Capítulo VII
Un mes después de esta escena, encontramos a Clara y a Guido bajo un delicioso bosquecillo, en el jardín de la villa.
Clara estaba sentada en un banco de musgo; Guido se hallaba a sus pies.
—Clara —decía él con voz armoniosa—, he comunicado a vuestro padre la resolución de la que debe depender la felicidad de toda mi vida.
Vuestro padre me aprueba, pero yo espero una palabra de vuestros labios que me dé ánimo, que me asegure que no he esperado en vano. Clara, ¿consentís en ser mi esposa?...
La muchacha tenía la cabeza inclinada, y no podía adivinarse lo que le bullía en el alma.
Guido continuaba:
—Clara... miradme al rostro, un solo instante, quiero leer mi destino en vuestros ojos, que no saben mentir. Clara, ¿me amáis?...
—Si la agitación que prueba en este instante mi alma, si la dulzura que me inunda el corazón, se llama amor... sí, Guido... ¡os amo! —respondió la muchacha en tono sumiso, pero firme.
Guido Rambaldi juntó las manos, extático.
—¡Ah! No podéis creer, Clara, cuánto bien me hacen vuestras palabras.
Yo también, hasta ahora, al igual que vos, no había conocido el amor...
Desde el día en que os vi, mi vida no dependió más que de una sola esperanza: la de hacerme amar por vos, la de haceros mi esposa.
¡Era tan desdichado antes de conoceros!...
—¿Y ya no lo sois?...
—¡Oh, no, desde el día en que os vi sonreír!...
Clara no pareció ofendida. En su divino semblante se veía pintada toda la calma de su candor. Guido la contemplaba con deleite. Ella alzó las pestañas: una lágrima le corrió por las mejillas, y pensaba en su hermano:
«¿Me hará Guido olvidar acaso a mi hermano?... ¿Debo confiar a este joven tan devoto, que tanto me ama, la historia de Alfonso? ¿Perdonaría? ¿Quién sabe? ¿Permitiría que Alfonso estuviera cerca de nosotros...?»
Pero diciéndole esto, habría tenido que confesar la culpa de su madre; de aquella criatura suave y venerada, el ídolo de su infancia, el ángel que velaba sobre ella.
Habría tenido que decirle las culpas de su padre, a quien Guido estimaba al igual que ella, a quien sabía bueno, cuyo triste pasado ignoraba.
¡Oh! A costa de todo era preciso callar, para no quebrar ante los ojos de Guido aquellos dos ídolos tan adorados.
Hacía rato que la muchacha callaba, y que el joven conde Rambaldi no osaba turbar, con un gesto o una palabra, aquel silencio delicioso.
Guido no podía imaginar cuánto agitaba el alma de Clara; la veía turbada y atribuía aquella turbación a las emociones que una muchacha pura e inocente experimenta siempre al encontrarse junto a la persona que ama.
¡Y él se sentía amado! Sí... estaba persuadido, y miraba sin saciarse a aquella angélica muchacha que el destino le había hecho encontrar, y juraba en su corazón hacer de ella una esposa felicísima.
¡Cuántos juramentos se hacen así cada día!
Un joven se encuentra con una muchacha bella, inteligente, y la ama, y cree y está convencido en su corazón de no amar más que a ella, de amarla para toda la vida.
El juramento que hace ante el altar es sincero, las protestas de amor que dirige a la mujer que ha hecho suya son verdaderas: está persuadido de no cambiar jamás, y la muchacha cree, confía.
En el esposo que Dios le ha destinado, al que ama, encuentra el paraíso, sueña la felicidad, le parece que ninguna nube deba aparecer jamás en el horizonte de aquel bello cielo.
Se aman, están unidos: el mundo es todo para ellos.
Pero poco a poco la costumbre mata aquel amor violento, apasionado; la esposa tiene nuevas ocupaciones, nuevos afectos: los hijos.
El marido o se sumerge en los negocios o, para calmar el tedio que comienza a asediarlo, vuelve a la vida antigua, reencuentra a los amigos abandonados, halla mayores sensaciones, una mayor voluptuosidad en los placeres que antes le causaban náusea.
Y, sin embargo, él sigue amando a su esposa y le parece no amar a nadie más que a ella; pero sus manifestaciones se vuelven tan frías que la esposa acaba por creerse engañada, por creer que ella le dio tanta alegría y tanta felicidad, y que a cambio solo recibe lágrimas y amarguras.
Quizá sea injusta; pero quien ama teme, y en vano busca ocultar bajo un semblante sereno las ansias del corazón, en vano procura frenar los transportes en presencia del marido.
Y el marido, que creía encontrar en el santuario del hogar la paz y la quietud, comienza a sentirse turbado, exasperado; ante las tristezas sin razón de la esposa, se siente ofendido en su orgullo, en su corazón, y se dice:
«Y bien, ¿qué le falta para actuar así? ¿Qué cosa hay aún que yo no le haya dado?... ¿No lo he sacrificado todo por ella? ¿De qué se queja?»
No se da cuenta de que su corazón ha cambiado, de que la fascinación poderosa que lo había encadenado ha dado paso a una calma infinita de los sentidos y del espíritu, de que sus sentimientos, sin haber mudado, han experimentado una nueva fase.
Y he aquí por qué la vida de muchos esposos se vuelve difícil, y su convivencia poco alegre.
El conde Rambaldi era sincero cuando juraba a Clara que la amaba, que la adoraba, que no tenía otro pensamiento fuera de ella, y que ella sería la felicidad de toda su vida.
Sí, estaba convencido de lo que decía, estaba persuadido de que haría feliz a aquella criatura que con tanta confianza se apoyaba en su corazón, que le daba toda ella misma; estaba seguro de no amar jamás a otra mujer fuera de ella, porque ninguna encontraría que fuera más bella, más pura, más angélica que Clara.
