Capítulo XIX #2
—¡Sí, es cierto! —exclamó—. Todo el afecto que un día un hombre suplicante a mis pies, en presencia de mi padre, juraba consagrarme, y durante un año entero me hizo en efecto la más feliz y orgullosa de las criaturas; todo el afecto que sentí por el hombre noble, bueno, generoso, lo he reservado para mi hija, porque aquel hombre ha muerto para mí, no es ya más que un recuerdo lejano, desvanecido, del que guardo en el fondo del alma una casta memoria.
—No os comprendo, señora.
—Lo creo, pero interrogad vuestros recuerdos pasados y el corazón os responderá.
Guido se estremeció un tanto, y por un movimiento involuntario tomó una mano de la esposa y la fijó en los ojos.
—¿Inocente? ¿Eres inocente?... ¿Habla? Para que pueda creerte...
—No me creísteis ante la cuna de vuestra hija, señor, no os obligaré a mentiros otra vez a vos mismo.
—Entonces, Clara, ¿no me amas ya de verdad?
—¿Por qué habría de amaros?
Guido, a su pesar, cedía a aquella fiera ley de amor, que ordena la debilidad después de haber inspirado la audacia.
Lejos de Nara, ante aquella celestial criatura, a la que en el fondo del corazón no podía considerar culpable, se sentía conmovido; la horrible venda que le velaba la frente parecía rasgarse.
—¿Por qué habrías de amarme? —repitió—. Te he ofendido, es cierto, Clara, te he ofendido, pero aquella carta me había puesto el infierno en el alma.
—Quizá tenéis razón; la culpa fue mía, que no tuve confianza en vos, que os oculté el secreto de mi familia.
Así hablando, Clara había juntado las manos, y su bello rostro pálido, extenuado, mostraba toda la expresión del profundo dolor que sentía.
Guido tuvo un momento de verdadero remordimiento.
Había olvidado el motivo por el que había venido, había olvidado a la bailarina, y permanecía mudo, con los ojos abiertos de par en par ante aquella criatura, tan bella, en aquella actitud llena de sufrimiento y abandono.
Y estaba a punto de caer a sus pies, pedirle perdón, cuando fue distraído bruscamente de su éxtasis por una mujer que, con semblante airado, entraba en el salón.
Era la camarera de la condesa.
—Señor —dijo con voz ahogada—, pido perdón por haber entrado sin pedir permiso, pero hay allí una persona que quería venir aquí de todos modos, porque necesita hablar con el señor conde.
Un ligero rubor cubrió el rostro del conde, que pareció presa de la más viva inquietud, mientras Clara, pálida como una muerta pero con semblante tranquilo, dijo:
—Podéis dejar entrar a la persona que pregunta por el señor conde.
—No —interrumpió precipitadamente Guido—, voy yo allí, vuelvo enseguida.
Y salió del salón.
Clara se dirigió a la camarera.
—Esa persona es una mujer, ¿verdad?
—Sí, señora condesa.
—¿Una mujer joven y bella?
—No sé si es bella, señora; para mí tiene unos ojos descarados y un aire audaz que impone. Se ha presentado como si fuera la dueña, y quería pasar aquí sin consideración.
Clara se ocultó el rostro entre las manos.
—¡Qué imprudencia! —murmuró—. ¡Se acabó! Esa mujer no lo dejará jamás; Dios mío, ¡es demasiado sufrir así!
Se sobresaltó, porque sintió reabrirse la puerta. No tuvo el valor de mirar, pero sintió la voz de Guido que decía a la camarera:
—¡Otra vez traed mejor los recados; no molestéis a los señores por cosas de nada! Idos.
Clara dejó caer los brazos, y abiertos los ojos vio al conde, que cerraba bruscamente la puerta tras la camarera.
No hizo una sola pregunta; no dijo una palabra; pero vio a Guido pálido y tembloroso, y comprendió que hacía un esfuerzo violento sobre sí mismo para contenerse.
Él no se sentó más, se acercó a la mesita, donde se quedó de pie, y dirigiéndose a Clara, con voz que intentó hacer calmada e igual, dijo:
—La persona que quería verme...
—No os pido su nombre, señor conde —lo interrumpió Clara—. Vos sois dueño de recibir a quien más os plazca.
Guido pareció sentir cierta ironía en la voz de Clara, y esto bastó para exasperarlo.
—Tenéis razón, no tengo cuentas que rendiros; vengamos a lo importante; ya os he explicado la razón de mi presencia aquí, el objeto de mi visita.
—Me lo habéis dicho: queréis dinero, y yo os repito que estoy dispuesta a desembolsarlo; pero por última vez.
Guido dejó escapar un leve gesto de mal humor.
—Venderé esta propiedad —dijo con una sonrisa de desdén y de triunfo—, y vos no podríais ciertamente impedírmelo, porque el contrato de compra está a mi nombre.
—¿Y en cuánto está valorada esta propiedad?
—Cuarenta mil liras.
—Estoy dispuesta a desembolsároslas, para decirme al menos dueña en esta casa, para poder hacer echar por mis sirvientes a esa descarada mujer que osa poner el pie en el umbral de la casa honrada donde vive mi hija.
Guido sintió el insulto y se puso lívido, pero retomando enseguida el tono sardónico y su sangre fría:
—No sé a quién queréis aludir, señora condesa.
—A vuestra amante, que está ahí fuera esperándoos...
—¡Pero señora!
—Ella está ahí, sí —dijo la condesa presa de una viva excitación, dando un paso hacia la puerta—. Está ahí, la siento.
Los ojos de Clara brillaban con un extraño fuego; la palidez de su rostro se había aumentado, tanto que Guido tuvo miedo, y sintió en su ánimo como la impresión del corte del acero sobre la carne viva.
—Pues bien, sí, está ahí —dijo balbuciendo—; pero no temáis, no entrará aquí.
—Pero yo iré a verla, superando la horrible repugnancia que me inspira, porque esa mujer necesita una dura lección.
Y dio un paso, estallando en una risa sonora, en una risa de loca.
La cara de Guido enrojeció de sangre; se puso entre la puerta y ella, y cuando Clara estuvo cerca, el conde la tomó brutalmente por las muñecas, la obligó a retroceder, sacudiendo furioso aquel cuerpo gracioso y delgado, que comenzaba a perder todas las fuerzas, y acabó por caer desplomada en una butaca, mientras le corría por la garganta un estertor angustioso, y los dientes le rechinaban, como si la pobrecita hubiera sido asaltada por la fiebre.
Se comprendía que la condesa no comprendía ya siquiera cuánto había hecho, cuánto le había sucedido; su excitación se había calmado, sus ojos desorbitados vagaban alrededor como si buscaran dónde se encontraba.
Guido no se conmovió ante aquella visión. Tenía prisa por marcharse. Nara lo esperaba y no era mujer de tener paciencia.
—Dame la llave de tu escritorio —dijo en voz baja a la condesa.
Esta hizo oír una risa ahogada y siniestra. Guido palideció y sintió helársele la sangre.
—¿Que se vuelve loca? —pensó—. Tanto da, yo no puedo esperar.