El beso de una muerta Capítulo I
73%

Capítulo I

El viejo notario de la condesa Clara se hallaba una mañana en su despacho, cuando le anunciaron a un joven señor que venía a hablarle de un asunto de suma urgencia.

—Hágalo pasar —dijo el notario con voz seca.

El visitante entró. Era un hermoso joven, pálido de rostro, vestido completamente de negro.

El notario, impresionado por el aire melancólico y al mismo tiempo distinguido que se desprendía de toda la persona del desconocido, hizo ademán de levantarse de su sillón.

—No se moleste, se lo ruego —dijo el joven con gentileza—, y perdóneme la molestia que quizá le causo...

El viejo notario quedó enteramente conquistado por la voz del desconocido.

—No me molesta en absoluto, señor —respondió—; sírvase sentar y dígame en qué puedo servirle.

—En mucho, señor —dijo el joven con acento profundo, sentándose junto al notario—, y no se asombrará cuando le diga que soy el hermano de la condesa Clara Rambaldi.

El viejo lanzó un grito y tendió las manos al joven; luego pasó a la habitación del escribiente y dijo que no quería ser molestado por ninguna razón.

—¿Usted?... ¿Usted? —exclamó al volver—. ¡Ah! No puede imaginar, señor, la alegría que me procura con su presencia. —E inclinando tristemente la cabeza, con voz ahogada, el notario añadió—: ¡Ah! ¿Por qué no llegó antes?...

—¡He llegado siempre a tiempo para impedir que se cometiera un horrible crimen! —exclamó Alfonso con profunda emoción.

El notario miró al joven con inquietud y espanto.

—En nombre de Dios, ¿qué es...? Dígame pronto, ¿qué ha ocurrido? —balbuceó.

Alfonso, en vez de responder, miró a su alrededor.

—¿Estamos solos?

—Lo ve usted.

—¿Nadie puede escucharnos?

El notario mostró al joven la puerta cerrada y cubierta por una amplia cortina de paño verde.

Una triste sonrisa rozó los labios de Alfonso, y tomando las manos del viejo, exclamó agitado:

—Contenga el grito de sorpresa que podría traicionarnos, y comparta mi alegría. ¡Mi hermana Clara vive aún!

El notario dio un salto en el sillón: creyó tener delante a un loco.

Alfonso comprendió lo que pasaba por la mente de él.

—No me mire con esos ojos desorbitados —dijo—; estoy en la plenitud de mis facultades intelectuales, y si tiene la paciencia de escucharme, le contaré una historia que le hará estremecerse y que, sin embargo, es verísima.

El notario estaba pálido como un muerto: algunas gotas de sudor le resbalaban bajo el gorro de terciopelo negro.

Alfonso no pareció advertir aquella emoción, y en voz baja, anhelante, dijo todo cuanto había ocurrido.

Al oír que la condesa Clara había estado a punto de ser enterrada viva, el notario fue presa de un temblor convulso por todo el cuerpo.

—¡Oh! Qué infames —murmuró—; pero Dios es grande: no quiso dejar impune tanto delito.

Alfonso respiró.

—¿Sabe usted dónde se encuentra el conde? —preguntó con voz ahogada.

—Ha partido para París, con esa infame mujer que lo ha perdido.

—¿Y ha llevado a Lilia con él? Sin embargo, mi hermana me dijo que le dejó una declaración porque, asaltada por un funesto presentimiento, no quería, en caso de muerte repentina, que su hija quedara en manos del marido.

—Pero la condesa ¿no le añadió también que la última vez que se presentó en el palacio del conde, este le hizo firmar un pliego, sin permitirle ni darle tiempo de leerlo?

—Sí... ¿y bien?

—Pues bien, aquel pliego dejaba a la pequeña en poder del padre, lo declaraba tutor y administrador de la hacienda de su hija.

Por fortuna, el conde aún no ha podido poner las manos sobre el patrimonio de la condesa, debiendo antes cumplirse las formalidades de la ley, no bastando el acto que tiene firmado por su hermana.

Alfonso estaba irritado, pensativo; sin embargo, estaba a punto de interrogar aún al notario, cuando llamaron fuertemente a la puerta.

El viejo hizo un gesto de cólera.

—Y sin embargo, había dicho que no estaba para nadie. No se mueva, señor Alfonso; cuando se cansen de llamar, se irán.

Pero parecía que de fuera no se cansaban, porque los golpes se repitieron varias veces.

Entonces el notario se levantó y fue él mismo a abrir.

—¿Quién es? ¿Qué quiere? —preguntó con voz seca a su joven de despacho.

—Señor notario, han traído esta carta que dicen urgentísima: se espera una respuesta.

—Está bien: déme la carta, y haga esperar en la antesala a la persona que la ha traído.

El viejo, de vuelta en el despacho, abrió el sello de la carta, extrajo un pliego basto, lo desplegó, y apenas hubo recorrido las primeras líneas se puso pálido como un muerto, y tendiendo el pliego a Alfonso:

—Lea —dijo—, lea... esta carta está escrita por una moribunda.

