El beso de una muerta Capítulo VI #2
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Capítulo VI #2

Esta lanzó un leve grito, se incorporó de nuevo en la cama y extendió los brazos hacia la atractiva española, que se arrojó a ellos con transporte, y las dos cabezas, una morena y otra rubia, se confundieron por un instante, y en la estancia se oyó un rumor de besos.

—Ahora deja que te mire, hermana mía —dijo Clara, levantando con sus manitas palidísimas y afiladas la morena cabeza de Inés, que tenía aún algo de infantil por la candidez, la gracia ingenua y el encanto propio de su edad—.

Eres bella… maravillosamente bella… Hermano mío, te doy mi más sincera enhorabuena.

Alfonso se ruborizó de placer, e Inés, de confusión.

—Me querrás un poquito, ¿verdad? —añadió Clara con una ingenuidad conmovedora—. Me amaréis los dos… No seréis celosos de esta pobre y débil criatura…

—¡Os amaré tanto, tanto!… —exclamó Inés—. Como os ama mi Alfonso, que tanto me ha hablado de vos, de quien habéis sido siempre la primera aspiración, el primer pensamiento.

Un rayo de sublime felicidad irradiaba la frente de la condesa.

—Dios es bueno —murmuró—. Qué alegre me siento. Si tuviera aquí a mi Lilia, mi sueño se habría hecho realidad. Pero está a salvo, me has dicho, Alfonso. Tú irás a buscarla y la traerás con nosotros, ¿verdad?

Alfonso e Inés intercambiaron una dolorosa mirada, pero por fortuna Clara, inmersa en el éxtasis del momento, no se percató.

—Ahora dime: ¿dónde estamos? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Estoy en tu casa?

—No… querida… estás en un lugar seguro, en casa de muy buena gente —respondió Alfonso con dulzura.

—¿Y por qué me habéis trasladado lejos de mi hija? Dímelo todo, Alfonso; puedo escucharte sin temor… Además, aunque hubiera habido algún peligro, ya no me asusta… Estoy en vuestros brazos.

Y calló, y su semblante se iluminó por completo. Tenía entre sus manos las de Alfonso e Inés.

Ya el joven no podía ocultar la verdad; es más, era mejor aclarar la situación.

Clara estaba fuera de peligro, ella misma lo decía, y lo que él le revelara no le haría daño.

Alfonso apretó dulcemente la mano de su hermana, y con voz conmovida comenzó:

—Como te dije, nada más recibir tu carta quise correr en tu auxilio, y mi esposa misma me animaba, aunque tenía a su padre gravemente enfermo.

—¡Qué buena muchacha! —exclamó Clara, dirigiendo una mirada de gratitud a Inés.

—Afortunadamente el pobre hombre comenzó a mejorar, y entonces Inés y yo decidimos partir juntos.

Pero parecía que la fatalidad se cebara con nuestros pasos: el viaje fue malo, nos ocurrieron mil peripecias.

El caso es que cuando llegamos a Florencia habían transcurrido dos meses desde la fecha de tu carta.

El gentil rostro de Clara se entristeció un tanto.

—Dios lo ha querido así —murmuró—. Continúa, hermano mío.

—Me escribías que ibas al campo para reponerte de salud, y así, nada más llegar a Florencia, Inés y yo nos hicimos llevar directamente a tu villa.

Alfonso se detuvo un momento, vacilante: las mejillas de Inés se volvieron pálidas.

Solo la condesa Clara permanecía serena.

—Y yo no estaba para recibiros —dijo con ingenuidad—. Y, sin embargo, no me he movido de la villa… Pero ¿por qué no continúas y bajas los ojos? ¿Tienes, pues, algo tan horrible que contarme? Mírame: yo sonrío, no temo nada… Dímelo todo.

Alfonso sintió frío en el corazón, pero Inés lo animó con la mirada.

—Pues bien, sí… ¿De qué sirve ocultártelo?… Tarde o temprano tienes que saberlo… Además, ahora estamos unidos… y tenías razón al decir: el peligro ha pasado.

La condesa fue presa de una ardiente curiosidad.

—Habla… pues, habla.

—Pues bien, cuando llegamos a la villa, nos dijeron que habías muerto el día anterior.

Clara se estremeció y miró a su hermano con aire espantado. ¿Hablaba en serio? Pero sí, porque ¿cómo iba a permitirse bromear en aquel momento?

—¿Muerta… yo muerta? —exclamó—. Repítelo, porque, en verdad, me parece que sueño.

—Sí… Clara mía… Nos dijeron que habías muerto y que te habían llevado al cementerio.

La condesa lanzó un grito de horror.

—¿Al cementerio?… ¿Me habían enterrado, pues? —exclamó.

