El beso de una muerta Capítulo III #2
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Capítulo III #2

—Querido hermano, encuentras bonita mi habitación: dentro de poco tendrás tú también una igual. He dado a Nemmo las órdenes al respecto.

—¿Tendré una habitación como la tuya? —dijo el muchacho con explosión—. ¿Tendré también muchos libros, como tienes tú?

—Tendrás muchos más, Alfonso... Pero mira si aquí dentro hay algo que te guste: te lo regalo.

Alfonso miró tímidamente alrededor, y luego, volviéndose a su querida hermana:

—Dime: ¿cuál es la cosa que tocas más a menudo? —preguntó.

La muchacha tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Este librito de oraciones —dijo, tomándolo de la mesilla—. Pero no tiene ningún valor material.

—¡Oh, dámelo... dámelo! —respondió el muchacho con transporte, tomando el librito y llevándolo con respeto a los labios—.

¿Dices que no tiene ningún valor? Pero este libro es un tesoro para mí; tú lo has tocado; cuando lo lea, me parecerá ver en cada página tu imagen querida... Pero ¿por qué lloras?

—Lloro —prorrumpió con voz conmovida Clara— porque mi corazón está demasiado lleno de alegría, porque me siento feliz, porque todos los deseos, las esperanzas de mi infancia se agolpan como por encantamiento en mi mente...

Ahora que te oigo hablar, ahora que estás a mi lado...

Lloro de embriaguez al sentirme tan amada por ti.

—¡Adorada, quieres decir! —exclamó en voz baja Alfonso, entrelazando los brazos al cuello de Clara y acercando su mejilla a la mejilla de ella—.

Dios es bueno, porque me ha concedido pasar estas horas contigo...

Y cuando me encuentre solo, lejos, pensando en estos momentos, sentiré duplicarse mi valor, estudiaré con ardor, como si estuvieras cerca de mí en persona, como estarás en espíritu.

Nunca estaremos del todo separados, ¿verdad?

—No, nunca... querido mío: nuestras almas estarán siempre unidas. Tú no me ocultarás nada de cuanto te suceda, me harás partícipe de tus progresos, de tus trabajos; yo te manifestaré mis pensamientos, te contaré todo cuanto me ocurra.

La muchacha se interrumpió. Se había levantado un poco de viento que pasaba, silbando, entre las plantas del jardín.

Clara hizo un movimiento repentino.

—¿No has oído? —preguntó en voz baja a su hermano.

—Sí, es el viento que sacude las ramas de los árboles. Pero ¿qué me importa? Yo estoy aquí, junto a ti.

—Y no volverás a la cabaña hasta que despunte el alba. A estas horas los caminos son peligrosos.

El muchacho sonrió, sacudiendo la gentil cabeza.

—El peligro no me asusta, y yo no quiero dejarte todavía... Son las últimas horas que pasamos juntos; pero tú necesitas descanso, hermana mía... Ve un poco a la cama, yo velaré junto a ti.

—No —respondió con voz firme Clara—. Yo no podría dormir esta noche: más bien recemos juntos para que tu viaje sea feliz, y para que el alma de nuestra querida mamá vele desde el Cielo sobre nosotros.

—¡Enséñame tú las palabras que debo decir! —exclamó el muchacho, arrodillándose ante su hermana y juntando las manos.

Aquellas dos almas puras, cándidas, rezaron largo tiempo con fe sincera, la mente toda vuelta hacia la desventurada mujer que tan pronto había dejado la vida.

El resto de la noche, Clara y Alfonso lo pasaron en otros afectuosos coloquios.

El muchacho quiso visitar minuciosamente cada objeto de la habitación para llevarse consigo el pensamiento, el recuerdo, y luego miró largo rato a su hermana.

—Tu imagen no me dejará jamás, jamás —dijo—.

Te llamaré a cada momento en voz baja, como si debieras responderme.

Rezaré sobre las páginas de tu libro... Haré que Nemmo me repita todo lo que sabe de ti, de tu infancia...

En fin, no habrá un minuto, aunque esté lejos, en que yo no piense, no esté cerca de ti con mi alma.

