El beso de una muerta Capítulo VIII
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Capítulo VIII

La boda de Clara se celebró en la iglesia de la aldea donde la muchacha había sido bautizada, donde había sido bendecido el cuerpo de su madre y donde había hecho su primera comunión. Toda la aldea estaba de fiesta.

La iglesita apenas podía contener a la muchedumbre que había acudido a ofrecer un nuevo testimonio de afecto, de admiración, de simpatía al ángel que todos conocían y amaban.

Muchos de los veraneantes vecinos habían sido invitados. También el atrio de la iglesita estaba repleto de campesinos, vestidos con sus mejores trajes de fiesta, con flores en el sombrero y flores en la mano, para arrojar al paso de la joven novia.

Cuando Clara apareció del brazo de su padre, un «¡viva!» entusiasta brotó de aquella muchedumbre, que le hacía ala a su paso.

Las flores cubrían el suelo donde ella posaba su piececito.

Clara, vestida de blanco, parecía una aparición, un verdadero ángel descendido del cielo. Su suave belleza atraía todas las miradas y todos los corazones. Su mirada conmovida se detenía con gratitud, con afecto, en los muchos amigos que le sonreían.

El conde, aunque más pálido que de costumbre, se mostraba orgulloso de las muestras de afecto dirigidas a su criatura, y por primera vez una sonrisa le entreabría el labio desdeñoso y una lágrima le humedecía los ojos.

Guido Rambaldi, en compañía de un amigo, venía detrás del conde y de la novia.

El joven mostraba en el rostro toda la felicidad de su alma, y sus ojos se posaban con tanta ternura, con tanta pasión en la muchacha que caminaba delante de él, y que en breve sería la compañera de toda su vida, que la gente murmuraba:

—¡Cómo la ama! ¡Qué bueno parece!

—¡Oh, desde luego, hará feliz a esa querida criatura! Será una pareja envidiable, para señalar con el dedo. Los dos bellos, jóvenes, buenos y enamorados.

Cuando la muchacha se encontró en el templo junto al hombre que su corazón había elegido, experimentó un instante de emoción.

Pero apenas el ministro de Dios le dirigió las palabras sacramentales que le mostraban cómo desde aquel momento pertenecía toda entera a Guido, con una cadena santísima, con un juramento de amor y de fidelidad eterna, una sonrisa divina iluminó las facciones de la muchacha, y nunca juramento salió de un corazón más puro, más tierno, más sincero.

Clara pronunció el solemne «sí» con voz firme, devolviendo una mirada de amor al hombre que le daba su nombre y cuyo rostro irradiaba en aquel momento la felicidad más completa.

Cuando Clara atravesó de nuevo la muchedumbre del brazo de su marido, nuevos augurios de felicidad y gritos de admiración se elevaron a su paso.

Al salir del templo, Guido sintió el brazo de la muchacha temblar junto al suyo. La miró sorprendido y la vio pálida.

—¿Qué te pasa? —le susurró muy bajito.

Ella fijó en él sus bellos ojos llenos de candor.

—¿Por qué me haces esa pregunta?

—Porque he sentido tu brazo temblar, y me pareces un poco pálida.

—No me pasa nada, te lo aseguro.

Clara en aquel momento mentía.

Entre la muchedumbre que se aglomeraba a la puerta de la iglesia, había divisado a Ronco, el cabrero, que con los ojos fijos en ella y la mano alzada como para saludar, le hacía en cambio una pequeña señal.

Aquella señal quería decir que él debía hablarle.

Pero ¿cómo hacer? ¿Era acaso posible sustraerse a los invitados, a Guido?

En la villa del conde se había preparado un banquete espléndido: las galerías, los salones, estaban llenos de invitados.

Los novios pasaron por entre aquella ola de personas, sonriendo a todos, teniendo una palabra para todos. Pero en el fondo del alma, Clara estaba preocupada.

—Espérame —dijo de pronto, soltándose del brazo de Guido.

—¿Adónde vas? —preguntó el conde, que estaba detrás de ellos.

Ella sonrió con aire infantil.

—Voy a dejar mi velo y mi corona, y vuelvo enseguida.

—No te hagas esperar demasiado —dijo Guido, besando la manita enguantada de Clara.

Esta se escapó con un leve gritito y entró en su habitación de muchacha, que habría de abandonar para siempre.

La gobernanta la había seguido.

—¿Queréis que os ayude? —dijo a la novia.

—No... más bien hazme un favor... He entrado aquí con un pretexto... para que Guido no sospechara nada.