Alfonso, conmovido, sin saber por qué, tomó maquinalmente la carta, y en voz alta, entrecortada, leyó:

«Señor notario:

Una mujer que usted conoce y que, aún hace pocos días, era la nodriza de la niña de la desventurada condesa Rambaldi, le ruega que acuda de inmediato a su casa, teniendo cosas importantes que comunicarle: no se demore, porque esta mujer quizá tenga pocas horas de vida.»

—Vamos enseguida, yo iré con usted —dijo Alfonso agitado, levantándose.

El notario tocó la campanilla.

Apareció el joven de despacho.

—La persona que ha traído esta carta, ¿sigue en la antesala?

—Sí, señor.

—Hágala pasar.

Un minuto después, en el umbral del despacho, aparecía una mujer vestida de oscuro, pálida, con un pañuelo en la cabeza.

—¿A usted le han confiado este pliego? —preguntó el notario.

—Sí, señor, y lo he escrito yo misma, al dictado de Giustina, porque ella está gravemente enferma.

—¿Giustina está en su casa?

—Sí, señor... es mi hermana.

—Venga, pues, Alfonso, vamos con esta mujer; ¡quizá el Cielo la ha enviado!

Salieron los tres juntos; pero por la calle, la mujer los precedía; con paso rápido los condujo a la vía Faenza, y se detuvo ante una modesta casita, en cuya puerta trabajaba un zapatero.

—¿La Menica sigue viva? —preguntó la mujer al viejo que tiraba del hilo.

—Sí.

—Me hará el favor de mandármela arriba, porque la necesito.

—La Menica está precisamente con Giustina.

—Tanto mejor: ¡gracias, Tonino!... Adelante, señores.

La mujer se internó en un zaguán oscuro, seguida siempre por Alfonso y el notario.

Llegados al primer piso, abrió una puerta a la derecha, y con voz conmovida:

—Pasen, señores —dijo, apartándose un poco.

—Pase usted primero, buena mujer —dijo el notario—, para avisar a la pobrecita de que estamos aquí.

La mujer, sin responder, atravesó una especie de antesala, entró en una habitación a la derecha, y el notario oyó su voz que decía:

—Giustina, está ahí ese señor que querías, pero viene acompañado de otro.

No se pudo oír la respuesta de la enferma, pero la mujer salió en compañía de otra muchachita, la hija del zapatero, y volviéndose hacia Alfonso y el notario, dijo:

—Pueden entrar, señores, mi hermana los espera.

La habitación de la enferma era pequeña, pero muy limpia. En la cama, con las sábanas blancas de colada, estaba incorporada Giustina, la gobernanta de Lilia.

La pobre mujer tenía el rostro pálido, los ojos cercados de negro, pero nada hacía presagiar en ella un próximo fin.

Al entrar el notario, juntó las manos y con voz rota por los sollozos:

—Gracias —dijo—, gracias por haber venido. Temía que se negara, y me fingí más enferma de lo que estoy. Perdóneme...

—No tengo nada que perdonarle, pobre mujer; hable libremente —respondió el notario.

Y se sentó junto a la cama, haciendo señas a Alfonso de hacer lo mismo.

Giustina miró al joven con inquietud.

—Pero ¿ese señor? —balbuceó.

—Giustina, puede hablar delante de él, que tiene más derecho que yo a escucharla.

La enferma abrió los ojos con curiosidad.

—Es el hermano de la condesa Rambaldi.

Giustina lanzó un grito, conmovida, y con las manos juntas:

—¡Oh, señor —balbuceó con lágrimas en los ojos—, ¿por qué ha venido tan tarde?

Alfonso tembló y se puso pálido, pero con voz triste y grave respondió:

—Nunca es tarde para obtener justicia, y para castigar...

Los ojos de Giustina brillaron con un vivo destello.

—¡Ah! Sí, castigue, castigue a esa miserable criatura, a esa Nara que mató a mi buena patrona, y hará otro tanto con la pobre Lilia.

El notario y Alfonso estaban conmovidos, agitados.

—¿Sabe usted dónde está la pequeña?

—Si lo supiera, ¿estaría yo aquí? Yo había jurado por el alma de mi santa patrona velar por la pequeña, dar mi vida por ella.

»Aún antes de que mi pobre señora fuera enterrada, el conde me llevó consigo al palacio con la niña.

»Lilia lloraba, que daba compasión oírla, llamaba a su mamá, quería a su mamá.

»Y cuando esa mujer, esa bailarina, hizo ademán de tomarla en brazos y con una impudencia que yo no habría creído nunca, le dijo: «No llores, yo soy tu mamá», Lilia empezó a gritar aún más fuerte y sus pequeñas uñas se clavaron en las mejillas de la miserable.

»Yo habría querido que la pequeña le sacara los ojos.

»Pero creí desmayarme cuando oí a esa mujer decir, con voz temblorosa de rabia: «¡Ah! Pequeña serpiente, muerdes como tu madre, pero te aplastaré como la he aplastado a ella.»

