El beso de una muerta Capítulo V
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Capítulo V

En el mismo momento en que el conde dejaba la villa para dirigirse con Ronco al precipicio, Clara y Alfonso se intercambiaban sus últimos adioses.

Tenían las lágrimas en el corazón, pero sus ojos permanecían secos y procuraban sonreír para darse ánimos mutuamente y para disipar toda sospecha del ánimo de la gobernanta.

Pero cuando llegó el momento de separarse, Clara no pudo contenerse: abrió los brazos a su hermano y durante unos minutos lo estrechó contra su corazón.

—Sé bueno —le susurró muy bajito con un beso ardiente—. Piensa en mí, que te adoro... y escríbeme pronto. Adiós.

—Adiós —repitió tristemente Alfonso, volviendo la cabeza hacia otro lado porque el corazón casi le estallaba—. ¡Adiós!...

Y tomando la mano de Nemmo, se encaminó con él por el sendero opuesto al que tomaba la muchacha.

—Ahora puede llorar libremente —dijo con voz conmovida el viejo servidor—. Su hermana ya no puede verla.

Alfonso alzó sus ojos húmedos de lágrimas hacia Nemmo.

—Pero hablaremos siempre de ella, ¿verdad?

—Siempre.

—Si sintieras —continuó el muchacho con voz débil— lo que siento aquí dentro del pecho...

Nemmo suspiró y, acariciando las mejillas de Alfonso, dijo:

—Ahí dentro tiene un corazón, y ese corazón le habla de Clara, a quien deja: por eso sufre. Pero pronto volverá a ver a su hermana, será digno de ella, y entonces ese dolor se trocará en mucha alegría.

—Nemmo, ¿crees que mi hermana me querrá siempre, que me tendrá siempre cariño?

—Sí... si es usted bueno.

—¿Qué debo hacer para ser bueno?

—Estudiar mucho y obedecer.

—¡Oh, eso me será fácil junto a ti, y pensando en ella!

Mientras Alfonso intentaba calmar su dolor hablando así, Clara regresaba pensativa a la villa. Enseguida preguntó por su padre y supo que había salido en compañía del cabrero, pero que había vuelto hacía pocos minutos y se había encerrado en su habitación, diciendo que no quería ver a nadie.

El corazón de la muchacha palpitó. ¿Acaso su padre había quedado impresionado por la noticia de la muerte de Alfonso? Pero ¿por qué había salido con el cabrero? ¿Adónde había ido? Ella habría querido al menos ver el rostro de su padre. Pero ¿cómo hacer?

Tras unos minutos de vacilación, Clara se quitó el sombrerito y los guantes, y fue a llamar a la puerta de la habitación de su padre. Al principio no obtuvo respuesta. Llamó de nuevo, y entonces la voz brusca del conde se hizo oír.

—¡He dicho que no quiero recibir a nadie!

—Soy yo, querido papá —respondió Clara con acento melodioso.

El conde fue a abrir.

—¡Ah, eres tú, pequeña!... Pasa, pero esta mañana no tengo ganas de charlar.

Clara le echó los brazos al cuello y lo besó con afecto. El conde se estremeció todo.

—¿Te encuentras quizá mal, querido papá? —dijo la muchacha mirándolo fijamente—. Pareces un poco pálido.

—No... estoy perfectamente... Nunca me he encontrado tan bien.

Clara tembló, y sus brazos se soltaron del cuello de su padre.

Pero aquel hombre a quien ella, desde niña, había adorado, que siempre le había parecido tan bueno, tan grande, ¡no tenía pues corazón!

La noticia de la muerte de Alfonso, en vez de suscitarle un remordimiento, de hacerle verter una lágrima, lo encontraba impasible; es más, el conde afirmaba no haberse sentido nunca tan bien de salud.

El conde no se percató del repentino movimiento de Clara.

Él se había dejado caer en una butaca.

—¿Has ido de paseo esta mañana? —preguntó tras un minuto de silencio.

—Sí, papá.

—¿A caballo o a pie?

—A pie.

—¿Has ido a visitar a tus pobres?

—Sí... y me he alejado un poco de la villa —dijo Clara fijando de nuevo el rostro de su padre—, porque me han dicho que un campesino lejano necesitaba de mis auxilios.

—¡Eres verdaderamente el ángel de estos alrededores!

—¡Oh, no digas eso, papá, o me harás sonrojar! Fui pues en busca del desgraciado, al que encontré en una inmunda cabaña; y mientras con mi gobernanta intentaba sacarlo de un verdadero cuchitril donde yacía tendido con fiebre, entró apresurado otro campesino.

Hasta aquí no había nada de extraño en el relato de la muchacha, y el conde le prestaba poca atención. Pero Clara prosiguió:

—Aquel hombre nos contó una terrible desgracia que había ocurrido. Figúrate, papá, que un pobre muchachito... hijo de un cabrero...

El conde levantó con ímpetu la cabeza.

—¡Y bien! ¿Qué le ha ocurrido a ese cabrero?

—El pobrecito ha caído en un precipicio...

Ella se detuvo sin apartar nunca los ojos de él.