La gobernanta miró a la muchacha sorprendida.

—¿Qué queréis decir? —preguntó en tono casi severo.

Entonces Clara le contó lo que había visto al salir de la iglesia.

—Ese hombre quiere hablarme, no hay duda.

—Pero ¿os parece conveniente recibir a un cabrero en este momento?... ¿Si vuestro padre se enterara?... Dejad que le hable yo...

La muchacha se estremeció.

—No... no —dijo—. Ronco debe de tener algo importante que confiarme solo a mí... te lo ruego... procura hacerlo venir aquí, sin que nadie lo advierta, y déjame un momento sola con él: es el último favor que te pido... tú, que tanto me has querido y que has sido para mí una segunda madre.

La gobernanta estaba conmovida y no supo resistirse.

Mientras la muchacha se quitaba ella misma el velo, las flores y los guantes, la anciana salió cautelosamente, y después de pocos minutos volvió furtiva en compañía del cabrero, quien, previendo lo que sucedería, había seguido a los novios hasta la villa y se había introducido entre los demás en el jardín.

—Solo cinco minutos, porque vuestro padre y vuestro esposo podrían preguntar por vos —dijo la gobernanta a Clara—. Yo vigilaré en la puerta de la habitación.

—Gracias... gracias.

Apenas la anciana hubo salido, la fisonomía de la muchacha cambió de expresión.

—Habla, ¿qué quieres de mí? —dijo en tono casi brusco al cabrero—. Y date prisa, porque tengo pocos minutos que concederte.

Ronco, que al entrar se mostraba azorado, levantó enseguida la cabeza.

—En dos palabras me despacho, señora. Hoy partís, ¿verdad?

—Sí... me voy con mi marido a pasar unos meses lejos de aquí, pero volveré.

—Yo no tengo tiempo de esperar: me hace falta dinero.

El modo brutal con que pronunció estas palabras hizo subir el rubor a las mejillas de la joven esposa.

—¿Dinero? —repitió maquinalmente.

—Sí... ¿no me habéis comprendido aún?... Dinero... ¿Creéis que con unos escudos habéis saldado vuestra deuda? Por vuestra culpa, vuestro señor padre me ha despedido, amenazándome con denunciarme como asesino del muchacho... ¡ah, ah, ah!

Clara se cubrió de una palidez mortal. Tuvo miedo de aquel hombre y estaba a punto de pedir ayuda, socorro. Pero el pensamiento de lo que habría ocurrido la retuvo. Hizo sobre sí misma un esfuerzo sobrehumano.

—Pues bien, te daré dinero, todo lo que tengo aquí —dijo, abriendo con movimiento febril un elegante cofrecito taraceado donde solía guardar las cartas de su hermano, y tomando una bolsa llena de oro que estaba en un rincón—: Toma, en este momento no tengo más.

El cabrero tomó la bolsa sin dejar de sonreír con sorna.

—Volveré cuando se haya acabado vuestra luna de miel —dijo—; pero cuidado, si tardarais demasiado... vendría a buscaros... o os escribiría.

Clara se sintió desfallecer. El terror, el desprecio, el asco por aquel hombre la habían aterrado.

Habría querido huir, y sin embargo permanecía clavada en su sitio, como la alondra fascinada por la víbora.

—Aquel querido muchacho me servía... —continuó Ronco—. Ahora tendré que gastar en mantener a un mozo... En fin, os dejo, señorita...

—Sí... vete... vete.

—¡Ah! ¿Me echáis también vos, como vuestro padre? Si yo le contara a él y a vuestro esposo la historia de Alfonso...

—¡Ah, por piedad... te lo suplico, calla! —exclamó Clara, cuyas facciones se alteraban cada vez más—. Te mandaré cuanto quieras... pero déjame.

En aquel momento se oyó llamar a la puerta, y la voz de la gobernanta, que decía:

—Señorita... está vuestro esposo...

¡Estaba detrás de la puerta, esperándola! Y ahora, ¿cómo hacer salir al cabrero? Por la parte del jardín era imposible, porque estaba lleno de invitados.

¿Cómo explicar la presencia de aquel ser ignoble, encerrado con ella, en su habitación virginal?

Ronco mismo, aunque quisiera hacer alarde de indiferencia, estaba agitado.

—¿Por dónde debo pasar? —dijo.

—Espera... escóndete ahí... detrás de mi cama, cuando yo haya salido... mi gobernanta te conducirá fuera.

Llamaron de nuevo a la puerta, y esta vez a la voz de la gobernanta se unió la de Guido.

