El beso de una muerta Capítulo XI #2
45%

Capítulo XI #2

—Sea; pero te repito: ¡ay de aquel hombre que se cruza en el camino de uno de esos seres!

—Yo no la volveré a ver.

—¿Tú?... ¿Pero ella? En fin, ahora la cosa está hecha y no hay otro remedio que estar preparados; esta noche, pues, iré a verte.

—Sí; busca una excusa cualquiera para que Clara no se dé cuenta de mi duelo. ¡Pobre Clara, de quien en este momento soy el único apoyo, la única alegría! Si yo muriera...

—¡Aparta esos pensamientos de tu mente!

Guido le estrechó la mano.

—Si yo muriera, prométeme protegerla.

—¡Ni siquiera se pregunta!... Pero vamos, cálmate, no eres un niño: si vuelves a casa con esa cara, asustarás a tu mujer, pobrecilla...

—Tienes razón: sonrío... me voy... tú te encargarás de todo.

—De todo; te lo prometo.

—Pues te dejo; nos veremos esta noche.

—Esta noche, Guido, y te repito: calma y sangre fría.

—La tendré, no lo dudes.

Un cuarto de hora después, Guido abrazaba a Clara, ya inquieta por la prolongada ausencia de su marido, y ella le hizo dulces reproches. Pero el joven le dijo que había encontrado a un amigo que, incluso, lo había invitado a una partida de placer a la mañana siguiente.

—¿Y has aceptado? —preguntó Clara, un poco inquieta.

—No, he dicho que no podía ni quería dejarte —respondió Guido besándola.

Clara, sin embargo, notó que el joven estaba preocupado, que en la mesa comía con esfuerzo, y cuando sonreía, aquellas sonrisas tomaban la apariencia de una mueca.

—¿Qué le pasará? —se dijo Clara—. Habría sido mejor que no hubiera salido solo...

Pero, en su timidez, la joven esposa no se atrevía a hacerle más preguntas.

Hacia la noche, mientras los dos esposos estaban en su saloncito, mirándose más de lo que hablaban, anunciaron al marqués de Chârtre.

Pese al dominio que tenía sobre sí mismo, Guido palideció; Clara se dio cuenta; pero como el criado estaba de pie, erguido, esperando las órdenes, la joven esposa, con su voz encantadora aunque un poco trémula, se dirigió a su marido:

—Y bien... ¿has oído? El marqués de Chârtre pide permiso para una visita.

—¿Te disgusta, Clara, recibirlo?

—¿Por qué? Es tu amigo...

Y dirigiéndose al criado:

—Hágalo pasar —añadió.

Dos minutos después, el marqués entraba en aquel gracioso saloncito. Su fisonomía, por lo general tan jovial, tenía un tinte melancólico.

Guido le estrechó convulsivamente las manos mientras lo presentaba a su esposa.

El marqués de Chârtre, que por primera vez veía a Clara de cerca, quedó tan fascinado que durante unos minutos perdió la palabra.

Fijó un instante la mirada en aquel rostro tan puro, tan noble, tan bello, luego volvió con tristeza la cabeza mientras se sentaba junto a su amigo.

—Mi Guido me ha hablado a menudo de usted como de su más querido amigo —había dicho Clara mientras tendía la mano al marqués.

—Mi amigo es demasiado bueno, pero un poco egoísta. Por lo demás, no se puede menos de volverse así junto a una joven y bella esposa... y yo le perdono de corazón... con una condición.

—¿Y cuál? —preguntó Guido, esforzándose por sonreír.

—Que te dejes raptar al menos una vez por los amigos... ingrato, que desde hace tanto tiempo que estás en París, hoy es el primer día que nos vemos.

Y dirigiéndose a Clara:

—Para mañana por la mañana —dijo—, había organizado una excursión de placer a uno de mis castillos, y me había permitido invitar a su marido. Él se negó con el pretexto de no dejarla sola. Pero digo yo: ¿no podría usted acompañarlo?...

Guido miró a su amigo con espanto. ¿Por qué aquella propuesta? Si Clara hubiera aceptado, todo estaría perdido.

Pero Clara, que se sentía indispuesta y temía el esfuerzo para la criatura que empezaba a palpitarle en el seno, rechazó con gentileza la invitación.

—No pretendo, sin embargo —añadió—, que Guido se prive de una fiesta en su compañía...

—¡Oh! No iré... no... no quiero dejarte.

—¿Ni siquiera por darme gusto? —dijo Clara, a quien le pareció leer en los ojos de Guido el deseo de aquella excursión.

Pero él, sin embargo, fingía rechazarla, exclamando con acento de reproche:

—¿Y tú puedes quedarte sin mí... tú, Clara?

Ella sonrió tendiendo su pequeña mano al marido.

—Yo sí —respondió—, porque pensaré que te diviertes... y aunque esté tendida en esta butaca, te seguiré con el corazón, estaré cerca de ti con el pensamiento...

Guido le cerró su linda boca con un beso.

El marqués de Chârtre se estremeció.

—¡Si ella lo supiera todo...! —se dijo—. ¡Pobre mujer!

Pero intentando contener su emoción, dijo en cambio:

—¿Puedo, pues, esperar tenerte conmigo?

—Ella lo quiere —murmuró Guido, señalando en broma a Clara.

—A una orden tan gentil no se puede menos de obedecer. Por lo demás, señora condesa, tenga la seguridad de que Guido no estará mucho tiempo lejos de usted... y le juro que no habría insistido en mi invitación... si...

—¿Y bien?

—Si no se tratara de una apuesta, de una partida de amigos, en la que Guido deberá dar su opinión.

Como el marqués de Chârtre empezaba a enredarse malditamente, para salir del apuro se levantó.

—Hasta mañana, pues, Guido: vendré a buscarte con mi coche a las seis.

—Está bien... hasta mañana.

El marqués sostuvo un momento la mano de Clara entre las suyas, y luego, por un impulso irresistible, la llevó a los labios.

—Hasta la vista, condesa —murmuró conmovido.

—Hasta la vista, marqués; le encomiendo a mi Guido.

—No se preocupe.

Los dos amigos salieron juntos del saloncito, mientras Clara, apoyando la cabeza en el respaldo de la butaca, se decía:

—Aquel hombre tiene una mirada franca, leal; sin embargo, no sé por qué, su presencia me ha agitado mucho. ¡Qué idea la de llevar a Guido a su castillo! Y bien, ¿me volvería ahora egoísta? Que se divierta, querido Guido: ¡me ama tanto!