El beso de una muerta Capítulo IV
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Capítulo IV

Mientras Clara, en compañía de la gobernanta, iba a ver y a saludar una vez más a su adorado hermano, un hombre con traje de cabrero se hacía anunciar ante el conde.

Este hombre, feo y deforme, causaba un sentido de repulsión al primer vistazo.

Era bajo de estatura, con un par de hombros anchísimos, cabellos largos, crespos, incultos, ojos turbios e inyectados en sangre, la nariz aplastada, los labios salientes, las mejillas casi enteramente ocultas por pelos ásperos y espesos, y un acento breve y ronco.

El camarero del conde, apenas lo vio, quiso despacharlo diciendo que su amo no recibía a nadie.

—Decid al señor conde que está aquí el cabrero Ronco, que necesita hablarle, y veréis cómo me recibe enseguida.

El criado rio y se encogió de hombros.

Entonces el cabrero alzó la voz.

—¡Id, os repito, a anunciarme, o haré que vuestro amo os despida!

En aquellas palabras, en su acento, había una autoridad tan amenazadora que un criado tímido se habría asustado. Pero el camarero del conde se limitó a reír de nuevo y, tomando al cabrero por un brazo, hizo ademán de echarlo de la antesala.

En aquel momento se abrió la puerta de un salón y apareció el conde en traje de mañana.

—¿Qué haces, Giacomo? —dijo al criado en tono imperioso.

—Señor conde, echo a este insolente que quería entrar a la fuerza, diciendo que debe hablaros.

El conde, que aún no había visto al cabrero, se sobresaltó y sus cejas se fruncieron, pero luego ordenó:

—Suelta enseguida a ese hombre, y tú, Ronco, sígueme a mi despacho.

En el ojo torvo del cabrero hubo una chispa de alegría. El camarero, en cambio, quedó atónito y mortificado, tanto que su mirada no pudo apartarse durante algunos minutos de la puerta tras la cual había desaparecido su amo con aquel individuo ignoble y salvaje.

Apenas estuvieron en el despacho, el conde cerró la puerta con llave.

—Y bien, ¿a qué has venido? —preguntó con cólera apenas reprimida—. Y sin embargo te había prohibido poner el pie aquí dentro...

—Creed, señor conde, que sin un grave motivo no habría venido.

—¿Y cuál es ese motivo? Responde, responde enseguida.

El cabrero estuvo un momento como aturdido, dando vueltas al sombrero entre las manos.

El conde pateó con impaciencia.

—Señor conde, debo anunciaros una desgracia.

El gentilhombre, a pesar del dominio que tenía sobre sí mismo, palideció, y sus miradas penetrantes se fijaron en el cabrero.

—Explícate de una vez —gritó con ansiedad.

—Se trata, señor conde, del muchacho.

—Y bien, ¿qué le ha ocurrido?... Habla, en nombre de Dios, habla.

—Vos sabéis lo vivo e imprudente que era. Ayer había perdido una cabra... Yo le había reñido un poco demasiado y le ordené que fuera a buscarla. Ya se hacía de noche...

—Deja las palabras inútiles y ve a la conclusión.

—La conclusión es que el muchacho debe de haber caído en un profundo barranco, y quizá haya muerto, mientras iba a buscar la cabra extraviada.

El conde palideció de nuevo.

—¿Entonces ha muerto? —balbuceó.

—¿Cómo puedo saberlo?... Desde las cuatro de esta madrugada voy buscando su cuerpo y aún no lo he encontrado... Y quizá no se encontrará.

Los ojos del conde se encendieron.

—Y entonces, ¿cómo puedes afirmar que ha perecido en un barranco?

—Porque me dijo un campesino que ha visto a mi hijo —y el cabrero pronunció estas palabras como si quisiera subrayarlas— trepar por las rocas, y había llegado a un sendero que da sobre un precipicio hondo, donde corre un agua negra y apestosa.

El campesino le gritó desde lejos que se detuviera, pero el muchacho no lo oyó o no quiso hacerle caso; el caso es que, poco después, el campesino lo vio agitar los brazos, como si buscara un apoyo...

Oyó un gran grito... Luego lo vio desaparecer en la oscuridad del precipicio.

El conde permaneció algunos minutos con el rostro oculto entre las manos.

Por más que la traición de su esposa hubiera pervertido el ánimo de aquel hombre, no podía por menos de pensar que aquel muchacho era inocente, y se estremecía ante aquella muerte a la que él había contribuido.

—Yo no quería suprimirlo... Ha sido el azar quien lo ha hecho todo; ¿por qué habría de rebelarme contra el destino? Quizá sea mejor así: el muchacho, al crecer, podría un día saberlo todo, podría venir a pedirme cuentas de su madre y vengar la muerte de su padre; ¡quizá sea mejor así!

Tras este monólogo, hecho en su interior, el gentilhombre levantó la cabeza, que mostraba una tranquilidad terrible.

El cabrero no osaba hablar.

—Júrame que nadie sabrá jamás nada de todo esto —dijo el conde—, o haré caer sobre ti la culpa del muchacho: te acuso ante todos de haberlo arrojado tú mismo al barranco.

El cabrero se estremeció.

—Juro que no hablaré, señor conde.

El conde lo observaba, pálido, con los labios apretados, pero tranquilo e impasible.

—Está bien —dijo, levantándose—. Ahora me llevarás al punto donde el muchacho ha caído.

