Capítulo VI
Habían transcurrido cinco días de angustia y de ansiedad mortal para los habitantes de la casita del cochero, pues, a pesar de los cuidados del médico, la condesa no había dado señales de mejoría.
Pero la mañana del sexto día, el rostro impasible del doctor Moro se había animado. Tras visitar a la enferma, que parecía dormir plácidamente, y tras apoyar el oído sobre su pecho, se levantó de pronto y, con voz algo conmovida:
—La señora está salvada —dijo—. Está curada.
Alfonso, en el ímpetu de la alegría, se lanzó al cuello del médico; Inés le tomó una mano y la llevó con efusión a sus labios.
—¡Ah, os lo debemos a vos, doctor!… ¡Gracias, gracias!
El doctor Moro se desasió suavemente de Alfonso y retiró con un temblor la mano de la de Inés.
—Debéis dar gracias a Dios —murmuró bruscamente—. Yo no soy más que un humilde instrumento suyo… Adiós, señores; cuando la enferma despierte, ya no necesitará de mí.
—¿No volveréis más?
—¿Qué tengo que volver a hacer? Mi tarea ha terminado…
—¡Oh, no nos dejéis así! —dijo vivamente Alfonso—. Os debo la vida de mi hermana; debéis prometerme que volveréis. Ahora ya no sois solo un médico para nosotros, sino un amigo.
—Sí, un amigo —repitió Inés con voz conmovida, melodiosa, fijando sus ojos suplicantes en el doctor Moro—. ¿No queréis, pues, que os mostremos toda la profunda gratitud que sentimos por vos?…
El doctor pareció experimentar un acceso de mal humor.
—¡Y qué me importa vuestra gratitud! —exclamó, encogiéndose de hombros—. ¿Acaso quedan aún corazones agradecidos en este mundo?
Alfonso, dolido, retrocedió un paso; Inés se puso palidísima.
El médico se dio cuenta y su semblante cambió de pronto.
—Perdonad, señor, mis palabras inconsideradas —balbuceó—. No sabía lo que decía. Sí, creo en vuestro agradecimiento, y para demostrarlo volveré a veros, os lo prometo.
El rostro de Alfonso se hizo radiante. Inés sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¡Ah, sois bueno! —exclamó con ingenuo agradecimiento—. Lo había adivinado, a pesar de vuestras palabras bruscas.
El médico bajó la cabeza y ahogó un suspiro.
—Hasta pronto —balbuceó—. Hasta muy pronto, amigos míos. Os lo ruego, no turbéis el reposo de la enferma; dejad que despierte naturalmente.
El doctor Moro salió, y Alfonso y su esposa se arrodillaron y rezaron juntos. ¡Cuánta fe, cuánta esperanza, cuánta ingenuidad en aquellos dos jóvenes corazones!
—Está salvada, está curada —murmuró Inés, estrechándose con ternura a Alfonso y ofreciendo al joven sus labios, ligeramente pálidos por tantas emociones sufridas.
El joven la besó con pasión.
—Sí, está salvada, está curada —repitió conmovido—. ¡Qué feliz soy, Inés!
Los dos jóvenes se levantaron y, teniéndose abrazados y conteniendo el aliento, se pusieron a contemplar a la angélica criatura que dormía plácidamente.
Inés, al ayudar a Sandra a desvestirla, le había quitado la cofia blanca que ceñía la frente de la condesa como una venda y que recordaba demasiado la muerte.
Y ahora aquella frente aparecía en toda su pureza; los cabellos dorados le caían en vago desorden sobre la almohada, inundando como una aureola aquel rostro enjuto, sufrido, pero siempre bello, de una belleza adorable.
Cierto que, si aquellas mejillas hubieran estado un poco más llenas, más redondeadas, si el colorido hubiera sido menos pálido, Clara habría adquirido, con sus facciones perfectas, un mayor atractivo material, pero habría perdido quizá la belleza de su conmovedora fisonomía, verdaderamente ideal.
Dormía tranquila, y de sus labios entreabiertos exhalaba un aliento puro como el de un niño.
—¡Qué bella es! —susurró ingenuamente Inés al oído de Alfonso—. Se parece mucho a ti, querido…
—¡Oh! —respondió Alfonso, abrazando con ternura a su compañera—. Quisiera parecerme de verdad a ella, querida mía… Y pensar que su marido…
—¡Calla! —lo interrumpió Inés, poniéndole con gracia su manita en la boca—. Se mueve… está a punto de despertar. Es mejor que primero te vea solo a ti.
Y, desasiéndose de su marido, la joven y graciosa española se escondió detrás de él, lista para mostrarse cuando él la avisara.
La condesa había hecho un ligero movimiento; un poco de sangre le subió a las mejillas, su respiración se volvió irregular y confusa. Extendió los brazos, y Alfonso se inclinó sobre ella, y su boca rozó la boca de su hermana.
Esta se estremeció toda, abrió los ojos y lo miró ávidamente.
—¡Mi sueño! —exclamó—. Mi hermoso sueño, te veía… Alfonso, hermano mío, ¿eres tú, verdad?
—Sí, soy yo, querida mía —respondió el joven, vertiendo una lágrima de ternura—. ¿Cómo te sientes?
—¿He estado enferma acaso? —preguntó la condesa con adorable ingenuidad—. No lo recuerdo. Me parece haber tenido un sueño muy largo… primero muy feo, pero luego muy agradable. ¿Quieres que te lo cuente?
—Habla, hermana mía, habla… Si supieras cuánto bien me hace tu voz. Ya no sufres, ¿verdad?
