El beso de una muerta Capítulo I
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Capítulo I

Sabemos que solo Clara había sido considerada hija por su padre, el conde Rolando Vergani, y este había concentrado en ella todo el afecto exaltado que un día sintiera por la esposa culpable.

El conde tenía un aspecto adusto, imperioso, y una voz áspera, sibilante, hasta el punto de que los criados temblaban ante él.

Solo Clara podía amansar, suavizar aquel carácter agriado por un violento desengaño.

Cuando la delicada criatura se sentaba junto a su padre, la modulación de la voz de este se dulcificaba sin que él mismo se diera cuenta.

La amaba y la bendecía, convencido de repetírselo veinte veces al día; pero, en realidad, rara vez hablaba, porque era un hombre de poquísimas palabras.

La muerte de su esposa había acrecentado su misantropía y vuelto aún más hosco su carácter. ¡Ay de quien le recordara a la consorte perdida o hiciera la más lejana alusión a ella!

Mientras Clara fue una niñita, no comprendió ni imaginó nada del triste drama que se había consumado en su familia.

La muerte de su madre la había impresionado un poco y había esparcido sobre el rostro de la pequeña un velo de melancolía que siempre la acompañó; pero aquel tenue velo no hacía sino volverla más fascinante.

Clara estaba dotada de un temperamento nervioso, sumamente impresionable. Una sensibilidad tal, a menudo excesiva, fue la que más tarde debía ejercer una funesta influencia en su vida.

Su educación no fue difícil de completar, pues era despierta, inteligente y con un vivísimo deseo de aprender. Su gobernanta, que era una católica ferviente, le transmitió su fe, su ardor en la oración y la idea de todo cuanto hay de bueno y noble en el mundo.

Las riquezas que la rodeaban no tenían el poder de envanecer su alma virginal; y en las oraciones que cada noche se elevaban al Cielo desde las humildes chozas que rodeaban la grandiosa villa del conde, siempre se habría oído pronunciar el nombre adorado de Clara.

¡Cuántas veces la joven condesita, acompañada por la gobernanta, se dirigía a los míseros tugurios donde una familia esperaba su socorro para saciar el hambre, o un enfermo pobre pedía por compasión aquellos cuidados que no pueden comprarse con dinero!

¡Con cuánta premura se apresuraba la muchacha a todo lugar donde sabía que había personas necesitadas de ella! ¡Con cuánta gentileza, con qué suave sonrisa les hablaba, los consolaba, los confortaba a esperar con paciencia la curación, o a disponerse religiosamente para la muerte!

Una vez que la condesita Clara hubo de guardar cama por una fiebre violenta que la atacó a causa de un exceso de fatiga —pues había querido asistir una noche entera a una muchacha moribunda que se entregaba a la desesperación y rechazaba los auxilios humanos y religiosos, y solo se calmó ante las palabras y los consuelos de Clara, y expiró bendiciéndola, con una sonrisa en los labios—, el pueblo quedó profundamente entristecido.

Buenos y malos, ricos y pobres acudieron en masa a la villa del conde para tener noticias de la salud de Clara: la consternación fue general, y no cesaron los sollozos ni los llantos mientras duró la enfermedad.

La dolencia de la angélica criatura era considerada una desgracia pública, y no había ruda estampita colocada en un muro o en los árboles del campo que no tuviera una vela encendida delante, y en torno a la cual no se reunieran a rezar para que la noble muchacha recobrara la salud.

Y cuando Clara fue vista de nuevo en el jardín, apoyada en el brazo de la gobernanta, envuelta en un vestido blanco con un ligero velo alrededor del rostro aún lánguido y abatido, estallaron gritos entusiastas de alegría y gratitud, y una muestra de la alegría general fue un exvoto por gracia recibida que se colgó en el altar de María, en la iglesia de la aldea.

Clara había cumplido dieciocho años sin conocer aún nada del libro de la vida.

Su existencia solitaria, casta y casi claustral solo estaba animada por dos nobles pasiones: el amor a su padre y el amor al prójimo.

¡Ah, si su padre hubiera sido menos extravagante, se habría sentido feliz en aquel recóndito rincón de tierra que casi nunca había abandonado, y donde la vida transcurría entre sentimientos delicados, tiernos, deliciosos!

Una noche, Clara estaba en su habitación virginal, cuya ventana se abría al jardín, cuando un leve golpe en la puerta la hizo estremecerse.

No podía ser la gobernanta, pues se había acostado hacía rato.

¿Sería su padre, a quien durante el día había visto más turbado que de costumbre, quien venía a buscar un instante de alivio o consuelo?

Con las mejillas ligeramente coloreadas y los ojos animados, corrió a abrir y se encontró ante un viejo criado, el único que el conde no había despedido tras la muerte de su esposa.

Nemmo, así llamaban al anciano, había visto nacer a Clara, la había llevado en brazos y había llorado con ella la muerte de la condesa.

Incluso se había observado que, tras aquella muerte, Nemmo se había vuelto triste; ninguna sonrisa volvió a aparecer en sus labios y a menudo se ausentaba de la villa sin razón alguna, permaneciendo fuera hasta dos o tres días, y cuando regresaba estaba más turbado que nunca.

Clara quería mucho al viejo Nemmo y lo trataba con familiaridad, como si fuera su padre; ante él se sentía más franca, más expansiva.

