Capítulo XIV
El conde, tras la partida de los dos jóvenes esposos, no se había movido más de su villa, donde pasaba los días en una completa soledad.
No salía sino cuando la noche había cubierto con su sombra la tierra, y vagaba como un fantasma por el jardín, por los campos, espantando a los campesinos que se cruzaban con él.
Sufría de insomnio. Sus noches eran agitadas, y más de una vez el sol comenzaba a aparecer en el horizonte cuando él se hallaba aún en el parque o en el jardín de la villa.
Entonces se refugiaba en su habitación y se encerraba dentro, no abriendo más que tras las reiteradas instancias del camarero, que le llevaba la comida.
En un mes, el conde había envejecido diez años.
Un día había salido de la villa, a pesar de la lluvia que arreciaba y a pesar de la tormenta que estallaba con violencia.
Cuando volvió, estaba con la cabeza descubierta, la frente inflamada, presa de una especie de delirio.
Se metió en la cama y se le manifestó una fiebre violentísima: el médico, llamado de inmediato, dijo que se trataba de una congestión cerebral y daba pocas esperanzas de vida.
Fue entonces cuando el fiel camarero del conde escribió a París para avisar a los jóvenes esposos.
El conde, en su delirio, llamaba ora a la hija, ora al cabrero Ronco.
—El infame —decía— lo ha revelado todo... sí, ella lo sabe todo... esas cartas robadas por él en la habitación de Clara están escritas por Alfonso... ella sabe que es su hermano... ¡Maldición!...
El mismo día en que el conde había vuelto a casa presa de la fiebre, el cabrero fue encontrado muerto, en el fondo de un barranco.
Se creyó que se trataba de una desgracia, se dijo que quizá el pobre hombre, sorprendido por la tormenta, había perdido el camino y había puesto el pie en falso; los campesinos, que lo encontraron magullado e irreconocible en el fondo del barranco, lo llevaron en una camilla hasta el cementerio, donde, cumplidas las formalidades de rigor, fue enterrado y no se habló más de él.
El conde, entretanto, empeoraba, y los médicos aseguraron una mañana que el noble enfermo no llegaría a la noche. En efecto, en sus rasgos desfigurados se veían los signos evidentes de un próximo fin.
Un telegrama llegado de París avisaba que Guido y Clara se habían puesto en camino, y dos días después la joven esposa se hallaba al pie del lecho de su padre, mientras Guido, a causa del esfuerzo sufrido, había llegado a la villa en un estado que daba lástima, y el médico que lo visitó lo hizo acostarse enseguida y le prohibió salir de la habitación.
Clara, dividida entre el afecto por su marido y la angustia de ver a su padre en un estado que hacía presagiar la muerte cercana, vertía abundantes lágrimas y sollozaba tanto que daba compasión.
El conde permanecía insensible a cuanto ocurría ante sus ojos: su respiración se hacía más penosa, y algunos gritos escapaban de cuando en cuando de su pecho oprimido: el estertor estaba a punto de comenzar.
Clara sintió un hielo recorrerle todos los miembros. De pronto le pareció que el enfermo hacía un esfuerzo por incorporarse, y abriendo los ojos, los giró en torno a la habitación, fijándolos luego en la hija.
—¡Padre mío! —exclamó esta, tendiéndole los brazos.
Pero él lanzó un grito y alargó las manos como si quisiera huir de una aparición.
—¡Atrás!... No me toques... vienes a burlarte de mí... tu hijo... el hijo de tu culpa... está muerto... yo... yo lo he matado... está enterrado allí... en el fondo del barranco.
—Padre mío... —sollozaba Clara—, miradme, soy yo... vuestra hija.
—Sí... tengo una hija... y esa es sangre mía... pero debo causarle horror... ella sabe... que Alfonso es su hermano... que yo lo maté... que he arrojado también a Ronco al barranco.
Clara, ante todas aquellas espantosas revelaciones, temblaba como una hoja.
—No... Alfonso vive... padre mío... tranquilizaos... vive... ¡yo lo he salvado!
El ojo del conde relampagueó: un grito desgarrador le salió del pecho; miró fijamente, con sombrío terror, a su hija, hizo un esfuerzo como si quisiera hablar, pero una espuma sanguinolenta le apareció en los labios, lanzó un estertor penoso y cayó de nuevo sobre el lecho.
