El beso de una muerta Capítulo III
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Capítulo III

En la casita de Nanni reinaba cierta tranquilidad. La condesa Clara, a pesar de su palidez, se había restablecido por completo, y sin el pensamiento que la atormentaba sobre la suerte de su hija, habría podido decirse feliz.

¡De cuántos cuidados la rodeaban su adorado hermano y la bellísima Inés!

El día en que Alfonso se había dirigido a casa del notario, la condesa Clara y la joven española trabajaban junto a la ventana abierta que daba al huerto, donde algunas gallinas se entretenían tranquilas, sin ser vistas por la madre de Nanni, que estaba afanada en la cocina preparando la comida para sus huéspedes.

Clara iba vestida de negro, lo cual hacía destacar aún más la extraña palidez de su rostro y las trenzas doradas que formaban una nube de oro en torno a su cándida frente.

Inés llevaba un traje gracioso, original; un vestido de encajes y lazos, amplio, flotante alrededor de la cintura bastante gruesa a causa del avanzado embarazo.

La joven mujer trabajaba en una cofia de encaje, y Clara bordaba una camisita destinada, al igual que la cofia, a la criatura que vendría al mundo. Charlaban juntas para pasar el tiempo.

—¡Cuántas de estas camisitas bordé yo también para mi Lilia! —decía Clara con voz dulcemente melancólica.

Inés la miró con sus grandes ojos luminosos.

—Y bordarás otras —respondió—, el corazón me dice que pronto tendremos a Lilia aquí con nosotros.

—¡Con tal de que tu corazón no se engañe!

—No, no, verás, hermana mía, que no se engañará. Y ya he hecho mi pequeño proyecto.

—¿Y cuál?

—Estoy segura de tener un hermoso varón.

Clara no pudo menos de sonreír.

—¿Estás segura?

—Sí. Y el corazón me dice que será un morenito vivaz. De espíritu...

—Que se parecerá a su mamá.

—Sí; pero yo no quiero eso, porque amo los ojos negros de mi Alfonso, los tuyos, y quiero encontrarlos en los de mi pequeñín.

—¡Querida locuela!

—Escúchame, pues. Él será bueno como tú, altivo como Alfonso, y no tendrá más que un amor: el de su primita.

Clara sonrió de nuevo.

—Pero ¿no piensas —dijo— que mi Lilia tendrá tres años más que él?

—¿Qué importa? Es más, es mejor; así Lilia le dará un poco de su juicio y comenzará a dominarlo desde pequeñito.

—Pero ¿y si tú también tuvieras una niña?

El gracioso semblante de Inés se puso serio.

—¡No me lo digas! —exclamó—. No, no puede ser, yo siento que es un varón, y también Dios lo querrá, porque entonces seremos todos felices.

Estas palabras tan ingenuas conmovieron a Clara: pasó una mano sobre la morena cabeza de Inés y con afecto maternal, dijo con voz melancólica:

—Siente: sea varón o hembra, te deseo que no tenga que sufrir cuanto mi pequeñita, que quizá a estas horas busca los besos y las caricias de su madre, y le dirán que está muerta.

Inés no tuvo valor para responder una palabra. Bajó la cabeza, y una lágrima, lúcida como perla, le cayó de los ojos brillantes sobre la labor que tenía en las manos.

En aquel momento entró la madre de Nanni.

—La comida está lista —dijo—, ¿debo servirla?

Inés se levantó vivamente.

—Sí —respondió—, porque Alfonso me ha dicho que volvería tarde. ¿Quieres venir, Clara?

La condesa dejó la labor y siguió a su cuñada al comedor.

Dos horas después, Alfonso estaba de vuelta. Su aspecto contento hizo palpitar el corazón de Clara y ruborizarse de placer a la bella española.

La condesa se levantó como impulsada por un resorte y, tendiendo los brazos a su hermano:

—¿Me traes noticias de Lilia? —exclamó.

Alfonso estrechó a su hermana contra su pecho y la besó con amor en los rubios cabellos.

—Lilia está bien —respondió gravemente—, y yo espero que pronto la tendremos entre nosotros.

—¿Y si dices la verdad?

—Sí, el notario ha prometido que de todos modos Lilia te será devuelta. Pero con una condición...

—¿Qué condición?

—Esto no ha querido decírmelo; se reserva explicarse contigo.

—Vamos enseguida a su casa.

—No hace falta, porque dentro de una hora a más tardar estará aquí.

Clara dejó escapar un suspiro.

—Otra hora de tortura y de angustia —murmuró, palideciendo.

