El beso de una muerta Capítulo I #2
23%

Capítulo I #2

«Tu padre ha alejado a tu pobre hermano, lo ha hecho pasar por muerto, y así le ha quitado el nombre y las riquezas; pero tu hermano vive: y la misma sangre corre por vuestras venas. ¿Querrás abandonarlo a una suerte cruel? ¿Querrás que viva desheredado de la familia, a merced de un verdugo?

Clara, tu madre moribunda te ruega con las manos juntas, por el amor que te ha tenido, que tengas piedad de su hijo. Ve, búscalo, protégelo; yo rogaré desde el Cielo por ti. Clara, no rechaces el deseo de tu pobre madre, que ya no tiene esperanza sino en ti sola.

Tu hermano se llama Alfonso. Nemmo, ese generoso y fiel criado, sabrá decirte dónde se encuentra.

Sé para el pobre desheredado una madre: defiéndelo de toda persecución, y sobre todo intenta sustraerlo al odio de su padre.

Yo te bendeciré desde el Cielo, como te bendigo en este supremo momento en que estoy a punto de dejar el mundo, donde tanto he sufrido y tanto he expiado.

Tu desventurada madre.»

Clara había terminado de leer y, con la cabeza inclinada sobre el pecho, lloraba a lágrima viva y cubría de besos aquella hoja adorada.

—Madre mía, que me ves desde el Cielo —exclamó juntando las manos—, ¡te juro que cumpliré hasta el final el sagrado deber que me impones! Sonríe y ruega por mí: tu hijo será mío, yo seré una madre para mi hermano… ¡Te lo juro!

—Señorita —exclamó Nemmo, vivamente conmovido—, ¡su santa madre tenía razón en no dudar de su hermosa alma!

La muchacha intentó secarse las lágrimas, que seguían deslizándose por su rostro.

—¿Sabes, entonces, dónde se encuentra mi hermano?

—Sí, señorita —respondió Nemmo, enjugándose también él una lágrima.

—¿Está muy lejos de aquí?

—No, señorita; cinco leguas a lo sumo, pero hay que llegar por un camino impracticable.

—¿Y con quién vive mi hermano?

—Con un mísero cabrero, un hombre de la peor calaña; el niño pasa por hijo suyo… Está mal alimentado y le toca llevar las cabras al pasto en la montaña.

—¿Y es mi hermano? —exclamó Clara con arrebato—. ¡Oh, Dios mío, Dios mío!… —Y luego, intentando recobrarse—: Mañana por la mañana iremos enseguida a verlo, y tú me acompañarás.

—Mire, señorita, será mejor aplazar la visita a pasado mañana, porque entonces el señor conde se retira a sus habitaciones y no se deja ver hasta la noche.

—Tienes razón… Por lo demás, encontraremos un pretexto para nuestra escapada… un enfermo lejano… ¡Oh, cómo espero mañana!… Querido, querido hermano… cuánto lo amaré… ¿Se parece a mi madre?

—Sí; es su vivo retrato.

—¡Qué impaciente estoy por verlo, por abrazarlo!

… Y luego, entre tú y yo, trazaremos un plan de fuga: mi hermano no debe vivir en las montañas, sino tener su lugar en la sociedad; si mi padre lo rechaza, yo haré sus veces.

¡Madre mía, ayúdame desde el Cielo donde estás, dame valor para que pueda cumplir como se debe tu sagrada misión!

Hablando así, Clara había erguido su persona flexible y esbelta como una joven palma; su mirada dulce y profunda parecía perderse en el espacio, como si su alma se hubiera unido en coloquio con otra alma; en sus labios resplandecía una dulce sonrisa.

Nemmo no podía apartar los ojos de aquella cabeza angélica.

—¡Ah, usted es buena —murmuró—, buena como los ángeles del cielo! ¡Cómo debe de sonreír su madre, cómo debe de ser feliz en este momento!

—¿Lo crees? —exclamó Clara, apretando la mano del anciano. Y volviéndose un poco triste—: Dime —balbuceó—, ¿mi pobre mamá perdonó a papá?

—¡Oh, sí! Pero él fue inexorable.

—Y sin embargo no es malo papá, no…

—¿Qué quiere decir?

—Tiene mucho, demasiado afecto por mí…

—Dice usted verdad.

—¿Y si yo, aprovechando esa adoración suya, intercediera por mi hermano?

Nemmo se estremeció.

—¡Guárdese mucho de hacerlo! Sería una desgracia para aquel inocente. ¡Sé lo que digo!

Clara no insistió. Pocos minutos después, el viejo criado salía de la habitación. La muchacha ya no pensó en acostarse. Releyó cinco o seis veces la preciosa carta de su madre, y luego se abandonó a las penosas meditaciones que le suscitaba el relato de Nemmo.