—¿Sufrir?… ¿Acaso se puede sufrir cuando se es feliz? Escucha: soñaba que estaba en un jardín delicioso, muy delicioso, en tu compañía, y en la de una adorable muchacha a la que tú amabas… y debía de ser tu esposa.
Inés no pudo contener un leve grito. Por fortuna Clara no lo oyó. También Alfonso se sobresaltó, pero no interrumpió a su hermana.
—En fin —continuó Clara—, delante de nosotros, sobre el césped, jugaba una preciosa niña, mi Lilia. A propósito —añadió, incorporándose sobre las almohadas, sostenida por Alfonso—, ¿dónde está mi Lilia? ¿Por qué no viene a darle el beso de siempre a mamá?
Pero, mirando a su alrededor, añadió con estupor:
—¿Dónde estoy? No me encuentro en mi casa… ¿Sueño acaso, o has sido tú, Alfonso, quien me ha traído aquí?
El joven estuvo unos minutos sin responder.
—Tengo la cabeza un poco débil —añadió Clara con su angelical sonrisa—.
He dormido demasiado, ¿verdad? Aún veo los objetos confusos.
Deja que te mire bien, Alfonso, hermano mío.
Ahora te has hecho un hombre; hace tantos años que no te veía…
Pero siempre te reconozco… Abrázame… bésame otra vez, para que me convenza de que eres realmente tú.
Y lo contemplaba con ojo ansioso, lleno de ternura, como una madre que contempla a un hijo adorado, y estaba tan conmovida que no podía pronunciar una sola palabra. También Alfonso, con el rostro encendido por la alegría, examinaba a su hermana con una tierna avidez.
Finalmente Clara estrechó de nuevo a su hermano contra su pecho, y con voz trémula dijo:
—Deja que te abrace una vez más con toda seguridad de corazón… Si supieras cuántas veces te he invocado, Alfonso mío, ¡cuántas veces te he llamado en mi auxilio!
Y como sacudida por un recuerdo repentino, se apartó un poco de su hermano y, pasándose una mano por la frente:
—Me parece que he corrido un peligro —dijo con voz suavemente conmovida—. Pero no recuerdo cuál… Tengo el cerebro aún tan vacío… y, sin embargo…
Clara palideció de pronto: su ojo volvió a quedar fijo, el labio descolorido, las sienes temblorosas bajo los mechones sueltos de sus largos cabellos rubios. Sentada en la cama, sostenida por Alfonso, temblaba toda, y su mirada retrocedía ante alguna visión que le causaba horror.
—¡Lo recuerdo… lo recuerdo! —exclamó—. Fui a verlo; era el último golpe que quería intentar.
Me recibió con amabilidad; hablamos un instante como amigos.
Él sacó un papel que yo debía firmar, pero Dios me inspiró; eché una ojeada al documento: el infame, después de haber despojado a la madre, quería despojar también a la hija.
Mira, me tomó por la cintura, me apretó hasta ahogarme, quería obligarme a firmar.
Yo me resistí. Entró su amante… ¡Oh, es horrible!
No recuerdo bien… Solo sé que sentí que me desvanecía, me dieron a beber un vaso de agua, pero tenía un sabor tan extraño que lo aparté apenas hube tragado unos sorbos.
Luego huí de aquel palacio, fui al notario; cuando volví a casa estaba agotada, sentía que me moría…
Tuve apenas tiempo de escribir tres cartas, una dirigida a ti, y luego… ¡ah, no recuerdo nada más!
Clara intentaba superar el cansancio y el desaliento: se apretaba la cabeza con las manos en un acto convulso, y, exhausta, abatida, cayó sobre el lecho.
—Habla tú, Alfonso; dime cómo has venido hasta mí, y antes de nada tranquilízame: mi hija, mi Lilia, ¿está a salvo?
Alfonso tuvo el valor de mentir.
—Sí… está a salvo —dijo—. No temas por ella… Estoy yo.
—¡Ah, sí! Tú me protegerás… Ahora ya no tengo miedo. Pero dime de qué modo me encuentro aquí… No temas… lo escucharé todo… ¡Soy fuerte, ¿sabes?!
Y sonreía de un modo tan conmovedor, que las lágrimas asomaron a los ojos de Alfonso.
Inés, toda acurrucada en la silla detrás de su marido, no perdía una palabra de la condesa. ¡Cómo sentía amar a aquella angélica criatura, pues se comprendía que debía de haber sufrido tanto en la vida!
—Yo te lo contaré todo —dijo Alfonso en voz baja, temblorosa—. Pero tú tampoco debes ocultarme nada. Ahora no, querida… No, no estás bastante fuerte… Deja que hable yo solo.
Clara había dejado caer la cabeza sobre la almohada, pero volvía los ojos hacia su hermano, ansiosa de oír cuanto estaba a punto de decirle.
—Ante todo, debes perdonarme… si después de tu carta tardé tanto en venir, pero no fue culpa mía. Ya sabes que me encontraba en España… El padre de mi esposa estaba enfermo…
—¿Te has casado, Alfonso?… ¿Y nunca me has dicho nada?
—¿No te lo escribí, Clara mía? ¿No te envié la participación de mi boda?
—Yo no he recibido nada, te lo juro. Pero ahora, ¿dónde se encuentra tu esposa?
—Aquí… cerca de mí…
—¿Aquí? —repitió la condesa, juntando las manos—. ¿Y no la llamas para que la abrace?… ¿Tendré, pues, también una hermana?… ¡Cuánto la querré!
Inés, conmovida por palabras tan afectuosas, rompió a llorar.
Alfonso se volvió, la levantó entre sus brazos y la descubrió ante los ojos de la condesa.