—¡Ah! —respondió simplemente.

Esta exclamación fue todo; el padre no palideció ni mostró la menor emoción.

Clara sintió que el corazón se le encogía.

—¿No te espanta, papá —dijo con voz trémula, conmovida—, la idea de ese muchacho muerto tan miserablemente?

—Son cosas, querida mía, que les ocurren a los imprudentes que osan aventurarse en torno a un precipicio.

—Pero es una desgracia espantosa; quizá el pobre muchacho no sabía que iba al encuentro de la muerte: yo he querido ver el lugar donde ha caído.

—¿Tú?... ¿Tú? —dijo el conde con explosión, en dos tonos distintos.

Y esta vez el conde palideció y abrazó con gesto convulso a la muchacha.

—Imprudente... ¿no pensabas en el peligro que corrías?

Clara miró a su padre cándidamente, con sus bellos ojos aún húmedos.

—No, papá... En aquel momento no pensaba más que en el pobre muchacho.

El conde tuvo un arrebato de rabia.

—¡Al diablo también él! —exclamó.

Pero al ver que la muchacha, ante aquellas palabras, se ponía lívida y a punto de desmayarse:

—Y bien, ¿qué te pasa ahora?

—¡Oh, papá!... Me has hecho tanto daño...

—¡Yo!... ¡Yo!... ¿De qué modo?

—Hablando así de ese desventurado.

La muchacha rompió a llorar, escondiendo su rubia cabeza en el pecho del conde.

Este enmudeció ante aquel dolor sincero, y dejó que la pobrecita desahogara su llanto. Luego intentó tranquilizarla, pero no lo conseguía. Su voz era brusca, y la pobre muchacha había sido herida dolorosamente en el corazón.

—Pero, en fin... tú no lo conocías... a ese muchacho... —exclamó con gesto de impaciencia el conde.

—No... papá... pero pienso que quizá tenía en casa una mamá que lo esperaba...

—Pero no, era un huérfano...

—¡Cómo! ¿Lo conocías? —exclamó Clara fingiendo admirablemente la sorpresa, y añadió con voz temblorosa—: ¿Quizá incluso habías hablado con él?

—No lo conocía y nunca le he hablado; pero deja, te lo ruego, este tema que me altera, porque pienso en tu imprudencia y en el peligro que has corrido.

—Pero ya ha pasado... —respondió Clara, intentando en vano sonreír.

—Y no volverás más, ¿verdad? ¿Me lo prometes?

Había tanto desgarro en aquellas palabras que la muchacha bajó la cabeza.

—Sí, te lo prometo... papá...

—¡Oh, ángel mío, único consuelo de mi vida! —exclamó el conde con explosión, cubriendo de besos frenéticos aquel rostro de virgencita que se le doblaba sobre el pecho.

Media hora después, Clara regresaba pálida y mustia a su habitación.

—Todavía odia a ese muchacho, aunque lo crea muerto —murmuró—.

Dios... Dios, ¡si supiera que está vivo, libre y a salvo por causa mía!

Alfonso... no tienes más que a mí sola en el mundo...

que te ame... y nuestra madre nos sostendrá desde el Cielo...

Oh, madre mía... ruega tú, pobre mártir, al buen Dios, para que cambie el corazón de papá...

para que nada le ocurra a Alfonso, a mi hermano, que tanto me encomendaste y a quien tanto amo...

Pasaron días tristes para Clara tras la partida de su hermano.

El conde se había vuelto aún más taciturno.

Había hecho buscar secretamente el cadáver de Alfonso, pero las pesquisas resultaron vanas.

Clara no tenía otro consuelo que las cartas que recibía de Alfonso y las de Nemmo, el cual mostraba una verdadera satisfacción al contar los progresos de Alfonso, las excelentes dotes del muchacho, que lo hacían querer por los maestros, los compañeros y, en fin, por cuantos tenían la fortuna de acercarse a él.

Nemmo, antes de partir, había escrito una nota lacónica al conde, diciéndole que se sentía cansado de estar a su servicio, que Clara ya no lo necesitaba y que le gustaba viajar.

—¡Era un viejo excéntrico y un testigo importuno! —exclamó el conde apenas hubo leído aquella lacónica nota—. Doy gracias al Cielo por haberme librado de él.

Clara sufría por la lejanía de Alfonso.

Él ocupaba ya todas sus horas, y ella lo había amado con aquella intensidad, con aquella devota paciencia con que saben amar las hermanas: de él había tenido tantas satisfacciones de corazón, de orgullo.

De un muchacho salvaje, ella había hecho un ser noble, educado, bueno.

Alfonso le pertenecía por entero, era obra suya.

Cuando, durante largas horas, la muchacha se quedaba abatida y silenciosa bajo la ventana de su habitación, sin tomar parte en sus diversiones favoritas, como los paseos a caballo, las carreras por el jardín, sin tocar ya el piano, los pinceles de dibujo, los libros que prefería, hablaba con el alma a su Alfonso, le contaba sus tristezas, sus tedios, sus desánimos, y sentía un verdadero alivio.