¿Su padre era culpable de un crimen? ¿Su padre arrojaba sin remordimiento a un hijo de la casa paterna, le quitaba el nombre, lo desheredaba?

—¡Ah, no debo erigirme en juez de mi padre! —murmuró—. Pero sufro, ¡oh, sufro tanto al ver destruidas las más santas ilusiones de mi vida! Y para calmar esta atroz tortura, no me queda sino cumplir el legado de mi pobre y santa mamá.

La noche entera transcurrió para la muchacha en desoladores pensamientos. Al alba abrió la ventana para exponer su frente pálida y ardiente a las frescas brisas de la mañana.

La naturaleza descansaba aún: el tiempo era sereno; un leve vientecillo inclinaba las copas de los árboles; el parque, el jardín estaban inmersos en el silencio y el misterio.

Los ojos de la muchacha se extendieron a lo lejos, hacia donde estaban las montañas.

—Quizá allí está mi hermano —murmuró con emoción—. Hoy lo veré… Pobre niño, pero ¿qué dirá al verme? ¿Tendrá miedo de mí? No, yo le diré que soy su hermana, lo abrazaré, lo besaré… le hablaré de nuestra madre.

Se retiró de la ventana y, por temor a que la gobernanta notara aquella noche pasada en vela, deshizo la cama, se revolvió un poco las trenzas y se puso el vestido de mañana.

Pero estaba pálida y sus ojos permanecían algo tristes.

Cuando bajó a desayunar, ya se había repuesto y el conde no se percató de la emoción que la había agitado durante toda la noche.

Clara besó a su padre con el afecto de siempre y se sentó junto a él.

—¿Has dormido bien, querida mía? —le preguntó el conde.

Clara se estremeció.

—Muy bien, papá… ¡Y he tenido unos sueños tan bonitos!

—Los sueños de siempre, del paraíso… Están hechos para ti.

—¡Oh, no, papá, no he soñado con ángeles! —dijo Clara tras una larga pausa—. He soñado que tenía un hermanito, un hermanito precioso, al que hacía bailar sobre mis rodillas.

El ceño del conde se frunció. Se puso lívido y clavó en su hija dos ojos terribles, inyectados en sangre, como si quisiera leerle en el alma a través del semblante.

Pero Clara permanecía serena; sus ojos celestes se volvieron cariñosos hacia su padre, mientras sus labios murmuraban:

—¿Qué te pasa, papá? ¿Te encuentras mal?

La voz de su hija lo calmó como por ensalmo.

—Estoy loco —se dijo para sí—. ¡Clara no ha hecho más que soñar!

Y procurando sonreír, él mismo sirvió a Clara un plato de fresas.

—No tengo nada —dijo—. No recuerdo de qué hablabas.

—Te contaba un sueño.

—Deja en paz los sueños, que todos son engañosos… ¿Cómo podrías tener un hermanito, si mamá está muerta?

La muchacha, a pesar del dominio que tenía sobre sí misma, enrojeció y palideció sucesivamente.

—Y sin embargo —dijo con ingenuidad—, mira, me habría parecido tan bonito tener un hermanito o una hermanita que compartiera mis estudios, mis juegos. Tú eres bueno, querido papá… pero estás tan poco conmigo…

—¿No está la gobernanta? Ella te ama con todo el corazón y es una amiga sensata que sabe guiar tu razón, enseñarte todo lo que es bello y bueno. ¿No te basta?

Clara calló, y un suspiro le hinchó el pecho.

Comprendía que era inútil continuar sobre aquel tema: el conde no quería entenderla, y por el relámpago que había surgido en sus ojos comprendió que Nemmo tenía razón, que si el padre hubiera sabido lo que ella había descubierto sobre su hermano, el pobre niño estaría perdido.

El conde y Clara continuaron desayunando en silencio, pero la sospecha no se había disipado del alma de Rolando, y cuando terminó:

—¡Hoy no estás de tu humor habitual, Clara mía! —exclamó de pronto—. Mírame, querida…

La muchacha alzó la cabeza para obedecer: en aquel movimiento, su mirada se cruzó de nuevo con la de su padre. Se estremeció involuntariamente, porque recordó las palabras de Nemmo; pero recomponiéndose al instante, entreabrió los labios en una sonrisa deliciosa.

—Soy la misma de siempre, papá —dijo casi alegremente.

—¿Me quieres mucho?

—¿Y me lo preguntas? Si soy tan feliz, ¿no te lo debo acaso a ti?

—Gracias por tus palabras… Ahora déjame; necesito estar solo.

Clara salió del salón después de dar a su padre otro beso. Su alma tan noble, tan pura, jamás habría podido odiarlo.