El beso de una muerta Capítulo VII
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Capítulo VII

Ocho días después, Clara, envuelta en una larga bata de cachemir blanco, estaba sentada en un sillón junto a la ventana que daba al huerto del cochero.

La casita de Nanni parecía transformada. Él y su madre se habían retirado a las habitaciones de la planta baja y habían dejado las del primer piso a disposición de los forasteros.

Alfonso había decidido no moverse de aquella casita, donde podía ser informado de cuanto sucedía en Florencia —pues Nanni le traía las novedades—, y donde tendría todos los cuidados sin despertar la curiosidad de nadie.

Los pocos que frecuentaban la casa, incluido el médico, creían que se trataba de forasteros que, por capricho, o atraídos por el bello panorama y la soledad de aquel lugar, querían pasar allí los meses de verano.

Alfonso había mandado recoger los equipajes de la estación; luego había comprado unos muebles elegantes y, con la ayuda de un tapicero amigo de Nanni, en pocos días la casita del cochero se había transformado en un pequeño paraíso donde no faltaba nada de lo necesario para la vida.

Una ágil campesina de los alrededores hacía de doncella; Sandra, que en su juventud había sido una hábil cocinera, se encargaba de la cocina, y el bueno de Nanni, al volver por la tarde con el carruaje, traía las compras encargadas y se había convertido en un buen despensero.

La vida, pues, habría transcurrido dulcemente en aquel rincón solitario, adonde no llegaban los ruidos de la ciudad, si la condesa Clara no hubiera temblado por su hija.

Ya no podían ocultarle la verdad: ella sabía que Lilia estaba con su padre, y aunque Nanni, por indicación de Alfonso, le traía cada día buenas noticias de la niña —quien, como sabemos, ya no estaba en Florencia—, la condesa permanecía agitada y deseaba que le volvieran completamente las fuerzas para ver a su hija adorada, aunque tuviera que disfrazarse o conformarse con observarla desde la portezuela del carruaje.

Clara, como hemos dicho, estaba levantada y sentada junto a la ventana.

Estaba muy pálida, y en sus ojos se leía una profunda melancolía.

Las magníficas trenzas de su cabellera las había recogido detrás de la cabeza con vago desorden.

La bata de cachemir ocultaba las gentiles formas de su cuerpo y dejaba al descubierto un breve y gracioso piececito, calzado con una zapatilla de terciopelo que descansaba sobre un cojín bordado.

Inés estaba sentada en un taburete y parecía absorta cosiendo una graciosa cofia, pero de cuando en cuando sus grandes ojos, tan bellos, tan fascinadores, se posaban en la querida cuñada.

—Alfonso se retrasa… —dijo tras un breve silencio la condesa—. Quién sabe qué obstáculos habrá tenido que sortear para ver a mi hija, mi pequeña Lilia… Si supieras, Inés querida, qué bella es… ¡y cómo balbucea ya en su jerga infantil los nombres más graciosos!

Inés escuchaba anhelante. También ella sería pronto madre, y el pensamiento de la criaturita que le palpitaba en el seno le hacía comprender aún más las torturas, las angustias de la pobre condesa.

—¿Quién le hablará ahora de su mamá? —continuó Clara, mientras una lágrima descendía furtiva por su mejilla—. Quizá los ángeles, y en sueños ella me enviará con sus manitas sus más cálidos besos.

La condesa calló, porque tenía el corazón lleno y sufría demasiado.

Inés suspiró sin atreverse a turbar aquel silencio.

—El nombre de Lilia es bello, ¿verdad? —dijo después de un momento la condesa, con un acento que parecía una caricia.

—¡Sí, es muy bello! —exclamó Inés con entusiasmo.

Clara había inclinado la cabeza, pero una sonrisa rozaba esta vez sus labios.

—Su verdadero nombre, sin embargo —dijo—, es Alfonsina… un nombre, si queremos, más gentil, que recuerda a mi querido hermano.

—Y decidme… ¿por qué se lo cambiasteis? —preguntó ingenuamente Inés.

La frente de la condesa se oscureció.

—¡Oh, es toda una historia!… —dijo.

—¿Podéis contármela?

—Sí, querida… tanto más cuanto que Alfonso no está aquí; sufriría demasiado.

Y tras un momento de silencio, dijo:

—Mi marido, como todos, ignoraba que yo tuviera un hermano. Alfonso debe de habértelo dicho.

—¡Oh, sí! Sé todo lo que a él se refiere y lo que hicisteis por vuestro hermano.

—¡Oh, debería haber hecho mucho más!… Pero no era la voluntad lo que me faltaba. Yo y Alfonso —continuó— nos escribíamos a escondidas, como dos amantes: él firmaba sus cartas con su simple nombre. Una de esas cartas cayó en manos de mi marido.

Inés se estremeció, porque intuyó que la condesa estaba a punto de hacerle una dolorosa revelación.

Clara, en efecto, se había puesto palidísima.