—Vamos, cálmate, querida hermana; si haces así te enfermarás, y para las luchas que debemos emprender necesitas todo tu valor y toda tu fuerza.

—¡Oh! Tendré valor, tendré, por mi hija.

Clara deseó quedarse sola unos minutos, sintiendo la necesidad de llorar y rezar, como Alfonso e Inés sentían la necesidad, tras tantas largas horas de separación, de intercambiarse un beso de amor.

—¿Lo que has dicho a Clara es todo verdad? —exclamó la joven esposa apenas se encontró sola con su marido—. ¿O seguís engañándola con falsas esperanzas?

—No, es la verdad, y yo tengo plena confianza en ese viejo hombre de bien, que siente por Clara un afecto de padre.

—¡Qué felices seremos el día en que hayamos arrebatado a Lilia de las manos de esa terrible criatura! —exclamó Inés, haciendo sentar a su marido en el sillón y sentándose a su vez con infantil ingenuidad sobre sus rodillas—. Pero dime, ¿es posible que haya mujeres tan malas en el mundo?

Alfonso sonrió melancólicamente.

—Cuando veo a mi hermana, cuando te estrecho entre mis brazos —respondió—, no lo creo posible; pero cuando pienso en ese monstruo de Nara, entonces la mujer me aparece bajo un aspecto tan horrible que casi las odiaría a todas.

Inés lanzó un pequeño grito y, pasando sus manitas sobre la boca de Alfonso, que las cubrió de besos, dijo con voz temblorosa:

—¿Por qué hablar así? ¿Entonces me odiarías también a mí?

—No, amiga mía, tú y Clara sois mis ángeles, y hacéis una excepción entre las mujeres. Vamos, no me mires con esos ojos severos, dame un beso que me pruebe claramente que me has perdonado.

Inés se abandonó en sus brazos.

Media hora después, un coche entraba por el sendero que conducía a la casita de Nanni. Era el notario que llegaba.

En el asiento delantero tenía una caja, una maleta y algunos paquetes de documentos.

Al ruido de las ruedas, Clara abrió la ventana y lanzó un grito de alegría. Pero quedó vivamente sorprendida cuando vio al notario despedir el coche, después de haber hecho transportar la maleta y las demás cosas a la casa.

¿Qué quería decir aquello?

En el momento en que lo pensaba, el notario hacía su entrada en el comedor. El viejo se adelantó hacia la condesa mirándola con ojos lacrimosos, y en un transporte de afecto paternal abrió los brazos.

Clara se precipitó en ellos y, posando su rubia cabeza sobre el hombro de aquel hombre generoso que la había acariciado tantas veces de niña, rompió en un llanto deshecho. O, mejor dicho, lloraban los dos.

—Cálmese, condesa, cálmese —dijo al fin el notario—, y perdóneme si no he podido resistir a este desahogo.

Y haciendo sentar gentilmente a Clara en un sillón, se sentó junto a ella y, tomándole las manos con un gesto lleno de ternura y respeto, la miró largo rato.

—¿Sabe usted —dijo Clara a duras penas— que querían enterrarme viva?

El notario se estremeció.

—Lo sé todo, pobre criatura, lo sé todo; pero Dios no ha dejado cometer el horrible crimen, y los culpables serán pronto castigados.

El notario había pronunciado estas palabras con acento serio y grave.

Un leve color tiñó las mejillas de la condesa.

—¡Ah! Yo no quisiera más que recuperar a mi hija, vivir para ella y estar muerta por completo para el mundo. En cuanto a aquellos, dejo a Dios que haga justicia.

El notario sacudió la cabeza.

La condesa añadió:

—Alfonso me ha prevenido de su llegada y me ha dicho que tenía algo que comunicarme.

—En efecto, es cierto. ¿Dónde está su hermano?

—Creo que está ahí en la habitación con su mujer. ¿Quiere que los haga llamar?

—Habrá tiempo, porque esta noche me quedo aquí y mañana partiremos todos juntos.

La condesa abrió sus bellos ojos de sorpresa.

—¿Partimos? ¿Y adónde?

—¡Precisamente debo hablarle de eso!

Dicho esto, el notario fue a cerrar la puerta y la ventana, volvió hacia la condesa, que lo miraba cada vez más sorprendida, y mientras intentaba escrutar su pensamiento con la mirada, le dijo en voz baja y pausada:

—Ahora que nadie puede venir a molestarnos sin que nos demos cuenta, hablaré. Pero ante todo le advierto que mañana nos pondremos en camino hacia Francia.