Capítulo X
Guido tuvo que emplear todas sus fuerzas para no mostrar ante Nara su agitación y, digámoslo también, su cólera.
Durante un momento se sintió muy pesaroso de haber cedido a la violencia de su carácter, de haber provocado y aceptado un duelo con el duque.
Pensaba en Clara; en Clara que, llena de confianza y de amor, lo esperaba, y a la cual había prometido volver a casa antes de lo habitual.
¿Cómo ocultarle lo que le había sucedido?
En el estado en que la joven esposa se encontraba, sería un golpe terrible la noticia de que iba a batirse en duelo.
Guido maldecía el encuentro con Nara.
—No habría debido perderme por una persona como esa; pero yo no he defendido a la bailarina, he defendido a la mujer. ¿Podía dejar que la insultaran impunemente? ¡Maldito sea el duque!
Guido apenas podía contener la rabia y el despecho que lo roían, y no se calmó hasta que el coche llegó a la puerta del palacio del marqués de Chârtre.
Por fortuna el marqués estaba en casa. Apenas le anunciaron al conde Guido Rambaldi, lanzó una exclamación.
—Hágalo pasar enseguida —ordenó.
Y apenas el joven hubo entrado en el saloncito, corrió a su encuentro y le estrechó las manos con afecto.
—¡Por fin! —dijo—. Creía que te habías olvidado de tu viejo amigo. Los recién casados son siempre egoístas.
—No has querido que te presentara a mi mujer... —respondió Guido, sorprendido por toda aquella efusividad.
—¿Qué quieres? Me conozco; he visto una sola vez a tu mujer contigo en el Bosque...
y me ha dejado estupefacto. ¡Qué ángel! ¡Qué criatura divina!
Deja que te haga mis cumplidos, amigo, y escucha un consejo mío: no le presentes nunca a ninguno de tus amigos, ni siquiera los más sinceros y afectuosos como lo soy yo contigo, porque junto a esa espléndida criatura habría para olvidar hasta la amistad.
Guido no pudo menos de sonreír.
—Eres siempre el mismo cabeza loca —dijo—; y sin embargo, tanto confío en ti que esta misma noche te presentaré a mi mujer.
El marqués se puso pálido y conmovido.
—No, te lo ruego, no...
—Pero ¿no comprendes que te necesito?
—¿Cómo es eso? —exclamó el marqués, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa.
—Sentémonos, te lo ruego... y te lo contaré todo.
Y Guido, con voz alterada, le contó cuanto le había sucedido en el Bosque.
El marqués se había puesto serio.
—¿Batirse por esa mujer? —murmuró como hablando consigo mismo.
—No es por Nara por quien me bato, sino por defender el honor de mi patria, que el duque ha insultado.
El marqués continuaba triste.
—No importa, no habría querido ver mezclada a esa mujer en tu duelo con el duque.
—Basta, el mal está hecho y no tiene remedio.
El rostro de Guido se iluminó.
—¿Aceptas, pues, ser mi padrino?
—¡Si acepto!... Pero yo soy tuyo, en alma y cuerpo.
—Gracias, Silvano; no esperaba menos de ti.
El marqués correspondió al apretón de manos de su amigo.
—Pero ¿cómo ocultar la verdad a tu mujer? —dijo tras unos minutos de silencio.
Guido estaba pálido y temblaba de pies a cabeza.
—Y sin embargo, es necesario —murmuró—. Clara es de una sensibilidad extraordinaria, y en el estado en que se encuentra, la noticia de mi duelo quizá le sería fatal.
—¡Pobre mujer! —murmuró conmovido el marqués.
Guido bajó la cabeza para ocultar una lágrima.
—Y pensar que por culpa de esa desgraciada... —añadió el marqués.
Guido levantó con vehemencia la cabeza.
—¿Tú también? —exclamó—. ¡Pero la voz pública dice que Nara hasta ahora se ha conservado honesta, que siempre es digna del respeto de todos!
—¿Y tú lo crees? —dijo el marqués con explosión—.
Nara es una mujer astuta, más astuta que un demonio, y esa virtud feroz que afecta no hace más que volverla más terrible.
Solo yo la he conocido, solo yo sé qué alma perversa se oculta bajo su rostro de esfinge.
Escucha: todo el oro con que cubren a Nara, todos los homenajes que la rodean, y ese respeto que algunos le profesan, no bastan a purificar un alma, un cuerpo que durante dieciséis años ha sido arrastrado por todas las fealdades del vicio y la miseria.
Guido miró al marqués con espanto.
—¿Conoces la historia de Nara? —exclamó.
El marqués, que se había apoyado con el codo en una elegante mesita, sosteniéndose la frente con las manos perladas de gotas de sudor frío, soltó una risa convulsa.
—Sí, la conozco —murmuró—, y no quiero ocultártela. Es preciso que sepas por qué despreciable criatura estás a punto de sacrificar tu vida, y quizá la de tu noble y selecta consorte, que tanto te hace feliz.
Guido no tuvo valor para responder.
El marqués, con una calma glacial que hacía sus palabras más terribles, más punzantes, continuó.