—Clara, amor mío... ¿qué haces?

La joven esposa, de un salto, fue a la puerta, la abrió y se arrojó en brazos de su marido.

—¡Aquí estoy, Guido, aquí estoy!... —exclamó sin mirarlo al rostro—. Vamos allá, los invitados nos esperan.

Él le levantó la bella cabeza para contemplarla, y lanzó un grito.

—¿Qué te pasa? —preguntó tembloroso.

—Nada, querido mío, nada, el calor de la iglesia, los perfumes... las luces... me habían hecho un poco de daño... la cabeza me ardía... pero ya ha pasado todo.

Y procuró arrastrarlo hacia el salón.

Pero Guido se opuso, y con dulzura, sosteniendo a la joven por la cintura, la llevó junto a una vidriera de colores desde la cual se descendía al invernadero.

Aquel lugar en aquel momento estaba desierto.

Clara tembló como si su marido estuviera a punto de hacerle alguna pregunta a la que no pudiera responder, y procurando anticiparse, dijo:

—Papá nos espera allí, la mesa está lista... y los invitados estarán impacientes.

—¡Deja que se impacienten! —respondió Guido alegremente—. ¿Acaso te disgusta quedarte aquí conmigo?

Ella levantó hacia él sus bellos ojos esplendentes, con una mirada pura y cándida como la de un niño.

—Guido, ¡no piensas en lo que dices!

Él la besó con pasión.

—¡Oh, querida mía, temo... temo siempre que mi felicidad sea un sueño...! Háblame... dime: ¿no te arrepientes de haberme hecho el don de tu juventud, de tu pureza, de todo tu porvenir?...

Clara le rodeó el cuello con sus admirables brazos y con voz que parecía una caricia:

—¡Te amo, Guido! —le susurró en los labios.

—Gracias, querida mía, gracias. ¡Ah, no sabes qué bien me hace esta suave palabra pronunciada por ti, qué embriaguez siento al tenerte palpitante entre mis brazos!

Te adoro, Clara, esposa mía, te venero como a una santa, mientras te deseo, mientras siento mi sangre encenderse, arder mis venas.

Clara, mi amor por ti es un culto formado de respeto y de entusiasmo; serás el ángel de mi vida: junto a ti no envidiaré ni siquiera el paraíso...

Clara, te amo, te amo como un loco, y soy tu legítimo marido...

Guido la estrechaba con fuerza, sin que ella opusiera resistencia alguna: la embriaguez de él pasaba al alma de ella, que experimentaba sensaciones nuevas, desconocidas. Cerraba los ojos mientras sus labios devolvían los besos encendidos de Guido.

Estaban solos en aquel invernadero delicioso, lleno de plantas rarísimas, entre flores que llenaban aquel lugar de perfumes agudos y embriagadores.

—Tú me has dado tu pensamiento, tu alma —continuaba Guido—, eres mía por toda la eternidad.

—Sí, siempre, siempre...

—Yo ruego a Dios que me haga morir antes que a ti.

—No, moriremos juntos.

La voz sonora del conde llamó a Guido y a la joven esposa a la realidad.

El conde los andaba buscando por todas partes. Finalmente los divisó por la vidriera, y bajó él también al invernadero.

—¡Ah, muchachos! —exclamó con un tono que quería parecer brusco, pero traicionaba un afecto inmenso—.

Os marcháis sin decirnos nada... y dejáis que yo corra a buscaros a costa de verme puesto en ridículo por todos los convidados.

Vamos, ¿qué hacéis aquí? Tenéis tiempo, muchachos míos, por delante: aún no sois libres, los invitados os esperan.

Guido y Clara escucharon aquella especie de regañina, teniéndose las manos apretadas, unidas, intercambiando miradas y sonrisas de amor.

Y cuando el conde hubo terminado, la joven pareja cayó de rodillas ante aquel hombre que hacía temblar a todos los campesinos de los alrededores, y con voz conmovida exclamaron juntos:

—¡Padre, bendíganos!

En aquel mismo momento, Ronco volvía a su cabaña, llevando consigo no solo la bolsa que Clara le había generosamente donado, sino también el cofrecito que contenía las cartas de Alfonso y de Nemmo, así como algunas joyas que habían pertenecido a la madre de Clara, cofrecito que él consideró oportuno robar mientras la joven esposa salía de su habitación, dejándolo un momento solo.

La vieja gobernanta no se había percatado de nada, porque el audaz bribón había hecho desaparecer el cofrecito bajo la piel de carnero que le cubría los hombros.