El beso de una muerta Capítulo XIX #3
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Capítulo XIX #3

Y se encaminó a la habitación de la condesa, sin que ella hiciera ningún movimiento para retenerlo.

Un momento después Guido volvía con un fajo de billetes de banco y una cartera.

Quiso mostrárselos a la condesa, pero cuando se acercó a la butaca, vio a Clara con los ojos cerrados, lívida, rígida, como muerta.

Guido se encogió de hombros.

—Otro desmayo... —murmuró—. ¡Se desmayan tan a menudo!

Del otro lado de la puerta se oyó un roce de vestidos de seda. Guido se estremeció, y tiró del cordón de la campanilla. Apareció la gobernanta.

—Vuestra señora se siente poco bien —dijo—. Acostadla, mandaré al médico.

Y alcanzó deprisa a la bailarina.

Mientras los dos infames se alejaban, la condesa reabría los ojos y preguntaba, sorprendida, qué había ocurrido. La gobernanta la asistía, y la pequeña Lilia estaba jugando junto a sus rodillas.

—Debo de haber tenido un mal sueño... —dijo.

La gobernanta se estremeció.

—Señora condesa, es cierto que habéis soñado.

Clara se llevó la mano a la frente.

—No puede ser más que así —exclamó—. ¡Sería demasiada infamia si fuera la realidad! Dios no lo permitiría. Sin embargo, es extraño, me siento débil, abatida.

—Sería conveniente que la señora se fuera a la cama —dijo la gobernanta—. Ha hecho mal la señora en dormirse en esta butaca.

—Tienes razón, tengo la cabeza vacía, te oigo hablar, pero no capto bien el sentido de tus palabras. No ha habido nadie aquí, ¿verdad?

La gobernanta se encontró algo embarazada.

Afortunadamente Lilia, trepando a las rodillas de la condesa, dio una diversión a sus ideas.

—Querido ángel amado, ven con tu mamá —dijo levantándola con dificultad entre sus brazos—. Tú eres mi vida; ¡ah! Si no fuera por ti, ¡cómo querría morir!

Y enjugándose las lágrimas que le corrían por las pálidas mejillas, se levantó, y siempre con la niña apretada entre los brazos, se encaminó a su habitación.

La camarera no la siguió; pero no había transcurrido un minuto cuando un grito largo, desgarrador, le hirió los oídos.

De un salto estuvo en la habitación de la condesa, y vio a la señora tendida en una butaca, con los ojos abiertos de par en par, los labios lívidos, convulsos, los brazos apretados al cuerpecito de Lilia que lloraba.

La camarera se apresuró a quitarle de los brazos a la niña, y con voz conmovida preguntó:

—¿Qué tenéis, señora condesa?

Clara se puso aún más lívida.

—Nada, nada... —balbuceó—. Un poco de mareo... pero ha pasado... lleva allí a la niña, déjame sola, necesito soledad, descanso.

La camarera no insistió.

Apenas la puerta se cerró tras ella, Clara se puso en pie de un salto y corrió a un escritorio, del cual se veían los cajones abiertos, vaciados, y se pasó las manos convulsas, crispadas, por la frente.

—¡También ladrón! —murmuró—. ¡Ladrón, y por ella, por esa mujer!

Entonces no había soñado: él estaba aquí, sí, había venido a pedirme dinero, luego se había mostrado arrepentido, conmovido, estaba a punto de pedirme perdón, estaba por caer a mis pies, cuando llegó esa infame mujer.

¿Qué ha ocurrido? No sé nada... —continuó con voz desgarradora—, pero ahora esta cajita abierta, despojada, me revela la verdad; él se ha aprovechado de mi desmayo para quitarme el dinero, para robarme; y ha huido como un cobarde, como un ladrón, con su cómplice. ¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué horror!

La condesa rompió en un llanto desesperado, cayendo de rodillas.

¡Oh! No era la pérdida del dinero lo que la angustiaba así, sino la pérdida de sus últimas ilusiones, de sus últimas esperanzas.

Entreveía un porvenir horrible para ella y para su hija. Sí; Guido, poco a poco, cerca de esa infame criatura, habría descendido todos los peldaños del vicio, de la degradación. Ciertamente habría despojado a ella y a la hija.

¡Habría sido capaz de un crimen, para satisfacer la codicia, la pasión de Nara! ¡Por cubrir de oro a esa mujer, Guido habría pasado por encima del cadáver de la esposa y de la hijita!

Clara se sentía perdida, y nadie acudía en su socorro.

Intentó calmar los sollozos que le desgarraban el pecho oprimido, tomó una hoja de papel, una pluma, e interrumpiéndose a cada instante, para enjugar las lágrimas que caían copiosas sobre el papel, escribió algunas líneas inconexas, que mostraban la agitación de su alma, el trastorno de su cerebro.

«Querido Alfonso:

Si tardas aún en venir en mi socorro, yo y mi hija estamos perdidas; ese hombre es capaz de todo, lo he comprendido.

En cualquier lugar que te llegue esta carta, parte, parte enseguida. Tu hermana te llama, invoca tu ayuda, tu hermana está en la desesperación.

Ven, no prolongues mi agonía: estoy en el campo, en la villa Rambaldi; si vienes a Florencia, no pongas el pie en mi palacio; ¡ay, ay de los dos!

Ven enseguida, en nombre del amor que me tuviste, en nombre de nuestra madre; si tardaras un poco, encontrarías quizá muerta a la pobre Clara, y entonces ¿qué sería de mi hija?... No quiero pensarlo; no tengo esperanza más que en ti solo. Tu infeliz y desventurada hermana,

CLARA.»

Doblada la hoja, metida en un sobre y puesta la dirección, la condesa se dejó caer en la silla y con voz ahogada:

—¡Ah! Sí, preveo que mi muerte no tardará —dijo—, y los infames exultarán; un presentimiento me dice que ellos me matarán.

Los presentimientos de Clara esta vez no la engañaban.