Al cabrero se le doblaron las piernas. No sabía si Alfonso había partido. ¿Y si el azar hubiera hecho que el conde se encontrara con el muchacho en compañía de Nemmo y de la condesita? Todo estaría perdido, el cabrero pagaría con la vida su traición.

Sabía que el gentilhombre no perdonaba.

El conde vio la vacilación del cabrero y frunció las cejas.

—Y bien, ¿no has entendido? —exclamó con tono brusco y mirada centelleante—. Llévame adonde tu hijo ha desaparecido.

El desdichado estaba en una situación terrible.

O debía confesar de plano que había mentido, o arriesgarse a encontrarse con Alfonso.

Eligió este último medio, invocando al demonio en su ayuda y diciéndose que, en todo caso, en campo abierto, al primer síntoma de peligro, se salvaría huyendo de la cólera del gentilhombre.

—Vamos, señor conde —balbuceó.

—¿Por qué vacilabas tanto?

—Porque los caminos son horribles... Y temía por vos.

—Elegiremos el mejor camino. ¡Adelante!

Tomó el sombrero y salió de la villa en compañía del cabrero.

La mañana era espléndida, fresca, clara: los pájaros cantaban en los árboles; el sendero que los dos hombres seguían, sembrado de hierbas montañesas fresquísimas, llevaba a las narices un perfume delicado y silvestre.

El cabrero iba delante, fijando agudamente las miradas; el conde caminaba temeroso, y parecía mirar fijamente su propia sombra, que se alargaba ante él.

Qué pensamientos atravesaban en aquel momento el ánimo del gentilhombre sería imposible decirlo.

Quizá el conde recordaba el pasado, cuando había llevado a aquellos lugares a la joven y gentil esposa que había elegido por compañera y a la que amaba como saben amar los hombres de temple enérgica como la suya.

La condesa era casi una niña en comparación con él; y aún ella no conocía nada de la vida, y quizá del amor; él se complacía en aquella alma ingenua, en aquella fe sencilla que le mostraba un horizonte nuevo, un mundo delicioso.

¡Qué feliz parecía la joven condesa de encontrarse en aquella campiña aislada, verse rodeada por la adoración del conde, por el afecto de los campesinos!

¡Oh, entonces en el alma de ella no había un pensamiento que no fuera para su marido, y cuando le dio la primera prenda de su afecto, una adorada niña a la que pusieron por nombre Clara, qué felicidad para la joven madre, qué embriaguez para el conde, que no vivía más que para su esposa y su hija!

Pero aquel sueño delicioso no duró mucho, aquellas felicidades se desvanecieron pronto.

¡Ah, quien le hubiera dicho que la condesa faltaría un día a sus deberes, él lo habría pisoteado bajo sus pies como el más vil de los mentirosos!

Y, sin embargo, ¡todo aquello había sucedido!

¡Ah, sí, era poco, muy poco lo que había hecho sufrir a la condesa, en comparación de lo que él había sufrido y aún sufría!

Tenía, pues, derecho a matar como a un perro al hombre que había manchado su honor, que le había dado un hijo ilegítimo que necesariamente llevaría su nombre, gozaría de sus riquezas, en detrimento de la verdadera heredera; pero aquel derecho, del que el conde se había valido tan ampliamente, ¿había acaso cicatrizado las heridas de su corazón ulcerado?

La condesa había sufrido mucho, había expiado como una mártir, como una santa, su culpa, esperando resignada la muerte como una amiga que viniera a liberarla de tantos males; pero ¿qué habían sido aquellos sufrimientos en comparación de las torturas que el conde había probado al ver en un instante destruidas todas las ilusiones de la vida?

Su nombre se salvó del escándalo, el hijo de la culpa había desaparecido, estaba muerto; pero su corazón, ¡oh, su corazón sangraba siempre, y el conde no encontraba reposo ni de día ni de noche!

¿Sentiría ahora remordimiento y dolor porque el destino había quitado de en medio a la criatura que le recordaba su deshonor, la traición de la mujer amada?

¡Ah, habría sido ridículo, habría sido una locura!

Así pensaba el conde mientras seguía maquinalmente las huellas del cabrero, que se aventuraba por el sendero que corría alrededor del precipicio, cuyo fondo tenía casi la forma de un embudo.

De pronto Ronco se volvió.

—Hay que ir despacio... con cautela, señor conde; arrastrarse como lagartijas, si queréis llegar a la boca del precipicio.

—¿Tu hijo cayó desde ahí arriba?

—Sí, señor conde.

El bribón, como sabemos, mentía audazmente; había hecho tomar al conde un camino transversal, lejano del que habrían recorrido Clara y Alfonso. Ya el cabrero no temía nada y reía para sí de la trampa tendida al conde y en la que este había tropezado tan bien.

—Adelante, adelante, yo no temo nada —dijo el gentilhombre con voz ahogada, porque sentía una necesidad imperiosa de ver el lugar y medir la altura desde la que el muchacho había caído.

Habían llegado justamente a la cima de aquella roca calcárea, y mirando hacia abajo, el conde se sintió como presa del vértigo. El cielo era de un bello azul, y el sol enviaba sus rayos al fondo del precipicio, donde se veía un agua negra, estancada y lodosa.

Algunos cuervos subían, bajaban y revoloteaban sobre el lúgubre abismo.