Clara lloraba de emoción, y para secarse los ojos sacó un pañuelo bordado por ella misma.

Aquel pañuelo tenía el suave perfume de la violeta, el perfume que tanto gustaba a la muchacha, que parecía impregnar sus vestidos, sus cabellos de oro.

Alfonso dejó que su hermana se secara los ojos, luego le quitó el pañuelo, aspiró su perfume, lo besó largamente y se lo guardó en la chaquetilla.

—También este pañuelo no me dejará más —murmuró—. Es otra querida reliquia... Cuando lo lleve a los labios, cerrando los ojos, me parecerá que estás cerca de mí.

El alba comenzaba a iluminar el horizonte, y hermano y hermana aún se tenían abrazados.

Fue primero Clara quien se recobró, y separándose de su hermano, con voz temblorosa, dijo:

—Tenemos que separarnos... Es necesario; ves que el sol está a punto de salir, dentro de poco también los demás estarán levantados y podrían encontrarte.

—Un beso más, querida hermana... Te escribiré en cuanto llegue a la ciudad y tú me responderás, ¿verdad?

—Sí, sí...

Se miraron largo rato una última vez, se besaron aún con efusión, con frenesí; luego, Alfonso, queriendo ocultar a su hermana las lágrimas que le inundaban las mejillas, se separó de ella de pronto; y abierto el balcón, de un salto estuvo en el jardín.

Clara se apoyó en la barandilla y le envió un beso en la punta de los deditos.

—¡Adiós, Alfonso, adiós!

—No, hasta pronto, hermana mía.

Y agitó el pañuelo de Clara que había sacado del bolsillo; luego, internándose precipitadamente entre las plantas, desapareció de la vista de la muchacha. Ella entró en la habitación, se sentó en la butaca, apoyó el rostro en las manos y lloró.

Pocos momentos después, Nemmo venía a llamar suavemente a la puerta de la habitación de Clara, para recibir las últimas órdenes de su señorita y darle su adiós.

Clara le había entregado ya una cartera bien provista de dinero, cuanto pudiera necesitar el joven. Recomendó con las manos juntas a aquel hombre, a quien ya consideraba como un padre, su querido hermano.

—¿Crees que ahora mamá estará contenta de mí?

—Vuestra madre os bendecirá desde el Cielo, como yo, pobre viejo, os bendigo en este momento por ella.

Ella besó a aquel digno y fiel servidor como habría besado a su padre.

—Iré con mi gobernanta hasta el sendero por donde pasarás con Alfonso, para verlo una vez más, ¿verdad?

—Sí, señorita; pero no cometáis imprudencias, os lo ruego.

—No temas, sabré ocultar mis lágrimas, las angustias del corazón; mi gobernanta, ya lo sabes, cree que Alfonso es un pobre huérfano del que yo me ocupo.

—Lo sé, lo sé... Querida muchacha, y ahora que lo pienso, haréis bien en salir, porque durante vuestra ausencia el cabrero vendrá aquí para repetir al señor conde cuanto le hemos enseñado.

La muchacha palideció.

—¡Ah, quisiera estar presente en esa conversación, quisiera ver el efecto que producirá en mi padre la noticia de la pérdida de mi hermano!

—No temáis: si él sufre, os daréis cuenta a vuestro regreso.

La muchacha se estremeció.

—¡Oh, si fuera cierto! —exclamó—. Entonces podría intentar una vez más...

El servidor la interrumpió.

—Tened cuidado, os lo ruego... Porque estaría en juego vuestro hermano...

—¡Oh, no temas! —respondió tristemente la joven—. Sabes que sacrificaría la vida por ahorrar una lágrima, un disgusto a mi Alfonso.

—Sé que sois un ángel... Pero me voy, señorita, se hace tarde... Y Alfonso me esperará con impaciencia...

—Adiós, mi buen Nemmo... adiós —dijo aún Clara, estrechando la mano del anciano—. ¡Que Dios te acompañe!

Nemmo salió y la muchacha, tras una breve y ardiente oración, corrió a despertar a la gobernanta para que se preparara para salir.