Capítulo III
Clara cumplió su palabra. Sin hacer partícipe a la gobernanta de su secreto, le dio a entender que había encontrado en la pobre cabaña de un cabrero a un muchacho al que Nemmo le dijo que era un huérfano abandonado en manos de un hombre inhumano, y que, movida por la simpatía y la piedad hacia el desdichado, había decidido velar por él, enseñarle las primeras nociones de la vida, la primera educación de la mente y del corazón, reservándose para más adelante sacarlo de aquel entorno salvaje y procurarle una instrucción mejor, un porvenir más noble y seguro.
La gobernanta aprobó cuanto Clara había decidido y le prometió guardar el secreto de todo ello ante el conde.
Clara se dirigía casi todos los días a la cabaña del cabrero, y las más de las veces en compañía de Nemmo.
Hasta la entrada del bosque iban a caballo; en aquel punto Clara desmontaba sola y ataba el caballo a un árbol. Nemmo regresaba a la villa para no despertar sospechas, y dos horas después volvía a recoger a su querida señorita.
Por lo demás, toda precaución respecto al conde era del todo inútil, pues él se volvía cada día más misántropo. Rara vez salía de su habitación, y parecía casi hacer un gran esfuerzo para bajar al salón a la hora de las comidas.
Clara iba ella misma cada día a pasar una hora en la habitación de su padre, mostrándose alegre, cariñosa, y sin hacer jamás ninguna alusión a las conversaciones mantenidas un día respecto a su hermano.
En Alfonso se había operado en poco tiempo una verdadera transformación. Ya no era el muchacho salvaje e inculto que creía no existir en el mundo más que los alrededores de su cabaña, ni otro cielo fuera del que veía sobre su cabeza.
En pocos meses, Clara lo había transformado en un muchacho inteligente, en un ser que comenzaba a comprender el propósito y la nobleza de la vida.
El espíritu selecto y aristocrático del niño se despertaba: en aquella tierna edad, en la que las impresiones instintivas no están moderadas por la reflexión, Alfonso sentía la necesidad de ver las cosas revestidas de gracia y de fasto, con colores vagos y vivaces.
También su físico había cambiado notablemente.
Con un mejor cuidado de su persona y una mejor alimentación, su figura había adquirido más elasticidad, más elegancia; en su fisonomía fresca y juvenil había continuamente una sonrisa, esa sonrisa de gracia y gentileza que no se borra ni siquiera en la más tardía edad.
Clara se sentía orgullosa de su hermano, de su alumno: Alfonso adoraba a aquel ángel que Dios le había enviado, y a menudo permanecía horas enteras extático a sus pies, devorándola con la mirada, bebiendo por así decir cada palabra, cada gesto, cada sonrisa de ella.
¡Qué felices eran aquellas dos criaturas en aquel apartado rincón de tierra, donde transcurrían horas y horas en un intercambio de sentimientos delicados, deliciosos, tiernos!
Clara, poco a poco, había puesto al hermano al corriente de la verdad; le había contado el legado que le dejara su madre, pero había intentado paliar las culpas del padre.
El muchacho comprendió más de cuanto la hermana le había explicado, y cuando ella, con voz conmovida, le dijo que en vano se intentaría aplacar al padre e inducirlo a recuperar consigo al hijo, Alfonso le echó los brazos al cuello y, con voz suave:
—No te atormentes, hermana mía —le dijo—.
Yo llevaré el nombre de Nemmo; él me lo ha prometido, y ese nombre no me será menos querido ni menos precioso.
Yo perdono a mi padre, y daría gustosamente la vida por él, si fuera necesario...
Pero ya que él me rechaza, ya que me quiere muerto, ¡que así sea!
... Tu amor me basta por todo y por todos.
Y como Clara se quedaba triste:
—¿No ves lo felices que somos! —continuaba con una dulzura fascinante—.
Mira: en este momento, bajo la sombra de este árbol, al que me subo a menudo para poder verte de lejos cuando vienes a verme, con la cabeza apoyada en tu hombro, mirando allá al fondo, entre esos rayos dorados, mi cabañita, siento una delicia tal que desearía quedarme así un siglo entero.
¡Ah, soy tan feliz, tan feliz junto a ti, mi adorada hermana! ...
Clara, vencida por una deliciosa emoción, cubría entonces de besos la frente de su Alfonso, por el cual sentía verdaderamente la ternura de una madre.
Pero aquella vida no podía durar. Alfonso necesitaba adquirir conocimientos más serios de los que la buena muchacha pudiera impartirle; era preciso que viera algo de mundo, que viviera en sociedad.
El día en que ella habló de ello a su hermano, el pobrecito lloró.
—¿Tendremos, pues, que separarnos? —preguntó sollozando.
—Sí; es necesario para ti y para mí. ¿No me dijiste que querías hacerte un día digno de mamá?
—Y de ti. Pero me parece imposible poder separarme de ti.
—Nos escribiremos a menudo, Alfonso, y además no partirás solo... Tendrás contigo al hombre afectuoso que te hará de padre: el buen Nemmo.
Y levantando la bella cabeza de su hermano y besando aquel rostro turbado y conmovido:
—¿Crees que yo no sufro tanto como tú por esta separación?
—añadió—. Pero piensa que te harás un hombre...
Piensa que yo deberé dar cuenta de ti a nuestra madre.