—Siempre recordaré la escena de aquel día.

Él creyó que aquella carta era de un amante.

En vano le juré por la cabeza de nuestra hija que se trataba de un hermano.

Tuve con mi marido una larga y desagradable discusión…

y a pesar de mis lágrimas, mis súplicas, mis afirmaciones, no quiso creerme…

y llegó hasta el punto de dudar de la paternidad de su criatura.

En las mejillas de la condesa, un rojo ardiente había sustituido a la palidez de poco antes; sus grandes ojos azules centellearon un tanto; su pecho se levantó con un profundo suspiro.

Vencida por la emoción contra la cual se esforzaba en vano por luchar, Clara se vio obligada a interrumpirse un instante.

Inés había dejado caer la labor sobre las rodillas y fijaba en la condesa una mirada llena de atención y reverencia.

Aquella resignada expresión de dolor que hacía parecer aún más bella la fisonomía angelical de Clara, aquel rayo de una viva y profunda ternura que salía de sus ojos, le inspiraban un sentimiento piadoso, una gentil reverencia hacia la desventurada.

—¡Pobre mártir! —murmuró para sí.

La condesa, como si adivinara lo que pasaba en el ánimo de su cuñada, le acarició con afecto maternal la morena cabecita, y con una sonrisa melancólica:

—¡Ah! —dijo—. Que tú nunca pruebes, ángel mío, la indiferencia, el odio atroz y cruel de una persona a la que amas y a la cual no has hecho jamás sino el bien.

En vano, te repito, conté a mi marido la historia de Alfonso: no me creyó…

Pero Dios conocía mi inocencia, y a Él dirigía cada día mi ferviente oración.

Cuando estaba sola con mi hija, me complacía en llamarla con el dulce nombre de Alfonsina: encontraba en sus facciones algo de las de mi hermano; en presencia, sin embargo, de mi marido y de los demás, le daba el nombre de Lilia, para que el primero no quedara profanado ni se convirtiera en objeto de burla y escarnio. Así le quedó el nombre de Lilia.

Inés pendía de los labios de Clara, que hablaba con dulzura, pero casi en voz baja, y el sonido melodioso de sus palabras parecía desvanecerse entre las paredes de la estancia.

—Y ahora, ¿dónde se encontrará mi hija, mi ángel queridísimo?

—continuó—. ¡Qué bella es! Si la vieras, Inés…

Yo me levantaba cada noche tres o cuatro veces para ir a espiar su sueño inocente…

y la besaba muy suavemente para no despertarla.

Por la mañana siempre estaba allí, a su despertar, para recibir su primera sonrisa…

el primer beso. Y todo el día lo pasaba con ella; con ella olvidaba mis dolores, las perversidades ajenas, el mundo entero.

Y ahora en vano llamará a mamá. Mamá está lejos…

y cuando crezca, le dirán que ha muerto.

¡Dios… Dios mío, si no volviera a verla!

Suspendió su decir. Tenía el rostro cubierto de lágrimas.

—Sí… la veréis en breve… Alfonso os lo ha prometido —dijo Inés, inclinándose para besar la mano de la condesa.

—Yo lo espero todo de mi hermano —respondió Clara—. Él dice bien: yo, para el mundo, para la sociedad, estoy muerta. Y además, ¿de qué serviría reaparecer?… No lo haré más que cuando sea necesario, pero antes quiero que Alfonso conozca toda mi historia.

—¿Y cuándo nos la contaréis? —dijo con presteza Inés.

La condesa tuvo una dulce sonrisa.

—Querida hija, veo la curiosidad en tus ojos, como siento la necesidad de dar desahogo a la plenitud de los afectos que me agitan el alma. Hoy os lo contaré todo… Pero es una historia muy triste la mía, y temo que en el estado en que te encuentras…

—¡Oh, no temáis! Seré fuerte, y aprenderé de vos cómo se soportan los dolores de la vida.

Dios hasta ahora ha sido bueno conmigo: no me ha concedido más que felicidad.

Hija, fui adorada por mis padres; muchacha, fui amada por Alfonso…

y ahora al amor de él uniré la mayor de las felicidades: la de ser madre.

La joven española calló, como avergonzada de haber mostrado su alegría ante aquella pobre desgraciada.

La condesa tenía la cabeza inclinada y no respondía. Ante su mente aparecían mil y mil imágenes del pasado, evocadas por la palabra dulce y melodiosa de Inés.

También ella había sido muchacha alegre, también ella había sido amada con pasión, con delirio, también ella se había sentido madre feliz… ¡Pero con cuántas lágrimas, cuántas torturas había pagado aquellas alegrías tan rápidas, tan pasajeras!

El silencio de las dos mujeres fue interrumpido por un leve golpe en la puerta de la estancia.

—Adelante —dijo Inés.

Era la campesina que servía de doncella, una morenita picante, de modales extremadamente desenvueltos.

—He visto desde el sendero el carruaje de Nanni, y he venido a avisar enseguida a las señoras.

