Capítulo XIII
Mientras Guido estaba lejos, Clara había recibido una carta de casa en la que le anunciaban que su padre estaba gravemente enfermo y deseaba verla antes de morir.
—Hay que partir enseguida, enseguida, amigo mío —dijo ella, arrojándose al cuello de su marido, después de haberle dado con entrecortados acentos la triste noticia.
Guido se había puesto pálido y vacilaba. El marqués de Chârtre se dio cuenta y fue pronto a sostenerlo antes de que el joven se desmayara.
Clara, ante aquella escena, se puso blanca como una sábana: sus ojos azules se llenaron de lágrimas.
—¡Oh, qué imprudente soy! —exclamó—. No debía dar tan de repente esta noticia a Guido, ¡pero solo pensé en mi padre!
En aquel instante se percató de unas manchas de sangre que había en la camisa de Guido, y lanzó un grito.
—¡Dios mío... está herido!
—No es nada —exclamó el marqués de Chârtre.
—No es nada —repitió Guido, esforzándose por mantenerse en pie—. Un leve rasguño... Sí, hay que partir enseguida...
Pero vacilaba. El marqués lo sostuvo y lo arrastró hasta el diván del salón, donde lo depositó.
Clara había caído de rodillas junto a su marido.
—¿Herido? —balbuceaba—. Herido... pero ¿cómo? ¿Cuándo?
—Cálmese, señora condesa —dijo con aire grave el marqués—. Es una cosa de nada... una imprudencia de Guido... al descender del caballo... Pero le repito... no tiene usted ninguna razón para impresionarse.
—Pero hace falta un médico... pronto, un médico.
—El médico ya lo ha visitado y lo ha vendado: Guido no necesita más que un poco de descanso... Yo no quería dejarlo mover de mi casa, pero él ha querido venir aquí... estaba inquieto por usted...
Clara posó su rubia cabeza junto a la de Guido, que se había reanimado, y leyó en los ojos de él tanta ternura, tanta ansiedad, que se sintió conmovida hasta las lágrimas.
—Partiremos dentro de poco, ¿verdad? —murmuró Guido.
—¡Ah, no! Enviaremos un telegrama a casa para decir que estás herido.
—¿Y querrías asustar a tu padre?... No... Esta noche partiremos... descansaré todo el día aquí, junto a ti... Ya me siento mejor, ¿sabes?...
—¡Oh, Guido mío...!
El marqués, que asistía a aquella escena, estaba conmovido y confundido.
—Volveré más tarde a verte —dijo a Guido, estrechándole la mano—. Traeré conmigo al médico, y si él asegura que no será una imprudencia ponerte en camino...
—¡Oh, asegúrate de que no...! Además, estaría peor si no partiera... Vería a Clara llorosa ante la idea de su padre enfermo... y sentiría tal remordimiento que me haría estar peor.
Clara, incapaz de pronunciar una palabra, escondió su cabecita en el diván y lloró largamente en silencio.
El marqués salió del salón profundamente entristecido; pero no sin dirigir a Guido una mirada de inteligencia que quería decir:
—Ten consideración con ella... pero no cometas imprudencias: sería malo para los dos.