Alfonso y el notario hicieron un gesto de horror.

—¿Y el conde estaba furioso?

—El señor conde no estaba en aquel momento.

—¡Ah! Sí, había venido a mí para mostrarme la carta que la infeliz condesa había firmado sin saberlo, con la cual le daba plenos poderes sobre la hija y el patrimonio.

Alfonso se puso lívido.

—Pero era una firma arrancada por la fuerza.

—La carta estaba en toda regla —respondió el notario—; pero como yo conocía la historia de la infeliz condesa, dije que no entregaría un solo céntimo hasta no estar seguro de que la muerte de la condesa había ocurrido naturalmente, y también en ese caso, yo era depositario de un testamento ológrafo de ella, en el que dejaba la mitad de su fortuna a favor de otro.

El rostro de Giustina irradiaba de contento.

—¡Ah! ¡Me figuro la rabia del conde! —exclamó—. Debía de tener la conciencia que le remordía, porque apenas llegado a casa, blasfemando y rompiendo todo lo que le caía entre las manos, ordenó los baúles, y esa misma noche partimos.

—¿Los llevaron con ustedes?

—Entonces sí, porque veían que no había modo de hacer cesar los gritos de Lilia, que se aferraba a mi cuello y no quería separarse de mí...

Esa mujer ya había ideado el medio de librarse de una importuna; pero, ¡vive Dios!

, ahora que tengo su apoyo, la encontraremos, y si Lilia ha sufrido algo, ¡ay de ellos, ay de ellos!

—Tiene razón, pero díganoslo todo.

—¡Un momento! Antes quería preguntarle a usted, señor notario, si a mi patrona le hicieron la autopsia.

Alfonso y el viejo se intercambiaron una rápida mirada.

Con aquella mirada querían decir: «¿Podemos hablar?»

Giustina estaba sorprendida por el silencio de los dos hombres, que se prolongó algunos segundos.

Finalmente Alfonso, tras un signo de inteligencia con el notario, se volvió hacia la enferma, y preguntó con voz conmovida:

—Usted ha amado mucho a su patrona, ¿verdad?

Giustina, sentada en la cama, miró al joven con ojos llenos de lágrimas.

—¿Que si la he amado? ¡Oh! Habría dado, le repito, mi vida por ella, como la habría dado por su hija, sin esa infame mujer...

—Pues bien, Giustina, prepárese para recibir una gran consolación.

—¿Una consolación? No le entiendo, señor.

—¿Podemos hablar aquí libremente?

—Sí, mi hermana debe de haber salido.

El notario, por toda precaución, se levantó, y abriendo la puerta miró en la otra habitación.

La habitación estaba desierta.

Entonces volvió sonriendo junto a la cama.

—Puede hablar, Alfonso —dijo.

Los ojos de la enferma brillaban de curiosidad. Miraba ora al uno ora al otro de los dos hombres, sin comprender la razón de aquellos misterios, de aquellas precauciones.

—Giustina —dijo Alfonso con voz grave—, ¿sabrá guardar un secreto que confiamos a su corazón?

—Señor, ¿puede usted dudarlo? Le juro por cuanto tengo de más sagrado que no hablaré.

—Pues bien, contenga su emoción, como yo he contenido la mía, y sepa...

—¿Y bien?

—Que mi hermana, su amada patrona, vive aún.

—¡Ah!

Los ojos de la enferma giraron extrañamente, como si estuviera a punto de ser presa del delirio; su rostro se puso blanco, su cabeza se echó hacia atrás. ¡Se había desmayado!

Alfonso se asustó.

El notario mantuvo su sangre fría.

—No es nada —dijo, tomando de una mesita una botellita de cristal que se veía llena de agua.

Y roció algunas gotas sobre el rostro de la enferma, que no tardó en volver en sí. Entonces, recordándolo todo, se incorporó de nuevo en la cama, y con voz entrecortada:

—Entonces... ¿es verdad?... ¿No me han engañado? ¿La condesa, mi buena patrona, vive aún?

—Sí... pero cálmese.

—Me calmaré, señor; pero si supiera lo que he sentido en el corazón al anuncio inesperado: me pareció morir de contento. Entonces volveré a ver aún el dulce rostro de la patrona, ¡que parecía el de una madonna! ¡Oh! Dios tarda, pero no olvida —añadió, pensando en aquel instante en Guido y en Nara.

El notario y Alfonso estaban profundamente conmovidos.

—¿Podré verla, verdad? —preguntó la enferma temblorosa.

—Ahora no, porque mi hermana debe estar muerta para todos.

Giustina se puso pensativa: no comprendía.

—Si esa mujer —dijo Alfonso con su aire grave— supiera que mi hermana vive aún, la pequeña estaría quizá perdida.

—¡Ah! ¡Es verdad, es verdad!... —exclamó Giustina, sobresaltándose—. Debemos salvarla.

—Y la salvaremos —dijo el notario con voz calmada—; pero díganos todo cuanto sabe.