El beso de una muerta Capítulo II
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Capítulo II

Giustina, tras un leve suspiro, dijo:

—El conde Guido había tomado los billetes para el directo de Milán, pero durante el viaje hecho en un vagón de primera clase, donde estábamos solos, el amo y Nara hablaron casi siempre en voz baja, en una lengua que yo no conocía; sin embargo, no comprendí una sola palabra, pero por las miradas que lanzaban sobre mí y sobre la pobrecita, que se había dormido entre mis brazos, no presagiaba nada bueno.

»Yo empezaba a dormitar, mecida por el tren, cuando fui despertada bruscamente por el conde.

»«Hay que bajar —dijo—, hemos llegado. Yo tomaré los equipajes, tú sujeta fuerte a la niña.»

»El tren estaba parado en una estación que no conocía. Era de noche; y saliendo por las cancelas, miraba curiosa a mi alrededor.

»«¿Estamos ya en Milán?», pregunté al conde.

»«¿Y quién le ha dicho que nos detendríamos en Milán?», dijo bruscamente Nara.

»«Nadie... me parecía.»

»No me respondieron, y salimos de la estación.

»El conde, que nos había precedido unos pasos para pedir un coche, volvió casi enseguida.

»«Vamos —dijo con aspereza.»

»Subimos a un coche descubierto.

»Yo me puse del lado de los caballos, con la niña en las rodillas.

—Perdónenme todos estos detalles, pero los tengo fijos en la mente y pueden resultarles necesarios.

—Adelante... adelante... —dijo Alfonso con un leve gesto de impaciencia.

—Sírvanme primero un vaso de agua —respondió Giustina—; tengo la garganta reseca, y la lengua se me pega al paladar de tal modo que apenas puedo hablar.

El notario se apresuró a llenar un vaso, que la enferma bebió ávidamente.

Luego Giustina reanudó:

—Era de noche, como dije, y yo no sabía entonces en qué ciudad me encontraba.

»Miraba alrededor, pero las calles que recorríamos eran oscuras y desiertas, y yo, sin saber por qué, sentía crecer mi inquietud, mi angustia.

»El conde y Nara estaban silenciosos.

»El coche no se detenía nunca.

»El trayecto era muy largo.

»Finalmente, saliendo de una calle un poco más ancha, aminoró la marcha.

»Me sentí más tranquila.

»En aquella calle estaban abiertas las ventanas de muchas casas, y se veía el interior iluminado; también se encontraban algunos transeúntes.

»Finalmente el coche se detuvo ante la puerta de un hotel.

»Mi amo bajó primero, y nos dijo que esperáramos.

»Un cuarto de hora después volvió y abrió él mismo la portezuela del coche.

»Bajamos.

»Un camarero nos precedió por una escalinata cubierta de una alfombra, nos hizo recorrer un largo corredor, y abriendo una puerta nos introdujo en una salita donde había una mesa preparada.

»Comprendí que el conde había encargado la cena.

»Lilia se había despertado, y volvía a llorar y a llamar a su mamá.

»El conde dejó escapar una blasfemia.

»Estaba rojo de cólera.

»Nara lo calmó con una mirada.

»«Haga pasear un poco a la niña por el corredor —me dijo—, ¡y procure que se calle!»

»Ejecuté enseguida la orden, y mientras salía por la puerta del salón, oí que Nara decía: «¡Hay que hacerlo así!»

»Y volviendo la cabeza, la vi abrir una maletita que había traído consigo.

»Al percatarse de que yo la observaba, sus ojos se encendieron, y con voz imperiosa: «¿No ha entendido —exclamó— lo que le he ordenado? ¡Váyase!»

»Salí del salón presa de un triste presentimiento.

»A fuerza de besos y caricias, logré calmar el llanto de Lilia.

»Un camarero iba y venía trayendo platos.

»Después de algunos minutos, el señor conde se asomó a la puerta del salón.

»«Giustina —dijo con un acento gentil que nunca había observado en él y que me puso aún más en guardia—, venga a cenar. También Lilia debe de tener hambre.»

»Obedecí.

»Al entrar en el salón, vi a Nara ya sentada a la mesa.

»Yo no quería sentarme junto a ella, pero el conde me indicó sin más la silla, y me dijo con mucha bondad, sonriendo: «En viaje todos somos iguales; siéntese ahí, yo me pondré de este otro lado.»

»Obedecí de nuevo sin responder, y puse a Lilia sobre mis rodillas.

»Delante de mí, sobre la mesa, había una escudilla de sopa con caldo, igual a la que tenían el conde y la bailarina.

»Di un poco de caldo a la pequeña, que lo sorbió ávidamente, y sonreía al brillo de la cuchara, que yo hacía relucir ante sus ojos.

»Nara y el conde comían sin hablar.

»Pensé hacer lo mismo.

»A decir verdad, la sopa me pareció un poco salada, pero como no había comido desde hacía muchas horas, acabé por tragarla toda.

»Así engullí ávidamente una porción de carne, compartiendo mi comida con la pequeña.

»Pero esta no terminó, porque se había dormido.

»Yo misma me sentía cansada, y cerraba a cada instante los ojos.

»El conde se dio cuenta.

»«Giustina —dijo siempre con dulzura—, me parece que tiene mucho sueño.»

»«Sí, y me parece singular», respondí turbada.

»Nara tomó la palabra.

»«Será el efecto del viaje, y como debemos partir mañana temprano, es mejor que se vaya a la cama.»

»Y tocó la campanilla para llamar al camarero, para que me enseñara la habitación destinada a mí y a la pequeña.

»Me levanté con dificultad de la silla.

»Las rodillas se me doblaban.