Inés se puso en pie de un salto. También Clara hizo ademán de levantarse, pero estaba demasiado débil y volvió a caer en el sillón, mientras sus ojos se fijaban ansiosos hacia la puerta.

Al ver entrar a Alfonso, una sonrisa de alegría se pintó en su rostro.

Entretanto, Inés exclamaba:

—¡Ah, por fin has llegado! Te esperábamos con impaciencia. Ven a consolar a Clara, que te aguarda con ansia.

Alfonso besó los labios de su esposa, luego se acercó a su hermana y le tomó una mano que estrechó entre las suyas.

—Y bien… ¿la has visto? —preguntó la condesa con un estremecimiento, fijándolo en el rostro.

—Sí… la he visto. Cálmate, ¡te lo contaré todo! —exclamó Alfonso, sentándose junto a su hermana.

Inés retomó su lugar en el taburete.

La campesina se había retirado prudentemente y había cerrado la puerta.

—¡Ah, deja que te mire! Me parece que has traído contigo algo de mi Lilia —dijo Clara con una sonrisa divina—. Dime, ¿la has besado por mí? ¿Cómo has hecho para verla?

Alfonso hacía esfuerzos penosos por contenerse.

A él le tocaba mentir, mentir siempre, para consolar a aquella pobre y frágil criatura, para devolverle la esperanza.

Si la condesa hubiera sabido que su hija estaba muy lejos de Florencia, habría muerto realmente de dolor.

Era preciso, pues, prepararla poco a poco para la cruel verdad, esperar a que estuviera completamente restablecida, para ver qué partido había que tomar.

Alfonso, en su excursión a Florencia, no había logrado saber otra cosa sino que el conde estaba en aquel momento en París.

Si Clara no hubiera estado aún tan débil, habría partido de inmediato, pero primero era preciso que conociera toda la historia de su hermana, que supiera con qué hombre tenía que vérselas, si debía actuar con astucia, con engaño o con la fuerza.

Inés conocía todos los pensamientos más íntimos de su amado, y sufría tanto como él, aunque procuraba infundirle ánimo con su fascinadora sonrisa, con su melodiosa voz.

—He podido verla —respondió Alfonso a la pregunta de su hermana— porque salió con la institutriz. La abordé con un pretexto: dije a aquella mujer que era pintor y que me había quedado prendado de la belleza de la niña que llevaba consigo… que no podía por menos de detenerla para darle un beso.

—¿La has besado?… ¿La has besado? —exclamó la condesa con el rostro cubierto de lágrimas—. ¡Ah, devuélveme ese beso… es de mi hija!

Y como delirante, echó los brazos al cuello de su hermano y posó sus labios pálidos, trémulos, sobre los de él, como si con aquel beso pudiera arrebatar algún átomo de su criatura. ¡Pobre madre! ¿Quién habría pensado en desengañarla?

Calmada aquella emoción, la sonrisa había vuelto a los labios de la condesa; una sonrisa bella y serena.

—Te ha tendido sus bracitos, ¿verdad? ¿Te ha sonreído? ¿Estaba pálido mi angelito?

—No… te repito que estaba muy bien, y la institutriz me aseguró que no le faltaba nada.

La condesa se entristeció un poco.

—Pero le falto yo… su madre… ¡de quien quizá nadie recuerda ya el nombre! —exclamó—. Y también mi niña me ha olvidado. Pero a esa edad, ¿puede una tener recuerdos? A esa edad se sonríe a todos, se llama a todos con el dulce nombre de mamá… y quizá…

Palideció y no pudo contener un sollozo. Alfonso, conmovido, le apretó las manos. Inés la miró con sus grandes ojos apasionados.

—Veréis —dijo ella— que pronto tendréis aquí… a la pequeña Lilia… ¿verdad, Alfonso mío? Vos misma me decíais que no había que desesperar de la bondad de Dios.

—Tienes razón, Inés, tienes razón… Y tengo una prueba de la bondad divina, pues vosotros estáis aquí cerca de mí, mis ángeles consoladores, que después de haberme salvado la vida, me mostráis aún la felicidad…

—Pero debo cumplir mi promesa —añadió después de un minuto—. Ha llegado la hora de contarte los sucesos de mi vida, que tú ignoras.

Alfonso sintió un vuelco en el corazón.

—¿No temes que te haga daño? ¡Estás aún tan débil!

—Pero vosotros estáis aquí, cerca de mí, para sostenerme. Inés, dame también tu manita… Teneos apretados a mí; vuestros rostros me infundirán valor si estuviera a punto de faltarme.

Inclinó un tanto la cabeza; luego, fijando en su hermano y en Inés una mirada de paraíso, comenzó su narración, que nosotros contaremos sin las interrupciones que el estado de debilidad de la condesa hacía indispensables, completándola con la historia de la juventud de Clara y de Alfonso, entretejida con tantos episodios dramáticos y conmovedores.