—¿Tú, Nemmo, a estas horas? —exclamó con sorpresa la muchacha al ver al viejo criado—. ¿Tienes algo grave que decirme? ¿Papá está mal?

—No, el señor conde está muy bien y descansa, pero usted ha adivinado: tengo algo grave que confiarle.

Clara, turbada, hizo pasar al anciano a su habitación.

Nemmo cerró la puerta con cautela, e incluso echó el cerrojo, y dirigiéndose a la muchacha que lo miraba asombrada, dijo:

—En caso de que alguien viniera por cualquier razón a molestarnos, en el tiempo que usted tarde en abrir, yo saldré por la ventana: nadie debe saber que he venido a verla, porque si el señor conde se enterara, me alejarían y no podría servirla más.

Este preámbulo desconcertó a Clara. Ofreció una silla al viejo criado y con voz ligeramente trémula:

—Siéntate —le dijo—, si tienes que hablarme largo.

Nemmo obedeció.

—Ahora dime pronto todo, porque no puedes imaginar cómo me late el corazón, mira.

Y la cándida muchacha, que se había sentado junto al anciano, tomó con ingenuidad su mano y la sostuvo un instante sobre el corazón, que latía a golpes precipitados.

—¡Oh, no tiemble así, señorita! —le dijo entonces el criado—. No hay nada que deba asustarla.

Y con voz que se hizo conmovida, continuó:

—Usted sabe, Clara, cuánto quise a su madre, a quien conocí también niña, como usted.

—¡Oh, sí! —respondió la muchacha juntando las manitas—. Y mi padre apreciaba mucho tu devoción por mamá, porque quiso que te quedaras aquí incluso después de su muerte.

—Su padre —respondió el anciano gravemente— me había despedido.

—¿De verdad?

—No tengo ninguna razón para mentir, señorita.

Sí, el conde quería alejarme como a los demás, pero su madre me había confiado una santa misión, y yo me juré a mí mismo que no la abandonaría.

Por eso respondí al conde que era dueño de echarme, pero que yo nunca me movería de estos alrededores, porque la condesa en su lecho de muerte me lo había ordenado así; y por eso me quedé.

Clara escuchaba con sorpresa creciente.

—Mi madre te confió una misión, has dicho, ¿y tú la has cumplido?

—Estoy a punto de cumplirla —dijo el anciano, sacando de un bolsillo interior de su ropa una carta con sellos negros aún intactos y con el sobre algo descolorido por el tiempo—.

«Cuando mi hija tenga dieciocho años, si se ha conservado como el ángel que es ahora» —me dijo su madre—, «le entregarás esta carta y le dirás que su madre moribunda le suplica que cumpla lo que en ella le pide. »

Un temblor nervioso agitaba las manos de Clara mientras tomaba la carta.

—¿Mi madre me suplica? —dijo con lágrimas en los ojos—. ¿Hay, pues, algo tan grave en esta carta?

Rompió los sellos febrilmente y abrió la hoja con un vuelco del corazón. La carta decía así:

«Mi adorada hija:

En la hora en que te escribo, eres aún una niña y no podrías comprender lo que tu madre moribunda está a punto de revelarte.

Pero el día en que esta carta te sea entregada y la abras, ya conocerás lo suficiente de la vida para comprender, sin demasiadas explicaciones, los martirios de tu pobre madre, y cumplirás el sagrado deber que ella te impone.

Hay en el mundo un niño al que estás unida por vínculos de sangre, un niño que tiene ocho años menos que tú… y es tu hermano.»

Clara, en este punto, se detuvo y miró al rostro de Nemmo.

—¡Tengo un hermano! —exclamó—. ¡Un hermano! ¿Y por qué no está conmigo? ¡Habla, Nemmo, habla! ¿Por qué nunca me has dicho nada?

—No podía, señorita… Su madre me había impuesto no hablarle de su hermano hasta que cumpliera los dieciocho años…

—Pero tú sabes dónde se encuentra, ¿verdad?

—Sí… lo sé, señorita, pero termine de leer la carta.

Clara se enjugó las lágrimas que le velaban los ojos y prosiguió:

«Tu hermano es un pobre inocente al que tu padre ha querido castigar. Y solo yo fui la culpable de su nacimiento.

Si tu padre sospechara que conoces la historia de tu hermano, sería capaz de matar a esa pobre criatura, como ya se ha manchado las manos con otro horrible crimen.»

Clara se detuvo de nuevo con un gesto de terror.

—¡Dios mío…! ¿Es cierto? Un padre tan bueno, tan cariñoso conmigo… Pero no… no es posible.

—Piense, señorita, que su madre escribió esto pocas horas antes de expirar, y no tenía razón alguna para mentir.

Clara bajó la cabeza.

—Pero ¿por qué todo el afecto de mi padre hacia mí y tanto odio contra mi hermano? —dijo tras unos minutos de silencio, alzando el pálido rostro.

Nemmo la miró fijamente a los ojos.

—Sospechaba que el niño no era suyo —dijo lentamente.

Clara era demasiado cándida para comprender.

—¿No era hijo de mi madre? —balbuceó.

—Sí… señorita… Pero, por favor, continúe leyendo.

Clara obedeció. La carta decía: