El beso de una muerta Capítulo V #2
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Capítulo V #2

Ella entró finalmente. Estaba aún más pálida, y sus ojos, ligeramente rodeados de negro, centelleaban como brillantes.

El conde Rambaldi experimentó una turbación inexplicable al mirarla; pero por temor a ser notado, tras algunas palabras de cumplido, manifestó el deseo de marcharse.

—¿Volveréis pronto a visitarnos, no es cierto? —exclamó Alfonso.

Guido vacilaba en responder, cuando vio la mirada de Clara fijarse sobre él.

Quedó magnetizado.

—Sí, volveré pronto —balbuceó—, y os doy las gracias por una oferta que me hace tan feliz.

Apenas hubo salido, Clara se levantó.

—Hay que seguirlo —dijo agitada—, quiero saber dónde vive y con quién.

—¡Ya lo había pensado! —exclamó Alfonso tomando el sombrero para salir—. No vuelvo a casa hasta saberlo.

Fuera de la villa, vio a Guido que atravesaba la avenida.

Lo siguió a cierta distancia.

El conde Rambaldi parecía fuera de sí, agitaba los brazos como si hablara con alguien, empujaba a los transeúntes, y por poco no es atropellado por un carruaje que venía a toda carrera.

Luego se detuvo frente a una fonda, y tras un momento de vacilación, entró en ella.

«¿Estará verdaderamente solo en París?», se dijo Alfonso, contrariado. «¿Por qué no va a casa a comer?»

Paseó un poco frente a la fonda, sin decidirse a entrar.

«¡No debe verme!», pensaba.

Y no queriendo al mismo tiempo atraer la curiosidad ajena, entró en un café de enfrente, se sentó a una mesita junto a la cristalera, desde la cual podía ver la puerta de la fonda.

Pasaron casi dos horas. Alfonso comenzaba a perder la paciencia, cuando el conde apareció en la puerta con el rostro encendido, como si hubiera bebido mucho, con los ojos brillantes, y un habano en la boca.

Se quedó algunos minutos quieto en la acera, luego torció a la derecha. Alfonso salió del café y se puso de nuevo a seguirlo.

El conde Rambaldi no se detuvo hasta el bulevar de los Italianos, frente a su palacio, donde había un carruaje que parecía esperar a alguien.

Alfonso vio al conde intercambiar algunas palabras con el cochero, y luego desaparecer en el vestíbulo del palacio.

Tras esperar cinco buenos minutos, entró él también y fue derecho al cuartito del portero. Su aspecto de gentilhombre se impuso enseguida.

—¿Vive aquí el duque de Maddaloni? —preguntó Alfonso con aire altivo.

—No, señor —respondió humildemente el portero—, en este palacio no tenemos más que un conde y dos marqueses.

—Sin embargo, el carruaje que está detenido en la puerta, me parece el del duque.

—¡Os habéis equivocado! Pertenece al conde: un italiano que vive aquí desde hace poco tiempo. Mirad, veis a esa señora que pasa ahora bajo el vestíbulo, es la condesa.

Alfonso se estremeció y miró vivamente por la ventanilla.

No conocía a Nara más que por el retrato que le habían hecho, pero la adivinó enseguida en aquella mujer vestida con una elegancia excepcional, pero un poco excéntrica, por el color moreno de su piel, por los labios salientes, por los ojos que brillaban como carbunclos.

«¡Qué soberbia criatura!», pensó Alfonso. «Ahora comprendo el poder de una tal mujer sobre un hombre débil, como es el conde.»

Enseguida se reprochó aquella idea.

«¡Y pensar que ella ha envenenado a mi pobre hermana y ha intentado hacerla enterrar viva!»

Entonces un escalofrío le recorrió el cuerpo, y su mirada se llenó de un odio profundo.

El carruaje se había marchado, y Alfonso, sacando un napoleón de oro del bolsillo del chaleco, se lo dio al portero, diciéndole:

—Esto es para vos.

—Demasiada bondad, mi príncipe.

—No soy ni príncipe ni titulado, sino un ciudadano como vos. Decidme, amigo, esa bella señora que acaba de salir, ¿no tiene hijos?

—Sí, tiene una niña, que parece un angelito, pero nunca la trae consigo.

—¿Es, pues, una mala madre?

—La gobernanta dice que la condesa no quiere a la niña y que tampoco el conde puede verla.

Alfonso contenía a duras penas su emoción.

—¿Y la gobernanta, al menos, es una buena mujer?

—Señor, es un ángel, una perla... la niña la quiere más que a su madre.

Alfonso dejó escapar un suspiro de alivio, y más reconfortado, dejó el palacio de Guido, tomó un coche de punto y se hizo conducir a la villa, donde lo aguardaban con ansiedad. No ocultó nada de cuanto había hecho y sabido.

Clara parecía loca de alegría; lloraba, abrazaba a su hermano, exclamando entre sollozos:

—Mi Lilia está, pues, a salvo, a salvo... la veré, la veré aún, la estrecharé entre mis brazos, oiré que me llama mamá de nuevo.

Todos estaban conmovidos; pero el notario, calmado el primero, dijo:

—Sí, la volveréis a ver, condesa, pero hay que actuar con la máxima prudencia; vuestro marido no alberga ninguna sospecha sobre vos, y sin embargo lo habéis impresionado profundamente.

Clara se encendió de rubor.

—Ahora os toca a vos sostener hábilmente la comedia, si queréis de verdad salvar a vuestra hija —añadió el notario.

Clara se quedó un instante pensativa, con la frente inclinada y el pecho anhelante.

—Ahora me toca a mí... —dijo en voz baja—, hay que armarse de valor.

Inés se acercó a ella, y ciñéndole con un brazo la cintura:

—¿Amas aún a tu marido? —preguntó.

Clara permaneció calma.

—No —dijo, poniendo una mano en el pecho—, mi corazón está muerto.

—Entonces la victoria es tuya.

Un destello brilló en los ojos de Clara.

—Sí —dijo con voz firme—, quizá tengas razón, ¡Dios me ayudará!

Inés la estrechó entre sus brazos.

—¡Te ayudaremos todos! —exclamó—. ¡Para vencer y olvidar!