¡Estaba muerto!
Pocos días después de esta escena piadosa, cuando el conde fue enterrado en la capilla del castillo, el notario, abriendo el testamento, anunció, como era de esperar, que Clara era la única heredera de las inmensas riquezas del gentilhombre.
—Mi hermano no tendrá, pues, ni nombre ni fortuna —dijo la joven esposa—. ¡Ah! Yo repararé la injusticia de mi padre... es preciso que la mitad de mis riquezas sea de Alfonso.
La muerte del conde, si había causado a la joven mujer un dolor inmenso, este fue en los primeros días acallado por el peligro que corría la vida de Guido.
En efecto, durante más de una semana se temió perderlo, y no fue sino tras largos cuidados que pudo reponerse. La primera vez que la fiebre cesó, vio un rostro pálido que se inclinaba sobre el suyo: el hada buena que lo había salvado, su mujer, Clara.
—Dime, ¿he estado muy enfermo? —preguntó con débil sonrisa.
—Mucho, amigo mío... pero ahora todo ha pasado.
—¿Y tu padre?...
Clara bajó las pestañas y dos lágrimas ardientes cayeron sobre la frente de Guido. Él comprendió y no preguntó más, pero estrechó contra su pecho a aquella delicada criatura, y con voz conmovida murmuró:
—Te quedo yo aún: ¡yo, que tanto te amo!
Un leve sonrisa crispó los labios descoloridos de Clara. Ella habría querido también en aquel momento decirle:
«Me queda también un hermano.»
Pero no tuvo el valor; y esto fue más tarde la perdición de la generosa mujer.
Mientras Guido estaba aún en convalecencia, un día en que Clara se hallaba pensativa en su habitación, vino un doméstico a anunciarle que un joven vestido de negro pedía hablar con ella.
Clara, sin avisar al marido que descansaba tranquilo, pasó al salón y por poco no se traiciona ante el criado, reconociendo en el jovencito a su hermano Alfonso.
Él, que se veía observado por el servidor, se inclinó con respeto ante Clara.
—Vengo, señora, como portador de una noticia del viejo servidor que usted conocía: del pobre Nemmo... perdone, pues, mi molestia.
Clara no tenía ya fuerza para hablar: con un gesto indicó una butaca al joven, luego hizo señal al criado de salir del salón.
Apenas la cortina cayó, Clara vio postrado ante sí a su hermano.
Durante algunos minutos se besaron convulsamente, sin un acento, sin una palabra; luego Clara, como despertándose, tomó la bella cabeza de Alfonso y se puso a contemplarla ávidamente.
—Tú... eres realmente tú... ¿Alfonso mío?
—Yo, Clara, que antes de partir para un largo viaje, que durará algunos años, he querido verte.
—¡Cómo has crecido... qué guapo estás...! Pero ¿por qué ese traje negro?
—Porque ha muerto nuestro padre...
—¡Ah! ¿Lo sabes? —exclamó Clara, besando conmovida al joven.
—Sí, y habría venido enseguida, si en aquel intervalo...
—¿Y bien?
—También mi segundo padre, el fiel Nemmo...
Alfonso no pudo proseguir; lloraba a lágrima viva, que le corrían por las mejillas.
Clara se había puesto palidísima.
—¿Muerto... muerto también él?... ¿Y ahora estás solo?
—No... el negociante al que me recomendaste me ama como a un hijo.
Clara estuvo algunos minutos sin tener fuerza para responder.
—No podré jamás olvidar al pobre Nemmo. Murió con la sonrisa en los labios, bendiciéndome, bendiciéndote...
—¡Hombre generoso!
—Pero tú... ¿tú eres feliz, Clara?... Te encuentro pálida... adelgazada...
—He llorado mucho... ahora, sin embargo, olvido cualquier dolor. ¿Me preguntas si soy feliz? Una mujer siempre lo es cuando es amada como lo soy yo por mi Guido.
—¡Cómo quisiera conocerlo... llamarlo hermano!
Clara bajó tristemente la cabeza y se puso a llorar.
Alfonso, sorprendido, inquieto, le preguntó la razón de aquellas lágrimas.
—¡Ah! —dijo ella—, tú eres bueno, generoso... pero yo...
