Permitís que os acompañe?

Nara hizo un gesto de estupor.

—¿Vendréis conmigo?

—¿Por qué no? He pensado que soy un loco, que os irrito sin razón y os pido perdón.

Un destello de desconfianza pasó por la frente de Nara, pero no lo dejó traslucir.

—Venid, entonces, si así os place.

—¡Un momento, amiga mía! Voy a cambiarme de traje y vuelvo.

Nara se sentó en el diván para esperarlo.

Guido, en lugar de pasar a su habitación, corrió a la de la pequeñita: Lilia y la gobernanta estaban listas para salir.

—Esperad un momento —dijo el conde.

Y aferrando una mano de la señora Elena, con un sollozo en la voz:

—¿Vos amáis a mi hija? —le preguntó.

—Daría mi vida por ella.

El rostro del conde se iluminó, y casi llevó la mano de la gobernanta a los labios. Pero se contentó con estrecharla, y siempre apresurado le dijo:

—Pues bien, si amáis a mi hija, id con ella a la señora que os indicaré y decidle estas precisas palabras: "El señor conde le entrega a su hija, rogándole que la salve, porque la niña corre un gran peligro."

La gobernanta se estremeció.

—¿Decís la verdad, señor conde?

—Silencio, que alguien podría oírnos. Id enseguida, pero antes dadme aquí a mi hija para que la abrace.

Y la cubrió, en efecto, de besos y caricias; luego, tras escribir a toda prisa la dirección de la Dama Negra, estrechó otra vez la mano de la gobernanta, corrió a su habitación, se cambió de traje y alcanzó a Nara, que no se había movido del salón y no sospechaba nada.

Pocos minutos después, reclinado con ella en los mullidos cojines de su elegante carruaje, Guido, radiante de esperanza como no lo había estado desde hacía mucho tiempo, hablaba de modas, mientras su pensamiento volaba a la aislada villa, donde quizá en aquel momento la Dama Negra estrechaba entre sus brazos a su pequeñita, prometiéndole hacerle de madre.

¡Su hija y la Dama Negra! He aquí las aspiraciones de Guido en aquel momento; y Nara no se percataba de lo que pasaba en el ánimo de su amante.

Nara estaba persuadida de que algo estaba a punto de suceder; pero aún más hábil que Guido para disimular, mostraba en el rostro los signos de una alegría cruel.

Estaba bella, aquel día, como un encanto, tanto que los paseantes, al ver pasar a aquella soberbia pareja reclinada en los cojines del elegante vehículo, se volvían a mirarla, exclamando con un suspiro de envidia:

—¡Cuán felices son!

Al bajar del carruaje, bajo el vestíbulo del palacio, Nara se apoyó con coquetería en el brazo de Guido, y mientras subían la amplia escalinata, con una voz toda caricias:

—¿Qué te pasa, Guido? —preguntó—. ¡Has vuelto tan serio!

El conde se estremeció y trató de sonreír.

—No me pasa nada, te lo aseguro.

—La paz entre nosotros ha vuelto, ¿no es cierto?

—Oh, sí.

—No espero más que estar a solas contigo para decirte cuánto bien me has hecho, ¡cuánto te amo!

Guido no respondió, pero un rubor repentino le subió a las mejillas.

Obligado a soportar aún las caricias y besos de ella, era para el conde una tortura, puesto que ya sentía una repugnancia, un odio intenso hacia aquella mujer que lo había deshonrado, que lo había empujado a cometer un crimen.

Y su tortura aumentaba más y más al pensar en la Dama Negra, a la que amaba, pero de la cual se reconocía indigno.

«¿Cuál es la mujer honesta que pondría su mano en la mía?», se decía. «¡Ah, ahora... ahora comienza la expiación! ¡Clara, estás vengada!»

E inmóvil y frío como una estatua, soportó los abrazos, los besos convulsos de Nara; pero ella comprendió que en vano intentaba calentar aquel corazón vuelto de piedra, y llena de cólera, rechazó a Guido, y con voz sorda, convulsa, exclamó con acento de odio salvaje:

—¡Ah! ¿Así es como hemos hecho las paces? Tú me engañas; lo sé, lo siento; pero tiembla, Guido... ¡tú aún no me conoces!

El conde no respondió.

Llegó la hora de la cena; Nara se sorprendió de no ver ni a Lilia ni a la gobernanta, y preguntó al conde qué había sido de ellas. Él se encogió de hombros con indiferencia.

Nara llamó a los domésticos, quienes le dijeron que la gobernanta había salido hacía muchas horas con la niña y aún no había regresado.

Luego pasó a la habitación de la pequeñita. Todo estaba en su sitio.

«No puede haber huido», se dijo, «a menos que Guido no se haya puesto de acuerdo, pero si es así, ¡ay de él!»

Volvió al salón y encontró a Guido, calmado y tranquilo, que cenaba solo.

—¿No os habéis dado cuenta de que vuestra hija no está? —dijo Nara con acento sarcástico.

—¿Quién lo dice? —respondió fríamente.

Nara hizo un gesto de sorpresa.

—¿No habéis oído que desde que salió con la gobernanta, no ha vuelto?

—Volverán, estad tranquila y venid a cenar.

Nara no podía desahogar su rabia porque los domésticos iban y venían.

Cuando la cena terminó, los dos cómplices se encontraron solos. Nara se levantó, y cruzando los brazos sobre el pecho, gritó:

—¿Dónde está la pequeñita?

—¿Queréis que yo lo sepa?

—Sí... vos lo sabéis; pero ¡cuidado, Guido!...

—Vuestras amenazas no me asustan; y por otra parte, ¿por qué amenazáis? ¿Soy yo acaso quien ha alejado a la niña? Y si a la niña le sucediera algo, ¿qué culpa tengo yo? Vos que esperabais deshaceros de ella, deberíais estar contenta.

Nara se adelantó lentamente hacia él, y acercando casi su rostro al de Guido, con voz ronca y sibilante, exclamó:

—¡Ah, infame... mentiroso... crees que no te leo el corazón? ¿Que no te adivino? ¡Repite, repite aún que no sabes dónde está Lilia!

—No lo sé.

Los ojos de Nara se inyectaron en sangre.

—¡Pues bien, la encontraré yo! —dijo, y dio algunos pasos para salir de la habitación.

El conde se mordió los labios, apretó los puños, y con voz sibilante gritó:

—¡Deteneos!

Nara lo miró con aquella mirada fría y aguda que helaba el corazón, y haciendo un ligero movimiento de desprecio con los hombros, se acercó a la puerta.

Guido no resistió. De un salto fue hacia ella, la ciñó por la cintura y la arrojó sobre el diván.

—¡No saldréis! —gritó—. ¡No saldréis!

—¡Consumad vuestra obra! —respondió Nara, mirándolo con aire trastornado—. ¡Matadme, como habéis envenenado a vuestra esposa!

El conde intentó hacerla callar, pero ella, debatiéndose bajo su estrechez, continuaba gritando:

—¡Sí, envenenador, cobarde, asesino!

Guido perdió del todo la cabeza: con espuma en los labios, los ojos casi fuera de las órbitas, se arrojó sobre Nara y la apretó por la garganta, mientras ella continuaba boqueando:

—¡Matame, asesino, envenenador!

La voz se apagó pronto en sus labios, sus ojos se volvieron inmóviles, el cuerpo se abandonó. Se había desmayado.

Guido se llenó de espanto. Temiendo haberla matado, se precipitó fuera del salón, corrió a su habitación, tomó el sombrero y salió de casa como un loco.