¿Qué me diría si te dejara crecer junto a un cabrero, si no intentara asegurarte en la sociedad el puesto que te corresponde?
Tú no conoces por ahora, querido inocente, otra alegría que la de tenerme cerca; pero también lejos de mí encontrarás otras alegrías no menos puras, y sobre todo la satisfacción de hacerme feliz con tus estudios, con tus trabajos...
—¡Ah, esa es la única cosa que me decide! —exclamó Alfonso—. Para mí, créelo, no hay otra alegría en la vida... Yo, que no he conocido a mamá.
Pero se arrepintió de sus palabras, porque vio los labios de Clara temblar ligeramente y su rostro entristecerse.
—Soy malo —añadió en voz baja—. Te hago sufrir sin querer, querida hermana.
Clara besó mil veces a su hermano, mirándolo con orgullo y ternura maternal.
—¡No... tú eres bueno! —exclamó—. Y te harás grande, fuerte, inteligente; serás mi alegría, mi orgullo: sobre tu frente resplandecerán un día todas las glorias del arte y del pensamiento. Desde lejos velaré siempre por ti, acudiré a una señal tuya, cada vez que haya necesidad.
Ya habían hecho todos los preparativos para la fuga de Alfonso, que partiría en compañía de Nemmo, y a fuerza de dinero y de promesas habían comprado la complicidad del cabrero.
La primera noche de la partida, Clara se había retirado más pronto de lo habitual a su habitación para abandonarse a sus propias reflexiones, en aquel instante muy dolorosas.
Con los ojos hinchados de lágrimas, estaba en el balcón mirando a lo lejos, hacia la parte en que se encontraba la cabaña donde Alfonso pasaría la última noche.
En el balcón que daba al jardín florecían bellísimas flores y plantas trepadoras que cubrían vagamente la barandilla con ramilletes de flores y esparcían alrededor un perfume embriagador.
Un silencio solemne reinaba en la villa y en el campo: la densa oscuridad de la noche impedía ver a pocos pasos de distancia.
El cielo estaba sereno: mil estrellas centelleaban en aquel azul profundo, pero sin iluminar la tierra; la luna aún no había salido.
Clara tenía los codos apoyados en la barandilla y con una de sus blancas y afiladas manos sostenía la rubia cabeza. No se le veía el rostro, pero por los suspiros frecuentes que le levantaban el pecho se comprendía la aflicción que le pesaba en el corazón.
De pronto le pareció oír crujir la grava del jardín y como una sombra aparecer y desaparecer entre los árboles. Se asomó para mirar, pero en aquel momento ningún paso turbaba la quietud de aquel recinto.
—Me he engañado —murmuró para sí—. Es mejor que me acueste; mañana debo levantarme al alba para saludar una vez más a Alfonso... ¡Oh, hermano mío, por qué no puedo tenerte aquí, cerca de mí!
—¡Clara! —susurró en aquel instante una voz que parecía partir de debajo del balcón.
La muchacha se sobresaltó de golpe, como quien se despierta del sueño.
¿Había soñado u oído bien?... Buscó con la mirada a través del follaje, pero aún no se había asomado cuando la misma voz repitió de nuevo, como un ligero suspiro:
—Clara... hermana mía...
—¡Alfonso! —dijo la joven, estremeciéndose.
No había terminado de pronunciar su nombre cuando el muchacho, ágil como una ardilla, trepaba entre los hierros del balcón ayudándose con las manos y los brazos, y antes de que supiera decir de qué modo, se encontró estrechado contra el pecho de su hermana, en su pequeña y elegante habitación.
—¡Tú!... ¿Tú, Alfonso? —susurraba Clara entre un diluvio de besos—. ¡Oh, qué imprudente!... ¿Cómo has osado venir aquí?... ¿Cómo conocías el camino?
—¡Oh, hace muchas noches que vengo a pasear por tu jardín, y siempre regreso a mi cabaña sin verte! Pero esta noche había pensado pasarla bajo tu balcón, aunque me atraparan y me echaran como a un malhechor.
Clara apretó con sus manitas la cabeza de su hermano, y mientras le repetía que había sido imprudente, muy imprudente, en el fondo del corazón era feliz y daba gracias a Dios por los dulces instantes que le procuraba.
Hizo sentar a su hermano en un diván bajo, rogándole que no se moviera; luego corrió a cerrar la puerta de la habitación con doble vuelta de llave; cerró también la vidriera que daba al balcón, y volvió a sentarse junto a su hermano, estrechándolo de nuevo entre sus brazos.
El muchacho miraba a su alrededor con sorpresa y admiración.
—¡Qué bonito es todo aquí! —exclamó con ingenuidad.
Clara se puso seria.
—¿Es quizá un reproche que me haces? —dijo, fijando el rostro en su hermano.
—¿Un reproche? —respondió Alfonso con extrañeza—. ¿Un reproche a ti, querida hermana? Sería peor que ofender a la Virgen que ha querido enviarte a mí... Y tú eres mi Virgen.
El gentil rostro de Clara se iluminó.
—¡Ah, tus pensamientos son nobles y puros como tu alma —dijo la joven—, y te conservarás siempre así...! ¿Verdad? ¿Me lo prometes?
—¡Oh, sí... sí, porque quiero ser digno de ti!