El beso de una muerta Capítulo XX #4
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Capítulo XX #4

—Mi hija me llama... —dijo Clara, presa de una especie de delirio.

Y se dejó resbalar de la cama, blanca como un fantasma, vestida solo con la camisa, y se arrastró hasta la habitación vecina, donde dormía su hija.

Clara sentía unas ganas enormes de llorar y no podía.

Habría querido arrancar a la niña de aquella cuna y llevársela consigo. Pero no tenía fuerza.

La pobre mujer deliraba.

—Él no la arrebatará, es preciso que la salve, es preciso que huya...

Virgen santa, vos que también fuisteis madre, tened piedad de mí, de mi criatura.

¡Dios, qué escalofríos! Siento el hielo recorrerme las venas.

Lilia, despierta, besa a tu mamá... ¿Qué viene a hacer aquí el infame?

Él quiere matarte, como me mata a mí. ¡Lilia, ángel del cielo, ruega por tu pobre mamá!

Y se desplomó temblorosa junto a la cuna, sin saber lo que hacía.

Pero tras un instante, Clara se levantó y con los brazos cruzados, los ojos fijos como los de una sonámbula, volvió a lentos pasos a su habitación, se arrojó sobre la cama, y así permaneció.

La camarera, entrando una hora después, la encontró en tal estado de postramiento que la creyó muerta.

Pidió socorro.

Vino más tarde un sacerdote; pero la infeliz condesa parecía no comprender ya nada de cuanto sucedía a su alrededor.

—Hay que avisar enseguida al conde —se repitió.

Dos horas después, el carruaje de Guido se detenía ante la verja de la villa.

Bajó el conde, lívido más que un cadáver.

—Decidme, ¿es verdad —preguntó al jardinero, que había corrido a abrir— lo que me han anunciado?

—Por desgracia, señor conde.

Guido se llevó un pañuelo a los ojos y con pasos vacilantes siguió al jardinero.

Cuando entró en la habitación de su esposa, un escalofrío lo asaltó. ¿Era un escalofrío de remordimiento, o de miedo?

Quizá creyó ver a la condesa levantarse indignada, señalarlo a todos, decir en voz alta: «¡Él es mi asesino... él me ha matado, me ha envenenado!»

Pero Clara parecía haber perdido todo conocimiento.

Su cuerpo se había hecho ya rígido, su rostro había tomado la blancura del mármol, la boca entreabierta mostraba el esmalte de los dientes, los ojos entornados dejaban ver el blanco de las pupilas.

El conde, intentando dominarse, se acercó a la cama, y arrodillándose tomó una mano de Clara y la llevó a sus labios. Como si la hubiera tocado un hierro candente, la condesa se sacudió convulsamente, se estremeció, y sus ojos se abrieron.

Apenas se fijaron en el conde, un espanto indecible alteró la fisonomía de Clara; los labios se agitaron débilmente, como si quisieran hablar; sus brazos se levantaron, luego cayeron; sus ojos se dilataron de modo que parecía que fueran a saltar de las órbitas.

Pero ninguna voz, ninguna palabra, ningún gemido se dejó oír.

—¡Clara, Clara mía, perdón, vive para mí! —exclamó el conde.

La condesa no respondía.

Él le puso una mano en la frente.

Aquella frente era de hielo.

—¡Muerta... muerta! —gritó.

Y su ojo seco y encendido se fijó extrañamente en el cadáver.

Vino el médico y certificó también él la muerte.

El sacerdote bendijo el cuerpo de la condesa Clara, luego, dirigiéndose a Guido:

—Señor conde —dijo—, la pobre señora me había expresado varias veces en vida el deseo de ser enterrada en el cementerio de la Antella.

—¡Que su deseo se cumpla! —exclamó Guido llevándose otra vez el pañuelo a los ojos—. Vos pensaréis en todo, os lo ruego, porque mi cabeza ya no resiste más.

—Haré cuanto pueda, señor conde.

—Y no reparéis en gastos: aquí tenéis dinero. Yo vuelvo a la ciudad, porque no tengo valor para asistir a los funerales.

—¿Y la niña?

—La llevaré conmigo.

La gobernanta, ante la orden de tener lista a Lilia, hizo un gesto de espanto.

«¿Esta pobre niña en manos del conde? —pensó—. ¡Dios mío, es horrible! Y sin embargo, no puedo sustraerme a su voluntad. Él es el padre. ¡Oh! Pero yo no abandonaré a la pequeña: desde este momento toda mi vida está dedicada a ella.»

Y siguió al amo, que quizá en su corazón ya pensaba en deshacerse de aquella mujer importuna, muda testigo de sus culpas y que quizá había adivinado la parte que él había tenido en la muerte de la condesa.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El resto ya lo sabemos.

La condesa Clara había sido llevada al cementerio de la Antella, pero como la tumba aún no estaba preparada, la caja que encerraba el cuerpo había sido depositada provisionalmente en una capilla.

Y sin la llegada de Alfonso, que quiso ver una vez más las adoradas facciones de su hermana, ¡la pobre Clara habría sido enterrada viva!

El veneno administrado por Nara era un narcótico potente, cuyo efecto se había producido un poco tarde, dado el temperamento excesivamente nervioso de la condesa.

¡Clara debía su resurrección a su hermano! Los labios de Alfonso, posándose sobre los de Clara, habían roto aquel sello fatal que la muerte parecía haber impreso en ellos.

Dios no había permitido que el horrible crimen de Guido y de Nara fuera consumado del todo.

¡La muerta resurgía para castigo de los culpables!