»Lilia dormía el sueño más profundo.

»Seguí al camarero, que me hizo atravesar el corredor, y subiendo una escalera, me introdujo en un apartamento elegante, compuesto de una sala y dos habitaciones.

»Una de estas era con alcoba y servía para Nara y el conde, que en el registro del hotel quizá se habían inscrito como marido y mujer.

»De esta habitación se entraba en otra más pequeña, con dos camas gemelas, en una de las cuales puse a Lilia, después de haberla desnudado sin que se despertara; la otra debía servirme a mí.

»No sé, en verdad, cómo hice para quitarme la ropa de encima.

»El agotamiento crecía a cada instante.

»Los párpados me pesaban como si fueran de plomo, y apenas tuve tiempo de meterme en la cama, me dormí profundamente.

»Creo haber dormido veinticuatro horas seguidas.

»Cuando me desperté, era pleno día.

»Primero no comprendía dónde me encontraba, pero volviéndome hacia el lado derecho, vi la otra cama y recordé todo.

»Estaba en la habitación del hotel, pero estaba sola.

»¿Qué quería decir aquello?

»¿Quién se había llevado a la pequeña?

»Salté aprisa de la cama, me vestí en un relámpago, y corrí enseguida a la habitación del conde.

»¡Figúrense mi sorpresa al encontrarla desierta, al ver las camas intactas, ninguna maleta, nada que pudiera hacer creer que aquella habitación hubiera sido habitada!

»En el mismo momento oí un leve y brusco movimiento en la salita contigua.

»Me lancé allí; había un camarero del hotel.

»Al verme se echó a reír y con acento irónico: «¡Ah, ah! Ha dormido usted la grande, querida mía», me dijo.

»Yo miraba alrededor con aire extraviado.

»«¿Dónde están mis amos?»

»«¿Sus amos? ¡Ah, querida mía, partieron desde ayer por la mañana, mientras roncaba usted como el fuelle de un órgano!»

»«¿Partidos?», repetí dos o tres veces, con voz convulsa, porque sentía un nudo apretándome la garganta.

»«Sí, ¿qué hay de extraño? Han hecho todo lo posible por despertarla y no lo han conseguido.»

»«Pobre mujer —dijo su amo—, son tantas noches que no duerme: dejémosla tranquila, total ella no debía partir con nosotros.»

»Yo escuchaba cada vez más perpleja.

»«¿Le ha dicho exactamente eso?», pregunté suplicante.

»El camarero había dejado de reír.

»«¿Qué interés tendría en engañarla? Le repito sus palabras. Él ha dicho que tenía necesidad de partir enseguida y me ha encargado que le dijera que volviera a su pueblo y ha dejado abajo para usted una bolsa, en la caja del hotel, después de haber pagado todos los gastos.»

»Hizo un largo suspiro, como si se hubiera librado de un peso inmenso sobre el estómago.

»Yo había caído en una silla y me puse a llorar.

»«Vamos... ¿qué le pasa ahora, buena mujer?», preguntó el camarero.

»Sentí frío en el corazón y levantándome de pronto: «Ese hombre les ha engañado a ustedes y me ha engañado a mí —grité—; mi sueño no ha sido natural; esos infames deben de haberme hecho tragar algo para adormecerme, para librarse de mí, para tener en su poder a la pequeña... y quizá matarla.»

»Al oírme hablar así, el camarero palidecía a ojos vistas.

»«Sus palabras son graves —dijo—. ¿Quiénes son, pues, esos señores que estaban con usted? ¿A quién pertenece la niña? Si hay un misterio, está usted obligada a revelarlo; yo la ayudaré, iremos juntos al comisario.»

»Al oír esto, yo no repliqué; me quedé callada y confundida.

»El camarero se puso rojo hasta las orejas.

»«Y bien, ¿ha perdido la lengua?»

»Yo me llevé la mano a la frente. Comprendía la necesidad de callar, de no hacer partícipe a un extraño de mi secreto. Por lo demás, ¿cómo podía denunciar al conde? ¿No era él dueño de librarse de mí y de llevar lejos a su hija?

»Si hubiera dicho que me habían hecho tragar un narcótico, se habrían echado a reír. Quizá también habrían concebido sospechas sobre mí. Mientras pensaba en todo esto, el camarero me miraba fijamente.

»«Pues bien, querida mía, ¿no habla?»

»«No tengo nada que decirle.»

»Él dio un paso atrás, y muy serio, concluyó:

»«Ha dormido usted demasiado, querida mía, y ahora se complace en bromear.»

»«¡Oh! No tengo ninguna gana», murmuré.

»«Venga conmigo, vayamos a la caja, que le entregarán el dinero que dejó el conde.»

»«¡No lo quiero!»

»Por el modo con que me miró el camarero, comprendí que creyó que se me había vuelto la cabeza. Para quitarle toda sospecha, bajé con él a la caja.

»Pero apenas tuve la bolsa en las manos, saqué algunas monedas de oro, que di al camarero.

»«¿Querría acompañarme hasta la estación?», le dije.

»Él se mostró todo gentil y solícito, y me respondió que pediría permiso al patrón.

»Poco después salimos juntos del hotel y subimos a un coche, donde ya habían puesto mi maleta.

»Yo había hecho mi plan. Quería saber del camarero adónde había ido el conde con esa mujer.

»«¿De dónde es usted?», me dijo el joven, a quien mi dinero había hecho bastante elocuente.

»«De Florencia», respondí.

»«¡Bella, Florencia! Es una ciudad artística: estuve allí unos pocos días hace dos años: ¿tiene parientes?»

»«Sí...»

»«Ciertamente le será grato volver a verlos.»