El beso de una muerta Capítulo II #2
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Capítulo II #2

»«Habría preferido quedarme con mis amos.»

»«Encontrará otros mejores que ellos: debería buscar un servicio en Bolonia.»

»«Ya pensaré; pero entretanto me llora el corazón al estar separada de esa pequeñita, ¡que amaba como si fuera mía!...»

»«¿La niña es hija del conde?»

»«Sí... pero dígame, ¿lloraba cuando se dio cuenta de que yo no partía con ella?...»

»«A decirle la verdad, la pequeña estaba dormida.»

»Yo me sobresalté porque comprendí que Lilia, sorbiendo de mi caldo, había tenido su parte de narcótico. Sin embargo, fingiendo la máxima calma, continué:

»«¿Sabe adónde han partido mis amos?...»

»«¿No se lo han dicho?...»

»«No pensé en preguntarlo, porque no me imaginaba ciertamente dormirme tan profundamente, y que no los vería marcharse.»

»«¡Ah, caramba, hay que decir que estaba usted muy cansada para dormir tanto! Sin embargo, me alegro de poder decirle que he acompañado yo mismo a sus amos a la estación.»

»«¿Y los vio tomar los billetes?»

»«No, pero oí que el conde decía en francés a su bella señora: "Nara, lo que me propones es una imprudencia; yo me detendría en Turín.

" "Y yo te repito —respondió la señora— que quiero ir directamente a París.

" En aquel momento me vieron cerca de ellos y se callaron: pero yo fingí un aire tan ingenuo, que quedaron persuadidos de que no había entendido una palabra; me dieron una buena propina y me mandaron de vuelta al hotel. »

»Persuadida de que el camarero no mentía y de que al mismo tiempo no sabría nada más de él, no hice nuevas preguntas.

»Pero antes de separarme, le entregué la bolsa que me había dejado el conde.

»«No necesito este oro —dije—, y me haría un verdadero favor quitándomelo.»

»No sé por qué aquel dinero me quemaba las manos.

»Tomé el tren de Florencia.

»Llegada aquí, pensé enseguida en dirigirme a usted, señor notario; pero ya fuera por las emociones sufridas o por alguna otra razón, enfermé y solo hoy he podido avisarle.

»Ahora, señores, saben todo. Y la noticia que me han dado de la resurrección de la condesa ha contribuido más que nada a curarme del todo. ¡Ah! No espero más que el momento de volver a verla aún, como deseo ver castigada a esa infame, que ha intentado hacer enterrar viva a mi adorada patrona.

Alfonso y el notario se habían levantado.

—No tema, Giustina —dijo el joven con acento solemne—; el día de la justicia no tardará en llegar. Gracias, entretanto, por cuanto ha hecho por nosotros, y no tema que sabremos recompensarla como merece.

La pobre mujer lloraba.

—Para mí, la más bella recompensa sería que me dejaran ver a mi patrona.

—La verá, pero no hoy; mañana volveré aquí, porque tengo otra idea en mente, que quiero llevar a efecto. Le recomendamos entretanto el secreto, incluso con su hermana.

—¡Les juro, señores, que no hablaré!

—Hasta la vista, pues, Giustina; ¡mañana espero verla levantada!

—Pueden estar seguros, señores.

Los dos hombres salieron de la casita más serios de cuando habían entrado.

—Y bien, ¿qué dice? —preguntó Alfonso al notario—. ¡La pobre Lilia está perdida!...

El viejo sacudió la cabeza.

—Aún no; pero hay que actuar enseguida, y Giustina nos será indispensable. ¿Tiene confianza en mí, Alfonso?

—Como si fuera mi padre.

—¿Quiere dejarme llevar a término este asunto?

—¿Cómo? ¿Querría actuar solo?

—No, al contrario, quiero no solo su cooperación sino también la de la condesa Clara.

—¿Qué?... ¿Usted querría decirle?...

—¡Déjeme hacer a mí! Déme plenos poderes, y no me haga por ahora más preguntas.

—Sea.

—Esté seguro de que todo irá bien. Usted, ahora, apenas llegado a casa, avise a su hermana de mi próxima visita.

—¿Y luego?

—Antes de esta noche estaré en la casita de Nanni: necesito consultar a alguien, y disponer ciertos intereses. —Y añadió con una sonrisa—: Verá, Alfonso, que no solo salvaremos a la pequeña, sino que devolveremos al conde arrepentido a los pies de su hermana.

Alfonso no pudo contener un estremecimiento.

—¿Quién? ¿Él? ¿Un asesino? Porque si yo no llegaba a tiempo, debe pensar que Clara habría sido enterrada viva.

—Tiene razón... pero usted es joven, Alfonso, y no sabe de qué puede ser capaz un hombre bajo el imperio de una pasión malvada, infernal, como la inspirada a Guido por Nara.

Alfonso no respondió.

—Antes de separarnos, le recomiendo que no se le escape decirle a la condesa que ha hablado con Giustina.

—No tema.

—Si le pregunta cuál es el resultado de su visita a mí, dígale que no puede hablar, hasta que yo haya llegado.

—Así se hará.

—Sobre todo muéstrese con ella alegre, y no confíe ni siquiera a su esposa cuanto sabe.

—Está bien, señor.

Y deteniéndose, y tomando la mano del notario, añadió con voz conmovida:

—Gracias, por todo cuanto hace por mí y por mi hermana; yo le deberé a usted la felicidad y la vida de ella, porque sé qué benéfica influencia tendrán sobre Clara sus palabras.

—Esperémoslo, Alfonso; usted, sin embargo, no debe darme las gracias por nada, porque amo a su hermana como si fuera mi hija.

Y procurando vencer la emoción que lo dominaba, el viejo estrechó a su vez la mano al joven, diciéndole:

—Hasta la vista, hasta la vista pronto.