¡Cuántos hombres piensan así la víspera de tomar por esposa a la muchacha que aman, y que desde hace tiempo desean, anhelan poseer!
El amor feliz parecía entonces iluminar con sus dulces encantos a Clara y a Guido, que se habían prometido una eterna ternura con la mayor sinceridad.
Era tan completa la alegría de Clara que no pudo por menos de desahogarse con su hermano, y le escribió una larga carta llena de buenas palabras, hablándole de Guido, enumerando sus dotes, haciéndolo aparecer a los ojos del muchacho como un héroe, un prodigio de bondad, de dignidad, algo superior a todos los demás.
Y cosa extraña... Alfonso, leyendo aquella carta de su hermana, había llorado, y sin saber por qué había sentido enseguida una instintiva antipatía hacia aquel joven que le robaba el corazón de su Clara.
No es que dudase de que la muchacha lo olvidaría.
No, estaba demasiado seguro de ella, pero así era: Alfonso sentía celos, rabia, contra aquel intruso, y desahogó su pesar con Nemmo, que no podía darle la razón.
—¡Ah! Deberíais estar contento de la felicidad de Clara —le dijo con dulzura el buen anciano—. La querida muchacha necesitaba un corazón que la comprendiera, un brazo fuerte, leal, en el que apoyarse.
Alfonso se puso pálido.
—¿Y yo no le bastaba? —murmuró—. Mira... siento que no podré amar a nadie en el mundo más que a ella.
—Aún sois un muchacho: cuando comprendáis la vida, veréis que hay sentimientos distintos de los que se experimentan por un hermano o una hermana.
Alfonso abría mucho sus bellos ojos celestes.
—¿Y querrías acaso decirme que se puede amar a dos personas de modo distinto? ¿El corazón no es siempre el mismo? Y cuando se ha dado a alguien, sea un pariente o un extraño, ¿se puede aún retirarlo para ofrecerlo a otro?
Nemmo sacudió su blanca cabeza.
—No me comprendéis, Alfonso —dijo—. El corazón de Clara no ha cambiado, sigue siendo vuestro; pero eso no le impide amar castamente a otro. Mirad, vos mismo que me habláis así, vos que amáis tanto a vuestra hermana... ¿no sentís también un poco de afecto por mí?
—¡Oh, sí, te quiero mucho, eres bueno, me hablas de ella, pero no es lo mismo, quizá no sé explicarme...!
—Más tarde, querido muchacho, tendréis la explicación de este enigma; ahora debéis pensar en escribir a vuestra hermana y decirle que participáis de su alegría.
Una lágrima surcó las mejillas de Alfonso.
—Sí, le escribiré lo que quieras, ella lo merece, es buena; pero a él... ¡no! A ese joven no puedo amarlo... aunque ni siquiera lo conozco, me lo figuro feo, malo...
Estas ideas hicieron sonreír a Nemmo.
—Si así fuera, ¿creéis que vuestra hermana, que es un ángel, lo habría amado?
—Tienes razón, estoy loco, pero ¿qué quieres?... Ese conde Guido me da rabia...
—Moderad vuestros transportes; si vuestra hermana os viera, le haríais mucho daño.
—¿Lo crees?
—Estoy seguro.
—¡Oh! No le digas nada, ¿sabes? Sí, sí, estoy contento... de que se case con ese joven al que ama, estoy contento de que sea feliz... lo estoy... pero...
El pobre muchacho se interrumpió porque lloraba.
Nemmo sintió una viva compasión, pero no osó turbar aquel repentino desahogo de dolor.
E hizo bien. Alfonso poco a poco se calmó, y sonrió de nuevo.
—Soy malo, ¿verdad? —dijo—. Lloro sin razón, pero sentía un peso aquí; ahora, sin embargo, estoy mejor; escribiré a Clara.
Y se puso a escribir, pero no lo conseguía. Rasgó cinco o seis hojas, y finalmente logró componer una carta afectuosa, pero de la cual un observador atento habría descubierto la agitación, el estado febril del ánimo de quien la había escrito.
Aquella noche Alfonso tuvo un mal sueño.
Soñó que le arrebataban a Clara y le pareció que ella le tendía las manos suplicándole que la salvara, que la arrancara de los brazos de aquel hombre.
Él corría... corría jadeante y no lograba alcanzarla.
Y Clara le tendía los brazos, lo llamaba, invocaba su ayuda. El hombre que la estrechaba era alto, vigoroso, bellísimo; pero tenía la mirada maligna, la sonrisa sardónica, y parecía complacerse en arrastrar consigo a la pobre víctima.
Y Alfonso en su sueño corría... corría siempre, y le parecía gritar:
—¡Infame... suéltala... es mi hermana... Clara, Clara, yo te salvaré o moriré contigo!
Pero antes de poder alcanzarla, el pobre muchacho tropezó... cayó... y en la caída se despertó.
Entonces, con sorpresa suya, y digámoslo también con satisfacción, se encontró acostado en su camita, en una pequeña habitación amueblada al gusto de la de Clara, porque todo le recordaba a su hermana.
—¡He soñado, pues, he tenido una pesadilla! —exclamó—. Clara a estas horas duerme feliz, acariciando una imagen que es la mía. Decididamente esa noticia me ha dado fiebre.
El pobre muchacho intentó sonreír, recuperando su calma; pero aquel mal sueño, aquellas espantosas visiones lo dejaron pálido, preocupado.
¿Había tenido acaso el inocente muchacho un presentimiento de lo que habría de suceder? ¿Se había rasgado ante él una parte del velo que cubría el porvenir de la querida hermana?
¡Son misterios del alma, a los que es imposible encontrar una explicación!