—¡Tú eres un ángel!
—No... soy una mujer, una debilísima mujer, porque nunca he tenido el valor de confesar a Guido tu historia.
La voz de Alfonso, mientras interrumpía a su hermana, tomó algo de sostenido y de triste.
—Has hecho bien, Clara; así la memoria de nuestra madre continuará rodeada de respeto, de amor, y la de nuestro padre de añoranza.
¿Qué me importa a mí que el conde no haya querido reconocerme?
... cuando tú me quedas, querida hermana, cuando todo el afecto que habría llevado a mi madre lo he reconcentrado en ti...
—Pero, entretanto, a los ojos del mundo, yo soy la única heredera de las riquezas de nuestro padre.
Alfonso enrojeció, y luego sonrió.
—¿Qué me importan a mí las riquezas? —exclamó—. El tesoro más grande que poseo es tu amor. ¿No te debo a ti que ya no sea el salvaje muchacho de antaño? ¡Ah! Me contento con el nombre del pobre Nemmo, con tu amor... que este no me falte y yo seré la criatura más feliz, más orgullosa de la tierra.
Ante tantos nobles sentimientos, expresados con una sencillez verdaderamente conmovedora, el corazón de Clara se dilató enseguida, sus pestañas se humedecieron aún, pero esta vez de alegría. Y con un movimiento infantil, impetuoso, estrechó al joven entre sus brazos y lo cubrió de besos:
—¡Mi hermano! —exclamó.
Aquellas dos palabras resumieron todo el afecto, todo el orgullo y la felicidad de la joven condesa.
Luego, tras algunos minutos de un elocuente silencio, Clara, con triste sonrisa, pasando su manita por los cabellos finos, rizados, rubios de Alfonso, exclamó:
—¡Ah! Ahora no deseo más que una sola cosa: que la criatura que llevo en mi seno se parezca a ti; llevará tu nombre y rogaré a Dios que le dé también tu fisonomía.
—¡Querida hermana!
—Partes hoy mismo, me has dicho; irás lejos, dejándome de nuevo sola.
—Tienes a tu Guido...
—Sí... él es bueno, pero el amor que siento por él es muy distinto del sentimiento que siento por ti. Querría teneros a los dos cerca de mí.
—Quién sabe si un día eso no suceda —dijo con dulzura Alfonso—; pero ahora debo cumplir con mi deber.
—Yo soy rica... la mitad de mi hacienda es tuya.
—Permíteme que la rechace.
—¿Por qué? ¿No quieres, pues, que te ayude?
—¡Y me has ayudado! —respondió el joven, conmovido al ver la tristeza con que Clara había acogido sus palabras—.
Ahora debo saber vivir con el fruto de mi trabajo.
El negociante al que me confiaste es un padre para mí: he tomado afición al comercio, a los viajes, y tengo una participación en los beneficios de mi principal.
No tengo casa, no tengo patria; pero donde brilla el sol, donde todo es armonía, amor, allí está mi patria, mi casa.
Entonces me imagino estar cerca de ti, hacerte admirar las bellezas de la naturaleza...
sueño... soy feliz. ¡Oh! Déjame así en mis dulces ilusiones, que tanto bien me hacen; consuélame con tus cartas: es todo lo que quiero, lo que te pido.
—¡Hermano mío! —respondió Clara con un arranque de pasión, besando de nuevo aquella rubia cabeza que se abandonaba gustosa a las deliciosas caricias de ella.
Y cuando llegó el momento en que debieron separarse de nuevo, lloraron largamente juntos. Pero debieron frenar su emoción ante la entrada de un servidor, que venía a buscar a Clara de parte de Guido.
La joven esposa se apresuró a secarse las lágrimas: Alfonso retomó su actitud respetuosa. Pero el camarero tuvo una extraña sonrisa en los labios: quizá creyó haber sorprendido el secreto de dos amantes y se dijo que aquel descubrimiento un día quizá le serviría.
—Gracias, Alfonso —dijo Clara—, gracias por todas las noticias que me habéis dado. Prometedme volver pronto a verme.
—Os lo prometo, señora condesa —dijo Alfonso, estrechando la mano de su hermana.
Luego se separaron rápidamente para ocultar el uno y la otra sus propias emociones.