—No… no estabas enterrada —respondió Alfonso con turbación—, pero debías serlo al día siguiente. Yo no podía persuadirme de que hubieras muerto sin verte, sin haberte dado el último beso, la extrema despedida… sin haberte pedido perdón por haber tardado en acudir en tu ayuda.

—¡Pobre y querido hermano, adivino el resto!… —dijo la condesa con una sonrisa desgarradora—. Quisiste verme una vez más, y has impedido que se cometiera un crimen horrible: que me enterraran viva… ¡Enterrada viva, Dios mío… Dios mío!… ¡Él había llegado hasta eso!

Al oír tales palabras, la frente de Alfonso se cubrió de un sudor frío; sin embargo, no se atrevía a interrogar a su hermana.

—Entonces, lo que yo había creído un sueño…

era una realidad —dijo Clara—. Me parecía, ¿sabes?

, sentirme transportar por un espacio tenebroso e infinito…

Me parecía haber visto a unos hombres encapuchados de negro…

tomarme… depositarme en una caja… Pero yo permanecía sin voluntad, sin resistencia, sin terror…

¡Ah, hermano mío!… Así que a ti… solo a ti te debo la vida…

Pero temo que el conde sepa que la muerta ha resucitado…

—El conde, por ahora, no sabe nada. Yo he comprado el silencio del guardián del cementerio, y los campesinos me creen marchado.

Te trasladé aquí, a la casita de un cochero, que guardará el secreto ante todos.

He creído conveniente hacerlo así porque no sabía si te convenía pasar por muerta o revivir, porque quería, antes de tomar una decisión, conocer tu historia, saber los peligros que has corrido, los que aún puedes correr… en fin… todo.

Alfonso no se había percatado de la palidez repentina que había invadido las facciones de su hermana, porque esta, con un esfuerzo violento, se había serenado y respondía:

—Sí… No te ocultaré nada, hermano mío… ni a ti, ni a esa querida criatura que te pertenece. ¡Oh, ámala mucho, Alfonso! Si supieras lo que significa para una mujer perder la fe, el amor por el marido…

Y como corriéndose, añadió con una sonrisa:

—¿Dónde se encuentra esta casita?

—En un campo aislado. Aparte del cochero que me llevó al cementerio y que estuvo presente en tu resurrección, los demás te creen una forastera que ha caído enferma… en el viaje.

Luego Alfonso contó en pocas palabras cuanto Nanni había hecho por él, la bondad de aquella buena gente, los cuidados que le había prodigado aquel médico tan peculiar llamado doctor Moro.

Clara escuchaba cada detalle con una atención siempre creciente, y se notaba que mil pensamientos debían de agitarle el cerebro.

—Dios es bueno… —murmuró de nuevo tristemente—. ¡Y yo que casi había dudado de Él! Pero me ha perdonado, porque tú estás cerca de mí.

Calló, y en un largo beso intercambiado con Inés y Alfonso pareció olvidar el pasado, y se despertó en ella la suave y vivaz esperanza de vivir aún.

Aquellas dos buenas y santas criaturas habían venido a salvarla, y ella daba gracias a Dios porque había permitido que apareciera muerta para los demás, pues de ahora en adelante no viviría más que para su hermano, para su hija, para Inés, olvidando las escenas de violencia y de sangre a las que había asistido.

Una alegre casita, una plácida soledad habría acogido, reunido, aquellos corazones felices. Clara rio con alegría casi pueril ante el risueño cuadro que se le aparecía: se deleitaba en mil visiones de felicidad.

—¡No me habléis más del pasado! —exclamó—.

Vosotros estáis aquí, y yo ya no recuerdo nada.

Tú, Alfonso, me traerás a mi niña; ella no sabe aún qué significa la palabra «muerta», reconocerá a su mamá, me besará, estará aquí con nosotros, siempre.

Y si tú, Inés, hermana mía, tienes un hermoso niño…

uniremos a nuestros hijos, después de haberlos criado en una vida sencilla, modesta, acariciada por los más puros afectos.

No volveremos nunca más a la ciudad. Lejos, lejos del estrépito del mundo, nuestros sueños serán alegres; al despertar, el universo nos parecerá mil veces más bello.

Sonreíd conmigo… ¡Oh, si tuviera aquí ahora mismo a mi Lilia! … Pero tú me la traerás, ¿verdad?

Clara se había incorporado de nuevo: su rostro irradiaba felicidad; sus cabellos, sueltos, le cubrían el pecho, que se levantaba a intervalos con dulcísimos latidos. Habría sido crueldad truncar semejante alegría, y ni Inés ni Alfonso tuvieron tal pensamiento.

—¡Sí, no nos separaremos jamás! —dijo el joven, estrechando a su hermana contra el pecho, mientras la española se enjugaba furtivamente una lágrima.

Sandra, al entrar con un cordial, se detuvo en el umbral, atónita y conmovida ante aquella escena.